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stephen king

camionero grande (spanish)

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1
Tess concertaba doce charlas remuneradas al año, siempre que pudiera conseguirlas. A mil doscientos dólares cada una, eso representaba más de catorce mil dólares. Era su plan de jubilación. Después de doce libros, aún se sentía satisfecha con la Sociedad de la Calceta de Willow Grove, pero no se engañaba con que podría continuar escribiéndolos hasta que fuera una septuagenaria. De hacerlo, ¿qué encontraría en el fondo del barril? ¿La Sociedad de la Calceta de Willow Grove viaja a Terre Haute? ¿La Sociedad de la Calceta de Willow Grove en la Estación Espacial Internacional? No. Ni siquiera aunque los grupos literarios para señoras que constituían su puntal los leyeran (y probablemente así sería). No.
Por tanto, fue un ardillita buena; llevaba una buena vida con el dinero que generaban sus libros... pero hacía acopio de bellotas para el invierno. Cada año durante los últimos diez metía entre doce y dieciséis mil dólares en su fondo de inversiones. La suma total no era tan alta como habría deseado, a causa de la oscilación del mercado de valores, pero se decía a sí misma que si continuaba con esos actos de promoción, probablemente le iría bien; ella era la pequeña locomotora que sí podía. Y asistía gratis a tres eventos al año, como mínimo, para acallar así la voz de su conciencia. Ese órgano a menudo irritante no debería remorderle por ganarse un dinero honrado a cambio de un trabajo honrado, pero a veces lo hacía. Probablemente porque darle a la sin hueso y garabatear su nombre no encajaba con el concepto de trabajo en el que había sido educada.
Además de unos honorarios de al menos mil doscientos dólares, imponía un requisito más: poder viajar al lugar de la conferencia en automóvil, con no más de una parada para hacer noche en el trayecto de ida o vuelta. Esto significaba que raramente llegaba más al sur de Richmond, o más al oeste de Cleveland. Una noche en un motel resultaba agotadora, pero era aceptable; dos la dejaban para el arrastre durante una semana. Y Fritzy, su gato, detestaba cuidar del hogar él solo. Eso quedaba patente cuando regresaba a casa; se entrelazaba entre sus piernas en la escalera, y a menudo hacía un uso promiscuo de las uñas cuando lo sentaba en el regazo. Y aunque Patsy McClain, la vecina de al lado, se encargaba bien de su alimentación, el gato raramente comía mucho hasta que Tess volvía a casa.
No era que temiera volar, ni que vacilara a la hora de pasar las facturas por los gastos de viaje a las organizaciones que la contrataban, igual que hacía con las habitaciones de motel (buenos siempre, elegantes nunca). Lo que odiaba: las aglomeraciones, la indignidad de los escáneres de cuerpo entero, la manera en que las aerolíneas ahora buscaban sacar tajada de lo que antes concedían gratis, los retrasos... y el hecho innegable de no tener el control. Eso era lo peor. En cuanto atravesabas los interminables controles de seguridad y embarcabas, ponías tu más valiosa posesión, tu vida, en manos de extraños.
Claro que eso también valía para las autopistas e interestatales que casi siempre tomaba en sus viajes; un borracho podría perder el control, saltarse la mediana, y acabar con tu vida en una colisión frontal (ellos sobrevivirían; los borrachos, al parecer, siempre lo hacían), pero detrás del volante de su coche, al menos mantenía cierta ilusión de control. Y le gustaba conducir. Era relajante. Algunas de sus mejores ideas se le ocurrían cuando iba con el control electrónico de velocidad puesto y la radio apagada.
—Seguro que fuiste un camionero de largas distancias en tu última encarnación —le dijo Patsy McClain en una ocasión.
Tess no creía en vidas pasadas, ni en futuras, para el caso (en términos metafísicos, pensaba que lo que veías era lo que tenías), pero le gustaba la idea de una vida en la que no fuera una mujer pequeña con rostro élfico, sonrisa tímida, y escritora de misterios amigables, sino un tipo fornido con una gran gorra que protegiera del sol sus bronceadas cejas y sus entrecanas mejillas, dejando que el ornamento de un bulldog en el capó le condujera por el millón de carreteras que surcaban el país. En esa vida no tendría necesidad de conjuntar su ropa antes de una aparición pública; unos téjanos desteñidos y unas botas con hebillas servirían. Le gustaba escribir, y no le importaba hablar en público, pero lo que verdaderamente le gustaba era conducir. Tras su aparición en Chicopee, eso le pareció curioso..., pero no curioso en el sentido de gracioso. No, en absoluto, nada de eso.
2
La invitación de Books & Brown Baggers cumplía sus requisitos a la perfección. Chicopee se encontraba apenas a noventa kilómetros de Stoke Village, el compromiso iba a ser asunto de un día, y las Tres Bes le ofrecían unos honorarios no de mil doscientos, sino de mil quinientos dólares. Más gastos, por supuesto, pero estos serían mínimos, ni siquiera una estancia en un Courtyard Suites o en un Hampton Inn. La carta de petición provenía de una tal Ramona Norville, quien explicaba que, aunque fuera la bibliotecaria principal de la Biblioteca Pública de Chicopee, escribía en calidad de Presidenta de Books & Brown Baggers, que todos los meses celebraba una comida-conferencia. Se animaba a la gente a traer sus almuerzos, y tales eventos eran muy populares. Estaba programada la presencia de Janet Evanovich para el 12 de octubre, pero se había visto obligada a cancelarla por un asunto familiar, una boda o un funeral, Ramona Norville no estaba segura de cuál de las dos cosas.
«Sé que es muy precipitado», escribía la señora Norville en su párrafo final, ligeramente adulador, «pero la Wikipedia dice que usted vive en el vecino Connecticut, y nuestros lectores aquí en Chicopee son tan admiradores de las chicas de la Sociedad de la Calceta... Usted recibiría nuestra eterna gratitud, así como los honorarios arriba mencionados.»
Tess dudaba que la gratitud perdurara mucho más que un día o dos, y ya tenía un compromiso para octubre (la Semana de la Cabalgata Literaria en los Hamptons), pero desde la Interestatal 84 podría tomar la 1 ࢤ 90, y desde allí el camino era directo. Fácil para entrar, fácil para salir; Fritzy ni se enteraría de que se había ido.
Ramona Norville había incluido por supuesto su dirección de correo electrónico, y Tess le escribió inmediatamente, aceptando la fecha y la minuta. Especificó también (como era su costumbre) que solo firmaría autógrafos durante no más de una hora. «Mi gato es un abusón y me castiga si no estoy en casa para darle la cena personalmente», escribió. Solicitó varios detalles más, aunque ya conocía casi todo lo que se esperaba de ella; llevaba acudiendo a eventos similares desde los treinta. Aun así, las personas organizativas como Ramona Norville esperaban que se los pidieran, de lo contrario, se ponían nerviosos y empezaban a preguntarse si la escritora contratada ese día se presentaría achispada y sin sujetador.
A Tess le cruzó por la cabeza la idea de sugerir que quizá dos mil dólares sería una cantidad más apropiada para lo que era, en realidad, una misión de «triaje», pero la desechó. Sería aprovecharse. Además, dudaba que todos los libros juntos de la Sociedad de la Calceta (había una docena) hubieran vendido tantos ejemplares como una sola de las aventuras de Stephanie Plum. Le gustara o no (y a decir verdad, a Tess no le importaba mucho ni una cosa ni otra), ella era el Plan B de Ramona Norville. Un recargo estaría cerca del chantaje. Mil quinientos era más que justo. Por supuesto, cuando estuvo tendida en una alcantarilla, tosiendo sangre por la boca y la nariz, no le pareció para nada justo. Pero ¿habrían sido más justos dos mil dólares? ¿O dos millones?
Si podías o no poner precio al dolor, la violación y el terror era una cuestión que las damas de la Sociedad de la Calceta nunca habían abordado. Los crímenes que ellas resolvían en realidad no eran mucho más que ideas de crímenes. Pero cuando Tess se vio obligada a planteárselo, dedujo que la respuesta era no. Le parecía que posiblemente solo existía una cosa que pudiera constituir una retribución por semejante crimen. Tanto Tom como Fritzy coincidieron.
3
Ramona Norville resultó ser una mujer jovial, ancha de espaldas y de busto generoso, alrededor de los sesenta, con mejillas sonrojadas, un corte de pelo de Marine y un decidido apretón de manos de «no hacer prisioneros». Esperaba a Tess en el exterior de la biblioteca, en medio de la plaza de aparcamiento reservada para el Autor del Comentario de Hoy. En lugar de desearle a Tess los buenos días (eran las once menos cuarto), o de alabarle sus pendientes (lágrimas de diamante, una extravagancia reservada para las pocas ocasiones en que salía a cenar y para los compromisos como ese), le hizo una pregunta de hombre: ¿Había venido por la 84?
Cuando Tess respondió afirmativamente, los ojos de la señora Norville se agrandaron y se disipó el color de sus mejillas.
—Me alegro de que haya llegado aquí sana y salva. La 84 es la peor autopista de América, en mi humilde opinión. Además del largo rodeo. Podemos mejorar la situación para el camino de vuelta, si lo que dice internet es correcto y vive usted en Stoke Village.
Tess confirmó que sí, aunque no estaba segura de si le gustaba que cualquier extraño (aunque se tratara de una agradable bibliotecaria) supiera dónde recostaba ella su cansada cabeza. Pero no valía de nada quejarse; en estos tiempos, todo estaba en internet.
—Puedo ahorrarle más de quince kilómetros —dijo la señora Norville mientras ascendían la escalera de la biblioteca—. ¿Tiene GPS? Así sería más fácil que con unas indicaciones escritas al dorso de un sobre. Una maravilla de aparatos.
Tess, que sí había agregado un GPS al salpicadero de su Expedition (lo llamaban un Tomtom y se enchufaba al mechero de coche), dijo que sería algo estupendo reducir el viaje en quince kilómetros.
—Mejor cruzar por el granero de Robin Hood que dar toda la vuelta —dijo la señora Norville, y palmeó suavemente a Tess en la espalda—. ¿Tengo razón o tengo razón?
—Totalmente —convino Tess, y así, de manera tan simple, quedó sellado su destino. Siempre había sentido debilidad por los atajos.
4
Les affaires du livre consistían habitualmente en cuatro actos bien definidos, y la aparición de Tess en la asamblea mensual de Books & Brown Baggers podría servir de plantilla para el caso general. La única desviación de la norma fue la introducción de Ramona Norville, escueta hasta el punto del laconismo. No subió al estrado con un desalentador taco de notas, ni sintió la necesidad de hacer un refrito de la infancia de Tess en una granja de Nebraska, ni se molestó en aportar ramilletes de críticas elogiosas de los libros de la Sociedad de la Calceta de Willow Grove. (Eso era bueno, porque en raras ocasiones se reseñaban, y cuando lo hacían, se solía invocar el nombre de la señorita Marple, y no siempre para bien.) La señora Norville se limitó a decir que los libros eran enormemente populares (una exageración perdonable), y que su autora había sido sumamente generosa al donar su tiempo tras avisarla con tan poca antelación (aunque, por mil quinientos dólares, difícilmente se trataba de una donación). Después cedió la palabra, ante el aplauso entusiasta de las aproximadamente cuatrocientas personas en el pequeño pero idóneo auditorio de la biblioteca. La mayoría eran señoras que no asisten a acontecimientos públicos sin ponerse sombrero.
Pero la introducción no era más que un entr'acte. El Acto Uno fue la recepción de las once, donde los más derrochadores pudieron conocer a Tess en persona mientras tomaban queso, galletitas y un pésimo café (en los eventos nocturnos se ofrecía un pésimo vino en copas de plástico). Algunos le pidieron autógrafos; otros muchos le pidieron fotos, tomadas por lo general con sus teléfonos móviles. Le preguntaron de dónde sacaba las ideas, y recitaba su cantinela habitual, cortés y humorística, en respuesta. Media docena de personas quisieron saber cómo conseguir un agente, y el destello de sus ojos sugería que habían pagado los veintes dólares adicionales solo para hacerle esa pregunta. Tess les dijo que no había que cansarse de escribir cartas hasta que alguno de los más hambrientos accediera a leer tu material. No era la verdad completa (en lo relativo a los agentes, no existía una verdad completa), pero se acercaba.
El Acto Dos era la disertación en sí misma, que duraba unos cuarenta y cinco minutos. Consistía fundamentalmente en anécdotas (ninguna demasiada personal) y una descripción de cómo elaboraba sus historias (hacia atrás). Era importante incluir al menos tres menciones del título más reciente, que ese otoño daba la casualidad de ser La Sociedad de la Calceta de Willow Grove se va de espeleología (explicó qué era eso para quienes no lo supieran).
El Acto Tres era el Turno de Preguntas, durante el cual le preguntaban de dónde sacaba las ideas (respuesta vaga y humorística), si extraía sus personajes de la vida real («mis tías»), y cómo conseguir que un agente le echara un vistazo a tu trabajo. Hoy también le preguntaron dónde había comprado la cinta elástica que le recogía el pelo (en JCPenney, una respuesta que provocó inexplicables aplausos).
El último acto era la Hora de los Autógrafos, durante la cual diligentemente satisfacía las peticiones de dedicatorias, felicitaciones de cumpleaños, felicitaciones de aniversario, «Para Janet, una fan de todos mis libros», y «Para Leah, ¡espero volver a verte en el Lago Toxaway este verano!» (una petición un poco rara, pues Tess nunca había estado allí, pero probablemente el caza- autógrafos sí).
Después de firmar todos los libros, y satisfacer a los últimos rezagados con más fotos de teléfono, Ramona Norville escoltó a Tess hasta su despacho para invitarla a una taza de café auténtico. La señora Norville lo tomó solo, lo cual no sorprendió en absoluto a Tess. Su anfitriona era la arquetípica mujer de café solo si es que alguna vez una ha pisado la faz de la tierra (y probablemente calzada con Doc Martens en su día libre). Lo único sorprendente en el despacho era la foto firmada y enmarcada que colgaba en la pared. El rostro le era familiar y, tras un instante, Tess fue capaz de recuperar el nombre del trastero de recuerdos que es el activo más preciado de todo escritor.
—¿Richard Widmark?
La señora Norville se rió, avergonzada pero en cierto sentido ufana.
—Mi actor favorito. Si quiere que le diga la verdad, estaba encaprichada de él cuando era niña. Conseguí que me la firmara diez años antes de su muerte. Incluso entonces, ya estaba muy viejo, pero es su firma real, no un sello. Esto es para usted.
Por un delirante momento, Tess creyó que la señora Norville se refería a la foto firmada. Entonces vio el sobre en sus dedos romos. La clase de sobre con una ventanilla para que pudieras echar una ojeada al cheque en su interior.
—Gracias —dijo Tess.
—No hay por qué darlas. Se ganó cada centavo.
Tess no puso objeciones.
—Bien, ahora sobre ese atajo.
Tess se inclinó hacia delante con atención. En un libro de la Sociedad de la Calceta, Doreen Marquis hubiera dicho: «Las dos mejores cosas en la vida son un cruasán caliente y un camino rápido a casa». Este era un ejemplo del escritor que utiliza sus propias convicciones para darle vida a su ficción.
—¿Puede usted programar intersecciones en su GPS?
—Sí, Tom es muy astuto.
La señora Norville sonrió.
—Introduzca Stagg Road y US-47, entonces. Stagg Road es una carretera muy poco transitada en esta época moderna, casi olvidada desde que se construyó esa maldita 84, pero es pintoresca. Es un paseo de unos, eh..., veinticinco kilómetros, más o menos. El asfalto está parcheado, pero no hay demasiados baches, o no los había la última vez que la tomé, y eso fue en primavera, que es cuando aparecen los peores. Por lo menos según mi experiencia.
—Según la mía, también —dijo Tess.
—Cuando llegue a la 47, verá una señal hacia la 1 ࢤ 84, pero solo tendrá que seguir la autopista unos diecinueve kilómetros, esa es la parte hermosa. Y se ahorrará un montón de tiempo y fastidios.
—Esa también es la parte hermosa —dijo Tess, y rieron juntas, dos mujeres con la misma mentalidad bajo la mirada de un sonriente Richard Widmark. La tienda abandonada con el letrero del tic-tic-tic aún se hallaba a noventa minutos, arropada cómodamente en el futuro como una serpiente en su agujero. Y la alcantarilla, por supuesto.
5
Tess no solo tenía un GPS; había gastado dinero extra por uno personalizado. Le gustaban los juguetes electrónicos. Después de introducir la intersección (Ramona Norville se apoyó en la ventanilla mientras Tess lo programaba), el aparato se quedó pensando durante un momento o dos, y luego dijo: «Estoy calculando tu ruta, Tess».
—¡Guau! ¡Qué te parece! —exclamó Norville, y rió como hace la gente ante alguna rareza simpática.
Tess sonrió, aunque en su fuero interno pensó que programar el GPS para que te llamara por tu nombre no era más raro que conservar la foto de un actor muerto en la pared de tu despacho.
—Gracias por todo, Ramona. Fue todo muy profesional.
—En las Tres Bes procuramos hacer las cosas lo mejor posible. Póngase ya en camino. Con mi agradecimiento.
—Sí, me pongo ya en camino —convino Tess—. Y de nada. He disfrutado. —Lo cual era cierto; normalmente disfrutaba de estos eventos, de una manera del tipo «muy bien, acabemos con esto cuanto antes». Y su plan de jubilación ciertamente disfrutaría con esa inesperada inyección de dinero.
—Que tenga un buen viaje —deseó Norville, y Tess le alzó el pulgar.
Cuando arrancó, el GPS dijo:
«Hola, Tess. Veo que nos vamos de viaje.»
—Así es —dijo ella—. Y hace un día estupendo, ¿tú qué dices?
A diferencia de los ordenadores en las películas de ciencia ficción, Tom estaba pobremente equipado para mantener conversaciones banales, a pesar de que Tess a veces procuraba ayudarle. La voz del GPS le indicó que girara a la derecha a cuatrocientos metros, y que después tomara la primera a la izquierda. El mapa en la pantalla del Tomtom mostraba flechas verdes y nombres de calles, absorbiendo la información de algún ovillo metálico de alta tecnología en el firmamento.
Pronto estuvo a las afueras de Chicopee, pero Tom la guió, dejando atrás el acceso a la 1 ࢤ 84 sin hacer comentarios, hacia la campiña, que ardía en llamas del color de octubre y humeaba con el aroma de hojas inflamadas. Después de aproximadamente unos diecisiete kilómetros por algo llamado Carretera Vieja del condado, y cuando empezaba a preguntarse si su GPS se habría equivocado (como si tal cosa fuera posible), Tom volvió a hablar.
«En un kilómetro, gira a la derecha.»
En efecto, pronto vio la señal verde de Stagg Road, pero tan acribillada de perdigonazos que era casi ilegible. Por supuesto, Tom no necesitaba señales; en palabras de los sociólogos (Tess había ido a la universidad antes de descubrir su talento para escribir sobre ancianas señoras detectives), se trataba de un individuo «hetero-dirigido».
«Es un paseo de unos veinticinco kilómetros, más o menos», le había dicho Ramona Norville, pero Tess recorrió menos de veinte. Tomó una curva, divisó un viejo edificio ruinoso más adelante a su izquierda (el rótulo descolorido sobre la isleta de servicio sin surtidores aún rezaba ESSO), y entonces vio, demasiado tarde, varios trozos de madera astillados desperdigados a lo ancho de la carretera. De muchos de ellos sobresalían clavos oxidados. Pasó dando tumbos sobre el bache que probablemente había causado que se soltaran de la carga embalada con descuido de algún pueblerino, y luego viró hacia el arcén sin asfaltar en un intento de sortear la basura, sabiendo casi con certeza que no lo lograría; ¿por qué otra razón si no se oiría a sí misma exclamar «oh-oh»?
Se produjo un clac-plaf-pum debajo de ella cuando fragmentos de madera salieron volando contra los bajos del vehículo, y entonces su leal Expedition empezó a rebotar arriba y abajo, como si avanzara sobre un resorte, y a desviarse hacia la izquierda igual que un caballo renco. No sin esfuerzo, consiguió meterlo en el patio lleno de hierbajos de la tienda abandonada; quiso sacarlo de la carretera para evitar una colisión trasera de cualquiera que por casualidad doblara aquella curva. No había visto mucho tráfico en Stagg Road, pero algo sí, incluyendo un par de camiones de gran tonelaje.
—Maldita seas, Ramona —dijo. Sabía que no era realmente culpa de la bibliotecaria; la presidenta (y probablemente única miembro) de La Asociación de Admiradores de Richard Widmark, Rama de Chicopee, solo pretendía ayudar, pero Tess no conocía el nombre del tonto del culo que había dejado caer en la carretera su mierda tachonada de clavos y que había seguido alegremente su camino, así que Ramona tendría que ocupar su puesto.
«¿Quieres que recalcule tu ruta, Tess?», preguntó Tom, haciendo que pegara un salto.
Desconectó el GPS, y luego también apagó el motor. No iba a ir a ninguna parte durante un rato. Todo estaba muy tranquilo. Se oía el canto de los pájaros, un acompasado sonido metálico como el de un viejo reloj a cuerda, y nada más. La buena noticia era que solo el morro del Expedition parecía estar inclinado hacia la izquierda. Quizá solo fuera ese neumático. No necesitaría una grúa, en tal caso; tan solo una ayudita de la Triple A.
Cuando salió y echó un vistazo a la rueda delantera izquierda, descubrió un trozo astillado de madera empalado por un pincho largo y oxidado. Tess profirió un improperio de dos sílabas que jamás habría cruzado los labios de ningún miembro de la Sociedad de la Calceta, y sacó su teléfono móvil del pequeño compartimiento entre los asientos envolventes. Tendría suerte ahora si llegaba a casa antes de que anocheciera, y Fritzy tendría que contentarse con su bol de pienso en la despensa. Tanto atajo para nada..., aunque siendo justa, Tess supuso que le podría haber ocurrido lo mismo en la interestatal; ciertamente había esquivado su buena cuota de mierda potencialmente mutiladora de coches en muchas autopistas, no solo en la 1 ࢤ 84.
Las convenciones de los relatos de terror y de misterio (incluso los misterios de la variedad incruenta, de un solo cadáver, que gustaban a sus seguidores) eran sorprendentemente similares, y al abrir la tapa del teléfono pensó: En una historia, no funcionaría. Fue un ejemplo de la vida imitando al arte, porque cuando encendió su Nokia, las palabras SIN SERVICIO aparecieron en la pantalla. Por supuesto. Poder utilizar su teléfono sería demasiado simple.
Oyó un motor indiferentemente amortiguado que se aproximaba, se volvió, y vio una furgoneta blanca de aspecto avejentado asomar tras la curva que ella misma había tomado. En el costado se veía la caricatura de un esqueleto tocando una batería que parecía compuesta por magdalenas. Encima de esta aparición (mucho más peculiar que una foto firmada de Richard Widmark en la pared del despacho de una bibliotecaria), escrito con letra chorreante de película de miedo, se leían las palabras ZOMBIE BAKERS. Por un momento Tess se quedó tan desconcertada que fue incapaz de agitar la mano, y cuando lo hizo, el conductor de los Panaderos Zombis estaba ocupado tratando de esquivar la basura de la carretera y no se fijó en ella.
Fue más rápido en reaccionar hacia el arcén de lo que había sido Tess, pero la furgoneta tenía un centro de gravedad más alto que el Expedition, y por un instante estuvo segura de que iba a volcar y aterrizar de lado en la cuneta. Consiguió mantenerse derecha (por poco), y se reincorporó a la carretera más allá de donde se hallaban desparramados los fragmentos de madera. La furgoneta desapareció tras la siguiente curva, dejando a su paso una nube azulada de gases de combustión y un olor a gasolina quemada.
—¡Ahí os pudráis, Panaderos Zombis! —gritó Tess, luego se echó a reír. A veces era lo único que podías hacer.
Enganchó el teléfono al cinturón de sus pantalones de vestir, salió a la carretera, y empezó a recoger aquel caos ella misma. Lo hizo despacio y con cuidado, porque de cerca resultó evidente que todos los trozos de madera (pintados de blanco y con aspecto de haber sido arrancados por alguien sumido en un trance de renovación hogareña) tenían clavos. Clavos grandes y feos. Trabajó despacio, porque no quería cortarse, pero también porque esperaba seguir ahí, realizando perceptiblemente Una Buena Obra de Caridad Cristiana, cuando apareciera el siguiente vehículo. Para cuando terminó de recogerlo todo excepto unas cuantas astillas inofensivas y arrojar los trozos grandes a la cuneta, ningún otro vehículo había hecho acto de presencia. Quizá, pensó, los Panaderos Zombis habían devorado a todo el mundo en las inmediaciones y ahora se apresuraban de regreso a su cocina para poner los restos en las siempre populares Tartas de Gente.
Caminó de vuelta al aparcamiento lleno de hierbajos de la difunta tienda y miró malhumorada su coche inclinado. Treinta mil dólares de hierro rodante, tracción a las cuatro ruedas, frenos de disco independientes, Tom el Tomtom Parlanchín..., y todo cuanto se requería para dejarle a uno tirado era un trozo de madera con un clavo.
Claro que todos tenían clavos, pensó. En un misterio, o en una película de terror, eso no constituiría un descuido; eso constituiría un plan. Una trampa, de hecho.
—Cuánta imaginación, Tessa Jean —dijo, citando a su madre..., lo cual era irónico, por supuesto, pues fue su imaginación la que había acabado proporcionándole su pan de cada día. Por no mencionar la casa de Daytona Beach donde su madre había pasado sus últimos seis años de vida.
En el gran silencio volvió a ser consciente de aquel tic-tic-tic metálico. La tienda abandonada era de las que ya no se veían en el siglo veintiuno: contaba con un porche. La esquina a la izquierda se había desmoronado, y el pasamanos estaba roto en un par de sitios, pero sí, se trataba de un porche real, encantador incluso en su deterioro. Quizá a causa de su deterioro. Tess suponía que los porches de las tiendas se habían vuelto obsoletos porque animaban a que uno se sentara a charlar un rato sobre béisbol o sobre el tiempo en lugar de pagar y salir corriendo a algún otro sitio donde pasar la tarjeta de crédito por otro lector electrónico. Un letrero de hojalata colgaba torcido del tejado del porche. Se hallaba más descolorido que el rótulo de Esso. Se acercó unos pasos, poniéndose una mano sobre la frente a modo de visera. TE GUSTA LE GUSTAS. Lo cual era un eslogan ¿de qué, exactamente?
Casi había desenterrado la respuesta de su trastero mental cuando sus pensamientos se vieron interrumpidos por el ruido de un motor. Cuando se volvió en su dirección, segura de que los Panaderos Zombis habían vuelto después de todo, al ruido del motor se le unió el chirrido de unos frenos anticuados. No era la furgoneta blanca sino una vieja pick-up Ford F-150 con una capa de pintura azul mal aplicada y masilla para abolladuras Bondo alrededor de los faros. Un hombre vestido con un peto y una gorra de propaganda estaba sentado tras el volante. Observaba la acumulación de madera en la cuneta.
—¿Hola? —llamó Tess—. ¡Perdone, señor!
El hombre volvió la cabeza y la vio de pie en el aparcamiento cubierto de vegetación; agitó una mano en señal de saludo, se detuvo junto al Expedition, y apagó el motor. Dado el ruido que producía, Tess consideró aquello como un acto análogo a la eutanasia.
—Eh, hola —saludó el hombre—. ¿Ha sacado usted toda esa porquería fuera de la carretera?
—Sí, menos el trozo que pilló la rueda izquierda delantera. Y... —«Y mi teléfono aquí no funciona», estuvo a punto de agregar, pero no lo hizo. Era una mujer bien entrada en la treintena que llegaba a los cincuenta y cinco kilos solo estando calada hasta los huesos, y este hombre era un extraño. Y era grande—. Así que aquí estoy —terminó, con poca convicción.
—Se la cambiaré si tiene una de repuesto —se ofreció él, saliendo trabajosamente de la camioneta—. ¿La tiene?
Durante un momento fue incapaz de contestar. El tipo no era grande, se había equivocado en eso. El tipo era un gigante. Debía de medir cerca de dos metros, pero la distancia de la cabeza a los pies solo constituía una parte. Era orondo de panza, grueso de muslos, y tan ancho como una puerta. Tess sabía que se consideraba descortés quedarse mirando fijamente (otra de las verdades del mundo que aprendió en las rodillas de su madre), pero resultaba difícil apartar los ojos. Ramona Norville era toda una mujerona, pero al lado de este tipo parecería una bailarina.
—Lo sé, lo sé —dijo él, con una voz que sonaba divertida—. No creyó que fuera a toparse con el Alegre Gigante Verde aquí en mitad de ninguna parte, ¿eh? —Salvo que no era verde; lucía un bronceado de un marrón intenso. Sus ojos también eran marrones. Incluso su gorra era marrón, aunque se había desteñido casi hasta el blanco en varios lugares, como si hubiera sido salpicada con lejía en algún punto de su larga existencia.
—Lo siento —dijo ella—. Es solo que estaba pensando que usted no monta en esa camioneta suya, más bien la lleva puesta.
El gigante apoyó las manos en las caderas y rió a carcajadas, doblándose hacia atrás y mirando al cielo.
—Nunca lo había oído expresar de ese modo, pero en cierta forma tiene razón. Cuando gane la lotería, voy a comprarme un Hummer.
—Bueno, yo no puedo comprarle uno, pero si me cambia la rueda, con gusto le pagaré cincuenta dólares.
—¿Bromea? Lo haré gratis. Me ha ahorrado un problema al recoger esos trozos de madera.
—Pasó alguien en una furgoneta graciosa con un esqueleto al costado, pero los sorteó.
El corpulento hombre ya se encaminaba hacia el neumático desinflado de Tess, pero entonces se volvió hacia ella, con el ceño fruncido.
—¿Alguien pasó y no se ofreció a echarle una mano?
—Creo que no me vio.
—Tampoco se paró a despejar la carretera para el próximo colega, ¿eh?
—No. No se paró.
—¿Se limitó a seguir su camino?
—Sí.
Había algo en este interrogatorio que no llegaba a gustarle del todo. Entonces el tipo fornido sonrió y Tess se dijo que se estaba comportando como una tonta.
—La rueda de repuesto está bajo el suelo del maletero, supongo, ¿no?
—Sí. Es decir, creo que sí. Lo único que tiene que hacer es...
—Tirar de la palanca, sí, sí. No es la primera vez.
El hombre caminó con parsimonia hacia la parte trasera del Expedition, y en ese momento Tess vio que la puerta de la camioneta no estaba cerrada del todo y que la luz del techo abovedado seguía encendida. Pensando que la batería de la F-150 podría estar tan estropeada como el vehículo que alimentaba, abrió la portezuela (los goznes chirriaron casi tan fuerte como los frenos) y luego la cerró de golpe. Al hacerlo, miró hacia la plataforma de la camioneta a través de la ventanilla trasera de la cabina. Había varios trozos de madera esparcidos por la superficie acanalada de metal oxidado. Estaban pintados de blanco y tenían clavos sobresaliendo de ellos.
Durante un instante Tess se sintió como si estuviera teniendo una experiencia extracorporal. El letrero del tic-tic-tic, TE GUSTA LE GUSTAS, ahora sonaba no como un anticuado despertador sino como una bomba de relojería.
Intentó decirse que esos residuos de madera no significaban nada, que cosas así solo significaban algo en la clase de novelas que ella no escribía y en la clase de películas que raramente veía: las asquerosas y sangrientas. No funcionó. Lo cual la dejó con dos opciones. Podría continuar tratando de fingir porque le aterrara hacer cualquier otra cosa, o podría salir corriendo hacia los bosques al otro lado de la carretera.
Antes de que pudiera decidirse, percibió el penetrante olor a sudor masculino. Se volvió y allí se encontraba el hombre, descollando sobre ella con las manos metidas en los bolsillos laterales de su peto.
—En lugar de cambiarte la rueda —dijo en tono agradable—, ¿y si te follo? ¿Qué te parece eso?
Entonces Tess echó a correr, pero solo en su imaginación. Lo que hizo en el mundo real fue pegarse a la camioneta, alzando la vista hacia él, un hombre tan alto que bloqueaba el sol y proyectaba su sombra sobre ella. Pensó que no hacía ni dos horas que cuatrocientas personas (principalmente señoras con sombrero) habían estado aplaudiéndola en un auditorio pequeño pero en absoluto inapropiado. Y en algún lugar al sur, Fritzy la estaba esperando. Empezó a despuntar en su mente (laboriosamente, como si levantara algo pesado) la idea de que podría no volver a ver a su gato nunca más.
—Por favor, no me mate —dijo alguna mujer con una voz muy pequeña y muy humilde.
—Eres una zorra —dijo el conductor de la camioneta. Habló con el tono de voz de un hombre que reflexiona sobre el tiempo. El letrero seguía martilleando contra el alero del porche—. Una puta zorra llorona. La hostia.
La mano derecha salió del bolsillo. Era una mano muy grande. En el dedo meñique llevaba un anillo con una piedra roja. Parecía un rubí, pero era demasiado grande para serlo. Tess creyó que probablemente solo era cristal. El letrero repiqueteó: tic- tic-tic. TE GUSTA LE GUSTAS. Entonces la mano se convirtió en un puño y la vio venir hacia su cara lanzada a toda velocidad, creciendo hasta tapar todo lo demás.
De algún sitio llegó un amortiguado golpe metálico. Supuso que lo produjo su cabeza al chocar contra el costado de la cabina de la camioneta. Tess pensó: Los Panaderos Zombis. Después, durante un rato, todo fue negro.
6
Volvió en sí en una amplia habitación umbría que olía a madera húmeda, café rancio, y pepinillos prehistóricos. Un viejo ventilador de palas colgaba torcido del techo sobre su cabeza. Se parecía al tiovivo estropeado en aquella película de Hitchcock, Extraños en un tren. Se hallaba tendida en el suelo, desnuda de cintura para abajo, y la estaba violando. En comparación con el peso, la violación se antojaba secundaria: también la estaba aplastando. Apenas podía respirar. Debía de ser un sueño. Pero tenía la nariz hinchada, un chichón que daba la impresión de ser del tamaño de una colina le había crecido en la base del cráneo, y se le clavaban astillas en las nalgas. Uno no sentía esa clase de detalles en sueños. Uno no sentía verdadero dolor en sueños; siempre te despertabas antes de que comenzara el dolor real. Esto estaba sucediendo. La estaba violando. La había trasladado al interior de la vieja tienda y la estaba violando mientras motas de polvo doradas se arremolinaban perezosamente bajo los oblicuos rayos de sol vespertinos. En algún sitio la gente estaría escuchando música y comprando cosas por internet y echando una siesta y hablando por teléfono, pero aquí dentro una mujer estaba siendo violada, y esa mujer era ella. Le había quitado las braguitas; podía verlas como un espumarajo asomando de su peto. Esto le hizo pensar en Defensa, que habían proyectado en una retrospectiva de cine en la universidad, en aquellos días cuando ella se mostraba ligeramente más aventurera a la hora de ir a ver películas. «Fuera los calzoncillos», decía uno de los paletos antes de empezar a violar al gordinflón de ciudad. Era curioso lo que te cruzaba la mente cuando yacías bajo ciento cincuenta kilos de carne del país y tenías dentro de ti la polla de un violador que chirriaba adelante y atrás como un gozne sin engrasar.
—Por favor —suplicó—. Oh, por favor, más no.
—Oh, sí, mucho más —dijo él, y aquí vino el puño otra vez, llenando todo su campo visual. Sintió un estallido de calor en el costado de la cara, sonó un clic en el interior de su cabeza, y perdió el conocimiento.
7
La siguiente vez que volvió en sí, el gigante danzaba a su alrededor enfundado en su peto, sacudía las manos de un lado a otro y cantaba «Brown Sugar» con voz estridente, atonal. El sol descendía, y las dos ventanas de la tienda abandonada que miraban al oeste (el cristal polvoriento había sobrevivido milagrosamente a los vándalos) rebosaban fuego. Su sombra bailaba detrás de él, retozando entre los tablones del suelo y la pared, que presentaba marcas cuadradas de un tono más claro donde en otra época habían colgado carteles publicitarios. El taconeo de las apaleadas botas de trabajo era un sonido apocalíptico.
Pudo ver sus pantalones de vestir arrugados bajo el mostrador donde en un tiempo debió de estar la caja registradora (probablemente al lado de un tarro de huevos cocidos y otro de manitas de cerdo en vinagre). Percibía el olor a moho. Y, oh Dios, cuánto le dolía. La cara, el pecho, sobre todo allí abajo, donde se sentía desgarrada por la mitad.
Finge que estás muerta. Es tu única posibilidad.
Cerró los ojos. El canturreo cesó y olió el sudor a hombre aproximándose. Más acre ahora.
Porque ha estado ejercitándose, pensó. Se olvidó de hacerse la muerta y trató de gritar. Antes de que pudiera intentarlo, unas manos enormes se cerraron en torno a su garganta y comenzaron a estrangularla. Pensó: Se acabó. Estoy acabada. Eran pensamientos serenos, llenos de alivio. Al menos no habría más dolor, no más despertares para contemplar la danza del hombre- monstruo bajo la luz ardiente de la puesta de sol.
Se desmayó.
8
Cuando Tess emergió a la consciencia por tercera vez, el mundo se había tornado negro y plateado, y ella flotaba.
Esto es a lo que se parece estar muerto.
Entonces su mente registró unas manos debajo de ella (manos grandes, las manos de él) y la corona de espino de dolor alrededor de su garganta. No la había estrangulado lo suficiente para matarla, pero vestía el molde de sus manos como un collar, las palmas delante, los dedos a los lados y en la nuca.
Era de noche. La luna estaba alta. Luna llena. La llevaba a través del aparcamiento de la tienda desierta. La llevaba más allá de la camioneta. Tess no vio su Expedition. Su Expedition había desaparecido.
¿Dónde está vuesa merced, Tom?
El hombre se detuvo al borde de la carretera. Tess olía su sudor y sentía la oscilación de su pecho. Pudo sentir el aire nocturno, frío, en las piernas desnudas. Pudo oír el tic-tic-tic del letrero a su espalda, TE GUSTA LE GUSTAS.
¿Cree que estoy muerta? Es imposible que crea que estoy muerta. Todavía sigo sangrando.
¿O no era así? Resultaba difícil asegurarlo. Yacía fláccida en sus brazos, sintiéndose como una muchacha en una película de terror, la que se llevaba Jason o Michael o Freddy o como fuera que se llamara después de masacrar a todos los demás. La que se llevaba a alguna cenagosa guarida en las profundidades del bosque, donde la encadenaría a un gancho en el techo. En esas películas siempre había cadenas y ganchos suspendidos del techo.
El hombre se puso en movimiento otra vez. Tess pudo oír sus botas en el asfalto parcheado de Stagg Road: clad-clamp-clad. Luego, al otro lado de la carretera, ruidos de roces y restallidos. Estaba quitando a puntapiés los trozos de madera que ella había retirado y echado a la cuneta. Ya no oía el repicar del letrero, pero oía correr agua. No mucha, no un chorro, tan solo un hilito. El hombre se arrodilló y dejó escapar un leve gruñido.
Ahora me matará, seguro. Por lo menos ya no tendré que escuchar su horrible canturreo. Es la parte hermosa, como diría Ramona Norville.
—Eh, muchacha —dijo con voz amable.
Tess no contestó, pero lo vislumbró inclinándose sobre ella, examinando sus ojos medio cerrados. Tuvo mucho cuidado en mantenerlos inmóviles. Si los viera moverse, aunque fuera un poco..., o si percibiera un destello de lágrimas...
—Eh, oye.
Le dio un cachete en la mejilla con la palma abierta. Tess dejó que su cabeza girara a un lado.
—¡Eh!
Esta vez la abofeteó sin miramientos, pero en la otra mejilla. Tess dejó que su cabeza girara hacia el otro lado.
La pellizcó en el pezón, pero no se había molestado en quitarle la blusa ni el sujetador, y no le dolió demasiado. Continuó inerte.
—Siento haberte llamado zorra —dijo, aún usando un tono de voz amable—. Ha sido un buen polvo. Y me gustan maduritas.
Tess comprendió que existía la posibilidad real de que la creyera muerta. Resultaba asombroso, pero quizá fuera cierto. Y de repente quiso vivir desesperadamente.
La levantó otra vez. El olor a sudor de hombre la aplastó súbitamente. El rastrojo de la barba le provocó un hormigueo en la mejilla, y le costó no apartarse. Le dio un beso en la comisura de la boca.
—Lo siento si he sido un poco rudo.
Luego volvió a moverse. El ruido de la corriente de agua se hizo más fuerte. La luz de la luna se desvaneció. Había un olor (no, un hedor) a hojas en descomposición. La depositó en diez o doce centímetros de agua. Estaba muy fría, y casi lanzó un grito. La empujó por los pies y ella dejó que sus rodillas se doblaran. Sin huesos, pensó. Tienes que quedarte como sin huesos. No llegaron muy lejos antes de chocar contra una superficie de metal corrugado.
—Joder —dijo en un tono de voz reflexivo. Luego comenzó a empujarla con brusquedad.
Tess permaneció inerte, incluso cuando algo (una rama) garabateó una raya de dolor en el centro de la espalda. Las rodillas se desplazaban dando tumbos por las arrugas del metal. Sus nalgas arrastraron una masa esponjosa, y el olor a materia vegetal en descomposición se intensificó. Era espeso como carne. Sintió un terrible impulso de toser para expulsar el hedor. Notaba una estera de hojas mojadas aglomerándose en la región lumbar de la espalda, como si se tratara de un cojín empapado de agua.
Si lo descubre ahora, lucharé. Le pegaré una patada y una patada y una patada...
Pero no sucedió nada. Durante un buen rato tuvo miedo de abrir los ojos siquiera una rendija, de moverlos aun en lo más mínimo. Lo imaginaba allí en cuclillas, mirando al interior del conducto donde la había escondido, con la cabeza a un lado, inclinada inquisitivamente, en espera de un solo movimiento. ¿Cómo era posible que no supiera que seguía viva? Seguro que había notado los martilleos de su corazón. ¿Y de qué serviría pegarle una patada al gigante de la camioneta? La agarraría por los pies, la sacaría a rastras, y reanudaría el estrangulamiento. Solo que esta vez no se detendría.
Tess yacía entre hojas podridas y agua semiestancada, mirando a la nada a través de sus ojos medio cerrados, concentrada en hacerse la muerta. Pasó a un gris estado de fuga que no era enteramente un estado de inconsciencia, y allí se quedó durante un período de tiempo que pareció largo pero que probablemente no lo fue. Cuando oyó un motor (su camioneta, seguramente su camioneta), Tess pensó: Te estás imaginando ese ruido. O soñándolo. Todavía sigue aquí.
Pero el latido irregular del motor primero creció y luego se desvaneció por Stagg Road.
Es un truco.
Histeria, casi con certeza. Aun si no lo fuera, no podía quedarse ahí toda la noche. Y cuando alzó la cabeza (con una mueca ante la puñalada de dolor en su garganta maltratada) y miró hacia la boca de la tubería, solo vio un círculo expedito de plata lunar. Tess empezó a avanzar serpenteando hacia la luz, y entonces se detuvo.
Es un truco. No me importa lo que hayas oído, él todavía sigue aquí.
Esta vez la idea era más poderosa. Que no viera nada en la boca de la alcantarilla la hacía más poderosa. En una novela de suspense, este sería el momento de falsa relajación que precede al gran clímax. O en una película de miedo. La mano blanca que surgía del lago en Defensa. Alan Arkin que se abalanzaba sobre Audrey Hepburn en Sola en la oscuridad. No le gustaban los libros ni las películas de terror, pero ser violada y casi asesinada parecía haber abierto una cripta entera de recuerdos de libros y películas de miedo, a pesar de todo. Como si estuvieran simplemente ahí, en el aire.
Podría estar esperándola. Si, por ejemplo, contara con la ayuda de un cómplice que se hubiera hecho cargo del camión. Podría estar agazapado más allá de la boca de la tubería, con la paciencia que los hombres de campo tenían.
—Fuera los calzoncillos —susurró, y luego se tapó la boca. ¿Y si la oyera?
Transcurrieron cinco minutos. Podrían haber sido cinco. El agua estaba fría y empezó a tiritar. Pronto le empezarían a castañetear los dientes. Si se hallaba allí, la oiría.
Se ha marchado. Lo oíste.
Quizá. Quizá no.
Y quizá no necesitaba salir de la tubería por donde había entrado. Era una alcantarilla, atravesaría toda la carretera por debajo, y puesto que notaba correr el agua bajo su cuerpo, no se encontraba bloqueada. Podría arrastrarse hasta el otro lado e inspeccionar el aparcamiento de la tienda desierta. Cerciorarse de que la vieja camioneta se había ido. Aún no se hallaría a salvo si existía un cómplice, pero Tess se sentía segura, en las profundidades donde su mente racional se ocultaba, de que no había ninguno. Un cómplice habría insistido en tomar su ración de ella. Además, los gigantes trabajaban solos.
¿Y si se ha ido? ¿Entonces qué?
No lo sabía. No podía imaginar su vida después de pasar esa tarde en la tienda abandonada y esa noche en la tubería con un emplaste de hojas podridas en el hueco de su espalda, pero quizá no fuera preciso. Quizá podría concentrarse en regresar a casa con Fritzy; le daría de comer una lata de Fancy Feast. Visualizó el paquete con total nitidez. Descansaba en un estante de su pacífica despensa.
Se dio la vuelta sobre el vientre y empezó a incorporarse sobre los codos, a fin de recorrer a gatas toda la longitud de la tubería. Entonces descubrió lo que compartía la alcantarilla con ella. Uno de los cadáveres no era mucho más que un esqueleto (que estiraba unas manos huesudas como en súplica), pero aún le quedaba suficiente pelo en el cráneo para que Tess tuviera casi la certeza absoluta de que se trataba del cadáver de una mujer. El otro podría haber sido un maniquí de unos grandes almacenes con el rostro terriblemente desfigurado, excepto por los ojos saltones y la lengua protuberante. Este cuerpo era más fresco, pero los animales lo habían visitado e incluso en la oscuridad Tess distinguió la sonrisa burlona de la dentadura de la mujer muerta.
Un escarabajo salió torpemente del cabello del maniquí y empezó a descender por el puente de su nariz.
Gritando con voz ronca, Tess retrocedió fuera de la alcantarilla y se irguió disparada sobre sus pies, con la ropa pegada al cuerpo de cintura para arriba, empapada. Iba desnuda de cintura para abajo. Y aunque no se desmayó (al menos creía que no), durante un rato su consciencia fue un objeto extrañamente quebrado. Al echar la vista atrás, recordaría la hora siguiente como un escenario en penumbra iluminado por focos esporádicos. De vez en cuando una mujer apaleada con la nariz rota y sangre en los muslos caminaba bajo uno de estos conos de luz. Después, desaparecía de nuevo en la oscuridad.
9
Tess estaba en la tienda, en la amplia superficie central, ahora vacía pero que en una época habría estado dividida en pasillos, con una cámara frigorífica de comida congelada (quizá) en el fondo, y un refrigerador de cerveza (seguro) a lo largo de la pared opuesta. Ella estaba donde olía a escabeche pasado y café rancio. El gigante había olvidado sus pantalones de vestir o planeaba volver a por ellos más tarde, tal vez cuando recogiera los restos de madera incrustada de clavos. Los pescó de bajo el mostrador. Sus zapatos se encontraban debajo, y también su teléfono, destrozado. Sí, en algún momento él volvería. Su cinta para el pelo no se veía por ninguna parte. Recordó (vagamente, del modo en que uno recuerda ciertas cosas de su más tierna infancia) que una mujer le había preguntado ese mismo día dónde la había comprado, y los inexplicables aplausos cuando respondió que en JCPenney. Se acordó del gigante cantando «Brown Sugar», con aquella voz infantil, monótona, estridente, y volvió a desvanecerse.
10
Caminaba por detrás de la tienda bajo la luz de la luna. Se envolvía con un retazo de alfombra alrededor de los hombros temblorosos, pero no podía recordar dónde lo había conseguido. La alfombra estaba mugrienta pero abrigaba, y se la ciñó con fuerza. Se le ocurrió que en realidad andaba en círculos alrededor de la tienda, y que esta podría ser su segunda, tercera, o incluso cuarta vuelta. Se le ocurrió que estaba buscando su Expedition, pero cada vez que no lo encontraba detrás de la tienda, olvidaba que había mirado y volvía a hacer el mismo camino. Se olvidaba porque la habían golpeado en la cabeza y violado y estrangulado y sufría un shock. Se le ocurrió que tal vez le sangrara el cerebro; ¿cómo saber algo así, a menos que uno se despertara con los ángeles y estos se lo contaran? La ligera brisa de la tarde soplaba ahora un poco más fuerte, y el tic-tic-tic del letrero de hojalata sonaba más alto. TE GUSTA LE GUSTAS.
—Seven-Up —murmuró. Su voz era ronca pero aún servible—. Eso es lo que es. A ti te gusta y tú le gustas. —Se oyó alzando su propia voz y entonando una canción. Poseía una buena voz, y el hecho de haber sido estrangulada la dotaba de una aspereza sorprendentemente agradable. Era como escuchar a Bonnie
Tyler cantando bajo la luz de la luna—. ¡Seven Up, sabor refrescante... como un cigarro elegante!
Se le ocurrió que aquello no era correcto, y aun si lo fuera, debería estar cantando algo mejor que un jodido jingle publicitario mientras su voz conservara ese carraspeo; si ibas a ser violada y dejada por muerta en una tubería con dos cadáveres putrefactos, algo bueno tendría que salir de ello.
Voy a cantar el gran éxito de Bonnie Tyler. Voy a cantar «It's a Heartache». Seguro que me sé la letra, estoy segura de que está en el trastero que todo escritor tiene en el fondo de su...
Pero entonces volvió a ausentarse.
11
Estaba sentada en una roca y tenía los ojos hinchados de tanto llorar. El mugriento retazo de alfombra seguía alrededor de sus hombros. Sentía dolor y una quemazón en la entrepierna. Un regusto ácido en la boca sugería que había vomitado en algún punto entre sus paseos alrededor de la tienda y el descanso en esa roca, pero no lo recordaba. Lo que sí recordaba...
¡Me han violado, me han violado, me han violado!
—No eres la primera ni serás la última —dijo, pero este sentimiento de amor cruel, brotando como lo hizo en una serie de sollozos ahogados, no resultaba de mucha ayuda.
¡Ha intentado matarme, casi me mata!
Sí, sí. Y en este momento su fracaso no ofrecía mucho consuelo. Miró a su izquierda y divisó la tienda a cincuenta o sesenta metros carretera abajo.
¡Ha matado a otras! ¡Están en la tubería! ¡Los bichos se arrastran sobre ellas y les da igual!
—Sí, sí —dijo con su voz rasposa de Bonnie Tyler, y entonces volvió a ausentarse.
12
Caminaba por el medio de Stagg Road y cantaba «It's a Heartache» cuando oyó a su espalda el ruido de un motor que se aproximaba. Giró sobre sus talones, a punto de perder el equilibrio, y divisó unos faros que alumbraban la cima de una colina que sin duda ella acababa de superar. Era él. El gigante. Había regresado, y al no encontrar su ropa, había investigado la alcantarilla y descubierto que ella ya no estaba dentro. La buscaba.
Tess salió disparada hacia la cuneta, tropezó sobre una rodilla, perdió la sujeción de su improvisado chal, se irguió, y se adentró a trompicones entre la maleza. Una rama le arañó en la mejilla. Oía a una mujer que sollozaba de miedo. Se tiró al suelo, apoyándose en las manos y las rodillas; el pelo le caía sobre los ojos. La carretera se iluminó cuando los faros salvaron la colina. Vio el trozo de alfombra con total claridad, y supo que el gigante también lo vería. Se detendría y se apearía del vehículo. Ella intentaría huir, pero él la atraparía. Gritaría, pero nadie la oiría. En las historias de este género nunca había nadie para oír los gritos. La mataría, pero antes la violaría un poco más.
El coche (era un coche, no una pick-up) pasó sin reducir la marcha. Del interior manaba música de la Bachman-Turner Overdrive, a todo volumen: «B-B-B-Baby, no has visto n-n- nada aún». Observó el parpadeo de las luces traseras hasta que se perdieron de vista. Notó que se estaba preparando para ausentarse otra vez y se abofeteó las mejillas con ambas manos.
—¡No! —gruñó con su voz de Bonnie Tyler—. ¡No!
Retrocedió un poco. Sintió un fuerte impulso de quedarse agazapada entre los arbustos, pero eso no sería bueno. No era solo que faltara mucho para el amanecer, probablemente aún faltaba mucho para la medianoche. La luna estaba baja en el cielo. No podía quedarse ahí, y no podía continuar... apagándose. Debía pensar.
Tess recogió el trozo de alfombra de la cuneta, empezó a echárselo de nuevo sobre los hombros, y entonces se palpó las orejas, sabiendo lo que descubriría. Los pendientes, las lágrimas de diamante, una de sus pocas extravagancias reales, habían desaparecido. Volvió a romper en lágrimas, pero este arrebato de llanto fue más breve, y cuando terminó se sintió mejor, más como ella misma. Más en ella misma, una habitante de su mente y de su cuerpo en lugar de un espectro flotando alrededor.
¡Piensa, Tessa Jean!
De acuerdo, lo intentaría. Pero caminaría entretanto. Y se acabaron las canciones. El sonido de su voz cambiada le producía escalofríos. Era como si, al violarla, el gigante hubiera creado a una mujer nueva. Ella no quería ser una mujer nueva. Le gustaba la antigua.
Caminar. Caminar bajo la luz de la luna con su sombra avanzando a su lado por la carretera. ¿Qué carretera? Stagg Road. Según Tom, se hallaba a unos seis kilómetros de la intersección de Stagg Road con la US-47 cuando corrió a meterse en la trampa del gigante. No era tan malo; ella caminaba al menos cuatro kilómetros diarios para mantenerse en forma, ejercitándose en la cinta andadora los días que llovía o nevaba. Claro que esta se trataba de su primera caminata como la Nueva Tess, la del dolor, el coño ensangrentado y la voz rasposa. Pero encontraba un aspecto positivo: estaba entrando en calor, la mitad superior de su cuerpo se estaba secando, y llevaba zapatos planos. Casi se había calzado sus tacones de tres cuartos, lo cual habría hecho muy desagradable ese paseo nocturno, sin duda. Tampoco era que hubiera sido divertido bajo ninguna otra circunstancia, no no n...
¡Piensa!
Pero antes de que pudiera empezar a hacerlo, la carretera se iluminó delante de ella. Tess volvió a lanzarse a la maleza como una flecha, esta vez logrando sujetar el retazo de alfombra. Era otro coche, gracias a Dios, no su camioneta, y no desaceleró.
Aún es posible que sea él. Quizá haya cambiado la pick-up por un coche. Pudo llegar a casa, a su guarida, y cambiar de vehículo. Habrá pensado: «verá que es un coche y saldrá de dondequiera que se esconda. Me hará señas con la mano y entonces será mía».
Sí, sí. Eso era lo que pasaría en una película de miedo, ¿verdad? Víctimas aullantes 4, o Terror en Stagg Road 2, o...
Empezaba otra vez a ausentarse, por lo que se dio varias bofetadas más en las mejillas. En cuanto estuviera en casa, en cuanto le pusiera la cena a Fritzy y se metiera en su propia cama (con todas las puertas cerradas con llave y todas las luces encendidas), podría ausentarse todo cuanto quisiera. Pero no ahora. No no no. Ahora tenía que seguir andando, y esconderse cuando se acercara algún vehículo. Si era capaz de hacer esas dos cosas, al final llegaría a la US-47, y quizá hubiera una tienda. Una tienda de verdad, una con cabina de teléfono si tenía suerte..., y se merecía algo de buena suerte. No llevaba su bolso, su bolso aún se encontraba en el Expedition (dondequiera que estuviese), pero se sabía de memoria el número de la tarjeta telefónica de la AT&T; su número de casa más 9712. Facilísimo. Chupado, coser y cantar.
Aquí había una señal al borde de la carretera. A la luz de la luna, Tess pudo leerla con suma facilidad:
ESTÁ ENTRANDO EN EL MUNICIPIO DE COLEWICH.
¡BIENVENIDO, AMIGO!
—Te gusta Colewich, le gustas tú —musitó.
Conocía la localidad, cuyo nombre los lugareños pronunciaban «Colitch». Se trataba en realidad de una ciudad pequeña, una de tantas en Nueva Inglaterra que habían sido prósperas en los días de los molinos textiles y que continuaban subsistiendo de algún modo en la nueva era del comercio libre, cuando los pantalones y las chaquetas de Estados Unidos se fabricaban en Asia o en Centroamérica, probablemente por niños que no sabían leer ni escribir. Aún se hallaba en las afueras, pero seguramente sería capaz de caminar hasta un teléfono.
¿Y luego qué?
Luego ella..., ella...
—Llamaré a una limusina —dijo. La idea irrumpió en su mente como la salida del sol. Sí, eso era exactamente lo que haría.
Si esto era Colewich, entonces su residencia en Connecticut distaba menos de cincuenta kilómetros. El servicio de limusinas que utilizaba cuando quería ir al Aeropuerto Internacional Bradley o a Hartford o a Nueva York (Tess no conducía por ciudad si podía evitarlo) tenía su base en la vecina localidad de Woodfield. Las Limusinas Royal proporcionaban servicio las veinticuatro horas del día. Mejor todavía, tenían archivado el número de su tarjeta de crédito.
Tess se sintió mejor y comenzó a andar un poco más rápido. Entonces unos faros alumbraron la carretera y una vez más se precipitó hacia los arbustos y se agachó, tan aterrada como una presa acorralada: gamo zorro conejo. Este vehículo sí que era un camión, y se puso a temblar. Siguió temblando aun después de ver que se trataba de un pequeño Toyota blanco, en nada parecido a la vieja Ford del gigante. Cuando desapareció, intentó obligarse a volver a la carretera, pero al principio no pudo. Lloraba otra vez, lágrimas cálidas en su rostro frío. Notaba que se estaba preparando para abandonar el cono de luz de la consciencia una vez más. No debía dejar que eso pasara. Si se permitiera a sí misma adentrarse demasiadas veces en aquella negrura despierta, al final podría no encontrar el camino de regreso.
Se obligó a concentrarse en lo que haría después: darle las gracias al conductor de la limusina y añadir una propina en el formulario de la tarjeta de crédito antes de recorrer lentamente el paseo flanqueado de flores hasta la puerta principal. Levantar el buzón y coger la llave suplementaria del gancho oculto detrás. Escuchar los maullidos ansiosos de Fritzy.
Pensar en Fritzy obró el milagro. Se abrió camino entre la maleza y reanudó su marcha, preparada para ponerse a cubierto al segundo de percibir la luz de unos faros. En el mismo segundo. Porque él estaba ahí fuera, en algún sitio. Comprendió que de aquí en adelante él siempre estaría ahí fuera. A menos, claro, que la policía lo atrapara y lo encarcelara. Pero para que eso ocurriera ella tendría que denunciar lo sucedido, y en el instante en que le vino la idea a la mente, visualizó un deslumbrante titular negro al estilo del New York Post:
ESCRIBA DE «WILLOW GROVE» VIOLADA TRAS UNA CONFERENCIA
Los tabloides como el Post sin duda reproducirían una foto suya de diez años atrás, cuando se publicó su primer libro de la Sociedad de la Calceta. En aquellos días ella rondaba los treinta, tenía un largo cabello rubio oscuro que le caía en cascada por la espalda, y unas bonitas piernas que le gustaba exhibir con faldas cortas. Más, de noche, la clase de zapatos descubiertos de tacón alto a los que algunos hombres (el gigante, por ejemplo, casi seguro) se referían como zapatos de folladora. No mencionarían que ahora era diez años más vieja, pesaba nueve kilos más, y que cuando fue agredida sexualmente vestía un cómodo y práctico atuendo, casi desaliñado, de mujer de negocios; esos detalles no encajaban con el tipo de historia que gustaba contar a los tabloides. El artículo sería suficientemente respetuoso (si bien con un deje de frivolidad entre líneas), pero su foto contaría la historia real, una que probablemente precedía a la invención de la rueda: Ella lo pidió... y tuvo lo que quería.
¿Era realista, o solo se trataba de su vergüenza y su maltrecho sentido de la autoestima imaginando el peor escenario? ¿La parte de ella que querría continuar escondiéndose en los arbustos aun si lograba escapar de esa horrible carretera y ese horrible estado de Massachusetts y regresar a su segura casita en Stoke Village? Lo ignoraba, y supuso que la verdadera respuesta sub- yacía en algún punto entre medias. Una cosa que sí sabía era que conseguiría el tipo de cobertura a escala nacional que a toda escritora le gustaría cuando publica un libro y que ninguna desea por ser violada y robada y dejada por muerta. Visualizó a alguien que alzaba la mano durante el Turno de Preguntas y que inquiría: «¿Se le insinuó usted de algún modo?».
Eso era ridículo, y Tess lo sabía pese a su estado actual... pero también sabía que si aquello salía a la luz, algún día alguien alzaría la mano para preguntar: «¿Va a escribir sobre ello?».
¿Y qué diría? ¿Qué podría decir?
Nada, pensó Tess. Me taparía los oídos con las manos y huiría del escenario.
Pero no.
No no no.
La verdad era, en primer lugar, que ella no se vería en esa situación. ¿Cómo iba a ser capaz de asistir a otra lectura, a otra conferencia, a otra firma de libros, sabiendo que él podría aparecer, sonriéndole desde la última fila? ¿Sonriendo bajo aquella extravagante gorra marrón con manchas de lejía? Quizá con sus pendientes en el bolsillo. Acariciándolos.
La idea de contárselo a la policía le provocó una quemazón en la piel, y pudo notar su rostro literalmente estremeciéndose de vergüenza, incluso allí fuera, sola en la oscuridad. Quizá no fuera Sue Grafton ni Janet Evanovich, pero tampoco era, estrictamente hablando, una persona anónima. Hasta saldría en la CNN durante uno o dos días. El mundo se enteraría de que un gigante loco de sonrisa burlona había descargado su pistola dentro de la Escriba de Willow Grove. Incluso podría destaparse el hecho de que se guardó su ropa interior como recuerdo. La CNN no informaría de esa parte, pero el National Enquirer o el Inside View no tendrían escrúpulos.
Fuentes de la investigación han señalado que se encontró la ropa interior de la Escriba en el cajón del presunto violador: unas braguitas azules de Victoria Secret con ribetes de encaje.
—No puedo contarlo —dijo—. No se lo contaré a nadie.
Pero hubo otras antes que tú, podría haber otras después de...
Rechazó ese pensamiento. Estaba demasiado cansada para plantearse cuál era su responsabilidad moral. Se ocuparía de aquella cuestión más tarde, si Dios quería concederle un más tarde..., y parecía probable. Pero no en esta carretera desierta donde cualquier par de luces que se aproximara podría traer detrás a su violador.
El suyo. Ahora le pertenecía.
13
Aproximadamente un kilómetro y medio después de pasar la señal de Colewich, Tess comenzó a oír un rumor quedo, rítmico, que parecía brotar de la carretera a través de sus pies. Su primer pensamiento fue para los Morlocks mutantes de H. G. Wells, atendiendo su maquinaria en las entrañas de la tierra, pero otros cinco minutos aclararon el sonido. Le llegaba por el aire, no desde el suelo, y era un sonido que conocía: el latido de un bajo. El resto de la banda fue uniéndose a medida que avanzaba. Empezó a divisar una luz en el horizonte, no unos faros, sino el fulgor blanco de los arcos de sodio y el destello rojo del neón. El grupo estaba tocando «Mustang Sally», y pudo oír risas. Era un sonido ebrio y hermoso, salpicado de voces alegres y festivas. Hizo que le entraran ganas de llorar un poco más.
El bar de carretera, un viejo granero de mala muerte con un enorme aparcamiento de tierra que parecía lleno hasta los topes, se llamaba Stagger Inn. Se detuvo al borde del resplandor proyectado por las farolas del aparcamiento, frunciendo el ceño. ¿Por qué tantos coches? Entonces recordó que era viernes por la noche. Por lo visto el Stagger Inn era el local de moda de la noche de los viernes si vivías en Colewich o en alguna de las poblaciones vecinas. Tendrían un teléfono, pero había demasiadas personas. Se fijarían en su rostro amoratado y su nariz torcida. Querrían saber qué le había sucedido, y no se encontraba en condiciones de inventarse una historia. Al menos no todavía. Ni siquiera un teléfono público en el exterior sería de utilidad, porque también distinguía gente fuera. A montones. Por supuesto. En estos días tenías que salir fuera si querías fumar un cigarrillo. Además...
Él podría estar allí. ¿No había estado brincando alrededor de ella en algún momento, cantando una canción de los Rolling Stones con una horrible voz disonante? Tess supuso que podría haber soñado aquella parte (o haber sufrido una alucinación), pero no lo creía. ¿No era posible que, después de esconder su coche, él hubiera venido aquí mismo, al Stagger Inn, con las cañerías limpias y listas para pasar la noche de fiesta?
El grupo se lanzó a interpretar una versión perfectamente apropiada de un viejo tema de los Cramps: «Can Your Pussy Do the Dog».
No, pensó Tess, pero hoy un perro se lo hizo a mi conejito, no cabe duda.
La Vieja Tess no aprobaría un chiste semejante, pero a la Nueva Tess le pareció la hostia de gracioso. Profirió una carcajada ronca y echó a andar de nuevo, cruzando al otro lado de la carretera, donde las luces del aparcamiento del bar no la alcanzaban de lleno.
Al pasar más allá del edificio, vio una vieja furgoneta blanca estacionada de espaldas a un muelle de carga. No había farolas a este lado del Stagger Inn, pero la luz de la luna fue suficiente para mostrarle el esqueleto que aporreaba la batería de magdalenas. No era de extrañar que la furgoneta no se hubiera detenido a recoger los maderos llenos de clavos desperdigados en el asfalto. Los Panaderos Zombis llegaban tarde al montaje, y eso no era bueno, porque los viernes noche, en el Stagger Inn, las caderas se meneaban, con los músicos se vibraba y el buen rollo reinaba.
—¿Tu conejito sabe hacer el perro? —preguntó Tess, y se ciñó un poco más el retazo roñoso de alfombra alrededor del cuello. No era una estola de visón, pero en la fría noche de octubre era mejor que nada.
14
Cuando Tess alcanzó la intersección de Stagg Road y la Ruta 47, contempló algo hermoso: un Gas & Dash con dos teléfonos públicos en la pared de ladrillos de hormigón entre los servicios.
Usó primero el aseo de mujeres, y cuando la orina empezó a fluir, se tuvo que tapar la boca con la mano para sofocar un grito; era como si alguien le hubiera encendido un librillo de cerillas allí dentro. Lágrimas frescas rodaron por sus mejillas al levantarse del retrete. El agua en la taza tenía un color rosa pastel. Se limpió, muy cuidadosamente, con una hoja de papel higiénico, y luego tiró de la cadena. Habría doblado varias hojas más para ponérselas en la entrepierna de sus braguitas, pero por supuesto no pudo hacerlo. El gigante se las había quedado como recuerdo.
—So cabrón —dijo.
Con la mano en el pomo, hizo una pausa para observar a la mujer magullada y de ojos conmocionados en el espejo metálico salpicado de agua sobre el lavabo. Después salió.
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Descubrió que usar un teléfono público en la era moderna se había vuelto extrañamente difícil, aun cuando tuvieras memorizado el número de tu tarjeta de llamada. El primer teléfono que probó solo funcionaba en una dirección: podía oír a la operadora de información telefónica, pero la operadora no podía oírla a ella, y cortó la conexión sin más. El otro teléfono colgaba torcido en la pared (nada alentador) pero funcionaba. Había un molesto pitido de fondo, pero al menos le permitía comunicarse con la operadora. Solo que Tess no tenía ningún bolígrafo ni ningún lápiz. Guardaba varios instrumentos de escritura en su bolso, pero por supuesto su bolso había desaparecido.
—¿No puede conectarme directamente? —preguntó a la operadora.
—No, señora, para poder utilizar la tarjeta de crédito tiene que marcar el número usted misma.
La operadora hablaba con el tono de voz de alguien que le está explicando una obviedad a una niña tonta. Tess no se enfadó por eso; se sentía realmente como una niña tonta. Entonces advirtió la suciedad que cubría los ladrillos de hormigón de la pared. Le pidió el número a la operadora, y cuando se lo dio, lo escribió en el polvo con el dedo.
Antes de que pudiera comenzar a marcar, una camioneta entró en el aparcamiento. El corazón se le subió a la garganta con una facilidad acrobática, mareante, y cuando se bajaron dos muchachos risueños con chaquetas de la escuela secundaria y se metieron a toda prisa en la tienda, se alegró de tenerlo allí. Bloqueaba el grito que de otra forma seguramente hubiera dejado escapar.
Sintió que el mundo intentaba alejarse y apoyó la cabeza en la pared durante un instante, jadeando en busca de aliento. Cerró los ojos. Vio al gigante descollando sobre ella, con las manos en los bolsillos del peto, y volvió a abrir los ojos. Marcó el número escrito en el polvo de la pared.
Se preparó para un contestador automático, o para un aburrido recepcionista que le diría que no disponían de ningún coche, claro que no, era noche de viernes, ¿su estupidez es de nacimiento, señora, o es que ha estudiado? Pero al segundo timbrazo contestó una seria mujer que se identificó como Andrea. Escuchó a Tess, y dijo que le enviarían un coche inmediatamente. Su chófer sería Manuel. Sí, conocía exactamente el lugar desde donde llamaba Tess, porque mandaban coches al Stagger Inn continuamente.
—Vale, pero no estoy ahí —dijo Tess—. Es en el cruce a unos ochocientos metros por...
—Sí, señora, lo tengo —la interrumpió Andrea—. El Gas & Dash. A veces también vamos allí. La gente a menudo se va andando y llaman si han bebido un poco demasiado. Tardará unos cuarenta y cinco minutos. Quizá una hora.
—Estupendo —dijo Tess. Otra vez se le soltaron las lágrimas. Lágrimas de gratitud, en esta ocasión, aunque se recordó a sí misma que no debía relajarse, porque en las historias como esta las esperanzas de la heroína con frecuencia resultaban ser falsas—. Perfecto. Esperaré a la vuelta de la esquina, junto a los teléfonos. Y estaré atenta.
Ahora me preguntará si yo he bebido un poco demasiado. Porque seguro que lo parece.
Pero Andrea solo quiso saber si pagaría en efectivo o con tarjeta.
—American Express. Debería estar en su ordenador.
—Sí, señora, aquí está. Gracias por llamar a Limusinas Royal, donde cada cliente es tratado a cuerpo de rey. —Andrea cortó la comunicación antes de que Tess pudiera responder un «de nada».
Se disponía a colgar el teléfono cuando un hombre (él, es él) dobló la esquina de la tienda y se dirigió directo hacia ella. Esta vez el grito no tuvo ninguna posibilidad; se quedó paralizada de terror.
Era uno de los adolescentes. Pasó por delante sin mirarla y torció a la izquierda en el aseo de hombres. La puerta se cerró de golpe. Un momento después le llegó el sonido entusiasta, como de caballo, del joven al vaciar una vejiga formidablemente sana.
Tess recorrió el costado del edificio hacia la parte trasera. Permaneció allí parada al lado de un contenedor hediondo (no, pensó, lo que estoy haciendo es acechar), esperando a que el muchacho terminara y se fuera. Después regresó junto a los teléfonos para vigilar la carretera. A pesar de todas las partes del cuerpo que le dolían, su estómago retumbaba de hambre. Se había perdido la cena, con su violación y casi asesinato había estado demasiado ocupada para comer. Se habría alegrado de echar mano a cualquiera de los aperitivos que vendían en sitios como ese, incluso esas asquerosas galletitas de mantequilla de cacahuete, con su color amarillo tan raro, habrían sido una delicia, pero no tenía dinero. Y aun en el caso de llevar algo encima, no se atrevería a entrar. Sabía qué tipo de luces se instalaban en las tiendas de conveniencia como Gas & Dash, con aquellos fluorescentes brillantes y despiadados que hacían que la gente sana tuviera aspecto de padecer cáncer de páncreas. El empleado tras el mostrador se fijaría en su frente y en sus mejillas amoratadas, su nariz rota y sus labios hinchados, y puede que se callara, pero Tess advertiría su mirada de sorpresa. Y quizá una mueca rápidamente reprimida. Porque, debía afrontarlo, existían personas que podrían pensar que pegar a una mujer era divertido. Especialmente un viernes por la noche. «¿Quién le ha dado una tunda, señora, y qué hizo usted para merecerla? ¿No habrá recibido lo que quería después de que algún tipo gastara sus horas extras con usted?»
Se acordó de un viejo «chiste» que había oído en algún sitio: «¿Por qué hay trescientas mil mujeres maltratadas cada año en Estados Unidos? Porque... no escuchan una mierda».
—Da igual —musitó—. Ya comeré algo cuando llegue a casa. Una ensalada de atún, a lo mejor.
Sonaba bien, pero una parte de ella estaba convencida de que sus días de comer ensaladas de atún (o, para el caso, las repugnantes galletas amarillas de mantequilla de cacahuete que se vendían en gasolineras) habían acabado. La idea de una limusina viniendo a recogerla y sacándola de esa pesadilla era un espejismo insano.
Desde algún punto a su izquierda le llegaba el sonido de los vehículos circulando por la 1 ࢤ 84; la carretera que Tess habría tomado si no se hubiera mostrado tan dispuesta a que le ofrecieran una ruta a casa más corta. Allí en la autopista, gente que nunca había sido violada ni metida en tuberías iba de un sitio a otro. Tess creyó que el sonido de aquellos despreocupados viajes era el más desolador que hubiera oído jamás.
16
Llegó la limusina, una Lincoln Town Car. El hombre sentado tras el volante se apeó y miró en derredor. Tess lo observó celosamente desde la esquina de la tienda. Vestía un traje oscuro. Era un tipo pequeño, con gafas, que no tenía pinta de violador..., pero, por descontado, no todos los gigantes eran violadores ni todos los violadores eran gigantes. Tenía que confiar en él, sin embargo. Si quería volver a casa y dar de comer a Fritzy, no le quedaba alternativa. Por tanto, dejó caer su improvisada y asquerosa estola junto al teléfono que aún funcionaba y caminó despacio y con paso firme hacia el coche. La luz que brillaba a través de las ventanas resultaba cegadora después de haber permanecido en las sombras a ese lado del edificio, y sabía el aspecto que presentaba su rostro.
Me preguntará qué me ha pasado, y me preguntará si quiero ir a un hospital.
Pero Manuel (que acaso hubiera presenciado cosas peores, no era imposible) se limitó a sujetar la puerta y a decir:
—Bienvenida a su Limusina Real, señora. —Tenía un ligero acento hispano a juego con su tez aceitunada y sus ojos oscuros.
—Donde me tratan a cuerpo de rey —dijo Tess. Procuró sonreír, lo cual hizo que le dolieran los labios hinchados.
—Sí, señora. —Nada más. Que Dios bendijera a Manuel, que acaso hubiera presenciado cosas peores, quizá en su lugar de origen, quizá en la parte de atrás de ese mismo coche. ¿Quién sabía qué secretos guardaban los conductores de limusina? Era una pregunta que podría encerrar un buen libro en su interior. No de la clase que ella escribía, claro..., aunque ¿quién sabía qué clase de libros escribiría después de esto? ¿O si volvería a escribir alguno? La aventura de aquella noche podría haberle arrebatado aquel solitario placer durante una temporada. Quizá para siempre. Resultaba imposible saberlo.
Subió al asiento trasero del coche, moviéndose como una anciana con osteoporosis avanzada. Ya sentada, y después de que el chófer hubiera cerrado la puerta, envolvió los dedos alrededor de la manija y observó con atención, queriendo cerciorarse de que era Manuel quien se ponía ante el volante, y no el gigante del peto. En Terror en Stagg Road 2 habría sido el gigante: una vuelta de tuerca más antes de los créditos. Usa un poco de ironía, es buena para la sangre.
Pero fue Manuel quien entró en el coche. Por supuesto. Se relajó.
—La dirección que tengo es Primrose Lañe, número 19, en Stoke Village. ¿Es correcta?
Por un instante fue incapaz de recordar; en la cabina había tecleado sin vacilación el número de su tarjeta telefónica, pero se quedaba en blanco cuando se trataba de su propia dirección.
Relájate, se dijo. Ya se acabó. Esto no es una película de miedo, es tu vida. Has pasado por una experiencia terrible, pero ya se acabó. Así que relájate.
—Sí, Manuel, así es.
—¿Querrá hacer alguna parada, o vamos directamente a su casa? —Fue lo más cerca que estuvo de mencionar lo que las luces del Gas & Dash debían de haberle mostrado mientras ella caminaba hacia el Town Car.
Era solo suerte que siguiera tomando sus píldoras anticonceptivas (suerte y tal vez optimismo; ni siquiera había tenido un rollo de una noche en los últimos tres años, a menos que uno contara lo de esa tarde), pero la suerte había escaseado en el día de hoy, y agradecía esta pequeña bendición. Estaba segura de que Manuel podría encontrar una farmacia abierta en algún punto del trayecto, los conductores de limusina parecían conocer esa clase de cosas, pero no se veía capaz de entrar en una y pedir la píldora del día después. Su rostro habría revelado demasiado bien por qué necesitaba una. Además, estaba el problema del dinero, por supuesto.
—Ninguna parada, tan solo lléveme a casa, por favor.
Pronto estuvieron en la 1 ࢤ 84, muy concurrida por el tráfico de un viernes noche. Stagg Road y la tienda abandonada quedaron atrás. Lo que le aguardaba delante era su propia casa, con su sistema de seguridad y una cerradura en cada puerta. Y eso era bueno.
17
Todo se desarrolló exactamente igual a como lo había visualizado: la llegada, la propina que añadió al recibo de la tarjeta de crédito, el recorrido por el paseo bordeado de flores (le pidió a Manuel que esperara y la iluminara con los faros hasta que entrase), los maullidos de Fritzy mientras inclinaba el buzón y pescaba la llave del gancho. Entonces estuvo dentro, y Fritzy se le enroscó ansiosamente alrededor de los pies, deseando que lo tomara en brazos y lo acariciara, deseando que le diera comida. Tess hizo esas cosas, pero antes cerró con llave la puerta principal y a continuación activó la alarma antirrobos por primera vez en meses. Cuando vio el destello de la palabra ARMADA en la pantallita verde sobre el teclado numérico, por fin empezó a sentirse como ella misma, o algo similar. Miró el reloj de cocina y quedó atónita al ver que solo eran las once y cuarto.
Mientras Fritzy se comía su Banquete de Fantasía, ella comprobó las puertas del patio trasero y de la terraza lateral, cerciorándose de que ambas tuvieran el pestillo echado. Después las ventanas. Se suponía que el panel de control de la alarma informaba si algo se encontraba abierto, pero no confiaba en él. Cuando tuvo la certeza de haber asegurado todo, se dirigió al armario del pasillo delantero y bajó una caja que llevaba tanto tiempo en el estante superior que estaba cubierta por un paño de polvo.
Cinco años atrás se había producido una oleada de robos y asaltos a casas en el norte de Connecticut y el sur de Massachusetts. Los malos eran sobre todo drogadictos enganchados a los ochenta, así llamaban a la Oxycontina sus muchos admiradores de Nueva Inglaterra. Se exhortó a los residentes de la zona a que fueran particularmente cuidadosos y que tomaran «precauciones razonables». Tess no se había formado una opinión a favor o en contra de las armas de fuego, ni le preocupaba especialmente que unos extraños invadieran su casa durante la noche (no en aquel entonces), pero un arma parecía encajar bien bajo el epígrafe de «precauciones razonables», y en cualquier caso, pretendía instruirse sobre pistolas para el próximo libro de Willow Grove. El miedo a un robo parecía la oportunidad perfecta.
Fue a la armería de Hartford que tenía la mejor valoración en internet, y el empleado le recomendó un Smith & Wesson del calibre 38, un modelo que denominó Exprimelimones. Lo compró principalmente porque le gustó el nombre. El empleado también le habló sobre un buen campo de tiro a las afueras de Stoke Village. Tess había ido diligentemente con su arma una vez que el período de espera de cuarenta y ocho horas expiró y la tuvo realmente en su poder. Disparó unas cuatrocientas balas en el transcurso de una semana, y al principio disfrutaba de la emoción de los estallidos, pero rápidamente se hizo aburrido. La pistola había permanecido en el armario desde entonces, guardada en su caja junto con cincuenta cartuchos de munición y su licencia de armas.
Cargó el revólver, sintiéndose mejor, más segura, con cada bala que metía en el tambor. Lo puso en la encimera de la cocina y luego comprobó el contestador automático. Había un mensaje. Era de Patsy McClain, la vecina de al lado. «No he visto ninguna luz esta noche, así que imagino que has decidido quedarte en Chicopee. ¿O es que te has ido a Boston? En cualquier caso, he usado la llave de detrás del buzón para dar de comer a Fritzy. Ah, y te dejé el correo en la mesita de la entrada. Todo publicidad, lo siento. Llámame mañana antes de que salga para el trabajo si ya estás de vuelta. Solo quiero saber si has llegado sana y salva.»
—Oye, Fritz —dijo Tess, al tiempo que se agachaba para acariciarle—. Supongo que esta noche has tenido ración doble. Muy inteligente por tu...
Alas grises se cernieron sobre su visión, y si no se hubiera agarrado a la mesa de cocina, habría caído cuan larga era en el suelo de linóleo. Profirió un grito de sorpresa que sonó débil y distante. Fritzy echó las orejas hacia atrás, le dedicó una escrutadora mirada con los ojos entornados, pareció decidir que no iba a desplomarse (al menos, no encima de él), y regresó a su segunda cena.
Tess se enderezó despacio, sujetándose a la mesa para mayor seguridad, y abrió el frigorífico. No había ensalada de atún, pero sí requesón con mermelada de fresa. Lo devoró con avidez, raspando el recipiente de plástico con la cuchara para apurar hasta el último resto de cuajada. Estaba frío y se deslizaba con suavidad por su dañada garganta. No estaba muy segura de que hubiera podido comer carne, de todas formas. Ni siquiera atún de lata.
Bebió zumo de manzana directamente de la botella, eructó, y luego caminó con dificultad hasta el cuarto de baño de abajo. Se llevó consigo la pistola, con el dedo por fuera del seguro del gatillo, como le habían enseñado.
En el estante sobre el lavabo había un espejo de aumento ovalado, un regalo de Navidad de su hermano que vivía en Nuevo México. Escrito encima con letras doradas se leían las palabras GUAPA YO. La Vieja Tess lo había utilizado para depilarse las cejas y arreglarse rápidamente el maquillaje. La nueva lo utilizó para examinarse los ojos. Estaban inyectados en sangre, por supuesto, pero las pupilas parecían del mismo tamaño. Apagó la luz del baño, contó hasta veinte, luego la volvió a encender y observó que sus pupilas se contraían. Aquello también parecía estar bien. Así que probablemente no hubiera sufrido ninguna fractura de cráneo. Quizá una conmoción cerebral, una ligera conmoción cerebral, pero...
Como si yo lo supiera. Tengo una Licenciatura en Artes por la Universidad de Connecticut y un doctorado en ancianas señoras detectives que se pasan al menos un cuarto de cada novela intercambiándose recetas que copio de internet y modifico solo lo suficiente para que no me acusen de plagio. Puede que entre en coma o que muera de una hemorragia cerebral durante la noche. Patsy me encontraría la próxima vez que viniera a dar de comer al gato. Tienes que ir a ver a un médico, Tessa Jean. Y lo sabes.
Lo que sabía era que si iba a su médico, cabía la posibilidad real de que su infortunio llegara a ser de dominio público. Los médicos garantizaban la confidencialidad, formaba parte de su juramento hipocrático, y una mujer que se ganara la vida como abogada o como asistenta o como agente inmobiliario casi podía dar por descontado que se respetaría su privacidad. Hasta podría ocurrir en el caso de la misma Tess, era ciertamente posible. Probable, incluso. Por otra parte, bastaba con ver lo sucedido a Farrah Fawcett: se convirtió en pasto de tabloides cuando un empleado de hospital se fue de la lengua. La misma Tess había oído rumores sobre las desventuras psiquiátricas de un novelista que había sido un clásico de las listas de ventas con sus relatos de vigorosas hazañas. La propia agente de Tess le había pasado el más jugoso de estos rumores mientras comían no hacía ni dos meses... y Tess escuchó.
Hice más que escuchar, pensó mientras contemplaba su yo golpeado y aumentado. Pasé aquel chismorreo en cuanto tuve oportunidad.
Aunque el médico y su personal mantuvieran la boca cerrada sobre la escritora de misterio que había sido golpeada, violada y atracada al volver de una aparición pública, ¿qué pasaría con los pacientes que pudieran verla en la sala de espera? Para algunos no sería solo otra mujer con moratones en la cara que prácticamente gritaban paliza; sería la novelista residente en Stoke Village, ya sabes quién, hicieron una película para la tele sobre unas señoras detectives hace un año o dos, la echaron en el canal Lifetime, por Dios, seguro que la has visto.
No tenía la nariz rota, después de todo. Resultaba difícil creer que algo pudiera doler tantísimo sin estar roto, pero así era. Estaba hinchada (por supuesto, pobrecita), y dolía, pero podía respirar por ella; además, en el piso de arriba guardaba algo de Vico- dina con la que capear el dolor por esa noche. Sin embargo, tenía un par de radiantes ojos a la funerala, una mejilla amoratada e hinchada, y un anillo de cardenales alrededor de la garganta. Eso era lo peor, era la clase de collar que la gente interpretaba solo en un sentido. Contaba, además, con una colección de contusiones, moratones y rasguños en la espalda, en las piernas y en el trasero. Pero ropajes y medias encubrirían la tragedia.
Genial. Soy poeta y no lo sé.
—La garganta... Podría llevar cuellos de cisne.
Totalmente. Octubre era tiempo para cuellos de cisne. En cuanto a Patsy, podría decirle que por la noche se cayó por las escaleras y se golpeó en la cara. Decirle que...
—Que creí oír un ruido, y que cuando bajaba las escaleras para echar un vistazo, Fritzy se me enredó entre los pies.
Fritzy oyó su nombre y maulló desde la puerta del cuarto de baño.
—Decir que me pegué en mi estúpida cara con el balaustre a los pies de la escalera. Podría incluso...
Incluso hacer una pequeña marca en el poste, por supuesto que sí. Quizá con el martillo para ablandar carne que guardaba en un cajón de la cocina. Nada llamativo, solo uno o dos golpecitos, lo suficiente para desconchar la pintura. Esa historia no engañaría a un médico (ni a una vieja y perspicaz detective como Doreen Marquis, decana de la Sociedad de la Calceta), pero sí engañaría a la dulce Patsy McC, cuyo marido no le había levantado la mano ni una sola vez en los veinte años que estuvieron juntos.
—No es que tenga algo de lo que estar avergonzada —susurró a la mujer en el espejo. La Nueva Mujer con la nariz torcida y los labios hinchados—. No es eso. —Cierto, pero la exposición pública la avergonzaría. Se hallaría desnuda. Una víctima desnuda.
Pero ¿y qué pasa con las demás mujeres, Tessa Jean? ¿Las mujeres de la tubería?
Tendría que pensar en ellas, pero no esta noche. Esta noche se encontraba cansada, dolorida, y escarificada hasta el fondo de su alma.
Muy en su interior (en su alma escarificada) sintió un ascua encendida de furia hacia el hombre responsable de esto. El hombre que la había puesto en aquella situación. Miró la pistola depositada al lado del lavabo, y supo que si él estuviera ahí, la usaría sin un segundo de vacilación. Saber eso la hizo sentirse confusa respecto a sí misma. También la hizo sentir más fuerte.
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Picó el poste de la escalera con el martillo para ablandar carne, tan cansada para entonces que se sentía como si viviera un sueño en la cabeza de otra mujer. Examinó la muesca, decidió que parecía demasiado deliberada, y dio varios martillazos más suaves alrededor de los bordes del desperfecto. Cuando creyó que se parecía a algo que podría haber causado al golpearse la cara (con la parte donde tenía la peor contusión), subió las escaleras despacio y recorrió el pasillo, sosteniendo la pistola en una mano.
Durante un momento vaciló frente a la puerta de su dormitorio, que estaba entornada. ¿Y si él estuviera dentro? Si tenía su bolso, tenía su dirección. No había activado la alarma antirrobo hasta que regresó (menudo descuido). El podría haber aparcado su vieja F-150 a la vuelta de la esquina. Podría haber forzado la cerradura de la puerta de la cocina. Probablemente no habría requerido mucho más que un cincel.
Si estuviera aquí, notaría su olor. El olor a sudor. Y le pegaría un tiro. Nada de «Túmbate en el suelo» ni «Levanta las manos, voy a llamar al 911», ninguna de esas tonterías de película de miedo. Le pegaría un tiro sin más. Pero ¿sabes qué le diría primero?
—Te gusta, le gustas —dijo con voz grave, áspera como una lima. Sí. Exactamente eso. El no lo entendería, pero ella sí.
Descubrió que en cierta forma deseaba encontrárselo en su habitación. Eso significaba probablemente que la Nueva Mujer estaba más que un poco chiflada, pero ¿y qué? Si todo saliera a relucir entonces, merecería la pena. Dispararle haría que la humillación pública fuera más soportable. ¡Y míralo por el lado bueno! ¡Seguro que le daría un empujón a las ventas!
Me gustaría ver el terror en sus ojos cuando se diera cuenta de que de verdad lo haría. Puede que compensara al menos una parte de esto.
Tuvo la impresión de que su mano ciega tardaba una eternidad en encontrar el interruptor del dormitorio; por supuesto, esperaba el momento en que le apresara los dedos mientras buscaba a tientas. Se quitó la ropa despacio, y profirió un sollozo acuoso y miserable cuando se desabrochó los pantalones y vio la sangre seca en su vello púbico.
Se duchó con el agua tan caliente como pudo soportar, lavándose las partes del cuerpo que toleraban ser lavadas, dejando que el agua aclarara el resto. Agua caliente y limpia. Quería desprenderse del olor de él, y también del olor a moho del retazo de alfombra. Después, se sentó en el inodoro. Esta vez no sufrió tanto al orinar, pero la saeta de dolor que le atravesó la cabeza cuando intentó, muy cautelosamente, enderezarse la nariz hizo que se le escapara un grito. Bueno, ¿y qué? Nell Gwyn, la célebre actriz isabelina, había tenido la nariz torcida. Tess estaba segura de haberlo leído en algún sitio.
Se puso el pijama de franela y arrastró los pies hasta la cama, donde se acostó dejando todas las luces encendidas y el Exprimelimones calibre 38 en la mesilla de noche, creyendo que nunca se dormiría, que su inflamada imaginación convertiría cada ruido de la calle en el advenimiento del gigante. Pero entonces Fritzy saltó a la cama, se enroscó a su lado, y empezó a ronronear. Eso estaba mejor.
Estoy en casa, pensó. Estoy en casa, estoy en casa, estoy en casa.
19
Al despertar, la luz indiscutiblemente cuerda de las seis de la mañana entraba a raudales por las ventanas. Había cosas que era necesario hacer y decisiones que era necesario tomar, pero por el momento le bastaba con estar viva y en su propia cama en lugar de metida en una alcantarilla.
Esta vez la micción fue casi normal, y no vio nada de sangre. Volvió a darse una ducha; una vez más hizo correr el agua tan caliente como pudo soportar, cerrando los ojos y dejando que cayera sobre la cara palpitante. Cuando tuvo suficiente, se echó champú en el pelo y lo extendió lenta y metódicamente, empleando los dedos para masajearse el cuero cabelludo, sorteando el punto doloroso donde debió de golpearla. Al principio el profundo rasguño en su espalda le escocía, pero pasó y sintió como un ramalazo de felicidad. Apenas si pensó en la escena de la ducha de Psicosis.
La ducha siempre era donde mejor desarrollaba sus ideas, un ambiente similar a un útero, y si alguna vez había necesitado concentrarse y pensar bien, ese era el momento.
No quiero ir a ver al doctor Hedstrom, y no me hace falta ir a ver al doctor Hedstrom. Esa decisión ya está tomada, aunque más tarde, a lo mejor dentro de un par de semanas, cuando mi cara recupere su aspecto más o menos normal, tendré que hacerme análisis de ETS...
—No te olvides de la prueba del sida —dijo, y la idea le retorció el rostro en una mueca tan violenta que le dolió la boca. Le aterraba la idea. Sin embargo, tendría que efectuarse la prueba. Por su propia tranquilidad de espíritu. Y nada de eso abordaba la que ahora reconocía que era la cuestión principal de la mañana. Lo que hiciera o dejara de hacer respecto a su propia violación solo le concernía a ella, pero eso no se aplicaba a las mujeres de la tubería. Mujeres que habían perdido mucho más que ella. ¿Y la siguiente mujer que fuera atacada por el gigante? Porque habría otra, de eso no le cabía duda. Quizá no hasta dentro de un mes, o un año, pero la habría. Al cerrar el grifo de la ducha, Tess comprendió (de nuevo) que la próxima podría ser ella, en el caso de que el gigante regresara a comprobar la alcantarilla y no la encontrara allí. Ni la ropa en la tienda, por supuesto. Si había hurgado en su bolso, lo cual era casi seguro, entonces tendría su dirección.
—También mis pendientes de diamante —dijo—. El hijo de puta pervertido de mierda me robó mis pendientes.
Aun si él evitara la tienda y la alcantarilla durante una temporada, aquellas mujeres ahora pertenecían a Tess. Eran su responsabilidad, y no debía eludirla solo porque su foto pudiera aparecer en la portada del Inside View.
Bajo la serena luz matinal en una zona residencial de Connecticut, la solución se le antojaba ridículamente simple: una llamada anónima a la policía. El hecho de que una novelista profesional con diez años de experiencia no hubiera pensado en ella inmediatamente casi se merecía el castigo de una tarjeta amarilla. Daría la ubicación (la tienda abandonada TE GUSTA LE GUSTAS en Stagg Road), y describiría al gigante. ¿Qué dificultad entrañaría localizar a un hombre así? ¿O a una camioneta Ford F-150 de color azul con un emplaste de Bondo alrededor de los faros?
Chupado, coser y cantar.
Pero mientras se secaba el pelo, sus ojos se posaron sobre el Exprimelimones del 38 y pensó: Demasiado fácil. Porque...
—¿Qué saco yo a cambio? —le preguntó a Fritzy, que se hallaba sentado en la puerta y la miraba con sus luminosos ojos verdes—. ¿Qué narices saco yo a cambio?
20
De pie en la cocina, una hora y media más tarde. Su tazón de cereales a remojo en el fregadero. Su segunda taza de café enfriándose en la encimera. Hablando por teléfono.
—¡Ay, Dios! —exclamaba Patsy—. ¡Voy enseguida!
—No, no, estoy bien, Pats. Y llegarás tarde al trabajo.
—Las mañanas de los sábados son estrictamente opcionales, ¡y deberías ir al médico! ¿Qué pasa si tienes una conmoción cerebral o algo así?
—No tengo ninguna conmoción, solo más colores. Y me daría vergüenza ir al médico, porque bebí tres copas de más. Tres por lo menos. La única cosa sensata que hice en toda la noche fue llamar a una limusina para que me trajera a casa.
—¿Estás segura de que no tienes la nariz rota?
—Al cien por cien. —Bueno..., casi al cien por cien.
—¿Fritzy está bien?
Tess prorrumpió en carcajadas totalmente genuinas.
—Bajo las escaleras medio borracha en mitad de la noche porque el detector de humo está pitando, me tropiezo con el gato y casi me mato, y tus simpatías son para el gato. Muy bonito.
—Cielo, no...
—Estoy bromeando —dijo Tess—. Vete a trabajar y no te preocupes. Es solo que no quiero que te pongas a gritar en cuanto me veas. Tengo un par de ojos morados que son toda una preciosidad. Si tuviera un ex marido, seguro que pensarías que me hizo una visita.
—Nadie se atrevería a ponerte la mano encima —dijo Patsy—. Eres batalladora, muchacha.
—Así es —convino Tess—. No hago prisioneros.
—Parece que estás ronca.
—Además de todo esto, estoy pillando un resfriado.
—Bueno..., si necesitas algo esta noche..., sopa de pollo..., un par de Percocets..., un DVD de Johnny Depp...
—Te llamaré. Márchate ya. Las mujeres a la última moda en busca de una esquiva talla seis de Ann Taylor dependen de ti.
—A la mierda, mujer —replicó Patsy, y colgó entre risas.
Tess se llevó el café a la mesa de la cocina. La pistola descansaba encima, al lado del azucarero: una imagen no del todo daliniana, pero casi. Entonces estalló en lágrimas y la imagen se duplicó. Fue el recuerdo de su propia voz risueña y optimista lo que motivó el llanto. El sonido de la mentira que viviría hasta que se sintiera con fuerzas para contar la verdad.
—¡Cabrón! —gritó—. ¡Cabrón de mierda! ¡Te odio!
Se había duchado dos veces en menos de siete horas y aún se sentía sucia. Se había lavado la vagina, pero aún le parecía sentirle dentro, sentir su...
—Su lechada.
Se puso en pie de un salto, con el rabillo del ojo vislumbró a su alarmado gato lanzándose a la carrera por el pasillo, y alcanzó el fregadero justo a tiempo para evitar que el suelo quedara hecho un asco. El café y los Cheerios surgieron con una única y violenta contracción. Cuando estuvo segura de haber acabado, recogió la pistola y subió al piso de arriba a darse otra ducha.
21
Cuando terminó, se envolvió en un confortable albornoz y se tumbó en la cama para decidir adonde iría a realizar la llamada anónima. Algún sitio grande y concurrido. Algún sitio con aparcamiento para poder salir pitando nada más colgar. El Centro Comercial de Stoke Village parecía una buena opción. También estaba la cuestión de a qué autoridades llamar. ¿A las de Colewich, o serían demasiado paletos? Quizá fuera mejor informar a la Policía del Estado. Y debería escribir lo que pensara decirles..., la llamada iría más rápida..., reduciría las probabilidades de que olvidara alg...
Tess se marchó a la deriva, tendida en una franja de sol sobre la cama.
22
El teléfono sonaba en la distancia, en algún universo adyacente. Entonces se detuvo y Tess oyó su propia voz, la grabación gratamente impersonal que empezaba «Ha llamado a...». A esto le siguió la voz de alguien que dejaba un mensaje. Una mujer. Para cuando Tess, a duras penas, alcanzó el estado de vigilia, la persona que llamaba había cortado.
Miró el reloj de la mesilla de noche y vio que eran las diez menos cuarto. Había dormido otras dos horas. Por un instante se alarmó: quizá, después de todo, había sufrido una conmoción cerebral o una fractura. Luego se relajó. La noche anterior había realizado mucho ejercicio. La mayor parte había sido sumamente desagradable, pero el ejercicio era el ejercicio. Resultaba natural que hubiera caído dormida. Quizá incluso se echara una siesta por la tarde (darse otra ducha, seguro), pero antes tenía una diligencia que hacer. Una responsabilidad con la que cumplir.
Se puso una falda larga de tweed y un suéter de cuello alto que en realidad le iba demasiado grande; le lamía la parte inferior de la barbilla. Perfecto para Tess. Se había aplicado corrector sobre la contusión de la mejilla. No lo tapaba por completo, igual que sus gafas de sol más grandes tampoco enmascaraban por completo los ojos morados (los labios hinchados constituían una causa perdida), pero el maquillaje ayudó, de todas formas. El mismo acto de aplicárselo la hizo sentirse más anclada a su vida. Más al mando.
En el piso de abajo, pulsó el botón de PLAY del contestador automático, creyendo que la llamada procedería sin duda de Ramona Norville, haciendo la obligada revisión del día después: lo pasamos bien, espero que usted se divirtiera, las reacciones han sido muy favorables, por favor venga otra vez (ni de coña), bla, bla, bla. Pero no se trataba de Ramona. El mensaje era de una mujer que se identificó como Betsy Neal. Decía que llamaba desde el Stagger Inn.
—Como parte de nuestro esfuerzo por evitar que se mezclen bebida y conducción, nuestra política es hacer una llamada de cortesía a las personas que hayan dejado sus vehículos en nuestro aparcamiento después del cierre —decía Betsy Neal—. Podrá recoger su Ford Expedition, matrícula de Connecticut 775 NSD, hasta las cinco de esta tarde. Después de esa hora será remolcado al Taller Excellent, en el 1500 de John Higgings Road, Colewich North, a expensas suyas. Por favor, tenga presente que no disponemos de sus llaves, señora. Debió de llevárselas. —Una pausa—. Hay aquí otra de sus pertenencias; por favor, pase por la oficina cuando venga. Recuerde que necesitaré ver alguna identificación. Gracias y que tenga un buen día.
Tess se sentó en el sofá y se echó a reír. Antes de escuchar el discurso enlatado de la mujer, había planeado ir al centro comercial conduciendo su Expedition. No tenía su bolso, no tenía su llavero, no tenía su maldito coche, pero aun así planeaba salir andando por el paseo de entrada, montarse, y...
Se recostó contra un cojín, riéndose a pleno pulmón y dándose puñetazos en el muslo. Fritzy se escondía bajo la butaca al otro lado de la sala, mirándola como si estuviera loca.
Aquí estamos todos locos, así que tómate otra taza de té, pensó, y rió con más fuerza que nunca.
Cuando finalmente paró (sólo que más bien fue como quedarse sin pilas), volvió a reproducir el mensaje. Esta vez se concentró en lo que esa mujer Neal decía sobre otra de sus pertenencias. ¿Su bolso? ¿Quizá sus pendientes de diamante? Pero eso sería demasiado bueno para ser cierto. ¿Verdad?
Ir al Stagger Inn en un vehículo negro de Limusinas Royal podría resultar demasiado memorable, por lo que llamó a la compañía de taxis de Stoke Village. El operador le dijo que estarían encantados de llevarla a lo que nombró como «El Stagger» por una tarifa plana de cincuenta dólares.
—Perdone que sea tan caro —dijo—, pero el conductor tiene que volver vacío.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Tess, pasmada.
—Dejó allí su coche, ¿no? Ocurre continuamente, sobre todo los fines de semana. Aunque también recibimos llamadas después de las noches de karaoke. Su taxi llegará en quince minutos como mucho.
Tess se comió un bollo Pop-Tart (le dolía al tragar, pero había perdido su primer intento de desayuno y tenía hambre), y luego esperó al taxi de pie en la ventana de la sala de estar, mientras hacía rebotar la llave de repuesto del Expedition en la palma de la mano. Se decidió por un cambio de planes. No se molestaría en ir al centro comercial de Stoke Village; en cuanto hubiera recogido su coche (y cualquiera que fuese la otra pertenencia que Betsy Neal custodiaba), conduciría los ochocientos metros hasta el Gas & Dash y llamaría a la policía desde allí.
Simplemente, parecía apropiado.
23
Cuando el taxi giró hacia Stagg Road, el pulso de Tess se aceleró. Para cuando alcanzaron el Stagger Inn, latía desbocado a lo que parecían ciento treinta pulsaciones por minuto. El taxista debió de notar algo por el espejo retrovisor..., o quizá solo fueron las marcas visibles de la paliza lo que propició su pregunta.
—¿Va todo bien, señora?
—De perlas —respondió—. Es solo que no tenía pensado volver aquí esta mañana.
—Pocos lo piensan —dijo el taxista. Chupaba un mondadientes, embarcado en un lento y filosófico viaje de un lado a otro de la boca—. Supongo que tendrán sus llaves aquí, ¿no? ¿Se las dejó al camarero?
—Ah, en eso no hay problema —dijo alegremente—. Pero me están guardando otra posesión mía; la señora que llamó no dijo de qué se trataba, y por más que procuro no logro dilucidar qué podría ser.
Dios bendito, hablo como una de mis andanas señoras detectives.
El taxista hizo rodar el mondadientes al punto de partida. Fue su única respuesta.
—Le pagaré diez dólares más si espera hasta que salga —le dijo Tess, ladeando la cabeza en dirección al bar—. Quiero cerciorarme de que mi coche arranca.
—Noproblemo —dijo el taxista.
Y si me pongo a gritar porque me encuentro con que él está esperándome ahí dentro, venga a la carrera, ¿de acuerdo?
Pero no habría dicho una cosa semejante ni aunque hubiera podido hacerlo sin parecer totalmente chiflada. El taxista era un cincuentón gordo que respiraba ruidosamente. No supondría rival para el gigante si aquello fuera una trampa..., como sería el caso en una película de miedo.
Atraída de vuelta, pensó Tess con desaliento. Atraída de vuelta por una llamada de la novia del gigante, que está tan loca como él.
Una idea estúpida, paranoica, pero el camino hasta la puerta del Stagger Inn se hizo eterno; sus zapatos retumbaban en la compacta tierra apisonada: clamp-clad-clamp. El aparcamiento que la noche anterior había sido un océano de coches ahora se hallaba desierto a excepción de cuatro islas automotoras, una de las cuales era su Expedition. Estaba al fondo del aparcamiento (claro, no habría querido que nadie le observara al situarlo allí), y pudo ver el neumático delantero izquierdo. Era normal y corriente, viejo y de flanco negro; no casaba con los otros tres, pero por lo demás parecía en buen estado. Lo había cambiado. Por supuesto que sí. ¿Cómo si no habría podido mover el coche desde su..., su...?
Su patio de recreo. Su campo de batalla. Trajo el coche hasta aquí, lo aparcó, volvió andando a la tienda abandonada, y se fue en su vieja F-150. Menos mal que no recobré el conocimiento antes; él me habría encontrado vagando en las nubes y yo no estaría aquí ahora.
Miró por encima del hombro. En una de las películas que ahora ya no se quitaba de la cabeza, seguramente habría visto al taxi alejándose a toda velocidad (abandonándome a mi suerte), pero aún seguía allí. Levantó una mano en dirección al conductor, y este respondió con el mismo gesto. Se encontraba bien. Su coche estaba aquí y el gigante no. El gigante estaba en su casa (su guarida), muy posiblemente recuperándose aún de los esfuerzos de la noche anterior.
El letrero en la entrada decía CERRADO. Tess llamó a la puerta y no obtuvo respuesta. Probó el pomo, y cuando este giró, siniestros complots de película retornaron a su mente. Complots verdaderamente estúpidos donde el pomo siempre giraba y la heroína clamaba (con voz trémula): «¿Hay alguien ahí?». Todo el mundo sabe que es una locura entrar, pero ella lo hace de todos modos.
Tess volvió la vista hacia el taxi, comprobó que seguía allí, se recordó a sí misma que llevaba una pistola cargada en el bolso de repuesto, y entró de todos modos.
24
Accedió a un vestíbulo que abarcaba toda la longitud del edificio hacia el lado del aparcamiento. Las paredes estaban decoradas con imágenes publicitarias: grupos en ropa de cuero, grupos en vaqueros, un grupo todo de chicas en minifalda. Un bar auxiliar se extendía más allá de los percheros; sin taburetes, solo una barra donde se podía beber algo mientras esperabas a alguien o porque el bar interior estuviera a reventar. Un solitario cartel brillaba por encima de las botellas ordenadas: BUDWEISER.
Te gusta Bud, a Bud le gustas tú, pensó Tess.
Se quitó las gafas oscuras para poder andar sin tropezar con algo y cruzó el vestíbulo para echar un vistazo a la sala principal. Era una superficie amplia de donde emanaba olor a cerveza. Del techo pendía una bola de espejos, ahora apagada e inmóvil. El piso de madera le recordó a la pista de patinaje sobre ruedas donde ella y sus amigas prácticamente habían vivido durante el verano anterior al inicio de la escuela secundaria. Los instrumentos aún en el escenario, sugiriendo que Los Panaderos Zom- bis regresarían esa noche para otra buena ración de rock'n'roll.
—¿Hola?—Su voz resonó en la sala.
—Estoy aquí mismo —contestó una voz susurrante a su espalda.
25
Si la voz hubiera pertenecido a un hombre, Tess habría soltado un chillido. Logró evitarlo, pero se volvió tan bruscamente que dio un pequeño traspiés. La mujer en el hueco de los abrigos (una delgada insinuación, de no más de metro sesenta) parpadeó con sorpresa y retrocedió un paso.
—Hey, calma.
—Me ha asustado —se excusó Tess.
—Ya veo. —Una nube de oscuro pelo cardado rodeaba el óvalo perfecto y diminuto del rostro de la mujer. Un lápiz asomaba entre el cabello. Poseía unos punzantes ojos azules que no llegaban a emparejar del todo. Una chica Picasso, pensó Tess.
—Estaba en la oficina. ¿Es usted la dueña del Expedition o la dueña del Honda?
—Del Expedition.
—¿Tiene una identificación?
—Sí, dos documentos, pero solo uno con foto. El pasaporte. El resto de mis cosas estaba en mi bolso. Mi otro bolso. Creí que a lo mejor era lo que tenían guardado.
—No, lo siento. ¿Pudiera ser que lo escondiera bajo el asiento o algo así? Únicamente miramos en las guanteras, pero, claro, solo si el coche está abierto. El suyo lo estaba, y su número de teléfono venía en los papeles del seguro. Aunque seguro que ya lo sabe. A lo mejor encuentra su bolso en casa. —La voz de Neal sugería que eso no era muy probable—. Cualquier documento con una foto que se parezca a usted servirá, supongo.
Neal condujo a Tess hacia una puerta por detrás de la zona del ropero, y luego siguieron por un corredor tortuoso y estrecho que bordeaba la sala principal. En las paredes se veían más fotos de grupos. En cierto punto atravesaron una vaharada de cloro que a Tess le provocó una picazón en los ojos y en la delicada garganta.
—Si cree que el servicio huele ahora, debería venir cuando el garito está a tope —dijo Neal, y a continuación agregó—: Ah, lo olvidé; ya ha estado aquí.
Tess no hizo comentario alguno.
Al final del pasillo había una puerta en la que se leía SOLO PERSONAL AUTORIZADO. La estancia al otro lado era grande y agradable, rebosante de luz matinal. Una foto enmarcada de Barack Obama colgaba en la pared, por encima de una pegatina con el eslogan SÍ, PODEMOS. Desde allí Tess no alcanzaba a ver el taxi (el edificio se interponía en el camino), pero sí su sombra.
Eso está bien. Quédate ahí donde estás y gánate diez pavos. Y si no salgo, no entres. Llama a la policía.
Neal se acercó al escritorio en el rincón y se sentó.
—Déjeme ver su identificación.
Tess abrió el bolso, hurgó por debajo del 38, y sacó el pasaporte y su carnet del Gremio de Autores. Neal apenas le echó un vistazo superficial a la foto del pasaporte, pero cuando reparó en el carnet del Gremio, abrió mucho los ojos.
—¡Usted es la mujer de Willow Grove!
Tess sonrió animosamente, lo cual le causó dolor en los labios.
—Culpable de los cargos. —Su voz sonaba brumosa, como si estuviera recuperándose de un fuerte resfriado.
—¡A mi abuela le encantan esos libros!
—Como a muchas abuelas —dijo Tess—. Cuando finalmente el afecto se filtre a la siguiente generación, la que no está viviendo ahora de rentas fijas, me voy a comprar un château en Francia.
A veces se ganaba una sonrisa con ese comentario. No de parte de la señora Neal, sin embargo.
—Espero que eso no pasara aquí. —No especificó más, ni fue necesario. Tess sabía a qué se refería, y Betsy Neal sabía que lo sabía.
Tess pensó en recurrir a la historia que ya le contara a Patsy (el pitido del detector de humo, el gato bajos los pies, el choque contra el poste de la escalera) y no se molestó. Esa mujer tenía aspecto de ser eficiente a la luz del día, y probablemente visitara en raras ocasiones el Stagger Inn durante el horario de apertura, pero era evidente que no se creaba ilusiones sobre lo que a veces acontecía allí cuando se hacía tarde y los clientes estaban borrachos. Después de todo, se trataba de la persona que venía a primera hora del sábado para efectuar las llamadas de cortesía. Probablemente habría escuchado una buena cantidad de cuentos «del día después» sobre caídas a medianoche, resbalones en la ducha, etcétera, etcétera.
—No fue aquí —respondió Tess—. No se preocupe.
—¿Ni en el aparcamiento? Porque si se topó con problemas ahí, tendré que hacer que el señor Rumble hable con el personal de seguridad. El señor Rumble es el jefe, y se supone que las noches de mucho ajetreo los de seguridad comprueban regularmente los videomonitores.
—Fue después de marcharme.
Ahora sí tendré que hacer la denuncia anónima, si es que en algún momento pretendí denunciarlo. Porque estoy mintiendo, y esta mujer se acordará.
¿Si en algún momento pretendió denunciarlo? Por supuesto que sí. ¿Verdad?
—Lo siento mucho. —Neal hizo una pausa, como si deliberara consigo misma. Después dijo—: No es mi intención ofenderla, pero probablemente no se le haya perdido nada en un sitio como este, para empezar. Las cosas no resultaron demasiado bien para usted, y si llegara a los periódicos..., bueno, mi abuela se llevaría una gran decepción.
Tess coincidía. Y como era capaz de adornar una historia de manera convincente (era el talento que pagaba las facturas, a fin de cuentas), eso fue lo que hizo.
—Un mal novio es más peligroso que el colmillo de una serpiente. Creo que lo dice la Biblia. O quizá et doctor Phil. En cualquier caso, he roto con él.
—Muchas mujeres dicen eso, pero terminan cediendo. Y un tipo que lo hace una vez...
—Lo volverá a hacer. Sí, lo sé, fui muy tonta. Si mi bolso no está aquí, ¿cuál es esa otra pertenencia mía?
La señora Neal dio media vuelta en su silla giratoria (el sol le lamió el rostro, resaltando momentáneamente aquellos extraños ojos azules), abrió uno de los archivadores, y extrajo a Tom el Tomtom. Tess se alegró de ver a su viejo compañero de viajes. Eso no mejoraba las cosas, pero se trataba de un paso en la dirección correcta.
—En teoría no deberíamos quitar nada de los coches de los clientes, solo buscamos la dirección y el número de teléfono si podemos, y luego los cerramos, pero no me sentía cómoda dejando esto. A los ladrones no les importa romper una ventanilla para hacerse con algún objeto especialmente apetecible, y esto se encontraba sobre el salpicadero.
—Gracias. —Tess notó que las lágrimas asomaban a sus ojos tras las gafas oscuras, y deseó fervientemente hacerlas retroceder—. Ha sido todo un detalle.
Betsy Neal sonrió, y en un instante el adusto rostro de la Señora Encargada de los Negocios se transformó en una cara radiante.
—No hay de qué. Y cuando ese novio suyo vuelva arrastrándose a pedir una segunda oportunidad, piense en mi abuela y en todos sus fieles lectores y dígale «de eso nada, monada». —Lo meditó un momento—. Pero hágalo con la cadena de la puerta echada. Porque es verdad que un mal novio es más peligroso que el colmillo de una serpiente.
—Buen consejo. Escuche, he de marcharme. Le pedí al taxista que me esperara hasta estar segura de que realmente iba a recuperar mi coche.
Y ahí podría haber acabado todo (en serio, eso podría haber sido todo), pero entonces Neal le preguntó, con apropiada timidez, si tendría inconveniente en firmarle un autógrafo para su abuela. Tess le contestó que por supuesto que no, y pese a todo lo acontecido, observó con franca diversión cómo Neal tomaba una hoja de papel y usaba una regla para rasgar el membrete del Stagger Inn antes de pasársela por encima del escritorio.
—¿Podría poner «Para Mary, una auténtica fan»?
Tess podía. Y mientras añadía la fecha, una nueva fábula le vino a la cabeza.
—Un hombre me ayudó cuando mi novio y yo estábamos..., ya sabe, peleándonos. De no ser por él, me podría haber lastimado mucho más. —¡Sí! ¡Incluso violado!—. Me gustaría darle las gracias, pero no sé su nombre.
—Dudo que yo pueda serle de ayuda. Solo hago trabajo de oficina.
—Pero usted es de aquí, ¿no es cierto? —Sí...
—Lo conocí en la tiendecita que está más abajo.
—¿El Gas & Dash?
—Sí, creo que se llama así. Es donde mi novio y yo tuvimos nuestra riña. Fue a causa del coche. Yo no quería conducir, ni tampoco quería dejarle a él. Estuvimos discutiendo todo el tiempo mientras íbamos andando por la carretera..., íbamos haciendo eses por la carretera..., haciendo eses por Stagg Road.
Neal sonrió como sonríe la gente cuando ha oído el mismo chiste muchas veces antes.
—En cualquier caso, este hombre llegó en una vieja camioneta azul con esa masilla para el óxido alrededor de los faros...
—¿Bondo?
—Sí, creo que se llama así. —Sabía condenadamente bien que se llamaba así. Su padre había mantenido a la compañía casi sin ayuda—. Como sea, recuerdo que cuando se bajó, pensé que más que montar en el camión parecía llevarlo puesto.
Al devolverle la hoja de papel autografiada, vio que Betsy Neal ahora sonreía abiertamente.
—Oh, Dios mío, a lo mejor sé quién es.
—¿De veras?
—¿Era un hombre grande, o muy grande?
—Muy grande —dijo Tess. Sintió una peculiar alegría expectante que parecía localizada no en la cabeza sino en el centro del pecho. Era así como se sentía cuando los hilos de una trama descabellada empezaban a confluir, tensos como las asas de un bolso trenzado con precisión. Cuando esto ocurría, siempre experimentaba una sensación de sorpresa y, al mismo tiempo, de no sorpresa. No existía una satisfacción igual.
—¿Por casualidad se fijó si llevaba un anillo en el meñique? ¿Una piedra roja?
—¡Sí! ¡Como un rubí! Aunque demasiado grande para ser auténtico. Y una gorra marrón...
Neal asentía con la cabeza.
—Llena de salpicaduras blancas. Lleva diez años con esa maldita gorra puesta. Usted se refiere a Camionero Grande. No sé dónde vive, pero es de los alrededores, de Colewich o de Néstor Falls. Me lo encuentro a veces, en el supermercado, en la ferretería, en el Walmart, en sitios así. Y una vez que lo has visto, ya no lo olvidas. En realidad se llama Al No-Sé-Qué-Polaco. Tiene uno de esos apellidos difíciles de pronunciar, ya sabe. Strelkowicz, Stancowitz, algo así. Apuesto a que podría encontrarlo en la guía telefónica, porque él y su hermano poseen una compañía de transportes. Líneas Halcón, creo que se llama. O tal vez Líneas Águila. Bueno, algo con un nombre de pájaro. ¿Quiere que lo busque?
—No, gracias —respondió Tess en tono amable—. Ya me ha sido de mucha ayuda, y mi taxista me espera.
—Vale. Pero hágase un favor y aléjese de ese novio suyo. Y manténgase lejos del Stagger. Por supuesto, si le cuenta a alguien que yo he dicho eso, tendré que matarla.
—Me parece justo —dijo Tess, con una sonrisa—. Lo tendría merecido. —Se volvió en el vano de la puerta—. ¿Me haría un favor?
—Sí, si puedo.
—Si casualmente viera a Al No-Sé-Qué-Polaco por la ciudad, no le mencione que ha hablado conmigo. —Sonrió aún más ampliamente, pese al dolor que le provocaba en los labios—. Quiero darle una sorpresa. Hacerle un regalo, o algo.
—Sin problema.
Tess se entretuvo un poco más.
—Me encantan sus ojos.
Neal se encogió de hombros y sonrió.
—Gracias. No son exactamente iguales, ¿verdad? Antes me acomplejaban, pero ahora...
—Ahora se siente cómoda —dijo Tess—. Se acostumbró a ellos.
—Supongo que sí. Hasta conseguí algún trabajo de modelo cuando tenía veintitantos. Pero a veces, ¿sabe qué? A veces es mejor desprenderse de algunas cosas. Como el gusto por los hombres de mal temperamento.
Ante eso, no parecía que hubiera nada que responder.
26
Tras constatar que su Expedition arrancaba, le dio al taxista una propina de veinte en lugar de diez. El hombre se lo agradeció con entusiasmo y acto seguido puso rumbo a la 1 ࢤ 84. Tess le imitó, pero no sin antes conectar a Tom en el receptáculo del mechero y encenderlo.
«Hola, Tess —saludó Tom—. Veo que nos vamos de viaje.»
—Solo a casa, Tommy-boy —dijo ella, y salió del aparcamiento, muy consciente de estar conduciendo un coche con un neumático que había montado el hombre que casi la mató. Al No-Sé-Qué-Polaco. Un camionero hijo de su madre—. Con una parada por el camino.
—No sé en qué estás pensando, Tess, pero deberías tener cuidado.
Si se hubiera hallado en casa en lugar de en su coche, Fritzy habría sido su interlocutor, y Tess se habría mostrado igual de impasible. Llevaba inventándose voces y conversaciones desde la infancia, aunque dejó de hacerlo en público a los ocho años, salvo cuando buscaba un efecto cómico.
—Yo tampoco sé en qué estoy pensando —respondió ella, pero eso no era del todo cierto.
Más adelante se encontraba la intersección con la US-47 y el Gas & Dash, puso el intermitente, giró, y aparcó en el costado del edificio con el morro del Expedition entre las dos cabinas. Vio el número de Limusinas Royal en el polvoriento ladrillo de hormigón entre ambas. Los dígitos eran sinuosos, irregulares, escritos por un dedo incapaz de mantenerse firme. Un escalofrío le recorrió la espalda, y se envolvió con sus brazos, apretando con fuerza. Luego se bajó del coche y se acercó al teléfono que aún funcionaba.
Alguien, quizá un borracho con una llave, había arañado la placa de las instrucciones, pero aún se leía la información relevante: llamadas al 911 sin coste, levantar el auricular y marcar el número. Chupado, coser y cantar.
Pulsó el 9, vaciló, pulsó el 1, entonces vaciló otra vez. Visualizó una piñata, y una mujer presta a golpearla con un palo. De un momento a otro todo su contenido saldría por los aires. Sus amigos y colegas se enterarían de que la habían violado. Patsy McClain se enteraría de que la historia del tropezón con Fritzy en la oscuridad era una mentira producto de la vergüenza..., y que Tess no había confiado en ella lo suficiente para contarle la verdad. Pero, francamente, nada de eso era lo más importante. Suponía que podría resistir un pequeño escrutinio público, especialmente si con ello evitaba que el hombre al que Betsy Neal había llamado Camionero Grande violara y matara a otra mujer. Tess se dio cuenta de que hasta podría ser vista como una heroína, una posibilidad que ni siquiera hubiera sido capaz de plantearse la noche anterior, cuando orinar la hacía llorar de dolor y su mente retornaba una y otra vez a la imagen de sus braguitas robadas en el bolsillo central del peto del gigante.
Únicamente...
—¿Qué gano yo a cambio? —volvió a preguntarse. Habló en voz muy baja, mientras contemplaba el número de teléfono que había garabateado en el polvo—. ¿Qué gano yo a cambio?
Y pensó: Tengo una pistola y sé cómo usarla.
Colgó el teléfono y regresó al coche. Miró la pantalla de Tom, que mostraba la intersección de Stagg Road y la Ruta 47.
—Necesito pensar en esto un poco más —dijo ella.
—¿Qué hay que pensar? —preguntó Tom—. Si lo mataras y luego te atraparan, irías a la cárcel. Con violación o sin ella.
—Eso es lo que necesito pensar —contestó Tess, y torció hacia la US-47, que la llevaría a la 1 ࢤ 84.
El tráfico en la interestatal era escaso, propio de una mañana de sábado, y viajar al volante del Expedition era bueno. Balsámico. Normal. Tom estuvo callado hasta que pasó la señal que rezaba SALIDA 9 STOKE VILLAGE 2 MILLAS. Entonces dijo:
—¿Estás segura de que fue un accidente?
—¿Qué? —Tess dio un respingo, sobresaltada. Había oído las palabras de Tom saliendo de su boca, pronunciadas con la voz grave que siempre empleaba para el interlocutor imaginario de sus conversaciones imaginarias (una voz muy poco parecida a la verdadera voz robótica de Tom el Tomtom), pero no sonó como un pensamiento suyo—. ¿Estás diciendo que el cabrón me violó por accidente?
—No —replicó Tom—. Estoy diciendo que si hubiera sido por ti, habrías vuelto por el mismo camino que a la ida. Este camino. La 1 ࢤ 84. Pero a alguien se le ocurrió una idea mejor, ¿verdad? Alguien que conocía un atajo.
—Sí —convino ella—. Ramona Norville. —Lo meditó, luego meneó la cabeza—. Demasiado rocambolesco, amigo mío.
Para esto Tom no tuvo respuesta.
27
Al salir del Gas & Dash, Tess había planeado conectarse a internet y ver si podía localizar una compañía de transportes por carretera, quizá una pequeña empresa particular, que operara fuera de Colewich o de alguna de las poblaciones vecinas. Una compañía con un nombre de ave, probablemente halcón o águila. Era lo que las damas de Willow Grove hubieran hecho; sus ordenadores las enloquecían, y se enviaban mensajes de texto continuamente, como adolescentes. Otras consideraciones aparte, resultaría interesante probar si su versión de sabuesa aficionada funcionaba en la vida real.
Mientras tomaba la salida de la 1 ࢤ 84 a dos kilómetros de su casa, decidió que primero realizaría una breve investigación sobre Ramona Norville. Quién sabía, a lo mejor descubría que, además de presidir Books & Brown Baggers, Ramona era la presidenta de la Sociedad por la Prevención de Violaciones de Chicopee. Se trataba incluso de algo plausible. Resultaba más que evidente que la anfitriona de Tess había sido no solo una lesbiana, sino una tortillera, y las mujeres con aquella clase de convicción a menudo no profesaban cariño hacia los hombres del género no-violador.
—Muchos pirómanos pertenecen a la brigada de bomberos voluntarios de sus localidades —apuntó Tom mientras ella torcía hacia su calle.
—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó Tess.
—Que no deberías descartar a nadie basándote en sus afiliaciones públicas. Las damas de la Sociedad de la Calceta nunca lo harían. Pero, cómo no, compruébalo en la red. —Tom hablaba con un tono de «por favor, faltaría más» que pilló a Tess un poco por sorpresa. Era ligeramente irritante.
—Qué amable por su parte concederme permiso, Thomas —contestó.
28
Pero ya en su despacho, con el ordenador encendido, se quedó contemplando la pantalla de bienvenida de Apple durante los primeros cinco minutos, preguntándose si de verdad estaba pensando en localizar al gigante y utilizar la pistola, o si se trataba solo de la clase de fantasía a la que eran propensos los profesionales de la mentira como ella misma. Una fantasía de venganza, en este caso. También evitaba esa clase de películas, pero sabía que estaban ahí fuera; uno no podía escapar a las vibraciones de su cultura a menos que fueras un absoluto ermitaño, y Tess no lo era. En las películas de venganza, hombres de músculos admirables como Charles Bronson y Sylvester Stallone no se tomaban la molestia de acudir a la policía, se cargaban a los malos por su cuenta. Justicia fronteriza. Pregúntate si te sientes afortunado, vago. Por lo que sabía, hasta Jodie Foster, una de las licenciadas más famosas de Yale, tenía una película de ese tipo. Tess no llegaba a recordar el título. ¿La mujer coraje, quizá? Algo así, en cualquier caso.
El salvapantallas con «la palabra del día» se activó en su ordenador. La de hoy resultó ser «cormorán», que daba la casualidad de tratarse de un ave.
—Si envía sus bienes con Transportes Cormorán, usted creerá que vuela —dijo Tess con la grave voz que fingía ser Tom. Luego pulsó una tecla y el salvapantallas desapareció. Se conectó a internet, pero no a ninguno de los motores de búsqueda, al menos no para empezar. Entró primero en YouTube y tecleó RICHARD WIDMARK, sin la menor idea de por qué. No deliberada, en cualquier caso.
Quizá quiero averiguar si el tipo es realmente digno de un club de fans, pensó. Ramona ciertamente asilo cree.
Había un montón de vídeos. El mejor valorado consistía en una compilación de seis minutos titulada MALVADO, MALVADO DE VERDAD. Varios cientos de miles de personas lo habían visto. Reunía escenas de tres películas, y la primera la dejó petrificada. Era en blanco y negro, con aspecto de serie B... pero era definitivamente una de aquellas películas. Incluso el título así lo indicaba: El beso de la muerte.
Tess reprodujo el vídeo íntegro, luego regresó por dos veces al segmento correspondiente a El beso de la muerte. Widmark interpretaba a un matón de risa nerviosa que amenazaba a una anciana en una silla de ruedas. Quería información: «¿Dónde está el chivato de tu hijo?». Y como la anciana no soltaba prenda: «¿Sabes lo que hago a los chivatos? Les pego un tiro en el estómago, así tienen tiempo para reflexionar mientras se retuercen».
No disparaba a la anciana en el vientre, sin embargo. La ataba a la silla de ruedas con el cable de una lámpara y la empujaba escaleras abajo.
Tess salió de YouTube, abrió Bing y buscó Richard Widmark; encontró lo que esperaba, dada la fuerza de aquel breve clip. Aunque posteriormente hubiera actuado en muchas más películas, cada vez más a menudo en el papel del héroe, se le recordaba por El beso de la muerte, por el psicótico Tommy Udo y su risa nerviosa.
—Pues qué bien —dijo Tess—. A veces un cigarro es un cigarro.
—¿Lo que significa? —preguntó Fritzy desde el alféizar donde tomaba el sol.
—Significa que probablemente Ramona se enamoró de él después de verle en el papel de un heroico sheriff, o en el de un valiente comandante de acorazado, o algo por el estilo.
—Debió de ser eso —convino Fritzy—, porque si tienes razón respecto a su orientación sexual, probablemente no idolatre a los hombres que asesinan ancianas en sillas de ruedas.
Naturalmente. Bien pensado, Fritzy.
El gato contempló a Tess con un ojo escéptico y dijo:
—Pero quizá te equivocas.
—Y aunque así sea —dijo Tess—, nadie anima a los psicópatas malvados.
Reconoció eso último como la estupidez que era en cuanto brotó de su boca. Si la gente no animara a los psicópatas, no seguirían produciéndose películas sobre el lunático de la máscara de hockey ni sobre el quemado de las cuchillas por dedos. Pero Fritzy tuvo la cortesía de no reírse.
—Más te vale —le advirtió Tess—. Y si te sientes tentado, recuerda quién llena tu plato de comida.
A continuación googleó «Ramona Norville», obtuvo cuarenta y cuatro mil resultados, añadió «Chicopee», y los redujo a unos más manejables mil doscientos (aunque sabía que una gran mayoría serían coincidencias absurdas). El primer resultado relevante correspondía al Weekly Reminder de Chicopee, y concernía a la misma Tess: LA BIBLIOTECARIA RAMONA NORVILLE ANUNCIA «EL VIERNES DE WILLOW GROVE».
—Heme aquí, la atracción protagonista —murmuró Tess—. Un hurra por Tessa Jean. Ahora veamos a la actriz secundaria.
Pero cuando accedió al recorte de prensa, la única imagen que Tess encontró fue la suya propia. Se trataba de una fotografía promocional con los hombros desnudos que su ayudante a tiempo parcial enviaba rutinariamente. Arrugó la nariz y retornó a Google, no muy segura de por qué quería echar otro vistazo a Ramona, solo sabiendo que quería hacerlo. Cuando finalmente encontró una foto de la bibliotecaria, descubrió lo que su subconsciente ya debía de sospechar, a juzgar por los comentarios de Tom durante el trayecto de regreso a casa.
Aparecía en un artículo del número del 3 de agosto del Weekly Reminder. BROWN BAGGERS ANUNCIA EL CALENDARIO DE CHARLAS PARA EL OTOÑO, rezaba el titular. Debajo, Ramona Norville estaba de pie en la escalera de la biblioteca, sonriendo y con los ojos entrecerrados por el sol. Una pésima fotografía, tomada por un becario sin mucho talento, y una pésima (pero probablemente típica) elección de vestuario por parte de Norville. El blazer de corte masculino le otorgaba la amplitud de pecho de un placador de fútbol profesional. Su calzado consistía en unas feas botas marrones sin tacón. Un par de pantalones grises demasiado apretados exhibían lo que Tess y sus amigas habían llamado «muslos de trueno» en los días de la escuela secundaria.
—Hostia puta, Fritzy —le dijo. Su voz se ahogaba en la consternación—. Mira esto. —Fritzy ni se acercó a mirar ni respondió; ¿cómo habría podido, si ella estaba demasiado alterada para fingir la voz del gato?
Cerciórate de lo que estás viendo, se dijo a sí misma. Sufriste un shock tremendo, Tessa Jean, quizá el peor shock que una mujer pueda sufrir, quitando un diagnóstico mortal en la consulta de un médico. Así que cerciórate.
Cerró los ojos y evocó la imagen del hombre de la vieja pick- up Ford que tenía un emplaste de Bondo alrededor de los faros.
Al principio le había causado una agradable impresión. «No creyó que fuera a toparse con el Alegre Gigante Verde aquí en mitad de ninguna parte, ¿eh?»
Solo que él no había sido verde, había sido un gigantón bronceado que no montaba en su camioneta sino que la llevaba puesta.
Ramona Norville, no era una Camionera Grande pero ciertamente sí una Bibliotecaria Grande, era demasiado vieja para ser su hermana. Y si ahora era lesbiana, no siempre había sido así, porque el parecido era inequívoco.
A no ser que cometa un terrible error, estoy viendo una foto de la madre de mi violador.
29
Fue a la cocina y bebió un trago de agua, pero el agua no iba a servir de nada. Una antigua botella de tequila medio vacía llevaba siglos anidando en un armario de la cocina. La sacó, consideró la idea de usar un vaso, y luego lo cató directamente de la botella. Le provocó un ardor en la boca y en la garganta, pero por lo demás tuvo un efecto positivo. Tomó un poco más (un sorbo; lo anterior apenas si fue un dedal) y seguidamente devolvió la botella a su sitio. No tenía intención de emborracharse. Si alguna vez había necesitado de todas sus neuronas, era entonces.
La furia, la mayor y más auténtica furia de su vida adulta, la había invadido como una fiebre, pero en nada semejante a ninguna fiebre que hubiera sentido con anterioridad. Circulaba por su cuerpo como un extraño suero, frío en el costado derecho, caliente en el izquierdo, donde se hallaba el corazón. Parecía terminar cerca de la cabeza, que permanecía despejada. Más despejada desde que se había tomado el tequila, en realidad.
Dio vueltas a la cocina en una serie de rápidos círculos, con la cabeza gacha, masajeándose con una mano el anillo de contusiones en torno a la garganta. No se le ocurrió que andaba en círculos por la cocina igual que había andado en círculos alrededor de la tienda abandonada después de salir arrastrándose de la tubería que Camionero Grande había elegido como tumba para ella. ¿De verdad creía que Ramona Norville la había guiado a ella, a Tess, hacia su hijo psicótico como una suerte de sacrificio? ¿Era eso probable? No lo parecía. ¿Podría siquiera estar segura de que los dos eran madre e hijo, basándose en una mala fotografía y en su propia memoria?
Pero tengo buena memoria. Sobre todo para las caras.
Bueno, eso pensaba ella, posiblemente igual que todo el mundo. ¿No es así?
Sí, y la idea es un disparate de cabo a rabo. Tienes que admitirlo.
Lo admitía, pero había visto cosas más disparatadas en los programas de crímenes reales (los cuales sí miraba). Las propietarias del edificio de apartamentos en San Francisco que se pasaron años matando a los inquilinos más viejos y enterrándolos en el patio trasero, todo para cobrar sus pensiones de la Seguridad Social. El piloto de aerolíneas que asesinó a su esposa y que luego la congeló para pasarla por el triturador de madera de detrás del garaje. El hombre que roció con gasolina a sus propios hijos y los cocinó como gallinetas para asegurarse de que su mujer nunca obtendría la custodia que los tribunales le habían concedido. Que una mujer enviara víctimas a su propio hijo era algo espeluznante y poco probable... pero no imposible. En lo concerniente a la oscura inmundicia del corazón humano no parecía existir límite.
—Ay cielos —se oyó decir a sí misma con una voz que combinaba ira y consternación—. Ay cielos, ay cielos, ay cielos.
Averígualo. Averígualo a ciencia cierta. Si puedes.
Regresó a su fiel ordenador. Las manos le temblaban fieramente, y necesitó tres intentos para introducir EMPRESAS TRANSPORTE COLEWICH en el cuadro de búsqueda de la página de Google. Cuando por fin lo escribió correctamente, pulsó INTRO, y ahí estaba, encabezando la lista: TRANSPORTES HALCÓN ROJO. La entrada la llevó a su sitio web, que mostraba una animación horrible de un gran camión con lo que suponía que era un halcón rojo en el lateral y un estrafalario hombre con una sonrisa por cabeza tras el volante. El camión cruzaba la pantalla de derecha a izquierda, giraba ciento ochenta grados, regresaba de izquierda a derecha, y luego otra vez. Un interminable viaje de ida y vuelta. El lema de la compañía aparecía intermitente en rojo, blanco y azul sobre el camión animado: ¡LAS SONRISAS ESTÁN INCLUIDAS EN EL SERVICIO!
Aquellos deseosos de adentrarse más allá de la pantalla de bienvenida disponían de cuatro o cinco opciones, que incluían números de teléfonos, tarifas, y testimonios de clientes satisfechos. Tess se las saltó e hizo clic en la última, que decía: ¡VEA LAS INCORPORACIONES MÁS RECIENTES A NUESTRA FLOTA! Y cuando se cargó la imagen, la pieza final encajó en su sitio.
Era una fotografía mucho mejor que la de Ramona Norville de pie en la escalera de la biblioteca. En la imagen, el violador de Tess estaba sentado tras el volante de la cabina de un brillante Peterbilt donde se veían las palabras TRANSPORTES HALCÓN ROJO COLEWICH, MASSACHUSETTS escritas en la puerta con letras estilizadas. El hombre no llevaba puesta su gorra marrón salpicada de lejía, y el hirsuto pelo rubio cortado al rape que revelaba su ausencia le confería un parecido aún mayor casi inquietante con su madre. Su alegre sonrisa de «puede confiar en mí» era la que Tess había visto la tarde anterior. La que aún lucía cuando dijo «En lugar de cambiarte la rueda, ¿y si te follo? ¿Qué te parece eso?».
Mirar la foto aceleró los ciclos del extraño suero de furia a través de su organismo. Tenía en las sienes una palpitación que no era exactamente un dolor de cabeza; de hecho, casi resultaba agradable.
El hombre llevaba el anillo de cristal rojo.
En el pie de foto se leía: «Al Strehlke, Presidente de Transportes Halcón Rojo, aquí tras el volante de la adquisición más reciente de la compañía, un Peterbilt 389 del 2008. Este caballo de carga ya está disponible para nuestros clientes, que son LOS MEJORES DE TODO EL PAÍS. ¡Eh! ¿No parece Al un Papá Orgulloso?».
Oyó su voz llamándola zorra, puta zorra llorona, y apretó los puños. Sintió las uñas hundiéndose en las palmas y apretó con mayor fuerza aún, deleitándose con el dolor.
«Un Papá Orgulloso.» Palabras a las que sus ojos retornaban una y otra vez. «Un Papá Orgulloso.» La furia se movió más y más rápido, daba vueltas por su cuerpo de la misma manera como ella había dado vueltas en la cocina. De la misma manera que ella había dado vueltas alrededor de la tienda la noche anterior, entrando y saliendo de la consciencia como una actriz recorriendo una sucesión de focos de luz.
Lo vas a pagar, Al. Y no te preocupes por la poli, soy yo la que voy a ir a cobrar.
Y luego Ramona Norville. La mamá orgullosa del papá orgulloso. Sin embargo, Tess aún no estaba completamente segura respecto a ella. En parte porque no quería creer que una mujer pudiera permitir que le pasara algo tan horrible a otra mujer, pero además porque imaginaba una explicación inocente. Chicopee no se encontraba lejos de Colewich, y Ramona usaría el atajo de Stagg Road siempre que fuera allí.
—A visitar a su hijo —dijo Tess, asintiendo con la cabeza—. A visitar al papá orgulloso con el nuevo tráiler Pete. Por lo que sé, pudo ser ella quien le sacó la foto sentado al volante. —¿Y por qué no iba ella a recomendar su ruta favorita a la oradora de aquel día?
¿Y por qué no dijo: «Sigo ese camino cada vez que voy a visitar a mi hijo»? ¿No habría sido lo natural?
—Quizá no le guste hablar con extraños acerca de la fase Strehlke de su vida —dijo Tess—. La fase anterior a descubrir el pelo corto y el calzado cómodo. —Era posible, pero había que sumar los tablones con clavos desparramados. La trampa. Norville la envió por aquel camino, y la trampa fue tendida con antelación. ¿Porque le avisó? ¿Lo llamó y le dijo «Te mando a una jugosita, no la dejes escapar»?
Nada prueba que estuviera involucrada... o involucrada aun sin saberlo. El papá orgulloso podría hacer un seguimiento de los oradores invitados, ¿qué dificultad tendría eso?
—Ninguna en absoluto —le respondió Fritzy tras subirse de un salto a su archivador. El gato empezó a lamerse una zarpa.
—Y si vio una foto de alguien que le gustó..., alguien razonablemente atractiva..., supongo que sabría que su madre la mandaría por... —Se detuvo—. No, eso no cuadra. Sin ningún aporte de mamaíta, ¿cómo sabría que yo no volvería en coche a mi casa de Boston? ¿O que no volaría de regreso a mi casa en Nueva York?
—Lo has buscado en Google —señaló Fritzy—. Quizá él también te buscó a ti. Igual que hizo ella. Todo está en internet en estos tiempos; tú misma lo dijiste.
Eso concordaba, aunque prendido con alfileres.
Pensó que existía una forma de averiguarlo a ciencia cierta, y consistía en rendir una visita sorpresa a la señora Norville. Escrutar sus ojos cuando viera a Tess. Si no percibiera nada en ellos salvo sorpresa y curiosidad ante el Retorno de la Escriba de Willow Grove... un retorno a la casa de Ramona, más que a su biblioteca... eso significaría algo. Pero si además descubría miedo en ellos, la clase de miedo que podría ser inducida por el pensamiento «por qué estás aquí y no en una alcantarilla oxidada de Stagg Road»..., bueno...
—Eso sería diferente, Fritzy. ¿Verdad?
Fritzy la miró con sus astutos ojos verdes, sin cesar de lamerse la zarpa. Parecía inofensiva, aquella zarpa, pero contaba con uñas ocultas. Tess las había visto, y en más de una ocasión las había sufrido.
Ella averiguó dónde vivía yo; veamos si puedo devolverle el favor.
Tess regresó a su ordenador, ahora a buscar un sitio web de Books & Brown Baggers. Estaba bastante segura de que encontraría uno (todo el mundo tenía página web en estos tiempos, incluso presos que cumplían cadena perpetua por asesinato), y así fue. La asociación publicaba novedades sobre sus miembros, reseñas de libros, y resúmenes informales (no exactamente actas) de sus reuniones. Tess seleccionó esto último y se desplazó por la página. No necesitó mucho tiempo para descubrir que la reunión del 10 de junio se celebró en la casa de Ramona Norville en Brewster. Tess nunca había ido a esa ciudad, pero sabía dónde estaba, de camino a la función del día anterior había pasado una señalización verde que lo indicaba. Eran solo dos o tres salidas más al sur de Chicopee.
A continuación fue al registro tributario del Municipio de Brewster, y bajó por la página hasta que encontró el nombre de Ramona. Había pagado 913,06 dólares en impuestos sobre la propiedad; propiedad sita en el número 75 de Lacemaker Lañe.
—Te pillé, querida —murmuró Tess.
—Necesitas pensar en cómo vas a manejar esto —dijo Fritzy—. Y cuán lejos estás dispuesta a llegar.
—Si tengo razón —dijo Tess—, puede que bastante lejos.
Empezó a apagar el ordenador, pero entonces se le ocurrió una cosa más que valía la pena comprobar, aunque sabía que podría no conducir a nada. Entró en la página de inicio del Weekly Reminder e hizo clic en OBITUARIO. Había un espacio para introducir el nombre en el que uno estuviera interesado, y Tess tecleó STREHLKE. Produjo una sola coincidencia, un hombre llamado Roscoe Strehlke. Según la necrológica de 1999, murió repentinamente en su casa, a la edad de cuarenta y ocho años. Le sobrevivieron su esposa, Ramona, y dos hijos: Alvin (23) y Lester (17). Para cualquier escritor de misterio, incluso los del subgénero incruento conocido como «de salón», la expresión «murió repentinamente» enarbolaba una bandera roja. Buscó en la base de datos general del Reminder y no encontró nada más.
Permaneció allí sentada durante un momento, tamborileando con los dedos nerviosamente sobre el reposabrazos de la silla, como hacía cuando trabajaba y se quedaba atascada en una palabra, una frase, o una manera de describir algo. Entonces buscó una lista de periódicos del oeste y el sur de Massachusetts, y encontró el Republican de Springfield. Cuando tecleó el nombre del marido de Ramona Norville, el titular que apareció era crudo y conciso: HOMBRE DE NEGOCIOS DE CHICOPEE SE SUICIDA.
Strehlke fue hallado en su garaje, colgado de una viga. No se encontró ninguna nota y no se citaba a Ramona, pero un vecino declaró que el señor Strehlke estaba destrozado porque «su chico mayor se había metido en un embrollo».
—¿En qué tipo de embrollo se metió Al que te disgustó tanto? —preguntó Tess a la pantalla del ordenador—. ¿Algo que ver con una chica? ¿Un asalto, quizá? ¿Agresión sexual? ¿Ya en aquel entonces estaba abonando el terreno para cosas mayores? Si esa es la razón de que te colgaras, fuiste un cagón.
—Quizá Roscoe tuvo ayuda —dijo Fritzy—. De Ramona. Una mujer grandota y fuerte, ya sabes. Deberías saberlo; la has visto.
De nuevo, eso no sonó como la voz que ponía cuando hablaba esencialmente consigo misma. Miró a Fritzy, asustada. Fritzy le devolvió la mirada: ojos verdes que preguntaban «¿Quién, yo?».
Lo que Tess deseaba hacer era conducir directamente a Lacemaker Lañe con la pistola en el bolso. Lo que debería hacer era dejar de jugar a los detectives y llamar a la policía. Dejar que ellos se encargaran. Era lo que la Vieja Tess hubiera hecho, pero ella ya no era aquella mujer. Aquella mujer ahora le parecía una pariente lejana, como esos familiares a los que envías una tarjeta por Navidad y luego te olvidas de ellos durante el resto del año.
Incapaz de decidirse, y como le dolía todo el cuerpo, subió a acostarse. Durmió cuatro horas y cuando se levantó se encontraba casi demasiado agarrotada para andar. Se tomó dos paracetamoles extra fuertes, esperó hasta que hicieron efecto, y luego fue en coche hasta el videoclub. Llevaba el Exprimelimones en el bolso. Ahora pensaba llevarlo siempre que viajara sola.
Llegó al Blockbuster momentos antes de que cerraran y pidió una película de Jodie Foster titulada La mujer coraje. El dependiente (que tenía el pelo verde, un imperdible en una oreja, y toda la pinta de un chaval de dieciocho años) sonrió con indulgencia y le indicó que el título de la película en realidad era La extraña que hay en ti. Míster Retro Punk apuntó que por cincuenta centavos más podría acompañarla con una bolsa de palomitas para microondas. Tess casi rehusó, luego recapacitó.
—Claro, joder, ¿por qué no? —le dijo a Míster Retro Punk—. Solo se vive una vez, ¿no?
El chaval le dirigió una sobresaltada mirada de reconsideración, después sonrió y convino en que era una oportunidad única en la vida para los clientes.
Ya en casa, preparó las palomitas, insertó el DVD, y se dejó caer en el sofá con una almohada en el hueco de la espalda para amortiguar el roce en esa parte. Fritzy se le unió y ambos vieron a Jodie Foster ir tras los individuos (los vagos, como en «pregúntate si te sientes afortunado, vago») que habían matado a su novio. Foster iba haciendo colección de vagos por el camino, a punta de pistola. La extraña que hay en ti era de esa clase de películas, pero igualmente Tess la disfrutó. Creía que tenía perfecto sentido. Además, se le ocurrió que durante todos estos años se había estado perdiendo algo: la exigua pero auténtica catarsis que las cintas como La extraña que hay en ti ofrecían. Cuando terminó, se volvió hacia Fritzy y dijo:
—Ojalá Richard Widmark se hubiera encontrado con Jodie Foster y no con la anciana en la silla de ruedas, ¿no crees? Fritzy coincidió al mil por ciento.
30
Esa noche, tumbada en la cama, con el viento de octubre arreciando como mil demonios alrededor de la casa, y Fritzy a su lado, enroscado de la nariz a la cola, Tess llegó a un acuerdo consigo misma: si a la mañana siguiente se despertaba con la misma sensación que la embargaba ahora, iría a ver a Ramona Norville, y tal vez después, dependiendo de cómo resultaran las cosas en Lacemaker Lañe, debería rendir una visita a Alvin Strehlke, el Camionero Grande. Lo más probable era que se levantara con cierta apariencia de cordura restaurada y llamara a la policía. Nada de llamadas anónimas; aceptaría la música y bailaría. Demostrar la violación cuarenta horas y Dios sabía cuántas duchas después del acto podría ser difícil, pero las señales de la agresión sexual estaban escritas por todo su cuerpo.
Y las mujeres en la tubería: ella era su defensora, le gustara o no.
Mañana todas estas ideas de venganza me parecerán tontas. Como la clase de delirios que sufre la gente cuando tiene fiebre alta.
Pero cuando se despertó el domingo, aún permanecía en modalidad Nueva Tess. Miró el revólver encima de la mesilla de noche y pensó: Quiero usarlo. Quiero ocuparme yo misma de esto, y teniendo en cuenta por lo que he pasado, me merezco ocuparme yo misma de esto.
—Pero es necesario que me asegure, y no quiero que me atrapen —le dijo a Fritzy, que ahora estaba a sus pies y estirándose, preparándose para otro agotador día que pasaría tumbándose en cualquier sitio y comiendo de su bol.
Tess se duchó, se vistió, y luego sacó un bloc amarillo de tamaño legal a la solana. Se quedó contemplando el césped del patio trasero durante casi quince minutos, de vez en cuando bebiendo sorbos de una refrescante taza de té. Por fin escribió PARA NO SER ATRAPADA en la parte superior de la primera hoja. Lo consideró con sobriedad, y después empezó a tomar notas. Como con el trabajo diario cuando escribía un libro, comenzó despacio, pero fue adquiriendo velocidad.
31
Hacia las diez le entró un hambre voraz. Se preparó un copioso desayuno-almuerzo y devoró hasta el último bocado. Luego fue a devolver la película al Blockbuster y preguntó si tenían El beso de la muerte. No hubo suerte, pero después de diez minutos de curiosear, se decantó por una sustituía titulada La última casa a la izquierda. Se la llevó a casa y la miró con atención. En la película, unos hombres violaban a una muchacha y la dejaban por muerta. Era tan similar a su propia experiencia que Tess estalló en lágrimas, llorando tan fuerte que Fritzy huyó de la habitación a la carrera. Sin embargo, la muchacha no se rindió y se vio recompensada con un final feliz: los padres de la joven terminaban asesinando a los violadores.
Retornó el disco a su caja, que depositó en el taquillón del recibidor. Lo devolvería al día siguiente, si aún seguía viva al día siguiente. Contaba con ello, pero nada era seguro; existían multitud de recodos extraños y curvas tortuosas en el sendero demasiado crecido de la vida. Tess lo había averiguado por sí misma.
Para matar el tiempo (las horas diurnas parecían transcurrir muy lentamente), volvió a conectarse a internet, en busca de información sobre el embrollo en el que se había metido Al Strehlke antes de que su padre se suicidara. No encontró nada. Posiblemente el vecino mentía más que hablaba (los vecinos muy a menudo lo hacen), pero Tess podía imaginar otro escenario: el problema habría sucedido cuando Strehlke era aún menor de edad. En casos así, los nombres no se transmitían a la prensa, y los registros judiciales (suponiendo que el caso hubiera llegado a los tribunales) se sellaban.
—Pero quizá fuera a peor —le dijo a Fritzy.
—Esos tipos a menudo van a peor —convino Fritzy. (Esto era raro; Tom solía ser el simpático. El papel de Fritzy tendía a ser el de abogado del diablo.)
—Luego, unos años más tarde, pasó algo más. Algo peor. Digamos que mamá lo ayudó a encubrirlo...
—No te olvides del hermano pequeño —dijo Fritzy—. Lester. Podría haber estado también en el ajo.
—No me confundas con demasiados personajes, Fritz. Lo único que sé es que Al el Puto Camionero Grande me violó, y su madre pudo haber sido cómplice. Eso me basta.
—Puede que Ramona sea su tía —especuló Fritzy.
—Oh, cállate —le dijo Tess, y Fritzy obedeció.
32
A las cuatro se acostó, sin ninguna esperanza de poder pegar ojo, pero su cuerpo en recuperación tenía sus propias propiedades. Sucumbió casi al instante, y cuando despertó debido al insistente dah-dah-dah del reloj de cabecera, se alegró de haber puesto el despertador. Fuera, el viento racheado de octubre peinaba las hojas de los árboles y las hacía volar por el patio trasero a ras del suelo en vividos colores. La luz había adquirido ese dorado extraño y sin profundidad que parece ser propiedad exclusiva de las tardes otoñales de Nueva Inglaterra.
Sentía mejor la nariz (reducido el dolor a una sorda palpitación), pero aún tenía la garganta irritada y cojeó más que caminó hasta el cuarto de baño. Se metió en la ducha y permaneció en el compartimiento hasta que el cuarto de baño estuvo tan brumoso como un páramo inglés en un relato de Sherlock Holmes. La ducha ayudó. Un par de paracetamoles del botiquín ayudarían aún más.
Se secó el pelo, luego limpió con la mano el espejo empañado. La mujer en el cristal le devolvía la mirada con ojos atormentados por la furia y la cordura. El espejo no aguantó desempañado por mucho tiempo, pero fue suficiente para que Tess comprendiera que tenía la seria intención de hacerlo, sin importar las consecuencias.
Se vistió con un suéter negro de cuello de cisne y unos pantalones cargo negros con amplios bolsillos de solapa. Se recogió el pelo en un moño y se encasquetó una gorra negra de propaganda. El moño hacía un bulto por detrás, pero al menos ningún testigo potencial sería capaz de decir: «No pude verle bien la cara, pero tenía el pelo rubio y largo. Lo llevaba recogido con una de esas cintas elásticas para el pelo; ya sabe, de las que puedes comprar en JCPenney».
Bajó al sótano donde guardaba su kayac desde el Día del Trabajo y cogió el carrete de cuerda de amarre amarilla que estaba situado en el estante sobre la embarcación. Usó las tijeras de podar para cortar aproximadamente un metro y veinte de cuerda, luego la enrolló alrededor del antebrazo y la deslizó en uno de los amplios bolsillos del pantalón. De vuelta en la cocina, se metió su navaja suiza en el mismo bolsillo, el izquierdo. El bolsillo derecho lo reservaba para el Exprimelimones del 38... y un objeto más, que sacó del cajón junto al horno. Después le sirvió una ración doble de comida a Fritzy, pero antes de permitirle que empezara a comer, lo abrazó y le plantó un beso en la coronilla. El viejo gato acható las orejas (normalmente no era un ama besucona) y se apresuró hacia su plato en cuanto lo depositó en el suelo.
—Hazlo durar —le dijo Tess—. Tarde o temprano, Patsy vendrá a echarte un ojo si no regreso, pero pueden pasar un par de días. —Esbozó una sonrisita y agregó—: Te quiero, viejo zarrapastroso.
—Bueno, bueno —contestó Fritzy, luego se empleó a fondo con la comida. Tess comprobó una vez más las notas de su memorando PARA NO SER ATRAPADA, y entretanto mentalmente hizo un inventario de su equipo y repasó los pasos que pretendía tomar una vez llegara a Lacemaker Lañe. Creía que el punto más importante que debía tener presente era que las cosas no se desarrollarían como ella esperaba. Cuando se trataba de cosas así, siempre había cartas sorpresa en la baraja. Pudiera ser que Ramona no estuviera en casa. O que estuviera, pero con su hijo violador-asesino, los dos cómodamente sentados en la sala de estar viendo alguna película del Blockbuster que les levantara el ánimo. Saw, quizá. Pudiera ser que el hermano pequeño (sin duda conocido en Colewich como ¡Camionero Chico!) también se encontrara allí. Por lo que Tess sabía, esa noche Ramona podría estar celebrando en su casa una reunión de Tupperwares o un club de lectura. Lo importante consistía en no descomponerse por sucesos inesperados. Tess suponía que, si no se veía capaz de improvisar, era muy probable que estuviera dejando su casa de Stoke Village por última vez.
Quemó sus notas PARA NO SER ATRAPADA en la chimenea, removió las cenizas con el atizador, y luego se puso una chaqueta de cuero y un par de guantes finos de cuero. La chaqueta tenía un profundo bolsillo en el forro. Tess deslizó uno de los cuchillos de carnicero en su interior, como amuleto de buena suerte, y se dijo a sí misma que no olvidara que estaba allí. Lo último que necesitaba este fin de semana era una mastectomía accidental.
Justo antes de salir por la puerta, conectó la alarma antirrobo.
El viento la asedió de inmediato, agitando el cuello de la chaqueta y las perneras del pantalón cargo. Las hojas se arremolinaban en miniciclones. En el cielo no-completamente-oscuro, por encima de su refinado trocito residencial de Connecticut, las nubes surcaban el rostro de una luna de tres cuartos. Tess pensó que era una noche perfecta para una película de terror.
Montó en el Expedition y cerró la puerta. Una hoja cayó en espiral sobre el parabrisas, y después echó a correr disparada.
—He perdido el juicio —dijo con impasibilidad—. Se me cayó y murió en aquella alcantarilla, o cuando andaba alrededor de la tienda. Es la única explicación para esto.
Arrancó el motor. Tom el Tomtom se iluminó y dijo:
«Hola, Tess. Veo que nos vamos de viaje.»
—Así es, amigo mío. —Tess se inclinó hacia delante y programó el 75 de Lacemaker Lañe en el metódico cerebrito de Tom.
33
Había explorado el vecindario de Ramona en el Google Earth, y cuando alcanzó el lugar parecía igual. Bien por el momento. Brewster era una pequeña ciudad de Nueva Inglaterra, Lacemaker Lañe se hallaba a las afueras, y las casas estaban distanciadas. Tess pasó por delante del número 75 circulando a unos treinta kilómetros tranquilos por hora, y comprobó que las luces estaban encendidas y que había un solo coche (un Subaru último modelo que casi gritaba bibliotecario) en el camino de entrada. No se veía rastro del tráiler ni de cualquier otro camión. Ni tampoco de una vieja pick-up con parches.
La calle terminaba en una rotonda. Tess dio la vuelta, y giró hacia el camino de entrada de Norville sin concederse la posibilidad de vacilar. Apagó las luces y el motor; respiró largo y hondo.
—Vuelve sana y salva, Tess —dijo Tom desde su posición en el salpicadero—. Vuelve sana y salva y te llevaré a tu próximo destino.
—Haré lo que pueda. —Agarró su bloc de papel amarillo (no había ahora nada escrito) y bajó del coche. Sostuvo el bloc contra la chaqueta mientras caminaba hacia la puerta de Ramona Norville. A la luz de la luna, su sombra (quizá todo cuanto quedaba de la Vieja Tess) caminaba a su vera.
34
La puerta principal de Norville tenía vidrieras biseladas a ambos lados. Eran gruesas y deformaban la visión, pero Tess pudo distinguir un bonito empapelado en la pared y un pasillo con suelo de madera pulida. Había una mesita auxiliar con un par de revistas encima. O quizá eran catálogos. En el otro extremo del pasillo vislumbró una habitación grande. El sonido de un televisor surgía de allí. Oyó cantar, así que probablemente Ramona no estuviera viendo Saw. De hecho, si Tess no se equivocaba y la canción era «Climb Ev'ry Mountain», Ramona estaba viendo Sonrisas y lágrimas.
Tess tocó al timbre. De dentro le llegó un repique de campanillas que recordaba a las notas iniciales de «Dixie», una elección extraña para Nueva Inglaterra, pero claro, si Tess tenía razón sobre ella, Ramona Norville era una mujer extraña.
Tess oyó el ruido de unas fuertes pisadas y se volvió, de manera que la luz a través del cristal biselado apenas iluminaría su rostro. Separó la libreta en blanco del pecho y ejecutó movimientos de escritura con una mano enguantada. Hundió los hombros un poco. Daría la impresión de ser una mujer realizando algún tipo de encuesta. Era domingo por la noche, estaba cansada, lo único que deseaba era preguntar por el nombre del dentífrico favorito de la mujer (o cualquier otra tontería), y luego irse a casa.
No te preocupes, Ramona, puedes abrir la puerta, cualquiera vería que soy inofensiva, la clase de mujer que no le haría bu ni a un ganso.
Con el rabillo del ojo vislumbró una distorsionada cara de pez emergiendo a la vista tras el cristal biselado. Hubo una pausa que pareció durar una eternidad, y entonces Ramona Norville abrió la puerta.
—¿Sí? ¿Puedo ayudar...?
Tess se volvió. La luz de la puerta abierta bañó su rostro. Y el shock que observó en el rostro de Norville, con la mandíbula desencajada por la sorpresa, le dijo todo cuanto necesitaba saber.
—¿Tú? ¿Qué estás haciendo...?
Tess sacó el Exprimelimones calibre 38 del bolsillo derecho. En el trayecto desde Stoke Village había imaginado que se atascaría, lo había imaginado con una nitidez de pesadilla, pero salió sin complicaciones.
—Apártate de la puerta. Si intentas cerrarla, te pegaré un tiro.
—No lo harás —dijo Norville. No retrocedió, pero tampoco cerró la puerta—. ¿Estás loca?
—Métete dentro.
Norville tenía puesto un batón azul, y cuando Tess notó que la pechera ascendía precipitadamente, levantó la pistola.
—Dispararé al menor indicio de que vas a gritar. Más te vale creerlo, puta, porque ni mucho menos estoy de broma.
El enorme busto de Norville se desinfló. Los labios se retiraron de la dentadura; los ojos se movían de lado a lado dentro de las órbitas. Ya no tenía aspecto de bibliotecaria, ni su semblante era jovial y acogedor. A Tess le parecía una rata atrapada fuera de su agujero.
—Si disparas esa pistola, todo el vecindario lo oirá.
Tess lo dudaba, pero no discutió.
—¿Y qué importa? Estarás muerta. Métete dentro. Si te comportas y contestas a mis preguntas, puede que aún sigas viva mañana por la mañana.
Norville reculó, y Tess entró por la puerta alargando rígidamente el arma delante de ella. En cuanto cerró la puerta (lo hizo con el pie), Norville se detuvo. Se quedó parada junto a la mesita de los catálogos.
—No toques nada, ni me tires nada —dijo Tess, y por el gesto de la boca de la otra mujer adivinó que la idea de agarrar y tirar algo había cruzado por la mente de Ramona—. Puedo leerte como un libro. Por eso estoy aquí. Más atrás. Hasta la sala de estar. Me encanta la familia Trapp cuando se ponen a rocanrolear.
—Estás chiflada —dijo Ramona, pero empezó a recular de nuevo. Llevaba puestos unos zapatos. Incluso en bata llevaba puestos unos feos zapatones. De hombre y con cordones—. No tengo ni idea de qué estás haciendo aquí, pero...
—No me vengas con gilipolleces, mamaíta. No te atrevas. Te lo vi todo en la cara cuando abriste la puerta. Absolutamente todo. Me creías muerta, ¿verdad?
—No sé de qué estás...
—Estamos entre mujeres, así que ¿por qué no confesar?
Ya se encontraban en el salón. Había pinturas sensibleras en las paredes (payasos y animales abandonados de ojos grandes) y montones de repisas y mesas atestadas de fruslerías: bolas de nieve, bebés troll, figuras de Hummel, Osos Amorosos, y una casa caramelo de cerámica a lo Hansel y Gretel. Pese a que Norville era bibliotecaria, no se veía ni un solo libro. De cara a la televisión había una butaca La-Z-Boy con un banquito delante y una mesa bandeja al lado. Esta contenía una bolsa de ganchitos Cheez Doodles, una botella grande de Coca-Cola Light, el mando a distancia, y una TV Guide. Sobre el televisor descansaba una fotografía enmarcada de Ramona y otra mujer que entrelazaban los brazos una alrededor de la otra y juntaban las mejillas. Daba la impresión de haber sido tomada en un parque de atracciones o en una feria del condado. Situado delante de la foto, un plato de cristal para dulces relucía con centelleantes puntos de luz bajo la lámpara del techo.
—¿Cuánto tiempo llevas haciéndolo?
—No sé de qué hablas.
—¿Cuánto tiempo llevas siendo la chula del violador homicida de tu hijo?
Los ojos de Norville titubearon, pero volvió a negarlo..., lo cual planteaba a Tess un problema. Al venir hacia aquí, matar a Ramona Norville parecía no solo una opción, sino el resultado más probable. Tess se había sentido casi segura de que podría hacerlo, y de que no necesitaría utilizar la cuerda de barco que tenía en el bolsillo izquierdo del pantalón. Ahora, sin embargo, descubrió que no podría seguir adelante a menos que la mujer confesara su complicidad. Porque lo que había estado escrito en su rostro cuando vio a Tess plantada en la puerta, llena de contusiones pero por lo demás vivita y coleando, no era suficiente.
No bastaba.
—¿Cuándo empezó todo? ¿Qué edad tenía? ¿Quince? ¿Qué dijo, que solo estaba «tonteando»? Eso es lo que afirman muchos cuando empiezan.
—No tengo ni idea de a qué te refieres. Vienes a la biblioteca y haces una presentación perfectamente aceptable..., deslucida, obviamente solo estabas allí por el dinero, pero por lo menos llenaste la fecha libre de nuestro calendario, y luego te presentas en mi casa, apuntándome con una pistola y soltando toda clase de salvajadas...
—Eso no te servirá, Ramona. Vi su foto en la web de Halcón Rojo. Con el anillo y todo. Me violó e intentó matarme. Creyó que me había matado. Y tú me enviaste directa a él.
La boca de Norville se abrió en una horripilante mezcla de conmoción, consternación, y culpabilidad.
—¡Eso no es cierto! ¡Estúpida hija de puta, no sabes de lo que estás hablando! —Se lanzó hacia delante.
Tess levantó la pistola.
—Ah-ah, no lo hagas. No.
Norville se detuvo, pero Tess no creía que la bibliotecaria permaneciera inmóvil por mucho más tiempo. Se estaba armando de valor para la lucha o para la huida. Y puesto que debía de saber que Tess la perseguiría si trataba de correr y adentrarse en la casa, sería probablemente lucha.
La familia Trapp se puso a cantar otra vez. Considerando la situación en la que Tess estaba inmersa (en la que ella misma se había metido), toda esa porquería de alegría coral resultaba insoportable. Mientras encañonaba a Norville con la mano derecha, Tess recogió el mando a distancia con la izquierda y silenció la tele. Se disponía a soltar el mando cuando se quedó helada. Había dos cosas encima del televisor, pero al principio solo se había fijado en la foto de Ramona y su novia; el plato para dulces apenas se había ganado un vistazo.
Ahora advirtió que el centelleo que había supuesto que provenía del cristal tallado de los bordes no provenía en absoluto de los bordes. Provenía de algo en su interior. Sus pendientes estaban en el plato. Sus pendientes de diamante.
Norville agarró la casa de caramelo de Hansel y Gretel de su repisa y se la tiró. La arrojó con fuerza. Tess se agachó y la casa de caramelo le pasó a escasos centímetros por encima de la cabeza, haciéndose añicos contra la pared a su espalda. Dio un paso hacia atrás, tropezó con el banquito, y se desplomó con las piernas abiertas. La pistola salió volando de su mano.
Las dos se lanzaron a por ella, Norville dejándose caer sobre las rodillas y embistiendo con el hombro contra el brazo y el hombro de Tess, como un jugador de fútbol americano con el propósito de placar al quaterback. La bibliotecaria agarró la pistola, al principio en una suerte de juego malabar, luego empuñándola con firmeza. Tess metió la mano dentro de la chaqueta y la cerró en torno al mango del cuchillo de carnicero que era su arma de respaldo, consciente de que iba a ser demasiado tarde. Norville era demasiado corpulenta... y demasiado maternal. Sí, eso era. Había protegido a aquel hijo descarriado suyo durante años, y estaba decidida a protegerlo ahora. Tess debería haberle pegado un tiro en el recibidor, en el mismo momento de cerrar la puerta tras ella.
Pero habría sido incapaz, pensó, e incluso en ese momento, saber que era la verdad le proporcionó algo de consuelo. Se ir- guió sobre las rodillas, con la mano todavía en el interior de la chaqueta, y se encaró con Ramona Norville.
—Eres una escritora de mierda y fuiste una invitada de mierda —dijo Norville. Sonreía, hablando cada vez más rápido. Su voz poseía la cadencia nasal de un subastador—. Parloteabas con la misma desgana que en tus estúpidas novelas. Eras perfecta para él, y él se lo iba a hacer a alguien, conozco las señales. Te envié por ese camino y salió bien y me alegro de que te follara. No sé qué pensabas que ibas a hacer al venir aquí, pero esto es lo que vas a conseguir.
Apretó el gatillo y no hubo nada salvo un chasquido seco. Tess había tomado lecciones cuando compró el revólver, y la más importante consistía en no poner una bala en la primera cámara donde caería el percutor. Por si acaso se accionaba el gatillo por accidente.
Una expresión de sorpresa casi cómica invadió el rostro de Norville. La hizo rejuvenecer. Bajó la vista al arma, y en ese momento Tess sacó el cuchillo del bolsillo interior de la chaqueta, se lanzó a trompicones hacia delante, y lo hundió hasta la empuñadura en el vientre de Norville.
La mujer emitió un sonido vitreo, como un «OOO-OOOO», que intentaba ser un grito y fracasaba. La pistola de Tess cayó al suelo y Ramona reculó tambaleándose contra la pared, con la vista en el mango del cuchillo. Un brazo como aspa de molino barrió una fila de figuras de Hummel. Cayeron del estante y se hicieron añicos en el suelo. Ella emitió otra vez ese sonido, «OOO-OOOO». La pechera de la bata aún seguía inmaculada, pero la sangre empezaba a gotear del dobladillo, repiqueteando sobre los zapatos de hombre de Ramona Norville. Cerró las manos en torno a la empuñadura del cuchillo, trató de tirar de él para liberarlo, y emitió por tercera vez el «OOO-OOOO».
Alzó la vista hacia Tess, incrédula. Tess echó la vista atrás. Estaba recordando algo que había sucedido en su décimo cumpleaños. Su padre le regaló una honda, y ella había salido en busca de cosas a las que disparar. En algún punto, a cinco o seis bloques de su casa, vio un perro callejero con las orejas mordisqueadas hurgando en un cubo de basura. Colocó una piedrecita en el tirador y se la lanzó. Solo pretendía espantar al chucho (o eso se dijo entonces), pero lo alcanzó en los cuartos traseros. El perro aulló con un miserable aik-aik-aik y escapó a la carrera, pero antes le dirigió a Tess una mirada de reproche que esta nunca había olvidado. Habría dado cualquier cosa por deshacer su acción; nunca más había vuelto a disparar su honda contra un ser vivo. Entendía que matar formaba parte de la vida (no tenía reparos en aplastar mosquitos o poner trampas cuando veía excrementos de ratón en el sótano, y había comido su buena ración de hamburguesas del Mickey D's), pero había creído que nunca sería capaz de herir a algo de esa manera sin sentir remordimientos o pesar. No sufrió ninguna de las dos cosas en el salón de la casa de Lacemaker Lañe. Quizá porque, al final, había sido en defensa propia. O quizá no.
—Ramona —dijo—, ahora mismo siento cierta afinidad con Richard Widmark. Esto es lo que les hacemos a los chivatos, cariño.
Norville estaba de pie en un charco de su propia sangre y en su bata finalmente comenzaban a florecer amapolas de sangre. Tenía el semblante pálido. Sus ojos oscuros se veían enormes y relucían conmocionados. Sacó la lengua y la deslizó lentamente, por el labio inferior.
—Ahora tendrás mucho tiempo para reflexionar mientras te retuerces, ¿qué te parece?
Norville empezó a resbalar. Sus zapatos de hombre se escurrían por la sangre con un ruido acuoso. Tanteó en busca de una de las repisas restantes y la arrancó de la pared. Un pelotón de Osos Amorosos se inclinó hacia delante y se suicidó.
Aunque aún no sentía ningún pesar o remordimiento, Tess descubrió que, a pesar de sus fanfarronadas, poseía muy poco de Tommy Udo en su interior; no tenía ganas de observar ni de prolongar el sufrimiento de Norville. Se agachó y recogió el 38. Del bolsillo derecho de sus pantalones sacó el otro objeto que había tomado del cajón junto al horno. Se trataba de un guante de cocina acolchado. Silenciaría un disparo de pistola con bastante eficacia, siempre y cuando el calibre no fuera muy grande. Eso lo había aprendido mientras escribía La Sociedad de la Calceta de Willow Grove se embarca en un crucero de misterio.
—No lo entiendes. —La voz de Norville era un susurro áspero—. No puedes hacerlo. Es un error. Llévame a... hospital.
—El error fue tuyo. —Tess colocó el guante de cocina sobre la pistola, que empuñaba con la mano derecha—. Fue no castrar a tu hijo nada más averiguar lo que era. —Pegó el guante contra la sien de Ramona Norville, volvió la cabeza levemente hacia un lado, y apretó el gatillo. Se produjo un sonido bajo, un enfático plag, como un hombre corpulento aclarándose la garganta.
Eso fue todo.
35
No había googleado la dirección de la casa de Al Strehlke; había esperado conseguir esa información de Norville. Pero, como no cesaba de recordarse a sí misma, las cosas de esta índole nunca transcurrían de acuerdo a lo planeado. Lo que debía hacer ahora era no perder la cabeza y completar el trabajo.
El estudio de Norville estaba en el piso de arriba, en lo que probablemente se planteó originariamente como un dormitorio para invitados. Allí encontró más Osos Amorosos y más Hummels. Había también media docena de fotografías enmarcadas, pero ninguna de sus hijos, de su novia, o del difunto gran Roscoe Strehlke; eran fotografías firmadas por escritores que habían hablado para Brown Baggers. El cuarto le recordó a Tess el vestíbulo del Stagger Inn con las fotos de los grupos.
A mí no me pidió que le firmara una foto, pensó Tess. Por supuesto que no, ¿quién querría acordarse de una escritora de mierda como yo? Yo era básicamente una cabeza parlante para rellenar un hueco en su agenda. Por no mencionar un pedazo de carne para la picadora de su hijo. Qué suerte tuvieron de que yo apareciera en el momento adecuado.
En el escritorio de Norville, debajo de un tablón de anuncios sepultado en circulares y correspondencia de la biblioteca, había un Mac de sobremesa muy similar al de Tess. El monitor parecía apagado, pero la luz encendida en la CPU le indicó que el ordenador solo estaba en modo suspendido. Pulsó una tecla con un dedo enguantado. La pantalla se actualizó y se encontró mirando el escritorio electrónico de Norville. Sin necesidad de latosas contraseñas, qué bien.
Tess hizo clic en el icono de la libreta de direcciones, bajó hasta la H, y encontró Halcón Rojo. La dirección era Transport Plaza 7, Township Road, Colewich. Siguió bajando, hasta la S, y encontró tanto a su crecido conocido de la noche del viernes como al hermano de su conocido, Lester. Camionero Grande y Camionero Chico. Ambos vivían en Township Road, cerca de la compañía que debían de haber heredado de su padre: Alvin en el número 23, Lester en el número 101.
Si hubiera un tercer hermano, pensó, serían Los Tres Camioneritos. Uno en una casa de paja, uno en una casa de madera, uno en una casa de ladrillos. Pero, ¡ay!, solo hay dos.
De nuevo en el piso de abajo, sustrajo sus pendientes del plato de cristal y los metió en el bolsillo del abrigo. Mientras, miraba a la mujer muerta sentada contra la pared. No existía compasión alguna en esa mirada, solo la clase de gesto con el que cualquiera podría despedir un trabajo difícil que ya estuviera terminado. No había necesidad de preocuparse por las pruebas; Tess tenía plena confianza de que no había dejado ninguna, ni siquiera una hebra de pelo. El guante de cocina (ahora con un agujero de disparo) había vuelto a su bolsillo. El cuchillo era un artículo común que se vendía en cualquier hipermercado de Estados Unidos. Por lo que sabía (y le traía sin cuidado), encajaba con el juego de cuchillos de Ramona. Hasta ahora estaba limpia, pero aún le aguardaba la parte complicada. Abandonó la casa, montó en el coche, y se marchó. Quince minutos más tarde se detuvo en el aparcamiento de una estación de servicio desierta el tiempo suficiente para programar en su GPS el número 23 de Township Road.
36
Con la orientación de Tom, Tess se encontró cerca de su destino no mucho después de las nueve. La luna gibosa seguía baja en el cielo. El viento soplaba con mayor fuerza que nunca.
La Ruta 47 se bifurcaba en Township Road, a unos once kilómetros del Stagger Inn, y a mayor distancia aún del centro de Colewich. Transport Plaza se hallaba en la intersección de dos carreteras. Según la señalización, tres empresas de transporte y una de mudanzas tenían su base aquí. Los edificios que las albergaban eran feos y de aspecto prefabricado. El más pequeño pertenecía a Transportes Halcón Rojo. Todos estaban a oscuras en la noche de este domingo. Más allá se extendían hectáreas de aparcamiento rodeado por una cerca ciclónica e iluminado con luces de arco de alta intensidad. Tráilers y cabinas atestaban el almacén de vehículos. Al menos uno de los camiones tenía las palabras TRANSPORTES HALCÓN ROJO en el costado, pero Tess creía que no se trataba de la cabina de la foto colgada en el sitio web, la del Papá Orgulloso tras el volante.
Había una parada de camiones adyacente al área de almacenamiento. Los surtidores, más de una docena, estaban iluminados por los mismos arcos de alta intensidad. Unos brillantes fluorescentes blancos derramaban luz desde el lateral derecho del edificio principal; el izquierdo estaba a oscuras. Había otro edificio, este en forma de U, en la parte trasera. Unos cuantos coches y camiones dispersos estaban aparcados allí. El rótulo junto a la carretera era un enorme chisme digital, repleto de información en rojo brillante:
PARADA DE CAMIONES DE TOWNSHIP ROAD RICHIE'S
«TÚ LOS CONDUCES, NOSOTROS LOS LLENAMOS»
GASOLINA 2,99$ GALÓN
DIÉSEL 2,69$ GALÓN
BOLETOS DE LOTERÍA SIEMPRE DISPONIBLES
RESTAURANTE CERRADO DOMINGOS NOCHE
LO SENTIMOS: DUCHAS CERRADAS DOMINGOS NOCHE
TIENDA & MOTEL «SIEMPRE ABIERTOS»
AUTOCARAVANAS «SIEMPRE BIENVENIDAS»
Y la última línea, mal escrita pero fervorosa:
¡APOYA A NUESTRAS TROPAS! ¡A GANAR EN AFGANDISTÁN!
Con todos los camioneros que iban y venían, que reabastecían de combustible a sus carros y a sí mismos (aun con las luces apagadas, Tess podía afirmar que, abierto, el restaurante era de la clase donde el menú siempre incluiría pollo frito, hamburguesas y pudin de pan), el lugar probablemente sería una colmena de actividad durante la semana, pero los domingos por la noche era una tumba, porque no había nada, ni siquiera un bar de carretera como el Stagger.
Había un solo vehículo estacionado donde los surtidores, de cara a la carretera, con un inyector asomando de la boca del depósito de gasolina. Era una vieja pick-up Ford F-150 con Bondo alrededor de los faros. Resultaba imposible discernir el color bajo aquella luz cruda, pero no hacía falta. Tess había visto esa camioneta de cerca, y conocía el color. La cabina se hallaba vacía.
—No pareces sorprendida, Tess —dijo Tom mientras ella reducía la marcha hasta detenerse en el arcén de la carretera y escudriñaba la tienda con los ojos entornados. A pesar del resplandor de la cruda iluminación exterior, pudo distinguir a un par de personas dentro. Pudo ver el tamaño de una de ellas. «¿Era un hombre grande, o muy grande?», había preguntado Betsy Neal.
—No estoy para nada sorprendida —contestó—. Vive por aquí. ¿Adónde si no iría a echar gasolina?
—Quizá se esté preparando para emprender un viaje.
—¿A estas horas de un domingo por la noche? No lo creo. Supongo que estaba en casa viendo Sonrisas y lágrimas. Se terminó la cerveza y vino a por más. Y, ya que estaba, decidió llenar el depósito.
—Pero puede que te equivoques. ¿No sería mejor que aparcaras detrás de la tienda y que le siguieras cuando se marche?
Sin embargo, Tess no quería hacer eso. Toda la fachada de la tienda era de cristal. Podría verla si mirara hacia fuera cuando entrase en el aparcamiento. Aun si la brillante iluminación sobre las isletas de los surtidores le dificultaba la visión y no distinguiera su cara, podría reconocer el vehículo. Por las carreteras circulaban muchos todoterrenos Ford, pero después del viernes por la noche, Al Strehlke debería mostrar una particular sensibilidad respecto a los Ford Expeditions negros. Y estaba la matrícula; el viernes pasado, cuando se detuvo a su lado en el aparcamiento asilvestrado de la tienda abandonada, seguramente se habría fijado en su matrícula de Connecticut.
Había algo más. Algo aún más importante. Tess se puso otra vez en movimiento, y la parada de camiones de Richie quedó confinada en el espejo retrovisor.
—No quiero estar detrás de él —dijo ella—. Quiero estar por delante de él. Quiero esperarle.
—Tess, ¿y si está casado? —preguntó Tom—. ¿Y si tiene una mujer esperándole?
La idea la asustó por un instante. Entonces sonrió, y no solo porque el único anillo que llevaba puesto fuera demasiado grande para ser un rubí.
—Los tipos como él no tienen mujeres —respondió—. No de las que se quedan, en todo caso. Solo había una mujer en la vida de Al, y está muerta.
37
A diferencia de Lacemaker Lañe, Township Road no se asemejaba en nada a un barrio de las afueras; se trataba de una zona rural, tan country como Travis Tritt. Las casas eran trémulas islas de luz eléctrica bajo el brillo de la luna ascendente.
«Aproximándote a tu destino, Tess», dijo Tom con su voz no imaginaria.
Coronó una loma, y allí a su izquierda apareció un buzón que indicaba STREHLKE y 23. El camino de entrada era largo, ascendía en curva, y estaba pavimentado con asfalto, liso como hielo negro. Tess lo enfiló sin vacilar, pero la aprensión se abatió sobre ella en cuanto dejó Township Road a su espalda. Tuvo que luchar para no pisar el freno y dar marcha atrás. Porque si continuaba avanzando, se quedaría sin opciones. Sería como un bicho en una botella. Aunque no estuviera casado, ¿y si había alguien más en la casa? ¿El hermano Les, por ejemplo? ¿Y si Camionero Grande hubiera estado en Tommy's comprando cerveza y aperitivos no para uno sino para dos?
Tess apagó los faros y prosiguió a la luz de la luna.
En su estado de nerviosismo, daba la impresión de que la carretera se prolongaba indefinidamente, pero no habría recorrido más de doscientos metros cuando vio las luces de la casa de Strehlke. Se encontraba en la cima de la colina, un lugar de aspecto cuidado, mayor que una cabaña pero más pequeña que una granja. No era una casa de ladrillos, pero tampoco una humilde casa de paja. En la historia de los tres cerditos y el gran lobo malo, Tess conjeturó que esta correspondería a la casa de madera.
Aparcado a la izquierda de la casa había un largo semirremolque con las palabras TRANSPORTES HALCÓN ROJO en el costado. Aparcado al final del camino de entrada, delante del garaje, estaba la cabina Pete del sitio web. Bajo la luz de la luna, parecía embrujada. Tess redujo la marcha al aproximarse, y entonces la inundó un resplandor blanco que le cegó los ojos y que iluminó el césped y el camino de entrada. Se trataba de un foco con sensor de movimiento, y si Strehlke regresara mientras siguiera encendido, sería capaz de ver el brillo desde la entrada al pie de la colina. Puede que incluso lo percibiera mientras aún estuviera aproximándose por Township Road.
Frenó en seco, sintiéndose como cuando, siendo una adolescente, soñaba con que de repente se encontraba en el instituto sin nada de ropa. Oyó los gemidos de una mujer. Supuso que los había emitido ella, pero no sonaban ni los sentía como propios.
—Esto no va bien, Tess.
—Cállate, Tom.
—Podría volver en cualquier momento, y no sabes cuánto dura el temporizador de esa cosa. Tuviste problemas con la madre, y él es muchísimo más grande.
—¡He dicho que te calles!
Intentó pensar, pero la estridente luz lo dificultaba. Las sombras de la cabina estacionada y el semirremolque a la izquierda parecían extender hacia ella puntiagudos dedos negros, los dedos del coco. ¡Maldito foco! ¡Por supuesto, un hombre como él tendría un foco! Debería irse ya mismo, dar la vuelta en el césped y bajar hasta la carretera lo más deprisa posible, pero si lo hiciera se toparía con él. Lo sabía. Y sin el elemento sorpresa, estaría muerta.
¡Piensa, Tessa Jean, piensa!
Y, oh, Dios, solo para empeorar las cosas un poco más, un perro empezó a ladrar. Había un perro en la casa. Imaginó a un pit bull con una cabeza de dientes prominentes.
—Si vas a quedarte, no deberías estar a la vista —dijo Tom...
Y no, no sonaba como su voz. O no exactamente. Quizá se tratara de la perteneciente a su yo más profundo, a la superviviente.
Y a la asesina, también a ella. ¿Cuántas identidades insospechadas albergaría una persona, ocultas en lo más profundo de su ser? Empezaba a pensar que el número podría irse a infinito.
Echó un vistazo al espejo retrovisor, mordiéndose el labio inferior todavía hinchado. Ningún faro aproximándose aún. Pero ¿cómo podría asegurarlo, dada la brillantez combinada de la luna y ese dichoso foco de Cristo?
—Funciona con un temporizador —dijo Tom—, pero yo que tú haría algo antes de que se apagara, Tess. Si mueves el coche después, lo único que conseguirás es que salte otra vez.
Metió la tracción a las cuatro ruedas del Expedition, comenzó a virar alrededor de la cabina, y entonces se detuvo. La hierba alta invadía el otro lado. Bajo el despiadado resplandor del foco, no pudo menos que prever las huellas que dejaría. Incluso aunque se apagara la luz de Cristo, volvería a encenderse cuando él llegara, y entonces las descubriría.
Dentro, el perro proseguía con su intervención: ¡Yark! ¡ Yark! / Yark-yark-yark!
—Cruza el césped y ponte detrás del tráiler —dijo Tom.
—¡Pero las huellas! ¡Las huellas!
—Tienes que esconderlo en algún sitio —replicó Tom. Hablaba exculpándose, pero con firmeza—. Al menos la hierba está segada en ese lado. La mayoría de la gente es muy poco observadora, ya sabes. Doreen Marquis no para de decirlo.
—Strehlke no es una dama de la Sociedad de la Calceta, es un puto lunático.
Pero como realmente no existía ninguna otra opción (no ahora que estaba allí arriba), Tess se internó en el césped hacia el semirremolque plateado a través de una deslumbrante luz propia de un mediodía estival. Conducía con el trasero ligeramente levantado del asiento, como si con ello pudiera de algún modo mágico hacer menos visibles las huellas del paso del Expedition.
—Si la luz de movimiento sigue encendida cuando regrese, a lo mejor no sospecha —dijo Tom—. Apostaría cualquier cosa a que los ciervos la activan constantemente. Incluso pudiera ser que solo tenga una luz así para ahuyentarlos de su jardín.
Eso tenía sentido (y volvía a parecerse a su voz-Tom especial), pero no la reconfortó mucho.
¡Yark! ¡Yark! ¡Yark-yark! Fuera lo que fuese, sonaba como si estuviera cagando monedas allí dentro.
El terreno tras la caja plateada era desigual y ralo de vegetación (sin duda otros semirremolques se aparcaban allí de cuando en cuando), pero lo bastante sólido. Sumergió el Expedition en la sombra del tráiler cuanto pudo, luego apagó el motor. Sudaba profusamente, y desprendía un aroma viciado que ningún desodorante hubiera sido capaz de derrotar.
Bajó del coche, y la luz se extinguió cuando cerró la puerta. Durante un supersticioso instante Tess pensó que lo había ocasionado ella misma, entonces comprendió que se había agotado el tiempo del puto cacharro que tanto la atemorizaba. Se inclinó sobre el capó caliente del Expedition, inspirando profundamente y expulsando el aire como un corredor en el último medio kilómetro de una maratón. Podría venir bien saber cuánto tiempo había transcurrido con la luz encendida, pero se trataba de una pregunta que Tess era incapaz de responder. Había tenido demasiado miedo. Se le antojaban horas.
Cuando recuperó el control sobre sí misma, pasó revista a su inventario, obligándose a proceder lenta y metódicamente. Pistola y guante de cocina. Ambos presentes y listos para el servicio. No creía que el guante amortiguara otro disparo, no con un agujero; tendría que confiar en el aislamiento de la casita en la cima de la colina. Había dejado el cuchillo en el vientre de Ramona, pero no importaba; si se viera forzada a intentar liquidar a Camionero Grande con un cuchillo de carnicero, tendría serias dificultades.
Y solo te quedan cuatro balas en la pistola, más te vale recordarlo antes de ponerte a pegar tiros. ¿Por qué no has traído más balas, Tessa Jean? Creías que lo tenías todo planeado, pero en mi opinión no has hecho un buen trabajo.
—Cállate —susurró—. Tom, o Fritzy, o quienquiera que seas, cierra el pico.
La reprochadora voz cesó, y en ese momento Tess se dio cuenta de que el mundo real se hallaba sumido en el silencio. El perro había interrumpido su ladrido rabioso al apagarse el foco. Ahora el único sonido era el del viento, y la única luz la de la luna.
38
Una vez extinguido aquel horrible resplandor, el semirremolque proporcionaba una excelente protección, pero no podía permanecer allí. No si pretendía ejecutar lo que había venido a ejecutar. Tess se apresuró hacia la parte trasera de la casa; le aterrorizaba la posibilidad de activar otro detector de movimiento, pero sentía que no tenía otra opción. No había detector que activar, pero la luna se ocultó tras una nube y tropezó con el mamparo del sótano; casi se golpeó la cabeza contra una carretilla cuando cayó de rodillas. Por un momento, en aquella posición, volvió a preguntarse en qué se había convertido. Era una miembro del Gremio de Autores que había disparado a una mujer no hacía mucho. Después de apuñarla en el estómago.
He cruzado completamente la línea; estoy haciendo el indio.
Entonces recordó cuando él la llamó zorra, puta zorra llorona, y dejó de preocuparse por si estaba o no haciendo el indio. Además, se trataba de un dicho estúpido. Y racista, por añadidura.
Strehlke sí que tenía un huerto detrás de la casa, pero de reducidas dimensiones; por lo visto no merecía la pena protegerlo de las depredaciones de los ciervos con una luz activada por movimiento. No obstante, tampoco quedaba nada a excepción de unas cuantas calabazas, la mayoría pudriéndose en los emparrados. Pasó por encima de las hileras, dobló la esquina del otro lado de la casa, y allí estaba la cabina. La luna había vuelto a aparecer y convertía el cromado en la plata líquida de las espadas de las novelas de fantasía.
Tess se arrimó al vehículo, anduvo pegada al costado izquierdo, y se arrodilló junto a la rueda delantera (que alcanzaba la altura de la barbilla; de la suya, al menos). Sacó el Exprimelimones del bolsillo. Strehlke no entraría en el garaje con la camioneta porque la cabina bloqueaba el acceso. Y aunque no, el garaje probablemente se hallaría repleto de adoraos de soltero: herramientas, aparejos de pesca, equipo de acampada, piezas de camión, cajas de refrescos de saldo.
Eso solo son conjeturas. Hacer conjeturas es peligroso. Doreen te reprendería por ello.
Claro que sí, nadie mejor que Tess conocía a las damas de la Sociedad de la Calceta, pero aquellas nenas amantes de los postres raramente se arriesgaban. Cuando se tomaban riesgos, uno se veía obligado a realizar cierto número de conjeturas.
Tess miró su reloj y quedó atónita al ver que solo eran las diez menos veinticinco. Parecía que hubieran transcurrido cuatro años desde que le sirviera una ración doble a Fritzy y abandonara su casa. Quizá cinco. Creyó oír un motor que se aproximaba, luego determinó que no. Hubiera deseado que amainara el viento, pero si los deseos fueran cerdos, el beicon siempre estaría de oferta. Este era un dicho que ninguna dama de la Sociedad de la Calceta habría expresado jamás (Doreen Marquis y sus amigas adoraban cosas del tipo «cuanto antes se empieza, antes se termina»), pero que igualmente encerraba una gran verdad.
Quizá sí que fuera a emprender un viaje, domingo noche o no. Quizá Tess continuara allí cuando saliera el sol, con el frío metido en sus ya doloridos huesos a causa del constante viento que peinaba esa colina solitaria donde se volvía loca por estar.
No, el loco es él. ¿Te acuerdas de cómo bailaba? ¿De la sombra que danzaba en la pared detrás de él? ¿Te acuerdas de cómo cantaba? ¿De su voz chillona? Espérale, Tessa Jean. Espera hasta que el infierno se congele. Has llegado demasiado lejos para dar media vuelta.
Lo cierto era que eso la asustaba.
Es imposible que sea un decoroso asesinato de salón. Lo entiendes, ¿no?
Lo entendía. Este asesinato en particular (si fuera capaz de cometerlo) encajaría mejor en El justiciero de la ciudad que en La Sociedad de la Calceta de Willow Grove va al teatro. El gigante aparcaría, era de esperar que pegado a la cabina tras la que se ocultaba. Apagaría los faros de la pick-up, y antes de que sus ojos pudieran adaptarse...
Esta vez no era el viento. Reconoció el latido mal afinado del motor antes incluso de que los faros salpicaran la curva de la entrada. Tess hincó una rodilla en el suelo y se caló bien la gorra para que el viento no se la llevara. Tendría que acercarse, y eso significaba que debía actuar con sincronización exquisita. Si intentara disparar desde donde estaba emboscada, muy probablemente fallaría, incluso a corta distancia. El instructor de armas le había explicado que no podía confiar en el Exprimelimones a más de tres metros. Le había recomendado que comprara una pistola más fiable, pero nunca lo hizo. Y acercarse lo suficiente para asegurarse de matarlo no era todo. Tendría que cerciorarse de que se trataba de Strehlke en su camioneta, y no el hermano o algún amigo.
No tengo ningún plan.
Sin embargo ya era demasiado tarde para planear nada, porque era la camioneta, y cuando el foco se encendió, vio la gorra marrón con las salpicaduras de lejía. Vio también que contraía el rostro debido a la deslumbrante luz, igual que le había sucedido a ella, y supo que estaría momentáneamente cegado. Era ahora o nunca más.
Soy la Mujer Coraje.
Sin un plan, sin siquiera pensarlo, salió de detrás de la cabina; no corría, sino que daba largas y tranquilas zancadas. El viento la envolvía en ráfagas y hacía ondear sus pantalones cargo. Abrió la puerta del pasajero y vio en una mano el anillo con la piedra roja. El hombre estaba agarrando una bolsa de papel con la forma cuadrada de lo que contenía en su interior. Cerveza, probablemente un pack de doce. Se volvió hacia ella y algo terrible sucedió: se dividió en dos. Una, la Mujer Coraje, vio al animal que la había violado, estrangulado y metido en una tubería con dos cadáveres en descomposición. La otra, Tess, vio el rostro ligeramente más ancho y las arrugas alrededor de la boca y los ojos que no habían estado allí el viernes por la tarde. Pero aún mientras registraba estas evidencias, el Exprimelimones ladró por dos veces en su mano. La primera bala perforó la garganta de Strehlke, justo por debajo de la barbilla. La segunda abrió un agujero negro sobre la tupida ceja derecha e hizo añicos la ventanilla del conductor. El gigante se desplomó contra la puerta, y la mano que sujetaba la bolsa de papel cayó inerte. Su cuerpo entero se convulsionó de manera monstruosa, y la mano con el anillo pegó en el centro del volante, haciendo sonar el claxon. Dentro de la casa, el perro empezó a ladrar de nuevo.
—No, ¡es él! —Continuaba en la puerta, con la pistola en la mano, mirándolo fijamente—. ¡Tiene que ser él!
Se precipitó al otro lado de la pick-up, perdió el equilibro, cayó sobre una rodilla, se levantó, y abrió la puerta del conductor de un tirón. Strehlke resbaló fuera y su cabeza muerta golpeó el asfalto liso de la entrada. La gorra salió despedida. El ojo derecho, arrastrado por la bala que había penetrado justo por encima, estaba clavado en la luna. El izquierdo estaba clavado en Tess. Y no fue el rostro lo que finalmente la convenció, el rostro con las arrugas que veía por primera vez, el rostro picado con antiguas cicatrices de acné que no habían estado allí el viernes por la tarde.
«¿Era un hombre grande, o muy grande?», había preguntado Betsy Neal.
«Muy grande», había contestado Tess, y era cierto..., pero no tanto como este hombre. Su violador medía unos dos metros, según había calculado cuando se bajó de la camioneta (de esta camioneta, no le cabía duda al respecto). Orondo de panza, grueso de muslos, y tan ancho como una puerta. Pero este hombre debía de medir unos dos metros diez. Había venido a cazar a un gigante y terminó matando a un titán.
—Oh, Dios mío —dijo Tess, y el viento se llevó sus palabras—. Oh, Dios bendito, ¿qué he hecho?
—Me has matado, Tess —respondió el hombre en el suelo... y ciertamente eso parecía lógico, habida cuenta de los orificios de bala en la cabeza y en la garganta—. Fuiste y mataste a Camionero Grande, justo lo que querías.
Sus músculos flaquearon. Cayó de rodillas junto al hombre. Por encima, la luna enviaba haces de luz desde el cielo rugiente.
—El anillo —musitó ella—. La gorra. La camioneta.
—Se pone el anillo y la gorra cuando sale de caza —explicó Camionero Grande—. Y conduce la pick-up. Cuando sale de caza, yo estoy en la carretera en un Halcón Rojo, y si alguien lo ve, sobre todo sentado, pensará que me está viendo a mí.
—¿Por qué iba a hacer eso? —le preguntó Tess al hombre muerto—. Eres su hermano.
—Porque está loco —respondió Camionero Grande pacientemente.
—Y porque ya había dado resultado antes —dijo Doreen Marquis—. De jóvenes, cuando Lester tuvo problemas con la policía. La cuestión es si Roscoe Strehlke se suicidó a causa de aquel primer problema, o porque Ramona obligó al hermano mayor Al a asumir la culpa. O puede que Roscoe fuera a contarlo y Ramona lo matara. Hizo que pareciera un suicidio. ¿Cómo ocurrió, Al?
Pero respecto a este asunto Al guardó silencio. Un silencio de muerte, de hecho.
—Te contaré lo que yo pienso —prosiguió Doreen bajo la luz de la luna—. Creo que Ramona sabía que si tu hermano pequeño terminaba en una sala de interrogatorios con un policía medio inteligente, podría confesar algo mucho peor que tocar a una chica en el autobús del colegio o espiar a las parejas de los coches en el picadero local o cualquiera que fuese el delito de tres al cuarto del que le acusaban. Creo que tu madre te persuadió para que asumieras la culpa, y que persuadió a su marido para que se hiciera el tonto. O lo intimidó, sí, eso es. Y bien porque la policía nunca pidió a la chica que hiciera una identificación positiva, o bien porque no presentó cargos, se salieron con la suya.
Al no dijo nada.
Tess pensó: Estoy de rodillas hablando con voces imaginarias. He perdido el juicio.
Pero una parte de ella sabía que intentaba mantener la cordura. La única manera de conseguirlo era entendiendo lo sucedido, y creía que la historia que estaba relatando con la voz de Doreen se aproximaba mucho a la verdad. Se basaba en conjeturas y pobres deducciones, pero parecía lógica. Concordaba con lo que había dicho Ramona en sus últimos momentos.
«Estúpida hija de puta, no sabes de lo que estás hablando.»
Y: «No lo entiendes. Es un error».
Era un error, de acuerdo. Todo lo que había hecho esa noche había sido un error.
No, todo no. Estaba metida en el ajo. Lo sabía.
—¿Tú lo sabías? —le preguntó Tess al hombre que había asesinado. Alargó la mano para asir el brazo de Strehlke, pero la retiró. Aún estaría caliente bajo la manga. Creyendo que seguía vivo—. ¿Lo sabías?
No respondió.
—Déjame intentarlo —dijo Doreen. Y con su más comprensiva voz de anciana, la de «puedes contármelo todo», la voz que siempre funcionaba en las novelas, preguntó—: ¿Cuánto sabías, señor Camionero?
—A veces sospechaba —respondió él—, pero casi nunca pensaba en ello. Tenía un negocio que dirigir.
—¿Le preguntaste alguna vez a tu madre?
—Puede que sí—dijo, y a Tess le pareció que su ojo derecho extrañamente bizco se mostraba evasivo. Pero bajo aquella demencial luz de luna, ¿quién podría afirmar una cosa así? ¿Quién podría asegurarlo?
—¿Cuando desaparecieron las muchachas? ¿Preguntaste entonces?
Camionero Grande no contestó a esto, quizá porque Doreen había empezado a sonar como Fritzy. Y como Tom el Tomtom, por supuesto.
—Pero nunca hubo pruebas, ¿verdad? —Esta vez fue la propia Tess. No estaba segura de si respondería a su voz, pero lo hizo.
—No. Ninguna prueba.
—Y tú no querías pruebas, ¿verdad?
Ninguna respuesta esta vez, por lo que Tess se levantó y se acercó con paso vacilante a la gorra marrón salpicada de lejía, que el viento había arrastrado hasta el césped al otro lado de la entrada. Justo cuando la recogía, el foco se apagó. Dentro, el perro dejó de ladrar. Eso la hizo pensar en Sherlock Holmes, y allí de pie en el claro de luna azotado por el viento, Tess se oyó a sí misma proferir la risa más triste que jamás hubiera brotado de garganta humana. Se sacó su gorra, la metió en el bolsillo de la chaqueta, y en su lugar se puso la del hombre. Resultaba demasiado grande para ella, así que se la quitó solo el tiempo necesario para ajustar la correa trasera. Regresó hasta el hombre que había asesinado, el hombre a quien Tess juzgaba quizá no del todo inocente... pero sin duda demasiado inocente para merecer el castigo que la Mujer Coraje le había impuesto.
Tocó la visera de la gorra y preguntó:
—¿Es esta la que llevas cuando estás en la carretera? —Sabiendo que no lo era.
Strehlke no respondió, pero sí lo hizo Doreen Marquis, decana de la Sociedad de la Calceta.
—Claro que no. Cuando estás conduciendo para Halcón Rojo llevas una gorra de Halcón Rojo, ¿verdad, querido?
—Sí—dijo Strehlke.
—Y tampoco llevas tu anillo, ¿verdad?
—No. Demasiado llamativo para los clientes. No es serio. ¿Y si alguien en una de esas paradas de camiones roñosas, alguien demasiado borracho o colocado, lo viera y creyera que era de verdad? Nadie se atrevería a atracarme, soy demasiado grande y fuerte para eso, o por lo menos lo era hasta esta noche, pero alguien podría pegarme un tiro. Y no merezco que me disparen. Ni por un anillo falso, ni por las cosas terribles que mi hermano pudiera haber hecho.
—Y tu hermano y tú nunca conducís para la compañía al mismo tiempo, ¿verdad, querido?
—No. Cuando él está en la carretera, yo me encargo de la oficina. Cuando yo estoy en la carretera, él..., bueno. Me figuro que ya sabes lo que hace cuando yo estoy en la carretera.
—¡Deberías haberlo contado! —le chilló Tess—. Aunque solo lo sospecharas, ¡deberías haberlo contado!
—Tenía miedo —dijo Doreen con su comprensiva voz—. ¿Verdad, querido?
—Sí—dijo Al—. Tenía miedo.
—¿De tu hermano? —preguntó Tess, incrédula, o sin querer creer—. ¿Miedo de tu hermano pequeño?
—No de él —dijo Al Strehlke—. De ella.
39
Cuando Tess regresó a su coche y arrancó el motor, Tom dijo:
—No tenías forma de saberlo, Tess. Y todo pasó muy rápido.
Eso era cierto, pero omitía un amenazante hecho fundamental: al ir tras su violador igual que un justiciero en una película, se había condenado a sí misma al infierno.
Se llevó la pistola a la sien, luego volvió a bajarla. No podía, no ahora. Aún tenía una obligación para con las mujeres de la tubería y cualquier otra que pudiera unirse a ellas si Lester Strehlke escapaba. Y después de lo que acababa de hacer, era más importante que nunca que no escapara.
Tenía una parada más que hacer. Pero no en su Expedition.
40
La entrada al 101 de Township Road no era larga y estaba sin pavimentar. Se trataba de un estrecho camino formado simplemente por un par de surcos; los arbustos que crecían a ambos lados rasparon los costados de la pick-up F-150 azul cuando Tess la condujo hasta la casa. Esta no tenía aspecto de cuidada; esta era una espeluznante rectoría vieja y hacinada que bien podría haber salido directamente de La matanza de Texas. A veces la vida imitaba al arte, vaya si no. Y cuanto más rudimentario el arte, más cercana la imitación.
Tess no hizo ningún esfuerzo por pasar inadvertida; ¿por qué molestarse en apagar los faros cuando Lester Strehlke conocería el ruido de la camioneta de su hermano tan bien como el sonido de su voz?
Aún llevaba puesta la gorra marrón salpicada de lejía que Camionero Grande se ponía cuando no estaba en la carretera, la gorra de la suerte que al final resultó ser de mal fario. El anillo con el falso rubí era demasiado grande para cualquiera de sus dedos, por lo que lo guardó en el bolsillo izquierdo del pantalón.
El Camionero Chico se vestía y conducía como su hermano cuando salía de caza, y mientras que quizá él nunca tendría tiempo suficiente (o cerebro suficiente) para apreciar la ironía de que se le apareciera su última víctima usando los mismos accesorios, Tess sí.
Aparcó en la puerta trasera, apagó el motor, y bajó del vehículo, empuñando la pistola. La puerta no estaba cerrada con llave. Entró en una especie de almacén que olía a cerveza y comida estropeada. Una solitaria bombilla de sesenta vatios colgaba del techo al final de un sucio cable. Enfrente había cuatro contenedores de basura llenos a rebosar, de esos de plástico con capacidad para cien litros que se podían comprar en cualquier Walmart. Detrás se apilaba contra la pared lo que parecía el resultado de acumular revistas de anuncios clasificados durante cinco años. A la izquierda, subiendo un único escalón, había una puerta. Sin duda llevaría a la cocina. En lugar de un pomo tenía un anticuado cerrojo. La puerta chirrió sobre sus goznes sin engrasar cuando descorrió el pestillo y la empujó. Una hora antes, semejante chirrido la habría aterrorizado hasta el punto de la parálisis. Ahora no le preocupó en lo más mínimo. Tenía trabajo que hacer. Todo se reducía a eso, y era un alivio estar libre de toda carga emocional. Se internó en el olor de cualquiera que fuese la grasienta carne que el Camionero Chico hubiera frito para la cena. Oyó unas risas enlatadas en la tele. Alguna comedia. Seinfeld, creía.
—¿Qué coño haces aquí? —preguntó a voces Lester Strehlke desde la vecindad de la risa enlatada—. No me queda más que una cerveza y media, si has venido a eso. Voy a bebérmela y luego me iré a la cama. —Tess siguió el sonido de la voz—. Si hubieras llamado, te habría ahorrado el pa...
Ella entró en la sala de estar. Él la vio. Tess no había especulado sobre cuál podría ser su reacción ante la reaparición de su última víctima, empuñando un arma y llevando la gorra que el mismo Lester se ponía cuando le asaltaban sus impulsos. Nunca hubiera podido predecir el extremo de la que presenció. Abrió la boca hasta el suelo, y seguidamente el rostro entero quedó petrificado. La lata de cerveza que sostenía se le cayó de la mano y aterrizó en su regazo, salpicando de espuma su única prenda de vestir, un par de calzoncillos amarillentos.
Está viendo un fantasma, pensó Tess mientras se acercaba levantando la pistola. Bien.
Dispuso de tiempo para observar que, a pesar del desorden de la sala de estar y la ausencia de globos de nieve y figuritas cutres, el equipo para ver la tele era idéntico al de la casa de su madre en Lacemaker Lañe: la butaca La-Z-Boy, la mesa bandeja (aquí contenía una última lata Pabst Blue Ribbon sin abrir y una bolsa de Doritos en lugar de Coca-Cola Light y Cheez Doodles), la misma TV Guide, la que tenía en portada a Simón Cowell.
—Tú estás muerta —musitó.
—No —contestó Tess. Le puso el cañón del revólver en la cabeza. El hombre hizo un tímido intento de agarrarle la muñeca, pero fue insuficiente y demasiado tardío—. Ese eres tú.
Apretó el gatillo. La sangre brotó del oído y la cabeza se dobló a un lado con un latigazo. Por un instante pareció un hombre que intentara librarse de una tortícolis. En la tele, George Constanza dijo: «¡Estaba en la piscina! ¡Estaba en la piscina!». Los espectadores rieron.
41
Era casi medianoche, y el viento soplaba con más fuerza que nunca. La casa de Lester Strehlke temblaba con cada ráfaga, y en cada ocasión Tess pensaba en el cerdito que había construido la casa de madera.
El cerdito que había vivido en esta nunca tendría que preocuparse de que su casa de mierda saliera volando, porque yacía muerto en su La-Z-Boy. Y de todas formas él no era un pequeño cerdito, pensó Tess. Era el gran lobo malo.
Estaba sentada en la cocina, escribiendo en las páginas de una mugrienta libreta Blue Horse que había conseguido arriba, en el dormitorio de Strehlke. El segundo piso contaba con cuatro habitaciones, pero el dormitorio era la única que no se hallaba atestada de chatarra, de todo tipo, desde armazones de hierro para camas hasta un motor fueraborda Evinrude que parecía que lo hubieran dejado caer desde lo alto de un edificio de cinco plantas. Puesto que tardaría semanas o meses en revisar aquellos alijos de lo inservible, lo insignificante, y lo inútil, Tess concentró toda su atención en el dormitorio de Strehlke y lo registró cuidadosamente. Obtuvo la libreta como recompensa. Encontró lo que buscaba en un viejo bolso de mano en el fondo del estante del armario, donde estaba camuflado —sin mucho éxito— con números antiguos del National Geographic. Dentro descubrió una maraña de ropa interior femenina. Sus propias bragas estaban encima. Tess se las metió en el bolsillo y, como un colector de cachivaches, las sustituyó por el rollo de amarra amarilla. Nadie se sorprendería de encontrar cuerda en la maleta de un violador-asesino que guardaba lencería como trofeo. Además, ya no lo iba a necesitar.
«Tonto», dijo el Llanero Solitario, «nuestra misión aquí ha terminado».
Lo que escribió, mientras Seinfeld daba paso a Frasier y Frasier daba paso a las noticias locales (un residente de Chicopee había ganado la lotería y otro había sufrido una fractura de columna al caerse de un andamio, así se compensaba), fue una confesión en forma de carta. Cuando llegó a la página cinco, el telediario dio paso a un anuncio, en apariencia interminable, de un suplemento alimenticio, Almighty Cleanse. Danny Vierra estaba diciendo que «muchos americanos hacen de vientre solo una vez cada dos o tres días, y como llevan años así, ¡creen que es normal! ¡Todo médico que se precie les dirá que no lo es!».
El encabezamiento de la carta rezaba así: A LAS AUTORIDADES PERTINENTES, y las primeras cuatro páginas consistían en un único párrafo. En su mente sonaban a grito. Tenía la mano cansada, y el bolígrafo que había encontrado en un cajón de la cocina (con las palabras TRANSPORTES HALCÓN ROJO, de un deslucido color dorado, impresas en la caña) mostraba signos de estar secándose, pero ya casi, gracias a Dios, había terminado. Mientras Camionero Chico continuaba no-viendo la tele desde su posición en la butaca, Tess por fin comenzó un párrafo nuevo en la página cinco.
No pondré excusas por lo que he hecho. Ni diré que actué con mis facultades mentales perturbadas. Estaba furiosa y cometí un error. Es así de simple. Bajo otras circunstancias, menos terribles, podría decir: «Fue un error natural, los dos eran lo bastante parecidos para ser gemelos». Pero estas no son otras circunstancias.
Aquí sentada, he considerado la expiación mientras escribo estas páginas y escucho el sonido de su televisor y él viento, pero no porque espere el perdón, sino porque me da la impresión de que está mal hacer algo malo sin al menos procurar compensarlo con algo bueno. (Aquí Tess se acordó del ganador de lotería y del hombre con la columna fracturada, dos sucesos que nivelaban la balanza, pero el concepto sería difícil de expresar estando tan cansada, y en cualquier caso no estaba segura de que guardara relación.) He considerado ir a África y trabajar con víctimas de sida. He pensado en ir a New Orleans y colaborar como voluntaria en un refugio o en un comedor. He pensado en ir al Golfo a limpiar petróleo de las aves. He pensado en donar el millón de dólares que tengo ahorrado para mi jubilación a algún grupo que trabaje para poner fin a la violencia contra las mujeres. Debe de existir alguna asociación así en Connecticut, a lo mejor varias.
Pero entonces pensé en Doreen Marquis, de la Sociedad de la Calceta, y en lo que dice una vez en cada novela...
Lo que Doreen decía al menos una vez en cada novela era: «los asesinos siempre pasan por alto lo obvio. Quizá dependáis de ello, queridas». Y mientras Tess escribía sobre expiación, comprendió que esta sería imposible. Porque Doreen tenía toda la razón.
Tess se había puesto una gorra para evitar dejar cabellos que pudieran ser utilizados en un análisis de ADN. Se había puesto unos guantes que nunca se quitó, ni siquiera mientras conducía la pick-up de Alvin Strehlke. No era demasiado tarde para quemar la confesión en el horno de leña de Lester, conducir hasta la casa del Hermano Alvin (considerablemente mejor: una casa de ladrillos en lugar de una casa de madera), montar en su Expedition, y partir hacia Connecticut. Regresaría al hogar, donde Fritzy la esperaba. Tess parecía limpia, a primera vista, y puede que la policía tardara unos cuantos días en pillarla, pero la pillarían, sí. Porque mientras se concentraba en las toperas forenses, había pasado por alto la montaña obvia, exactamente igual que los asesinos en las novelas de la Sociedad de la Calceta.
La montaña obvia poseía un nombre: Betsy Neal. Una mujer bonita de rostro ovalado, ojos de Picasso desemparejados, y una nube de cabello oscuro. Había reconocido a Tess, había conseguido incluso su autógrafo, pero eso no era el factor decisivo. Eran las contusiones en su cara («Espero que eso no pasara aquí», había dicho Neal), y el hecho de que Tess hubiera preguntado por Alvin Strehlke, describiendo su camioneta y reconociendo el anillo cuando Neal lo mencionó. «Como un rubí», había corroborado Tess.
Neal vería la noticia en la televisión o la leería en el periódico —con tres muertos de la misma familia, ¿cómo iba a pasarle inadvertida?— y acudiría a la policía. La policía llegaría hasta Tess. Por una cuestión de rutina, comprobarían los archivos del registro de armas de Connecticut y descubrirían que Tess poseía un revólver Smith & Wesson del calibre 38, también conocido como un Exprimelimones. Le pedirían que lo entregara, así podrían dispararlo en el laboratorio y comparar las balas con las halladas en las tres víctimas. ¿Y qué iba a decir ella? ¿Les iba a mirar desde el fondo de sus ojos ennegrecidos y decir (aún con la voz ronca por el estrangulamiento al que la había sometido Lester Strehlke) que lo había perdido? ¿Continuaría ateniéndose a esa historia incluso después de que se encontraran las mujeres muertas en el conducto de la alcantarilla?
Tess tomó el bolígrafo prestado y comenzó a escribir otra vez.
... lo que dice una vez en cada novela: los asesinos siempre pasan por alto lo obvio. Además, en una ocasión Doreen siguió el ejemplo de Dorothy Sayers y dejó a un asesino con un arma cargada, diciéndole que tomara la salida honrosa. Tengo una pistola. Mi hermano Mike es mi único familiar cercano vivo. Vive en Taos, Nuevo México. Supongo que heredará mi propiedad. Depende de las ramificaciones legales de mis crímenes. Si lo hace, espero que las autoridades que encuentren esta carta se la muestren, y que transmitan mi deseo de que done el grueso a alguna organización benéfica que trabaje con mujeres que hayan sufrido abusos sexuales.
Lo siento por Camionero Grande, Alvin Strehlke. No era el hombre que me violó, y Doreen está segura de que tampoco violó ni asesinó a las otras mujeres.
¿Doreen? No, ella. Doreen no era real. Pero Tess estaba demasiado cansada para volver atrás y corregirlo. Y qué diablos, de todos modos ya se acercaba al final.
Respecto a Ramona y a ese montón de basura en el cuarto de al lado, no me disculparé. Están mejor muertos.
Por supuesto, yo también.
Hizo una pausa, el tiempo que tardó en repasar las páginas y ver si se había olvidado de algo. No lo parecía, así que firmó con su nombre, su autógrafo final. El bolígrafo se quedó sin tinta en la última letra, y lo depositó a un lado.
—¿Tienes algo que añadir, Lester? —preguntó.
Solo respondió el viento, con una ráfaga tan fuerte que provocó que las juntas de la casa gimieran y soplaran corrientes de aire frío.
Regresó a la sala de estar. Le colocó al gigante la gorra en la cabeza y el anillo en el dedo. Así era como deseaba que lo encontraran. Encima del televisor había una foto enmarcada. En ella, Lester y su madre posaban rodeándose mutuamente con los brazos. Sonreían. Solo un muchacho y su madre. Se quedó mirándola durante un rato, después se marchó.
42
Le embargaba la sensación de que debería volver a la tienda abandonada donde todo había sucedido y terminar sus asuntos allí. Podría sentarse durante un rato en el aparcamiento lleno de hierbajos, escuchar el viento haciendo repicar el viejo letrero (TE GUSTA LE GUSTAS), pensar en lo que fuera que pensara la gente en los momentos finales de su vida. En su caso, probablemente se acordaría de Fritzy. Suponía que Patsy lo acogería, y eso estaría bien. Los gatos son supervivientes. No les importaba mucho quién les diera de comer, siempre y cuando su cuenco estuviera lleno.
No requeriría mucho tiempo para alcanzar la tienda a esa hora, pero aun así le parecía una distancia enorme. Estaba muy cansada. Decidió que montaría en la vieja camioneta de Al Strehlke y allí lo consumaría. Sin embargo, no quería salpicar de sangre la confesión que había escrito con tanto dolor, eso no parecía correcto considerando todo el derramamiento de sangre que detallaba, y por tanto...
Se llevó las páginas de la libreta Blue Horse a la sala de estar, donde la televisión seguía encendida (un hombre joven con aspecto de delincuente vendía ahora un robot fregasuelos), y las dejó caer en el regazo de Strehlke.
—Sujétame esto, Les —dijo ella.
—No hay problema —contestó él. Reparó en que parte de su enfermizo cerebro ya empezaba a secarse en el huesudo hombro desnudo. Eso estaba bien.
Tess salió a la ventosa noche y lentamente trepó al volante de la pick-up. El chillido de los goznes al cerrarse la portezuela del conductor le resultó extrañamente familiar. Pero no, no era tan extraño; ¿no lo había oído ya en la tienda? Sí. Ella procuraba devolverle el favor que él le iba a hacer; él iba a cambiarle el neumático para que pudiera regresar a casa y dar de comer a su gato.
—No quería que se le agotara la batería —dijo, y se echó a reír.
Se puso el corto cañón del 38 en la sien, luego lo reconsideró. Un disparo de ese tipo no siempre era efectivo. Quería destinar su dinero a ayudar a mujeres maltratadas, no a pagar sus cuidados mientras yacía inconsciente año tras año en algún hogar para vegetales humanos.
La boca, mejor. Más seguro.
El cañón le dejó un regusto aceitoso en la lengua, y notó la pequeña protuberancia de la mira clavándose en el cielo de la boca.
He tenido una buena vida..., bastante buena, diría, y aunque cometí un error al final, quizá no me lo tengan en cuenta si existe algo después de esto.
Ah, pero el viento de noche estaba cargado de dulzura. Así como las frágiles fragancias que transportaba a través de la ventanilla medio abierta. Era una lástima renunciar, pero ¿qué otra opción tenía? Era hora de irse.
Tess cerró los ojos, flexionó el dedo sobre el gatillo, y fue entonces cuando Tom habló. Era extraño que pudiera hacerlo, porque Tom se hallaba en el Expedition, y el Expedition se hallaba en la casa del otro hermano, casi a kilómetro y medio de distancia. Además, la voz que oyó no se parecía en nada a la que solía fabricar para Tom. Ni sonaba como propia. Era una voz fría. Y Tess... Tess tenía un arma en la boca. No podía hablar en absoluto.
—Nunca fue una buena detective, ¿eh?
Se sacó el revólver.
—¿Quién? ¿Doreen?
A pesar de todo, estaba horrorizada.
—¿Quién si no, Tessa Jean? ¿Y por qué habría de ser buena? Nació de tu viejo yo, ¿verdad?
Tess supuso que era cierto.
—Doreen cree que Camionero Grande no violó y asesinó a aquellas otras mujeres. ¿No es eso lo que escribiste?
—Yo —dijo Tess—. Estoy segura. Estaba cansada, eso es todo. Y horrorizada, supongo.
—También te sentías culpable.
—Sí. También me sentía culpable.
—¿Crees que la gente que se siente culpable hace buenas deducciones?
No. Quizá no las hicieran.
—¿Qué intentas decirme?
—Que solo has solucionado una parte del misterio. Antes de que pudieras resolverlo todo, tú, no una anciana detective de cliché, hay que admitir que sucedió algo desafortunado.
—¿Desafortunado? ¿Así es como lo llamas? —Desde una gran distancia, Tess se oyó a sí misma reír. En algún lugar el viento hacía repiquetear un canalón flojo contra un alero. El sonido recordaba al letrero de Seven Up de la tienda abandonada.
—Antes de que te pegues un tiro —dijo el nuevo y extraño Tom (cuya voz sonaba más femenina por momentos)—, ¿por qué no piensas por ti misma? Pero no aquí.
—¿Dónde, entonces?
Tom no respondió a esta pregunta; tampoco hacía falta. Lo que dijo fue:
—Y llévate contigo esa puta confesión.
Tess bajó de la camioneta y volvió a entrar en la casa de Lester Strehlke. Se quedó en la cocina del hombre muerto, reflexionando. Lo hizo en voz alta, con la voz de Tom (que por momentos sonaba más como la suya propia). Doreen parecía haberse ido de excursión.
—La llave de la casa de Al estará en la anilla con la llave de contacto —dijo Tom—, pero está el perro. No querrás olvidarte del perro.
No, eso sería malo. Tess se acercó a la nevera de Lester. Tras hurgar un poco, encontró un paquete de hamburguesas en el fondo del estante inferior. Utilizó una revista de clasificados Unele's Henry para envolverlo, luego regresó a la sala de estar. Le arrebató la confesión del regazo a Strehlke, con cautela, muy consciente de que la parte del hombre que la había herido (la parte que había hecho que tres personas fueran asesinadas esa noche) yacía bajo las páginas.
—Me llevo tu carne picada, pero no me guardes rencor. Te estoy haciendo un favor. Huele a semen podrido.
—Ladrona además de asesina —dijo Camionero Chico con una monótona voz de muerto—. Qué bonito.
—Cállate, Les —contestó ella, y se marchó.
43
«Antes de que te pegues un tiro, ¿por qué no piensas por ti misma?»
Eso procuraba hacer, mientras conducía la vieja pick-up de vuelta a la ventosa carretera de acceso a la casa de Alvin Strehlke. Empezaba a pensar que Tom, incluso sin hallarse en el mismo vehículo, era mejor detective que Doreen Marquis en sus mejores días.
—Iré al grano —dijo Tom—. Si no crees que Al Strehlke era parte del asunto, y quiero decir una parte importante, es que estás loca.
—Claro que estoy loca —contestó ella—. ¿Por qué si no intentaría convencerme a mí misma de que no disparé al hombre equivocado cuando sé que lo hice?
—Es la culpa la que habla, no la lógica —replicó Tom. Su tono era petulante de un modo exasperante—. No era un corderito inocente, ni siquiera una oveja medio negra. Despierta, Tessa Jean. No eran solo hermanos, eran socios.
—Socios de empresa.
—Los hermanos nunca son solo socios de empresa. Siempre es más complicado. Especialmente cuando tienes por madre a una mujer como Ramona.
Tess torció hacia el camino de entrada asfaltado de Al Strehlke. Supuso que Tom podría acertar al respecto. Sabía una cosa: Doreen y sus amigas de la Sociedad de la Calceta nunca se habían topado con una mujer como Ramona Norville.
El foco se encendió. El perro arrancó: yark-yark, yarkyark- yark. Tess esperó a que la luz se apagara y a que el animal se calmara.
—No hay forma de que pueda saberlo alguna vez con certeza, Tom.
—No podrás estar segura si no echas un vistazo.
—Aunque él lo supiera, no fue el que me violó.
Tom permaneció en silencio durante unos instantes. Creyó que se había rendido, pero entonces dijo:
—Cuando una persona hace algo malo y otra persona lo sabe pero no se lo impide, ambos son igualmente culpables.
—¿A los ojos de la ley?
—También a mis ojos. Digamos que fue solo Lester quien cazaba, violaba, y asesinaba. No lo creo, pero digamos que fue así. Si el hermano mayor lo sabía y se calló, eso lo hace merecedor de la muerte. De hecho, diría que meterle un par de balas fue demasiado piadoso. Atravesarlo con un atizador ardiendo se acercaría más a mi concepto de justicia.
Tess meneó la cabeza cansinamente y tocó la pistola posada en el asiento. Quedaba una bala. Si tenía que usarla con el perro (y en realidad, ¿qué era una muerte más entre amigos?), debería hacerse con otra pistola, a menos que quisiera probar a colgarse o alguna otra cosa. Pero los tipos como los Strehlke solían tener armas de fuego. Esa era la parte hermosa, como hubiera dicho Ramona.
—Si lo sabía, sí. Pero un «si» tan grande no se merecía una bala en la cabeza. La madre es otro cantar; en lo que a ella respecta, los pendientes era todo cuanto necesitaba como prueba. Pero aquí no hay ninguna.
—¿De verdad? —susurró Tom en voz tan baja que Tess apenas si pudo oírla—. Ve a ver.
44
El perro no ladró cuando Tess ascendió los escalones pisando fuerte, pero podía imaginárselo apostado detrás de la puerta, con la cabeza inclinada y los dientes al descubierto.
—¿Manises? —Qué demonios, era un nombre tan bueno como cualquier otro para un perro de campo—. Me llamo Tess. Te traigo unas hamburguesas. También tengo una pistola con una bala. Ahora voy a abrir la puerta. Si yo fuera tú, elegiría la carne. ¿Vale? ¿Trato hecho?
Ningún ladrido aún. Quizá necesitaba la luz del foco para reaccionar. O una jugosa ladrona. Tess probó con una llave, luego otra. Nada. Esas dos probablemente pertenecían a la oficina de la compañía. La tercera giró en la cerradura; abrió la puerta antes de que pudiera acobardarse.
Se había imaginado un bulldog, o un Rottweiler, o un pit bull de ojos rojos segregando saliva por la boca. Lo que vio fue un terrier Jack Russell que la miró con ojos esperanzados y que meneaba la cola.
Tess se guardó la pistola en el bolsillo de la chaqueta y acarició la cabeza del perro.
—Dios bendito —musitó—. Y pensar que te tenía pavor.
—No veo la razón —dijo Manises—. Dime, ¿dónde está Al?
—No preguntes —respondió ella—. ¿Quieres una hamburguesa? Pero te lo advierto, puede que esté estropeada.
—Pásamela, muñeca —dijo Manises.
Tess le dio de comer un trozo de hamburguesa; entró, cerró la puerta y encendió las luces. ¿Por qué no? Después de todo, solo estaban Manises y ella.
Alvin Strehlke había mantenido una casa más ordenada que su hermano menor. Los suelos y las paredes estaban limpios, en los rincones no se acumulaban números de la Guía de Trueques de Unele Henry's, y hasta vio unos pocos libros en las estanterías. Había también grupos de figuritas Hummel, y una foto enmarcada de Mamadzilla en la pared. A Tess le resultó una pizca insinuante, pero difícilmente constituía una prueba concluyente. De nada.
Si hubiera una foto de Richard Widmark en su famoso papel de Tommy Udo, eso ya sería otra cosa.
—¿De qué te sonríes? —preguntó Manises—. ¿Quieres compartirlo?
—La verdad es que no —respondió Tess—. ¿Por dónde deberíamos empezar?
—No lo sé —dijo Manises—. Yo solo soy el perro. ¿Qué tal un poco más de esa sabrosa vaca?
Tess le dio otro trozo de carne. Manises se irguió sobre sus patas traseras y giró dos veces sobre los talones. Tess empezó a cuestionarse si no estaría volviéndose loca.
—¿Tom? ¿Algo que decir?
—Encontraste tu ropa interior en la casa del otro hermano, ¿no?
—Sí, y me la llevé. Está desgarrada... y nunca querría ponérmela aunque no lo estuviera..., pero es mía.
—¿Y qué más encontraste aparte de un montón de bragas?
—¿A qué te refieres con «qué más»?
Sin embargo, Tom no necesitaba contestar. La cuestión no consistía en lo que había encontrado; la cuestión consistía en lo que no: ni bolso ni llaves. Lester Strehlke probablemente arrojó las llaves al bosque. Eso habría hecho Tess de hallarse en su lugar. El bolso ya era un asunto diferente. Se trataba de un Kate Spade, muy caro, en cuyo interior tenía cosida una cinta de seda con su nombre. Si el bolso, y las cosas que contenía, no se hallaban en la casa de Lester, y si no lo había tirado al bosque junto con las llaves, ¿dónde estaba?
—Yo voto por que está aquí—dijo Tom—. Echemos un vistazo.
—¡Comida! —gritó Manises, y ejecutó otra pirueta.
45
¿Por dónde debería empezar?
—Venga ya—dijo Tom—. Los hombres guardan la mayoría de sus secretos en uno de estos dos sitios: el estudio o el dormitorio. Puede que Doreen no lo sepa, pero tú sí. Y esta casa no posee estudio.
Entró en el dormitorio de Al Strehlke (con Manises a la zaga), donde encontró una cama de matrimonio extra grande arreglada con un eficiente estilo militar. Tess miró debajo. Nada.
Empezó a moverse en dirección al armario, se detuvo, luego giró sobre sus talones de vuelta a la cama. Levantó el colchón. Miró. Tras cinco segundos —quizá diez— pronunció dos palabras con voz seca y sin inflexiones.
—Premio gordo.
Sobre los muelles del somier descansaban tres bolsos de mujer. El del medio era un bolso sin asas de color crema que Tess habría reconocido en cualquier sitio. Lo abrió de un tirón. No contenía nada a excepción de unos Kleenex y un lápiz de ojos con un ingenioso cepillo para pestañas oculto en la mitad superior. Buscó la cinta de seda con su nombre, pero no estaba. La habían retirado con cuidado, pero apreció un diminuto corte en el fino cuero italiano donde las puntadas habían sido descosidas.
—¿El tuyo? —preguntó Tom.
—Sabes que sí.
—¿Y qué hay del lápiz de ojos?
—Esas cosas las venden a miles en todos los hipermercados de Amér...
—¿Es el tuyo?
—Sí. Es el mío.
—¿Ya te has convencido?
—Yo... —Tess tragó saliva. Sentía algo, pero no estaba segura de qué era. ¿Alivio? ¿Horror?—. Supongo que sí. Pero ¿por qué? ¿Por qué los dos?
Tom no lo dijo. No era necesario. Quizá Doreen no lo supiera (o no quisiera admitirlo, pues a las ancianas que seguían sus aventuras no les gustaba el material repulsivo), pero Tess sospechaba que sí. Porque Mamá jodió a ambos. Eso es lo que cualquier psiquiatra diría. Lester era el violador; Al era el fetichista que participaba indirectamente. Quizá hasta ayudó con una o con las dos mujeres de la tubería. Nunca lo sabría con certeza.
—Probablemente no terminarías de registrar la casa entera hasta el amanecer —dijo Tom—, pero deberías registrar el resto de esta habitación, Tessa Jean. Probablemente destruyó todo lo del bolso, imagino que cortó las tarjetas de crédito y las tiró al Río Colewich, pero tienes que asegurarte, porque cualquier cosa que lleve tu nombre conducirá a la policía directamente hasta tu puerta. Empieza por el armario.
Tess no encontró en el armario sus tarjetas de crédito ni ninguna otra cosa que le perteneciera, pero sí encontró algo. Estaba en el estante superior. Se bajó de la silla en la que se había subido y lo estudió con creciente consternación: un pato de peluche que podría haber sido el juguete favorito de un niño. Un ojo había desaparecido y el pelo sintético estaba apelmazado. De hecho, en algunos lugares no quedaba nada de ese pelo, como si el pato hubiera sido manoseado casi hasta la muerte.
En el descolorido pico amarillo se veía una mancha de color marrón oscuro.
—¿Es lo que yo creo que es? —preguntó Tom.
—Oh, Tom, creo que sí.
—Los cuerpos que viste en la alcantarilla..., ¿alguno podría haber sido el cadáver de un niño?
No, ninguno de los dos había sido tan pequeño. Pero quizá la alcantarilla que corría bajo Stagg Road no había sido el único vertedero de cadáveres de los hermanos Strehlke.
—Ponlo otra vez en el estante. Deja que lo encuentre la policía. Has de asegurarte de que no tiene un ordenador con cosas sobre ti. Después lárgate pitando de aquí.
Algo frío y húmedo acarició la mano de Tess. Casi profirió un grito. Era Manises, que la miraba con ojos brillantes.
—¡Más carne! —pidió Manises, y Tess le dio otro trozo.
—Si Al Strehlke tiene un ordenador —dijo Tess—, puedes estar seguro de que lo tiene protegido con contraseña. Y es difícil que me lo haya dejado abierto para que pueda fisgar.
—Pues te lo llevas y lo arrojas al puñetero río de camino a casa. A dormir con los peces.
Pero no había ningún ordenador.
En la puerta, Tess le dio a Manises el resto de la carne. Probablemente la vomitaría por toda la alfombra, pero eso no iba a molestar a Camionero Grande.
Tom dijo:
—¿Estás satisfecha, Tessa Jean? ¿Te convences ahora de que no mataste a un hombre inocente?
Supuso que no le quedaba más remedio, porque el suicidio ya no parecía una opción.
—¿Qué hay de Betsy Neal, Tom? ¿Qué pasa con ella?
Tom no respondió... pero, una vez más, no fue necesario. Porque, después de todo, él era ella.
¿Verdad?
Tess no estaba completamente segura. Y ¿acaso importaba, mientras supiera qué hacer a continuación? En cuanto a mañana, sería otro día. Scarlett O'Hara había tenido mucha razón a ese respecto.
Lo más importante era que la policía debía ser informada de los cadáveres en la alcantarilla. Aunque solo fuera porque en alguna parte habría amigos y familiares que aún estarían preguntándose por ellas. Y también porque...
—Porque el pato de peluche dice que podría haber más.
Esa fue su propia voz.
Y eso estaba bien.
46
A las siete treinta de la mañana siguiente, después de menos de tres horas de sueño interrumpido y asaltado por las pesadillas, Tess encendió el ordenador de su despacho. Pero no para escribir. La escritura se hallaba a años luz de su mente.
¿Betsy Neal estaba soltera? Tess así lo creía. Aquel día en la oficina de Neal no había visto ninguna alianza, y aunque podría no haberse percatado, tampoco vio fotos familiares. La única fotografía que recordaba era una enmarcada de Barack Obama..., y él ya estaba casado. Por lo que sí, probablemente Betsy Neal estuviera divorciada o soltera. Y probablemente no figuraría en la guía. En tal caso, una búsqueda en internet no le serviría de nada. Tess supuso que podría ir al Stagger Inn y encontrarla allí, pero no quería volver al Stagger. Nunca más.
—¿Por qué estás comprando problemas? —dijo Fritzy desde el alféizar—. Al menos comprueba la guía de teléfonos de Colewich. Y ¿a qué hueles? ¿A perro?
—Sí. Es Manises.
—Traidora —dijo Fritzy con desdén.
La búsqueda arrojó una docena de Neals. Uno de los nombres era E. Neal. ¿E de Elizabeth? Solo existía una manera de averiguarlo.
Sin vacilación —que casi con certeza habría hecho que perdiera el valor—, Tess tecleó el número. Estaba sudando, y el corazón le latía acelerado.
El teléfono sonó una vez. Dos veces.
Seguramente no es ella. Podría ser Edith Neal. Edwina Neal. Incluso Elvira Neal.
Tres veces.
Si es el teléfono de Betsy Neal, probablemente ni siquiera esté en casa. Seguro que se ha ido de vacaciones a las Catskills...
Cuatro veces.
... o está arrejuntada con uno de los Panaderos Zombis, ¿qué te parece eso? El guitarrista principal. Seguro que cantan «Can Your Pussy Do the Dog» juntos en la ducha después de...
El teléfono fue descolgado, y Tess reconoció la voz en su oído inmediatamente.
«Hola, has llamado a Betsy, pero ahora mismo no me puedo poner. Ahora viene un bip, y ya sabes qué hacer cuando lo oigas. Que pases un buen día.»
Pasé un mal día, gracias, y la noche anterior fue todavía mucho pe...
Llegó el bip, y Tess se oyó hablando antes de ser siquiera consciente de que pretendía hacerlo.
—Hola, señora Neal, soy Tessa Jean, ¿la señora de Willow Grove? Nos conocimos en el Stagger Inn. Me devolvió mi Tomtom y yo le firmé un autógrafo para su abuela. Vio las marcas que tenía en el cuerpo, y le mentí. No fue un novio, señora Neal. —Tess empezó a hablar más rápido, temiendo que se terminara la cinta antes de finalizar..., y descubrió cuán desesperadamente quería finalizar—. Me violaron, y eso fue malo, pero luego intenté hacer lo correcto y..., yo... tengo que contárselo porque...
Se produjo un clic en la línea, y entonces fue Betsy Neal en persona quien habló en su oído.
—Empiece de nuevo —dijo—, pero despacio. Me acabo de levantar y sigo medio dormida.
47
Quedaron para almorzar en la plaza comunal de Colewich. Se sentaron en un banco cerca del quiosco de música. Tess creía que no tenía hambre, pero Betsy Neal la obligó a comer un sándwich, y Tess se encontró devorándolo a grandes bocados, lo que le recordó a Manises engullendo la hamburguesa de Lester Strehlke.
—Empieza por el principio —dijo Betsy. Parecía tranquila, pensó Tess, casi de un modo preternatural—. Empieza por el principio y cuéntamelo todo.
Tess comenzó con la invitación de Books & Brown Baggers. Betsy Neal habló poco, solo de vez en cuando agregaba un «Ajá» o un «Vale» para informar a Tess de que aún estaba siguiendo la historia. La narración le provocó sed. Por suerte, Betsy también había traído dos latas de gaseosa de vainilla Dr. Brown's. Tess aceptó una y la bebió con avidez.
Cuando terminó ya era la una de la tarde. La poca gente que había ido a la plaza a comer ya se había marchado. Dos mujeres paseaban cochecitos de bebé, pero se hallaban a una buena distancia.
—A ver si lo he entendido bien —dijo Betsy Neal—. Ibas a matarte, y entonces una voz fantasma te sugirió que volvieras a la casa de Alvin Strehlke.
—Sí—contestó Tess—. Donde encontré mi bolso. Y el pato manchado de sangre.
—Las braguitas las encontraste en la casa del hermano pequeño.
—En la de Camionero Chico, sí. Están en mi Expedition. Y el bolso. ¿Quieres ver las dos cosas?
—No. ¿Y la pistola?
—También en el coche. Queda una bala. —Miró a Neal con curiosidad, pensando: La chica con ojos de Picasso—. ¿No te doy miedo? Eres el único cabo suelto. Bueno, el único que se me ocurre.
—Estamos en un parque público, Tess. Además, en casa tengo algo muy parecido a una confesión grabada en el contestador automático.
Tess parpadeó. Algo más que no se le había ocurrido.
—Aunque te las apañaras para matarme sin que aquellas dos madres de allí se dieran cuenta...
—No estoy dispuesta a matar a nadie más. Ni aquí ni en ningún otro sitio.
—Es bueno saberlo. Porque aunque te encargaras de mí y de mi contestador, tarde o temprano alguien daría con el taxista que te llevó al Stagger el sábado por la mañana. Y cuando la policía llegara hasta ti, te encontraría luciendo una buena cantidad de moratones incriminatorios.
—Sí —dijo Tess, tocándose el peor de ellos—. Eso es cierto. ¿Y ahora qué?
—En primer lugar, creo que lo más prudente sería que te mantuvieras fuera de la vista tanto como puedas hasta que tu bonita cara vuelva a lucir bonita.
—Creo que eso lo tengo cubierto —dijo Tess, y le contó a Betsy la historia que había inventado en beneficio de Patsy McClain.
—Es bastante buena.
—Señora Neal... Betsy..., ¿me crees?
—Oh, sí —respondió, casi distraídamente—. Ahora escucha. ¿Me estás escuchando?
Tess asintió con la cabeza.
—Somos un par de mujeres de picnic en el parque, y eso está bien. Pero después de hoy, no vamos a volver a vernos. ¿De acuerdo?
—Si tú lo dices —respondió Tess. Sentía el cerebro del mismo modo que su mandíbula después de que el dentista le inyectara una buena dosis de novocaína.
—Sí, eso digo. Y deberás inventarte otra historia, por si acaso la policía habla con el conductor de la limusina que te llevó a casa...
—Manuel. Se llama Manuel.
—... o con el taxista que te llevó al Stagger el sábado por la mañana. No creo que nadie haga la conexión entre los Strehlke y tú, siempre y cuando no aparezca ningún documento tuyo, pero cuando se sepa la historia, va a ser una noticia de gran repercusión, y no podemos suponer que la investigación no te alcanzará. —Se inclinó hacia delante y le dio una palmadita a Tess en el pecho izquierdo—. Cuento contigo para asegurarte de que nunca me alcance a mí. Porque no lo merezco.
No, no lo merecía. Rotundamente.
—¿Qué cuento podrías contarle a la policía, cielo? Algo bueno que no me incluya. Vamos, tú eres la escritora.
Tess meditó durante un minuto entero. Betsy no la presionó.
—Diría que Ramona me habló sobre el atajo de Stagg Road después de mi presentación, lo cual es cierto, y que vi el Stagger Inn al pasar. Diría que unos kilómetros más adelante paré a cenar, y que luego decidí volver a tomar una copa. A escuchar a la banda.
—Eso es bueno. Se llaman...
—Sé cómo se llaman —prosiguió Tess. Quizá la novocaína empezaba a disiparse—. Diría que conocí a unos tipos, que bebimos un montón, y que decidí que estaba demasiado pedo para conducir. Tú no saldrías en la historia, porque no trabajas por las noches. También podría decir...
—Da igual, es suficiente. Cuando te pones a cocinar historias eres bastante buena. Pero no la adornes demasiado.
—Descuida —dijo Tess—. Y esta es una historia que puede que nunca tenga que contar. Una vez que encuentren a los Strehlke y a las víctimas de los Strehlke, buscarán a un asesino muy diferente a una mujercita que escribe libros como yo.
Betsy Neal sonrió.
—Una mujercita que escribe libros, y un cuerno. Eres un bicho de cuidado. —Entonces vio la asustada expresión de inquietud en el semblante de Tess—. ¿Qué? ¿Qué pasa ahora?
—Serán capaces de relacionar las mujeres de la tubería con los Strehlke, ¿verdad? Por lo menos con Lester, ¿no?
—¿Se puso condón antes de violarte?
—No. Dios, no. Todavía tenía su semen en los muslos cuando llegué a casa. Y dentro de mí. —Se estremeció.
—Entonces se lo habrá hecho a pelo a las demás. Eso implica multitud de pruebas. Las reunirán todas. Mientras los cabrones se hayan deshecho de todo cuanto pudiera identificarte, deberías estar a salvo. Y no tiene sentido preocuparse de lo que no puedes controlar, ¿verdad?
—No.
—Y en cuanto a ti..., no estás planeando irte a casa y cortarte las venas en la bañera, ¿no? ¿O usar esa última bala?
—No. —Tess recordó la dulzura que impregnaba el aire nocturno mientras estaba sentada en la camioneta con el corto cañón del Exprimelimones en la boca—. No, estoy bien.
—Entonces es hora de que te marches. Yo me quedaré aquí sentada un poco más.
Tess se puso en pie, luego volvió a sentarse en el banco.
—Hay algo que necesito saber. Ahora te has convertido en encubridora. ¿Por qué haces esto por una mujer a la que ni siquiera conoces? Una mujer a la que solo has visto una vez.
—¿Creerías que es porque a mi abuela le encantan tus libros y se sentiría decepcionada si fueras a la cárcel por un triple asesinato?
—Ni en lo más mínimo —respondió Tess.
Betsy permaneció callada durante unos instantes. Tomó su lata de Dr. Brown's, y seguidamente volvió a soltarla.
—Violan a muchas mujeres, ¿no crees? Quiero decir, en esto no eres especial.
No, Tess sabía que a ese respecto no era especial, pero saberlo no reducía el dolor y la vergüenza. Ni le calmaría los nervios mientras esperaba los resultados de la prueba del sida que pronto se realizaría.
Betsy esbozó una sonrisa. No tenía nada de agradable. Ni de bonito.
—Hay mujeres por todo el mundo que están siendo violadas mientras hablamos. También niñas. Algunas sin duda tendrán peluches favoritos. Algunas son asesinadas, y otras sobreviven. Entre las que sobreviven, ¿cuántas crees que denuncian lo sucedido?
Tess meneó la cabeza.
—Yo tampoco —dijo Betsy—, pero sé lo que dice la Encuesta Nacional sobre Víctimas de Crímenes, porque lo busqué en Google. Según los sondeos, el sesenta por ciento de las violaciones quedan sin denunciar. Tres de cada cinco. Creo que podría ser inferior, pero ¿quién puede asegurarlo? Fuera de las clases de matemáticas, es difícil demostrar un negativo. Imposible, en realidad.
—¿Quién te violó? —preguntó Tess.
—Mi padrastro. Yo tenía doce años. Me puso un cuchillo de mantequilla en la cara mientras lo hacía. Me quedé quieta (estaba aterrorizada), pero el cuchillo se le resbaló al correrse. Probablemente no fue a propósito, pero ¿quién sabe?
Betsy tiró hacia abajo del párpado inferior izquierdo con la mano izquierda. Ahuecó la derecha debajo, y el ojo de cristal cayó rodando limpiamente en la mano. La cuenca vacía era de un suave color rojo, y se inclinaba hacia arriba, pareciendo contemplar el mundo con asombro.
—El dolor fue..., bueno, no hay forma de describir un dolor así, de veras que no. Me pareció como si fuera el fin del mundo. Y la sangre. Mucha. Mi madre me llevó al médico. Me dijo que tenía que contar que iba corriendo descalza y me resbalé en el suelo de la cocina porque ella acababa de encerarlo. Que me caí hacia delante y me saqué el ojo con la esquina de la encimera. Dijo que el médico querría hablar conmigo a solas, y que ella dependía de mí. «Sé que te ha hecho una cosa horrible», dijo, «pero si la gente se entera me van a echar la culpa a mí. Por favor, cariño, haz esto por mí y yo me aseguraré de que nunca te vuelva a pasar nada malo». Y eso es lo que hice.
—¿Y volvió a pasar?
—Tres o cuatro veces más. Y siempre me quedé quieta, porque solo me quedaba un ojo para donar a la causa. Escucha, ¿ya hemos acabado aquí o no?
Tess se movió para abrazarla, pero Betsy se encogió. Como un vampiro cuando ve un crucifijo, pensó Tess.
—No lo hagas —dijo Betsy.
—Pero...
—Lo sé, lo sé, muchas gracias, solidaridad, hermanas para siempre, bla, bla, bla. No me gusta que me abracen, eso es todo. ¿Ya hemos acabado aquí o no?
—Hemos acabado.
—Entonces márchate. Y yo tiraría esa pistola tuya al río de camino a casa. ¿Has quemado la confesión?
—Sí. Puedes apostar.
Betsy asintió con la cabeza.
—Y yo borraré el mensaje que dejaste en mi contestador.
Tess se alejó andando. Miró atrás una vez. Betsy Neal seguía sentada en el banco. Se había vuelto a colocar el ojo en su sitio.
48
Ya en el Expedition, Tess se dio cuenta de que podría ser una idea sumamente buena borrar del GPS los últimos trayectos. Pulsó el botón de encendido, y la pantalla se iluminó.
«Hola, Tess. Veo que nos vamos de viaje.»
Tess terminó de eliminarlos, luego volvió a apagar la unidad GPS. No era un viaje, en realidad no; solo regresaba a casa. Y pensó que podría hallar el camino por sí misma.