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stephen king

un buen matrimonio (spanish)

stephen king on eBay

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1
Una cosa que nadie preguntaba en una conversación informal, pensó Darcy en los días posteriores a encontrar lo que encontró en el garaje, era esta: «¿Qué tal tu matrimonio?». Preguntaban «¿qué tal el fin de semana?» y «¿qué tal el viaje a Florida?» y «¿qué tal vas de salud?» y «¿qué tal están los niños?»; incluso «¿cómo te trata la vida, cariño?». Pero nadie preguntaba «¿qué tal tu matrimonio?».
«Bien», habría contestado antes de aquella noche. «Todo va fenomenal.»
La llamaron Darcellen Madsen al nacer (Darcellen, un nombre que solo podría gustar a los padres locos por un libro de nombres de bebé recién comprado), el año que John F. Kennedy fue elegido presidente. Se crió en Freeport, Maine, en los tiempos en que era una ciudad y no un apéndice de L. L. Bean, el primer hipermercado de América, y otra media docena de grandes superficies de venta al por menor, de las llamadas «outlets» (como si se tratara de desagües de alcantarilla más que de tiendas). Asistió al instituto de Freeport, y después a la Escuela de Negocios Addison, donde aprendió secretariado. Fue contratada por Joe Ransome Chevrolet, que hacia 1984, cuando abandonó la compañía, constituía el concesionario de coches más grande de Portland. No era muy guapa, pero con la ayuda de dos amigas ligeramente más sofisticadas aprendió las suficientes habilidades de maquillaje para tener un aspecto atractivo entre semana, y absolutamente llamativo las noches de los viernes y los sábados, cuando salía con un grupito a tomar margaritas a El Faro o al Mejicano de Mike (donde había música en directo).
En 1982, Joe Ransome contrató a una asesoría contable de Portland para ayudarle a descifrar su situación fiscal, que se había vuelto complicada («La clase de problema que a cualquiera le gustaría tener», Darcy oyó que le explicaba a uno de los vendedores más veteranos). Recibieron la visita de un par de hombres que portaban maletines, uno viejo y otro joven. Ambos llevaban gafas y trajes conservadores; ambos llevaban el pelo corto peinado con esmero hacia atrás, de una manera que a Darcy le hizo pensar en las fotografías del anuario de último curso de su madre, RECUERDOS DEL 54, el que tenía estampada en la cubierta de imitación de piel la imagen de un animador sosteniendo un megáfono en la boca.
El contable más joven se llamaba Bob Anderson. Se pusieron a hablar el segundo día en el concesionario, y en el curso de la conversación le preguntó si tenía alguna afición. Sí, contestó él, la numismática.
Comenzó a explicarle lo que era y ella dijo:
—Lo sé. Mi padre colecciona monedas de diez centavos de la Dama de la Libertad, y de cinco centavos del búfalo. Dice que son su caballo de batalla numismático. ¿Tiene usted un caballo de batalla, señor Anderson?
Respuesta afirmativa: peniques de trigo. Su mayor esperanza era encontrar algún día un 1955 con la fecha duplicada, que era...
Pero ella también sabía eso. La fecha duplicada del 55 era un error. Un error valioso.
El joven señor Anderson, aquel del espeso cabello castaño y cuidadosamente peinado, se mostró encantado con la respuesta. Le pidió que lo llamara Bob. Más tarde, durante el almuerzo —que tomaron sentados en un banco al sol detrás del taller de chapa y pintura, un sándwich de atún en pan de centeno para él y una ensalada griega en una fiambrera para ella—, le preguntó si le gustaría acompañarle el próximo sábado a un mercadillo en Castle Rock. Acababa de alquilar un apartamento nuevo, le dijo, y estaba buscando un sillón. También una televisión, si alguien vendiera algo bueno a un precio razonable. «Algo bueno a un precio razonable» era una frase que le terminaría siendo confortablemente familiar en los años venideros.
El contable era tan normalito como ella, otro tipo que pasaría desapercibido si uno se lo cruzara en la calle, y que nunca podría recurrir al maquillaje para hacerse más atractivo..., salvo que aquel día en el banco sí lo pareció. Sus mejillas se ruborizaron cuando la invitó a salir, lo suficiente para iluminarle el rostro y conferirle brillo.
—¿No buscarás colecciones de monedas? —bromeó.
Bob sonrió, revelando unos dientes parejos. Dientes pequeños, bien cuidados y blancos. Nunca se le ocurrió que pensar en esos dientes pudiera provocarle escalofríos; ¿qué razón habría?
—Si viera un buen juego de monedas, por supuesto que le echaría una ojeada —contestó.
—¿En especial si son peniques de trigo? —Bromeando, pero solo un poco.
—En especial esos. ¿Te gustaría venir, Darcy?
Fue. Y en su noche de bodas llegó. No muy a menudo después de aquel día, pero sí de vez en cuando. Lo suficiente para considerarse normal y satisfecha.
En 1986, Bob consiguió un ascenso. Además, con la ayuda y el aliento de Darcy, arrancó un negocio de venta por catálogo de monedas coleccionables de América. Tuvo éxito desde el principio, y en 1990 lo amplió a cromos de béisbol y memorabilia de películas antiguas. No mantenía existencias de posters, folletos, ni postales, pero cuando la gente preguntaba por tales artículos, casi siempre podía encontrarlos. En realidad era Darcy quien los encontraba, usando su sobresaturado tarjetero Rolodex, en aquellos días de la prehistoria informática, para telefonear a coleccionistas de todo el país. El negocio nunca creció lo suficiente para convertirse en una dedicación a tiempo completo, y eso estaba bien. Ninguno de los dos deseaba una cosa así. Coincidían en eso igual que coincidieron respecto a la casa que con el tiempo compraron en Pownal, e igual que respecto a los hijos cuando llegó el momento de tenerlos. Coincidían. Cuando no, acordaban una solución de compromiso. Pero generalmente coincidían. Veían las cosas desde el mismo prisma.
¿Qué tal tu matrimonio?
Sobre ruedas. Un buen matrimonio. Donnie nació en 1986 —ella renunció a su empleo para tenerlo, y excepto por la ayuda que prestaba a Monedas & Artículos de Colección Anderson, nunca volvió a trabajar— y Petra en 1988. Para entonces, el espeso pelo castaño de Bob Anderson raleaba en la coronilla, y hacia 2002, el año en que el ordenador Macintosh de Darcy finalmente se tragó su Rolodex entero, lucía una brillante calva ahí atrás. Su marido experimentó con diversas formas de peinarse el cabello restante, lo cual hacía más visible la calva, en su opinión. Y la irritó cuando probó dos fórmulas mágicas para regenerar el pelo, la clase de productos que buhoneros de mirada furtiva vendían en la tele por cable a altas horas de la madrugada (Bob Anderson se fue convirtiendo en un noctámbulo a medida que se adentraba en la mediana edad). Se lo había ocultado, pero los dos compartían un dormitorio y aunque no era lo bastante alta para ver el estante superior del armario sin ayuda, a veces utilizaba un taburete para guardar las «camisetas de sábado» de su marido, las que se ponía para trabajar en el jardín. Y allí estaban: una botella de líquido en el otoño de 2004, un frasco de pequeñas cápsulas de un gel verde el año siguiente. Buscó los nombres en internet, y no salían baratas. Claro que la magia nunca lo es, recordaba haber pensado.
Sin embargo, irritada o no, guardó silencio sobre las pociones mágicas, y también sobre el Chevy Suburban de segunda mano que por alguna razón él había comprado justo el mismo año que los precios de la gasolina iniciaron su escalada. Igual que su marido calló, suponía Darcy (o mejor dicho, sabía), cuando ella había insistido en enviar a los niños a buenos campamentos de verano, o en regalarle una guitarra eléctrica a Donnie (tocó durante dos años, tiempo suficiente para adquirir una sorprendente destreza, y luego sencillamente lo dejó), o en pagarle lecciones de equitación a Petra. El éxito de un matrimonio solo se lograba haciendo malabarismos; eso era algo que todo el mundo sabía. El éxito de un matrimonio también dependía de una alta tolerancia a la irritación; eso era algo que Darcy sabía. Como decía la canción de Stevie Winwood, tenías que aceptarlo, nena.
Ella lo aceptaba. También él.
En 2004, Donnie se marchó a la Universidad en Pennsylvania. En 2006, Petra entró en Colby, apenas a la vuelta de la esquina, en Waterville. Para entonces, Darcy Madsen Anderson había cumplido los cuarenta y seis años. Bob cuarenta y nueve, y aún acudía a los Lobatos con Stan Morin, un contratista de la construcción que vivía a ochocientos metros calle abajo. Le parecía que su marido medio calvo tenía una pinta bastante graciosa con los pantalones cortos de color caqui y los calcetines marrones que se ponía para las excursiones mensuales en la naturaleza, pero nunca lo dijo. Su calva logró consolidarse; sus gafas se transformaron en bifocales; su peso subió de los ochenta kilos hasta superar la barrera de los cien. Le nombraron socio de la asesoría contable; Benson & Bacon pasó a ser Benson, Bacon & Anderson. Cambiaron su primera vivienda en Pownal por una más cara en Yarmouth. Sus pechos, anteriormente pequeños y firmes y elevados (su mejor atributo físico, siempre lo había creído; nunca había deseado parecer una camarera de Hooters) eran ahora más grandes, no tan firmes, y por supuesto se caían cuando se quitaba el sujetador por las noches; ¿qué otra cosa podías esperar cuando te aproximabas a la marca del medio siglo? Sin embargo, cada cierto tiempo Bob se le acercaba por detrás y ahuecaba las manos sobre ellos. Cada cierto tiempo se producía el placentero interludio en el dormitorio de arriba, que dominaba su tranquilo terreno de casi una hectárea, y si él era rápido en desenfundar y a menudo la dejaba insatisfecha, a menudo no equivalía a siempre, y la satisfacción de abrazarle, de sentir su cálido cuerpo mientras se quedaba adormilado a su lado..., esa satisfacción nunca fallaba. Se trataba, suponía, de la satisfacción de saber que seguían juntos cuando tantos otros se separaban; la satisfacción de saber que ante la cercanía de sus Bodas de Plata, aún mantenían el rumbo.
En 2009, tras un recorrido de veinticinco años desde que se dieran el «sí quiero» en una pequeña iglesia baptista que ya no existía (un aparcamiento ocupaba ahora el terreno donde se había alzado), Donnie y Petra organizaron una fiesta sorpresa en Los Abedules de Castle View. Hubo más de cincuenta invitados, champán (del bueno), churrasco, una tarta de cuatro pisos. Los homenajeados bailaron «Footloose» de Kenny Loggins, igual que el día de su boda. Los invitados aplaudieron el quiebro de cintura de Bob, un movimiento que ella no recordó hasta que lo vio de nuevo, y su todavía grácil ejecución le provocó una punzada. Por un buen motivo; le había crecido una barriga a juego con la embarazosa calva (embarazosa para él, al menos), pero sus pies seguían siendo ágiles para tratarse de un contable.
Pero todo eso era historia, material de necrológicas, y aún eran demasiado jóvenes para pensar en ellas. Ignoraba las minucias del matrimonio, y estos misterios normales y corrientes, según su creencia (su firme creencia), constituían el material que validaba el compromiso. La vez que había comido gambas en mal estado y se pasó vomitando toda la noche, sentada en el borde de la cama con el pelo sudoroso pegado a la nuca y lágrimas rodándole por las enrojecidas mejillas, y Bob sentado a su lado, sujetando pacientemente la palangana y luego llevándola al cuarto de baño, donde la vaciaba y la lavaba después de cada eyección, para que el olor no la enfermara más, explicó. Estaba calentando el coche para llevarla a urgencias a las seis de la mañana, cuando las horribles náuseas por fin empezaron a aplacarse. Telefoneó a B, B & A para decir que estaba enfermo; también canceló un viaje a White River para poder quedarse con ella en caso de que regresaran los vómitos.
Esa clase de cosas funcionaba en ambos sentidos; lo que valía para uno un año, valía para el otro al siguiente. Estuvo sentada junto a él en la sala de espera del St. Stephen's —fue en el 94 o el 95—, mientras esperaban los resultados de la biopsia que le habían realizado después de descubrir (en la ducha) un bulto sospechoso en la axila izquierda. La biopsia había sido negativa; el diagnóstico, un nodo linfático infectado. El bulto perduró durante un mes, más o menos, y luego se esfumó por sí solo.
La visión de una revista de crucigramas sobre sus rodillas, vislumbrada a través de la puerta entreabierta del baño cuando estaba sentado en el trono. El olor a colonia en sus mejillas, lo cual implicaba que el Suburban desaparecía del camino de entrada durante un día o dos y que su lado de la cama estaría vacío durante una noche o dos porque debía arreglar las cuentas de alguien en New Hampshire o Vermont (B, B & A ahora tenían clientes en todos los estados del norte de Nueva Inglaterra). A veces el olor significaba un viaje para examinar la colección de monedas de alguien en algún rastrillo, porque no todas las compras y ventas numismáticas asociadas a su negocio podían efectuarse por ordenador, ambos lo entendían. La visión de su vieja maleta negra, a la que no renunciaba por mucho que ella rezongara, en el vestíbulo. Las zapatillas a los pies de la cama, una siempre metida dentro de la otra. El vaso de agua en su mesilla de noche, con la píldora de vitaminas al lado, sobre el número de ese mes de Monedas & Piezas de Colección. Cómo decía siempre «Hay más espacio fuera que dentro», después de eructar y «¡Cuidado, un ataque de gas!» después de un pedo. Su abrigo en la primera percha en el vestíbulo. El reflejo de su cepillo de dientes en el espejo (aún seguiría usando el mismo que cuando se casaron, creía Darcy, si ella no lo cambiara con regularidad). La manera de frotarse suavemente los labios con la servilleta cada dos o tres bocados de comida. La cuidadosa preparación del equipo de acampada (incluyendo siempre una brújula adicional) antes de que él y Stan partieran de excursión con otro puñado de críos de nueve años a la Senda del Hombre Muerto, una peligrosa y aterradora caminata a través de los bosques desde el centro comercial Golden Grove hasta la Ciudad de los Coches de Ocasión de Weinberg. El aspecto de sus uñas, siempre cortas y limpias. El sabor a Dentyne en su aliento cuando se besaban. Estas cosas y diez mil otras componían la historia secreta del matrimonio.
Sabía que su marido debía de tener su propia historia de ella, desde la barra de labios con sabor a canela que utilizaba en invierno hasta el olor de su champú cuando la besaba en la base del cuello (esos besos ya no se producían con demasiada frecuencia, pero aún existían), pasando por el clic de su ordenador a las dos de la mañana, en aquellas dos o tres noches al mes cuando el sueño por alguna razón la plantaba.
Ya habían transcurrido veintisiete años, o —se había entretenido calculando esto un día en el ordenador— nueve mil ochocientos cincuenta y cinco días. Casi un cuarto de millón de horas y más de catorce millones de minutos. Claro que parte de ese tiempo él había estado fuera por negocios, y ella misma había realizado algunos viajes (el más triste a Minneapolis, para hacer compañía a sus padres cuando su hermana pequeña Brandolyn murió en un extraño accidente), pero casi siempre habían permanecido juntos.
¿Lo sabía todo sobre él? Por supuesto que no. Igual que él no lo sabía todo sobre ella; cómo a veces (generalmente en días lluviosos o en aquellas noches cuando el insomnio se apoderaba de ella) engullía barritas Butterfingers o Baby Ruths, por ejemplo, incluso cuando ya no tenía ganas de más, incluso cuando ya le dolía el estómago. O que el nuevo cartero le parecía un tipo guapo. Existían cosas ignoradas, pero sentía que después de veintisiete años conocían todas las cosas importantes. Era un buen matrimonio, uno de los pertenecientes al cincuenta por ciento que continuaba funcionando después de un largo y dificultoso trayecto. Creía eso incondicionalmente, del mismo modo que creía que la gravedad la mantendría unida a la tierra cuando caminaba por la acera.
Hasta aquella noche en el garaje.
2
El mando a distancia del televisor no funcionaba, y no había pilas de tamaño AA en el armario de la cocina a la izquierda del fregadero. Las había de tipo C y de tipo D, vio incluso un paquete sin abrir de las chiquititas, las triple A, pero ninguna puñetera doble A. Por tanto, salió al garaje porque sabía que Bob guardaba allí un alijo de Duracells, y eso bastó para cambiar su vida. Era como si todo el mundo anduviera por el aire, a mucha altura. Un triste pasito en la dirección equivocada y uno se encontraba en caída libre.
La cocina y el garaje estaban conectados por un pasadizo exterior. Darcy lo atravesó a toda prisa, ciñéndose la bata; dos días antes había tocado fin el verano indio, ese año excepcionalmente cálido, y ahora el tiempo era más propio de noviembre que de octubre. El viento le pellizcó los tobillos. Probablemente debería haberse puesto calcetines y pantalones, pero Dos hombres y medio iba a comenzar en menos de cinco minutos, y la maldita tele se quedó pillada en la CNN. Si Bob hubiera estado aquí, le habría pedido que cambiara de canal manualmente (existían botones para eso en algún sitio, probablemente en la parte de atrás, donde solo un hombre sería capaz de encontrarlos), y luego le habría enviado a por las pilas. El garaje constituía gran parte de sus dominios, al fin y al cabo. Ella solo entraba para sacar su coche, y eso solo en los días de mal tiempo; de lo contrario aparcaba en la rotonda de la entrada. Pero Bob estaba en Montpelier, evaluando una colección de peniques de acero de la Segunda Guerra Mundial, y ella era, al menos temporalmente, la única responsable de casa Anderson.
Tanteó en busca del trío de interruptores al lado de la puerta, y los empujó hacia arriba con el canto de la mano. Los fluorescentes zumbaron en el techo. El garaje era espacioso y se veía recogido, las herramientas colgadas en los tableros y la mesa de trabajo de Bob bien ordenada. El suelo era un bloque de cemento pintado del color gris de los acorazados. Ni rastro de manchas de aceite; Bob decía que las manchas de aceite en un garaje indicaban que los dueños dirigían una chatarrería o que descuidaban el mantenimiento. El Prius de un año que utilizaba para sus desplazamientos diarios a Portland se encontraba allí; se había llevado su veterano dinosaurio SUV a Vermont. El Volvo de ella estaba aparcado fuera.
—Es muy fácil meterlo dentro —había dicho él en más de una ocasión (cuando llevabas casado más de veintisiete años, los comentarios originales tendían a escasear)—. Solo tienes que usar el mando en el parasol del coche.
—Me gusta que esté donde pueda verlo —contestaba ella siempre, aunque el verdadero motivo estribaba en su temor a chocar con la puerta del garaje al dar marcha atrás. Odiaba la marcha atrás. Y suponía que él lo sabía..., igual que ella sabía de su peculiar manía de guardar los billetes en la cartera con el anverso hacia arriba y que nunca depositaría un libro abierto boca abajo al hacer una pausa en la lectura porque, según decía, se deterioraba el lomo.
Al menos en el garaje hacía calor; unas gruesas tuberías plateadas (probablemente se denominaban conductos, pero Darcy no estaba del todo segura) cruzaban el techo. Se acercó al banco de trabajo, donde se hallaban alineados varios cajones de hojalata, cada uno nítidamente etiquetado: PERNOS, TORNILLOS, GOZNES & ABRAZADERAS, FONTANERÍA, y —encontró esto último bastante simpático— CHISMES & CÍA. Un calendario en la pared mostraba una chica de portada del Sports Illustrated, en biquini, tan joven y sexy que le resultaba deprimente; a la izquierda del calendario había dos fotos clavadas con chinchetas. Una era de Donnie y Petra en el campo de la Liga Infantil de Yarmouth, vestidos con camisetas de los Red Sox de Boston. Debajo, con rotulador Magic Marker, Bob había escrito EL EQUIPO DE CASA, 1999. En la otra, mucho más reciente, se veía a una adulta Petra que rayaba en la hermosura, posando junto a Michael, su prometido, delante de una marisquería en Old Orchard Beach; se rodeaban el uno al otro con los brazos. La leyenda con Magic Marker debajo de esta decía ¡LA FELIZ PAREJA!
El armario donde guardaba las pilas tenía una etiqueta de cinta Dymo con la inscripción MATERIAL ELÉCTRICO y estaba montado a la izquierda de las fotos. Darcy se movió en esa dirección sin mirar por donde iba, confiando en la pulcritud casi maníaca de Bob, y tropezó con una caja de cartón que sobresalía un poco bajo el banco de trabajo. Trastabilló, pero consiguió asirse a la mesa en el último segundo posible. Se rompió una uña —algo doloroso y molesto— pero se ahorró una caída potencialmente fea, lo cual era bueno. Muy bueno, considerando que no había nadie en la casa para llamar al 911 en caso de que se hubiera abierto el cráneo contra el suelo, sin grasa y limpio, pero sumamente duro.
Podría haber colocado la caja en su sitio simplemente empujándola con el pie; más tarde se percataría de esto y lo meditaría detenidamente, como un matemático revisando una ecuación abstrusa y complicada. Al fin y al cabo, tenía prisa. Pero divisó un catálogo de costura de Patternworks en la parte superior de la caja, y se arrodilló para recogerlo y llevárselo junto con las pilas. Y cuando lo sacó, debajo encontró un catálogo suyo de Brookstone que había extraviado. Y debajo uno de Paula Young..., de Talbots..., de Forzieri... de Bloomingdale's...
—¡Bob! —gritó, solo que la exclamación brotó en dos exasperadas sílabas (como ocurría cuando entraba con las botas llenas de barro o dejaba las toallas mojadas tiradas en el suelo del baño, como si vivieran en un hotel de fantasía con criadas a su servicio), no Bob, sino ¡Bo-obl Porque, realmente, le leía como un libro abierto. Su marido pensaba que ella compraba demasiado por catálogo, y en una ocasión había llegado al punto de declarar que era adicta a ellos (lo cual era ridículo, su adicción eran las Butterfingers). Aquel pequeño análisis psicológico le había hecho acreedor de un airado rechazo durante dos días. Pero sabía cómo funcionaba la mente de ella, y que con respecto a cosas que no eran absolutamente vitales se comportaba como la chica que había dado origen al dicho «ojos que no ven, corazón que no siente». De modo que él había reunido los catálogos, el muy furtivo, y los había escondido aquí fuera. Probablemente el próximo destino habría sido el contenedor de reciclaje.
Danskin... Express... Computer Outlet... Macworld... Monkey Ward... Layla Grace...
Cuanto más escarbaba, más crecía su exasperación. Cualquiera pensaría que se encontraban tambaleándose al borde de la bancarrota debido a sus derrochadoras aficiones, lo cual se trataba de una solemne tontería. Se había olvidado por completo de Dos hombres y medio; ya estaba juntando las cuarenta que le iba a cantar cuando Bob la llamara desde Montpelier (siempre telefoneaba al regresar al motel después de la cena). Pero antes pretendía devolver todos esos catálogos a la puñetera casa, para lo cual necesitaría tres o posiblemente cuatro viajes, porque el montón tenía más de medio metro de altura, y aquellos catálogos profesionales pesaban una barbaridad. No era de extrañar que hubiera tropezado con la caja.
Muerte por catálogo, pensó. Esa sí que sería una forma irónica de...
El pensamiento se quebró tan limpiamente como una rama seca. Continuaba ojeando, revisado ya una cuarta parte del montón, y debajo del Gooseberry Patch (decoración rural), llegó a algo que no era un catálogo. No, no tenía absolutamente nada de catálogo. Se trataba de una revista llamada Zorritas Esclavas. Estuvo a punto de no sacarla, y probablemente no lo habría hecho si la hubiera encontrado en uno de sus cajones, o en el estante superior del armario junto a los elixires crecepelo. Sin embargo, descubrirla aquí, escondida en un montón de lo que deberían ser al menos doscientos catálogos (los catálogos de ella) encerraba algo que iba más allá de la vergüenza que un hombre podría sentir respecto a un vicio sexual.
La mujer de la portada estaba atada a una silla, desnuda excepto por una capucha negra, pero la capucha solo le cubría la mitad superior de la cara y uno podía ver que gritaba. La inmovilizaban gruesas cuerdas que le mordían los pechos y el vientre. Sangre falsa le manchaba la barbilla, el cuello y los brazos. A pie de página, en caracteres amarillo chillón, aparecía este desagradable gancho. ¡BRENDA, UNA ZORRITA MALA, RECIBE LO QUE PIDIÓ EN LA PÁGINA 49!
Darcy no tenía intención alguna de ir a la página 49, ni a cualquier otra. Ya había deducido de qué se trataba: una investigación masculina. Sabía de esta clase de indagaciones por un artículo de Cosmo que había leído en la consulta del dentista. Una mujer había escrito a una de las muchas consejeras de la revista (en concreto a la psiquiatra en plantilla especializada en prácticas sexuales atrevidas) acerca de un par de revistas gay que había encontrado en el maletín de su marido. Material muy explícito, decía la remitente, y ahora le preocupaba que su marido pudiera estar en el armario. Aunque si así fuera, proseguía, lo disimulaba ciertamente bien en el dormitorio.
No había necesidad de preocuparse, respondía la consejera. Los hombres eran aventureros por naturaleza, y a muchos de ellos les gustaba investigar comportamientos sexuales alternativos —el sexo gay ocupaba el primer puesto en este sentido, seguido muy de cerca por el sexo en grupo— o fetichistas: deportes acuáticos, travestismo, sexo en público, látex. Y, por supuesto, el sadomasoquismo. Añadía que algunas mujeres también se sentían fascinadas por la práctica de la esclavitud, lo que desconcertó a Darcy, pero ella habría sido la primera en admitir que no lo sabía todo.
Investigación masculina, no se trataba de nada más. Quizá hubiera visto la revista en un quiosco en algún sitio (aunque cuando Darcy intentó imaginarse esa portada en particular a la vista en un expositor, su mente se mostró reacia) y le había picado la curiosidad. O quizá la hubiera rescatado de un cubo de basura en una tienda de conveniencia. La habría traído a casa, la habría hojeado aquí en el garaje, habría quedado tan horrorizado como ella (la sangre en la modelo de la portada era obviamente falsa, pero el grito parecía demasiado real), y entonces la enterró en esta pila gigantesca de catálogos destinada al contenedor de reciclaje para evitar que ella la encontrara y le hiciera pasar un mal trago. No era más que eso, una singularidad. Si continuaba ojeando el resto de los catálogos, no hallaría nada similar. Quizá varios Penthouse y revistas de ropa interior, sabía que a la mayoría de los hombres les gustaba la seda y la lencería, y Bob no era ninguna excepción a este respecto, pero nada más del género de Zorritas Esclavas.
Volvió a mirar la portada, y notó una cosa rara: no tenía marcado ningún precio. Ni código de barras. Comprobó la contraportada, con curiosidad por el precio que tendría una revista semejante, y se le crispó el rostro cuando vio la fotografía: una rubia desnuda atada con correas a una superficie parecida a una mesa quirúrgica de acero. La expresión de terror en esta mujer, no obstante, parecía tan real como un billete de tres dólares, lo cual resultaba en cierto sentido reconfortante. Y el hombre corpulento encorvado sobre ella con lo que aparentaba ser un cuchillo Ginsu se veía ridículo en conjunción con sus brazaletes y sus calzoncillos de cuero; parecía más un contable que alguien a punto de trinchar a la Zorrita Esclava para el plat dujour.
Bob es contable, observó su mente.
Un pensamiento estúpido proyectado desde la inmensa Zona Estúpida de su cerebro. Lo desterró de su mente igual que enterró la inconcebiblemente desagradable revista entre los catálogos apilados después de verificar que la contraportada tampoco tenía impreso un precio o un código de barras. Y mientras arrastraba la caja de cartón bajo la mesa de trabajo —había cambiado de opinión con respecto a transportar los catálogos de vuelta a la casa— le sobrevino la solución al misterio de la ausencia de precio/código de barras. Se trataría de una de esas revistas que se vendían dentro de una funda de plástico que tapaba las partes de mal gusto. El precio y el código habrían estado en la envoltura, eso era, por supuesto, ¿qué otra cosa podría ser? Debía de haber comprado esa puñetera cosa en algún sitio, suponiendo que no la hubiera pescado en la basura.
Puede que la comprara en internet. Seguro que hay sitios que se especializan en esta clase de cosas. Para no mencionar las jovencitas que se visten para aparentar doce años.
—No importa —dijo, con un solo asentimiento de cabeza, rápido y enérgico. Ya era un trato cerrado, una carta no reclamada, una discusión finiquitada. Si se lo mencionara por teléfono esa noche, o cuando regresara a casa, se mostraría avergonzado y a la defensiva. Probablemente la llamaría ingenua, desde un punto de vista sexual, lo cual suponía que era cierto, y la acusaría de reaccionar de forma exagerada, a lo cual no estaba dispuesta. A lo que estaba dispuesta era a aceptarlo, nena. Un matrimonio se asemejaba a una casa en constante construcción, que cada año contemplaba la finalización de nuevas habitaciones. Un matrimonio durante el primer año levantaba una cabaña; uno que había durado veintisiete poseía una mansión enorme y laberíntica. Sin duda existirían recovecos y espacios de almacenamiento, la mayoría polvorientos y abandonados, algunos conteniendo reliquias desagradables que uno preferiría no haber encontrado. Pero eso no constituía ningún problemón. Uno tiraba esas reliquias a la basura o las donaba a Goodwill.
Le gustó tanto este pensamiento (que poseía cierta sensación concluyente) que lo pronunció en voz alta:
—Ningún problemón.
Y para demostrarlo, propinó a la caja un fuerte empujón con las dos manos, desplazándola hasta el fondo.
Donde se produjo un golpe metálico. ¿Qué era eso?
No quiero saberlo, se dijo, y estaba bastante segura de que el pensamiento no procedía de la Zona Estúpida, sino de la inteligente. El rincón bajo la mesa de trabajo era umbrío, y podría haber ratones. Incluso en un garaje bien cuidado como este podrían refugiarse los ratones, especialmente cuando se avecinaba el frío, y un ratón asustado podría morder.
Darcy se incorporó, se sacudió los faldones de la bata, y salió del garaje. A mitad de camino del pasadizo exterior, oyó que el teléfono comenzaba a sonar.
3
Estuvo de vuelta en la cocina antes de que saltara el contestador automático, pero esperó. Si fuera Bob, dejaría que respondiera la máquina. En ese preciso instante no deseaba hablar con él, pues su voz podría delatarla. Supondría que había salido a la tienda de la esquina o quizá a la Aldea del Vídeo, y volvería a llamar dentro de una hora. Dentro de una hora, después de que su desagradable descubrimiento hubiera tenido la ocasión de asentarse un poco, se encontraría bien y podrían mantener una conversación agradable.
Pero no era Bob, era Donnie.
—Oh, mierda, de veras que quería hablar con vosotros.
Descolgó el teléfono, se apoyó contra la encimera, y dijo:
—Pues habla. Venía del garaje.
Donnie rebosaba de noticias. Ahora vivía en Cleveland, Ohio, y tras dos años de trabajo ingrato en un puesto de principiante en la mayor agencia publicitaria de la ciudad, él y un amigo habían decidido emprender camino por su cuenta. Bob se lo había desaconsejado con insistencia, alegando que Donnie y su socio nunca conseguirían el crédito inicial que necesitaban para sobrevivir al primer año.
—Despierta —le había dicho después de que Darcy le cediera el teléfono. Esto había ocurrido a principios de primavera, con los últimos vestigios de nieve aún acechando bajo los árboles y los arbustos del patio de atrás—. Tienes veinticuatro años, Donnie, igual que tu amigo Ken. Ni siquiera podéis contratar un seguro a todo riesgo hasta dentro de un año, sólo el de responsabilidad a terceros. Ningún banco os va a conceder setenta mil dólares para ponerlo en marcha, sobre todo estando la economía como está.
Pero sí lograron el crédito, y ahora acababan de aterrizar dos clientes importantes, ambos el mismo día. El primero era un concesionario de coches que buscaba un enfoque fresco que atrajera a compradores en la treintena. El otro era el mismo banco que le había proporcionado a Anderson 8c Hayward la financiación inicial. Darcy gritó de alegría, y Donnie la imitó. Charlaron durante unos veinte minutos. En cierto punto de la conversación se vieron interrumpidos por el doble pitido de una llamada entrante.
—¿Quieres contestar? —preguntó Donnie.
—No, seguro que es tu padre. Está en Montpelier, mirando una colección de peniques de acero. Volverá a llamar antes de irse a la cama.
—¿Cómo está?
Bien, pensó. Explorando nuevos intereses.
—Alerta y olfateando el aire —respondió. Era una de las expresiones favoritas de Bob, y motivó la risa de Donnie. A ella le encantaba oírle reír.
—¿Y Pets?
—Llámala tú mismo a ver, Donald.
—Sí, sí, vale. Siempre lo estoy posponiendo. Entretanto, hazme un resumen.
—Está fenomenal. De lo único que habla es de la boda.
—Cualquiera creería que es la semana que viene y no en junio.
—Donnie, si no te esfuerzas por entender a las mujeres, nunca te casarás.
—No tengo ninguna prisa, ya me divierto bastante.
—Mientras seas cuidadoso...
—Soy muy cuidadoso y muy educado. Tengo que irme, mamá. He quedado con Ken para tomar una copa dentro de media hora. Vamos a empezar a devanarnos los sesos para el encargo de los coches.
Estuvo a punto de decirle que no bebiera demasiado, pero se contuvo. Puede que aún aparentara ser un adolescente, y el recuerdo más nítido que tenía de su hijo era de cuando tenía cinco años y, vestido con su chaqueta roja de pana, empujaba incansablemente su patinete arriba y abajo por las avenidas de cemento del parque Joshua Chamberlain en Pownal; sin embargo, ya no era ninguno de esos muchachos. Era un hombre joven, y además, por improbable que pareciera, un joven empresario que empezaba a abrirse camino en el mundo.
—De acuerdo —dijo ella—. Gracias por llamar, Donnie. Fue un gusto.
—Lo mismo digo. Saluda al viejo cuando llame y dale recuerdos.
—Lo haré.
—Alerta y olfateando el aire —dijo Donnie, y se rió con disimulo—. ¿A cuántas manadas de Lobatos les ha enseñado eso?
—A todas. —Darcy abrió la nevera para ver si por casualidad había una Butterfinger enfriándose a la espera de sus amorosas atenciones. No—. Es un horror.
—Te quiero, mamá.
—Yo también te quiero.
Colgó, sintiéndose bien otra vez. Sonriendo. Pero mientras permanecía allí, apoyada contra la encimera, su sonrisa se diluyó.
Un clonc.
Se había oído un golpe al empujar la caja de los catálogos bajo la mesa. No un estrépito, como el provocado si la caja hubiera chocado con una herramienta caída en el suelo, sino un clonc. Una especie de sonido hueco.
Me da igual.
Por desgracia, no era cierto. Ese ruido metálico constituía un asunto inconcluso. También la caja. ¿Habría más revistas como Zorritas Esclavas escondidas allí?
No quiero saberlo.
Correcto, sí, pero quizá debería averiguarlo igualmente. Porque si esa fuera la única, habría acertado al suponer que no se trataba más que de una curiosidad sexual que había saciado por completo con una simple ojeada a un mundo repugnante (y desequilibrado, agregó para sí misma). Si hubiese más, eso probablemente no modificaría nada —se iba a deshacer de ellas, después de todo—, pero quizá debería saberlo.
Sin embargo, más que nada..., aquel clonc. Persistía en su mente más que el interrogante sobre las revistas.
Se agenció una linterna de la despensa y volvió al garaje. Inmediatamente se cerró la bata, prendida por las solapas, y lamentó no haberse puesto la chaqueta. Empezaba a hacer frío de verdad.
4
Darcy se arrodilló, empujó la caja de los catálogos a un lado, y alumbró el espacio bajo la mesa de trabajo. Por un momento no entendió lo que estaba viendo: dos líneas de oscuridad que interrumpían el zócalo liso, una ligeramente más gruesa que la otra. Entonces una hebra de inquietud se formó en su torso, extendiéndose desde el esternón hasta la boca del estómago. Era un escondite.
Déjalo en paz, Darcy. Son sus asuntos, y por tu propia tranquilidad de espíritu deberías dejar las cosas como están.
Buen consejo, pero ya había llegado demasiado lejos para seguirlo. Gateó bajo la mesa con la linterna en la mano, armándose de valor para apartar las telarañas, pero no había ninguna. Si Darcy era la chica paradigma del «ojos que no ven, corazón que no siente», entonces su marido calvo, coleccionista de monedas, explorador, era el chico paradigma del «todo lustroso, todo limpio».
Además, él también ha gateado aquí debajo, así que las telarañas no han tenido ninguna oportunidad de formarse.
¿Eso era cierto? En realidad no lo sabía, ¿verdad?
Pero sospechaba que sí.
Las ranuras se hallaban a cada extremo de una sección de zócalo de unos veinte centímetros de longitud que parecía tener una espiga o algo en el centro de modo que pudiera pivotar. La caja había golpeado lo suficiente para dejarla ligeramente entornada, pero eso no explicaba el clonc. Empujó un lado del panel. Un extremo giró hacia fuera y el otro hacia dentro, revelando una cavidad secreta de unos veinte centímetros de largo, treinta de alto, y quizá unos cuarenta o cincuenta centímetros de profundidad. Pensó que a lo mejor descubría más revistas, posiblemente enrolladas, pero no ocultaba ninguna revista. Contenía una cajita de madera, una que estaba bastante segura de reconocer. Era la caja que había producido el sonido hueco. Había estado situada de pie sobre un lado, y el zócalo pivotante la había derribado.
Metió la mano y —con un sentimiento de desasosiego tan fuerte que casi poseía textura— la extrajo. Era la cajita de roble que le había regalado por Navidad cinco años antes, quizá más. ¿O había sido por su cumpleaños? No se acordaba, solo que la compró en una tienda de artesanía en Castle Rock, y que fue una ganga. Tallada a mano en la tapa, en bajo relieve, había una cadena. Debajo de la cadena, también en bajo relieve, estaba indicado el propósito de la caja: GCM&LGS. Bob poseía un revoltijo de gemelos, y aunque para la oficina era partidario de las camisas con botones fijos en los puños, algunas de sus joyas eran bastante bonitas. Recordaba haber pensado que la caja le ayudaría a mantenerlos organizados. Darcy sabía que la había visto encima de la cómoda en su lado del dormitorio durante una temporada después de que desenvolviera el regalo y lanzara las exclamaciones de alegría, pero no recordaba haberla visto últimamente. Claro que no. Estaba aquí fuera, en la cavidad oculta bajo su mesa de trabajo, y habría apostado la casa y el lote (otro de los dichos de su marido) a que si la abriera, no serían gemelos lo que encontraría dentro.
Pues no mires.
Otro buen consejo, pero ya había llegado demasiado lejos para seguirlo. Sintiéndose como una mujer que ha entrado casualmente en un casino y se ha jugado los ahorros de toda su vida a una sola carta, abrió la caja.
Que esté vacía. Por favor Dios, si me amas, que esté vacía.
Pero no lo estaba.
Encerraba tres rectángulos de plástico, atados con una goma elástica. Sacó el fajo, usando únicamente las puntas de sus dedos, como una mujer que sujetara un trapo viejo con miedo a que pudiera estar lleno de gérmenes además de sucio. Darcy retiró la goma.
No eran tarjetas de crédito, como había imaginado en un principio. El primer rectángulo era una tarjeta de donante de la Cruz Roja que pertenecía a una tal Marjorie Duvall. Su grupo era A positivo, su región Nueva Inglaterra. Darcy le dio la vuelta a la tarjeta y vio que Marjorie —quienquiera que fuese— había dado sangre por última vez el dieciséis de agosto de 2010. Hacía tres meses.
¿Quién demonios era Marjorie Duvall? ¿Cómo la conocía Bob? ¿Y por qué el nombre hacía sonar una tenue pero nítida campana?
El siguiente, un carnet de la biblioteca de North Conway, también pertenecía a Marjorie Duvall, y tenía una dirección: Honey Lañe número 17, South Gansett, New Hampshire.
El último trozo de plástico era el permiso de conducir de Marjorie Duvall. Parecía una norteamericana perfectamente normal y corriente, de treinta y pocos, no muy atractiva (aunque nadie ofrecía su mejor versión en las fotos del permiso de conducir), pero presentable. Llevaba el cabello rubio oscuro recogido, en un moño o en una coleta; por la foto era imposible distinguirlo. Fecha de nacimiento, 6 de enero de 1974. La dirección coincidía con la del carnet de la biblioteca.
Darcy se percató de que estaba emitiendo un desolado maullido. Era horrible oír un sonido como ese brotando de su propia garganta, pero no podía evitarlo. Y su estómago había sido reemplazado por una bola de plomo. Tiraba de sus entrañas hacia abajo, estirándolas en nuevas y desagradables formas. Había visto la cara de Marjorie Duvall en el periódico. También en las noticias de las seis.
Con manos que no poseían absolutamente ninguna sensibilidad, volvió a poner la gomilla alrededor de los carnet, los introdujo en la caja, y luego colocó esta en su escondite secreto. Se disponía a cerrarlo cuando se oyó a sí misma decir:
—No, no, no, no está bien. Imposible.
¿Era la voz de la Darcy Inteligente o de la Darcy Estúpida? Resultaba difícil asegurarlo. Lo único que sabía con certeza era que había sido la Darcy Estúpida quien abrió la caja. Y gracias a la Darcy Estúpida, ahora se hallaba en caída libre.
Sacando otra vez la caja. Pensando: Es un error, tiene que serlo, llevamos casados más de la mitad de nuestras vidas, yo lo sabría, yo lo sabría. Abriendo la caja. Pensando: ¿Alguien conoce a alguien realmente?
Antes de esa noche ciertamente así lo había creído.
El permiso de conducir de Marjorie Duvall era ahora el primero del montón. Antes había sido el último. Darcy lo movió al fondo. Sin embargo, ¿cuál había estado encima, la tarjeta de la Cruz Roja o el carnet de la biblioteca? Era sencillo, tenía que ser sencillo cuando solo existían dos opciones, pero se encontraba demasiado alterada para recordarlo. Puso el carnet de la biblioteca encima y de inmediato supo que estaba mal, porque lo primero que había visto al abrir la caja fue un destello de rojo, rojo sangre, por supuesto, una tarjeta de donante tendría que ser roja, así que esa era la que había estado encima.
Las ordenó así, y estaba poniendo la goma alrededor de la pequeña colección de plástico cuando el teléfono de casa empezó a sonar de nuevo. Era él. Era Bob, llamando desde Vermont, y de haberse hallado en la cocina para contestar la llamada, habría oído su alegre voz (una voz que conocía tan bien como la suya propia) preguntando: «Eh, cariño, ¿cómo estás?».
Los dedos se agitaron nerviosamente y la banda elástica se partió. Salió volando, y Darcy lanzó un grito, ignoraba si de frustración o de miedo. Pero en verdad, ¿por qué debería tener miedo? Veintisiete años de matrimonio y nunca le había puesto la mano encima, excepto para acariciarla. Y solo en contadas ocasiones le había levantado la voz.
El teléfono sonó otra vez..., otra vez..., y luego se cortó en mitad de un timbrazo. Ahora vendría un mensaje. «¡Otra vez que no te pillo! ¡Mierda! Llámame o empezaré a preocuparme, ¿vale? El número es...»
También añadiría el número de su habitación. Nunca dejaba nada al azar, nunca daba nada por sentado.
Lo que estaba pensando no podía ser cierto. Rotundamente no. Era como uno de aquellos delirios monstruosos que a veces se erguían desde el fango de la mente humana, centelleando con horrible verosimilitud: que la indigestión ácida era el preludio de un ataque al corazón, el dolor de cabeza un tumor cerebral, y que el hecho de que Petra no llamara el domingo por la noche significaba que había sufrido un accidente de tráfico y yacía en coma en algún hospital. Pero esos delirios por lo general venían a las cuatro de la madrugada, cuando el insomnio tomaba el mando. No a las ocho de la tarde... Y ¿dónde estaba la maldita goma?
La encontró por fin, detrás de la caja de los catálogos que no deseaba volver a mirar nunca más. Se la metió en el bolsillo, hizo ademán de ponerse en pie sin recordar dónde estaba, y se golpeó la cabeza contra el tablero de la mesa. Darcy se echó a llorar.
No había ninguna otra goma en los cajones, y eso provocó que llorara con más rabia. Regresó a la casa por el pasillo exterior, con esos carnets inexplicables, horrible, en el bolsillo de su bata, y logró encontrar una de repuesto en el cajón de la cocina donde guardaba toda clase de porquería semiútil: clips, alambres de bolsas de pan, imanes de nevera que habían perdido la mayor parte de su fuerza. Uno de estos decía DARCY MOLA, un regalito de Navidad que Bob le había dejado en el calcetín de la chimenea.
En la encimera, la luz del teléfono parpadeaba ininterrumpidamente, informando: «mensaje, mensaje, mensaje».
Regresó a toda prisa al garaje sin sujetarse las solapas de la bata. Ya no sentía el frío exterior, porque el interior lo superaba. Y además tenía aquella bola de plomo que. desplegaba sus entrañas. Alargándolas. Era vagamente consciente de que necesitaba evacuar sus intestinos, y urgentemente.
Da igual. Aguanta. Finge que estás en la autopista y que todavía faltan treinta kilómetros para la próxima área de servicio. Acaba esto. Deja todo como estaba. Después ya podrás...
Después podrá ¿qué? ¿Olvidarlo?
Ni por asomo.
Ató los carnet con la goma, reparó en que el permiso de conducir había retornado de algún modo al primer lugar, y se llamó a sí misma «zorra estúpida», un peyorativo que le habría valido un bofetón en la cara a Bob, de haberse atrevido alguna vez a aplicárselo. Cosa que nunca había hecho.
—Una zorra estúpida pero no una zorrita esclava —refunfuñó, y un calambre le apuñaló el vientre. Cayó de rodillas y permaneció inmóvil así, esperando a que remitiera. Si el garaje tuviera cuarto de baño, habría salido disparada hacia él, pero no tenía. Cuando el calambre la liberó —a regañadientes—, reorganizó las tarjetas en el orden que consideraba correcto (donante de sangre, biblioteca, permiso de conducir), y luego las volvió a depositar en la caja de GCM&LGS. La caja devuelta al agujero. La sección de zócalo girada y firmemente cerrada. La caja de los catálogos en el sitio donde la había hecho tropezar: sobresaliendo ligeramente bajo la mesa. Bob nunca apreciaría la diferencia.
Pero ¿estaba segura de eso? Si su marido era lo que ella pensaba —monstruoso que una idea semejante ocupara su mente, cuando apenas media hora antes únicamente quería unas pilas nuevas para el puñetero mando a distancia—, si lo fuera, entonces había sido cuidadoso durante mucho tiempo. Y efectivamente era cuidadoso, era ordenado, era el chico «todo lustroso, todo limpio», pero si además era lo que esas puñeteras (no, malditas) tarjetas de plástico parecían insinuar, entonces debía ser sobre- naturalmente cuidadoso. Sobrenaturalmente observador. Astuto.
Era una palabra en la que nunca había pensado en conexión con Bob hasta esa noche.
—No —le dijo al garaje. Estaba sudando, el cabello se le adhería a la cara en feas espigas, sufría retortijones y las manos le temblaban como si padeciera Parkinson, pero su voz continuaba extrañamente tranquila, extrañamente serena—. No, no puede ser. Es un error. Mi marido no es Beadie.
Volvió a entrar en la casa.
5
Decidió prepararse un té. Un té sería relajante. Estaba llenando la tetera cuando el teléfono comenzó a sonar otra vez. Dejó caer la tetera en el fregadero —el ruido le hizo proferir un gritito—, y luego se acercó al teléfono, limpiándose las manos mojadas en la bata.
Calma, calma, se dijo. Si él puede guardar un secreto, yo también. Recuerda que hay una explicación racional para todo esto...
Ah, ¿de veras?
... Solo que no sé cuál es. Necesito tiempo para pensar en ello, eso es todo. Así que: calma.
Descolgó el auricular y dijo alegremente:
—Si eres tú, guapo, vente ahora mismo. Mi marido está fuera de la ciudad.
Bob se rió.
—Eh, cariño, ¿cómo estás?
—Alerta y olfateando el aire. ¿Y tú?
Se produjo un largo silencio. Se antojó largo, en cualquier caso, aunque no debieron de ser más que unos pocos segundos. Durante esa pausa oyó el quejido del refrigerador, espeluznante por algún motivo, y el goteo del agua del grifo sobre la tetera que había dejado caer en el fregadero, y los latidos de su propio corazón; este último sonido daba la impresión de proceder de su garganta y sus oídos más que de su pecho. Llevaban tanto tiempo casados que sintonizaban el uno con el otro de una manera casi exquisita. ¿Sucedía así en todos los matrimonios? Lo ignoraba. Solo conocía el suyo propio. Salvo que ahora empezaba a cuestionarse si alguna vez lo había llegado a conocer.
—Pareces rara —comentó—. Tienes la voz como pastosa. ¿Va todo bien, cielo?
Debería haberse sentido conmovida. En cambio estaba aterrorizada. Marjorie Duvall: el nombre no pendía simplemente ante sus ojos; parecía parpadear, ahora encendido, ahora apagado, como el letrero de neón de un bar. Por un instante se quedó muda, y para su horror, la cocina que tan bien conocía empezó a fluctuar delante de ella cuando las lágrimas le subieron a los ojos. La pesadez de estómago había regresado, además. Marjorie Duvall. A positivo. Honey Lañe número 17. Honey de cariño, como en «Eh, cariño, ¿cómo te trata la vida, estás alerta y olfateando el aire?».
—Me estaba acordando de Brandolyn —se oyó decir.
—Oh, cielo —dijo él, y la empatía en su voz era todo Bob. La conocía bien. ¿No le había servido de apoyo una y otra vez desde 1984? ¿Incluso antes, cuando aún andaban cortejándose y comprendió que nunca habría nadie más? Seguro. Igual que Darcy había sido el apoyo de Bob. La idea de que esa empatía pudiera no ser más que una capa de glaseado sobre un pastel de veneno era demencial. El hecho de que ella estuviera mintiéndole en ese mismo instante lo era aún más. Si, claro estaba, existieran grados de demencia. O quizá demencial era como único, y no existían formas comparativas ni superlativas. ¿Y qué estaba haciendo? Por el amor de Dios, ¿en qué estaba pensando?
Su marido continuaba hablando, y ella no tenía ni idea de lo que acababa de decir.
—Repíteme otra vez eso. Había ido a por el té. —Otra mentira, era imposible que pudiera agarrar algo con las manos tan temblorosas, pero se trataba de una pequeña y verosímil. Y la voz no le temblaba. Eso creía, al menos.
—Quería saber qué había pasado.
—Llamó Donnie y preguntó por su hermana. Eso me hizo pensar en la mía y salí a dar un paseo. No paraba de sorberme la nariz, aunque en parte se debía al frío. Seguro que me lo has notado en la voz.
—Sí, desde el primer momento —dijo él—. Escucha, debería pasar de Burlington y volver a casa mañana.
Darcy casi dejó escapar un «¡No!», pero precisamente eso habría sido todo un error. Conseguiría que se echara a la carretera con la primera luz del alba, preso de la preocupación.
—Hazlo y te pego un puñetazo en el ojo —replicó ella, y se sintió aliviada al oírle reír—. Charlie Frady te contó que merecía la pena ir al rastrillo de Burlington, y sus contactos son buenos. Y también su instinto. Siempre has dicho eso.
—Sí, pero no me gusta oírte tan desanimada.
Que hubiera detectado (¡y al instante!, ¡al instante!) que algo le ocurría era malo. Que fuera necesario mentir sobre cuál era el problema, ah, eso era peor. Cerró los ojos, vio a la Mala Zorrita Brenda gritar dentro de la capucha negra, y volvió a abrirlos.
—Estaba desanimada, pero ya no —le aseguró—. Fue una fuga momentánea. Era mi hermana, y vi cuando mi padre la trajo a casa. A veces me acuerdo, eso es todo.
—Lo sé —dijo él. Con total sinceridad. La muerte de su hermana no fue la razón por la cual se había enamorado de Bob Anderson, pero la comprensión que le brindó había estrechado la conexión.
Brandolyn Madsen había muerto al ser atropellada por una moto de nieve mientras esquiaba a campo traviesa. El conductor, que estaba borracho, huyó, dejando su cuerpo en los bosques a menos de un kilómetro de la casa de los Madsen. Cuando Brandi no regresó antes de las ocho, un par de policías de Freeport y la Patrulla Vecinal formaron una partida de búsqueda. Fue el padre de Darcy quien la encontró y cargó con el cuerpo los ochocientos metros a través del bosque de pinos hasta la casa. Darcy, instalada en la sala de estar, vigilando el teléfono y procurando tranquilizar a su madre, fue la primera en verle. El hombre se adentró en el césped bajo el duro resplandor de la luna llena invernal, expulsando nubes blancas de vaho. El pensamiento inicial de Darcy (aún le resultaba terrible) había sido para esas sensibleras películas románticas en blanco y negro que a veces emitían en el canal TCM, aquellas en las que un novio en su feliz luna de miel cruzaba el umbral de una casita con su nueva esposa en brazos mientras cincuenta violines vertían sirope en la banda sonora.
Bob Anderson, había descubierto Darcy, se identificaba con ella de un modo que muchas personas no podían. No había perdido a un hermano ni a una hermana; había perdido a su mejor amigo. El muchacho había salido como una flecha a la carretera para atrapar una pelota errante durante un partido de béisbol (Bob no había sido el bateador, al menos; no jugaba al béisbol, y aquel día estuvo nadando); le atropello un caminón de reparto y murió en el hospital poco después. Esta coincidencia de viejas aflicciones no era el único motivo por el que sentía que su emparejamiento era algo especial, pero le confería cierta cualidad mística, como si fuera no una coincidencia, sino un suceso planeado.
—Quédate en Vermont, Bobby. Ve al rastrillo. Te quiero por preocuparte tanto, pero si vuelves corriendo a casa, me sentiré como una niña pequeña. Y luego me enfadaré.
—De acuerdo. Pero te llamaré mañana a las siete y media. Estás avisada.
Darcy se rió, y sintió alivio al oír que se trataba de una risa sincera..., o tan cercana como para no suponer diferencia alguna. ¿Y por qué no debería permitirse reír con sinceridad? ¿Por qué diablos no? Amaba a su esposo, y le concedería el beneficio de la duda. De cualquier duda. No es que tuviera opción. Uno no podía apagar el amor —ni siquiera el amor con frecuencia ausente que tras veintisiete años a veces se daba por descontado— de la misma forma en que cerraba un grifo. El amor nacía del corazón, y el corazón dictaba sus propios imperativos.
—Bobby, tú siempre llamas a las siete y media.
—Culpable de los cargos. Llámame esta noche si...
—... necesito algo, a cualquier hora —concluyó por él. Ahora volvía a sentirse casi como ella misma. Resultaba realmente asombroso el número de golpes duros que podía encajar la mente—. Lo haré.
—Te quiero, cariño. —La coda de tantas conversaciones en el transcurso de los años.
—Yo también te quiero —dijo ella, sonriendo. Acto seguido colgó, apoyó la frente contra la pared, cerró los ojos, y empezó a llorar antes de que la sonrisa abandonara su rostro.
6
Su ordenador, un iMac lo suficientemente antiguo para ser considerado de moda retro, estaba instalado en su cuarto de costura. Raramente lo utilizaba para otra cosa que no fuera el correo electrónico o eBay, pero en esta ocasión abrió Google y tecleó el nombre de Marjorie Duvall. Vaciló antes de sumar Beadie a la búsqueda, aunque brevemente. ¿Por qué prolongar la agonía? Aparecería de todas formas, no le cabía duda. Pulsó INTRO, y mientras observaba el cursor en espera girando y girando en la parte superior de la pantalla, los retortijones la azotaron de nuevo. Se apresuró al cuarto de baño, se sentó en el inodoro, y se ocupó de sus asuntos con el rostro entre las manos. Había un espejo colgado en la puerta, y no quería verse reflejada. ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué permitía que estuviera allí? ¿Quién querría verse a sí mismo sentado en el váter, aun en su mejor momento, que casi con certeza no sería ese?
Regresó despacio al ordenador, arrastrando los pies como una niña que se sabe a punto de ser castigada por la clase de cosas que la madre de Darcy había llamado Malotas. Vio que Google le había suministrado más de cinco millones de resultados para su búsqueda: oh, omnipotente Google, tan generoso y tan terrible. Sin embargo, el primero la hizo reír de verdad; la invitaba a seguir a Marjorie Duvall Beadie en Twitter. Darcy juzgó que ese podría ignorarlo. A menos que se equivocara (y cómo agradecería que así fuera), la Marjorie que buscaba había tuiteado su último tuit hacía tiempo.
El segundo resultado correspondía al Portland Press Herald, y cuando Darcy hizo clic en el enlace, la fotografía que la recibió (similar a una bofetada, ese recibimiento) era la misma que recordaba de ver en televisión, y probablemente también en ese mismo artículo, pues acostumbraba leer el Press Herald. El artículo había sido publicado diez días antes, y constituía la noticia principal. UNA MUJER DE NEW HAMPSHIRE PODRÍA SER LA UNDÉCIMA VÍCTIMA DE «BEADIE» gritaba el titular. Y el subtítulo: Fuente policial: «Estamos seguros al noventa por ciento».
Marjorie Duvall parecía mucho más guapa en la imagen del periódico, una fotografía de estudio en la que posaba con estilo clásico, luciendo un vestido negro con volantes. Tenía el cabello suelto, y se veía de un rubio más claro. Darcy se preguntó si esa foto la habría proporcionado el marido. Suponía que sí. La imaginaba colocada en la repisa de la chimenea en el número 17 de Honey Lañe, o quizá colgada en el pasillo. La guapa anfitriona de la casa dando la bienvenida a los invitados con su eterna sonrisa.
Los caballeros las prefieren rubias porque se cansan de reventar puntos negros.
Otro de los dichos de Bob. Nunca le había gustado mucho, y detestaba no poder quitárselo ahora de la cabeza.
Marjorie Duvall había sido hallada en un barranco a diez kilómetros de su casa en South Gansett, a no mucha distancia del límite municipal de North Conway. El sheriff del condado especuló que la muerte se había producido por estrangulación, probablemente, pero no podía asegurarlo; eso dependía del forense. Se negó a seguir especulando y a contestar preguntas, pero la fuente anónima del periodista (cuya información estaba al menos semivalidada por ser «cercana a la investigación») declaró que Duvall presentaba marcas de mordiscos y que había sufrido abusos sexuales que se ajustaban a «un patrón consistente con las otras víctimas de Beadie».
Que era una transición natural a una recapitulación completa de los asesinatos anteriores. El primero había ocurrido en 1977. Hubo dos en 1978, otro en 1980, y luego dos más en 1981. Dos de los asesinatos habían ocurrido en New Hampshire, dos en Massachusetts, el quinto y el sexto en Vermont. Después siguió un hiato de dieciséis años. La policía supuso que había sucedido una de tres cosas: Beadie se había trasladado a otra parte del país y proseguía con su afición allí, Beadie había sido arrestado por algún otro delito sin relación y estaba en prisión, o Beadie se había suicidado. Una cosa improbable, según un psiquiatra que el reportero había consultado para su artículo, era que Beadie se hubiera cansado. «Estos tipos no se aburren nunca», declaraba el psiquiatra. «Es su deporte, su compulsión. Más que eso, es su vida secreta.»
Vida secreta. Qué caramelo envenenado escondía esa frase.
La sexta víctima de Beadie había sido una mujer de Barre, desenterrada de un montículo de nieve por un quitanieves justo una semana antes de Navidad.
Menudas vacaciones debió pasar su familia, pensó Darcy.
Tampoco ella había disfrutado de unas buenas navidades aquel año. Sola y lejos del hogar (un hecho que ni siquiera una manada de caballos salvajes le hubieran arrancado cuando hablaba con su madre), con un empleo para el que no se sentía cualificada aun después de dieciocho meses y un aumento por méritos, no albergaba ningún sentimiento navideño en absoluto. Tenía conocidas (las Chicas Margarita), pero no auténticas amigas. No se le daba bien trabar amistades, siempre había sido así. «Tímida» era el término suave para definir su personalidad; «introvertida», el más exacto probablemente.
Entonces Bob Anderson había entrado en su vida con una sonrisa en el rostro; Bob, quien la había invitado a salir sin aceptar un no por respuesta. Apenas tres meses después de que el quitanieves hubiera desenterrado el cuerpo de la última víctima del «ciclo temprano» de Beadie, debió haber sido eso. Se enamoraron. Y Beadie interrumpió sus crímenes durante dieciséis años.
¿Por ella? ¿Porque la amaba? ¿Porque quería dejar de hacer cosas Malotas?
O una mera coincidencia. Podía ser eso.
Buen intento, pero los documentos que Bob guardaba a buen recaudo en el garaje hacían que la idea de la coincidencia pareciera mucho menos probable.
La séptima víctima de Beadie, la primera de lo que el periódico denominaba «el nuevo ciclo», fue una mujer de Waterville, Maine, llamada Stacey Moore. Su marido la encontró en el sótano al regresar de Boston, donde él y dos amigos habían asistido a un par de partidos de los Red Sox. Agosto de 1997, fue entonces. Tenía la cabeza metida en un depósito de maíz dulce que los Moore vendían en un puesto de carretera en la Ruta 106. La mujer estaba desnuda, con las manos atadas a la espalda, y las nalgas y los muslos presentaban mordeduras en una docena de sitios.
Dos días más tarde, el permiso de conducir y el carnet de la Cruz Azul de Stacey Moore, ligados con una goma elástica, fueron remitidos a Augusta; el paquete iba dirigido al FISCAL BOBO DEPTO. JENERAL DE INVESTIGACION CRIANIMAL. Incluía una nota, también escrita en letra de imprenta: ¡HOLA! ¡HE VUELTO! ¡BEADIE!
Se trataba de un paquete que los detectives responsables del caso Moore reconocieron de inmediato. Se habían recibido documentos similares —y notas jocosas similares— después de cada una de las muertes previas. Sabía cuándo se encontraban solas. Las torturaba, principalmente con los dientes; las violaba o las sometía a otra clase de vejaciones; las mataba; enviaba una identificación a alguna rama de la policía semanas o meses más tarde. Burlándose.
Para asegurarse de llevarse el mérito, pensó Darcy sombríamente.
Hubo otro asesinato de Beadie en 2004; el noveno y el décimo en 2007. Estos dos fueron los peores, porque una de las víctimas había sido un niño. Al hijo de diez años le habían eximido de las clases después de que se quejara de un dolor de estómago, y por lo visto había sorprendido a Beadie en plena faena. El cuerpo del niño había sido hallado junto al de su madre, en un arroyo cercano. Cuando los documentos de la mujer —dos tarjetas de crédito y un permiso de conducir— llegaron al Cuartel n.° 7 de la Policía del Estado de Massachusetts, la nota adjunta decía: ¡HOLA! ¡EL CHAVAL FUE UN ACCIDENTE! ¡LO SIENTO! ¡PERO FUE RÁPIDO, NO «SUFRIÓ»! ¡BEADIE!
Existían otros muchos artículos a los que podía haber accedido (oh, omnipotente Google), pero ¿con qué propósito? El dulce sueño de una ordinaria noche más en una ordinaria vida había sido engullido por una pesadilla. ¿Continuar leyendo acerca de Beadie disiparía la pesadilla? La respuesta a eso resultaba evidente.
El vientre se le contrajo bruscamente. Corrió al cuarto de baño —aún maloliente a pesar del ventilador, por lo general uno podía ignorar cuán maloliente asunto era la vida, pero no siempre— y cayó sobre las rodillas delante del retrete, con la vista clavada en el agua azul y la boca abierta. Por un instante creyó que la necesidad de vomitar pasaría, y entonces pensó en Stacey Moore con la cara negra por la asfixia embutida en el maíz y las nalgas cubiertas de sangre seca del color de la leche chocolatada. Se le revolvió el estómago y vomitó dos veces, con fuerza suficiente para salpicarle la cara de Ty-D-Bol y de gotas de su propio efluvio.
Llorando y jadeando, tiró de la cadena. Tendría que limpiar la porcelana, pero por el momento se limitó a bajar la tapa y apoyar la mejilla enrojecida sobre el frío plástico beige.
¿Qué voy a hacer?
La solución lógica consistía en llamar a la policía, pero ¿y si todo resultaba ser un error? Bob siempre había sido el más generoso e indulgente de los hombres —cuando ella estrelló el morro de su vieja furgoneta contra un árbol al borde del aparcamiento de la estafeta y el parabrisas se hizo añicos, únicamente le preocupaba que no se hubiera cortado la cara—, pero ¿la perdonaría si equivocadamente le acusaba de once asesinatos con tortura que no había cometido? Y el mundo lo sabría. Culpable o inocente, su foto saldría en los periódicos. En primera página. Y también la de ella.
Darcy se puso en pie con esfuerzo, sacó del armario del baño el cepillo para fregar el inodoro, y limpió su porquería. Procedía despacio. Le dolía la espalda. Suponía que para sufrir una contractura muscular debería haber vomitado con mucha fuerza.
A mitad de la tarea, un nuevo pensamiento cayó como una losa. No serían simplemente ellos dos los arrastrados a la especulación periodística y al obsceno ciclo de aclarado en los canales de noticias del cable; debía tener en cuenta a los chicos. Donnie y Ken acababan de conseguir sus primeros clientes, pero el banco y el concesionario que buscaba un enfoque fresco se esfumarían a las tres horas de estallar esta bomba de mierda. Anderson & Hayward, que hoy había tomado su primer aliento real, estaría muerta mañana. Darcy desconocía cuánto habría invertido Ken Hayward, pero Donnie lo había apostado todo. No ascendía a mucho en cuanto a dinero en efectivo, pero existían otras cosas que uno invertía cuando iniciaba su propia travesía. El corazón, la mente, el sentido de la autoestima.
Luego estaban Petra y Michael, que probablemente en ese mismo instante trazaban juntos nuevos planes de boda, sin ser conscientes de que una caja de caudales de dos toneladas pendía de una cuerda deshilachada sobre sus cabezas. Pets siempre había idolatrado a su padre. ¿Cómo le afectaría averiguar que las manos que en otro tiempo la columpiaran en el patio de atrás eran las mismas manos que habían estrangulado hasta la muerte a once mujeres? ¿Que los labios que le dieran los besos de buenas noches escondían dientes que habían mordido a once mujeres, en algunos casos hasta el hueso?
Sentada de nuevo delante de su ordenador, un terrible titular despuntó en la mente de Darcy. Iba acompañado de una fotografía de Bob con su pañuelo atado al cuello, los absurdos pantalones cortos de color caqui y unos calcetines largos. Era tan nítido que bien podría haber sido ya impreso:
ASESINO EN SERIE «BEADIE», MONITOR DE LOBATOS DURANTE 17 AÑOS
Darcy se cubrió la boca con la mano en un gesto de consternación. Sentía los ojos palpitando en sus cuencas. Se le ocurrió la posibilidad del suicidio, y por un instante (un largo instante) la idea se le antojó completamente racional, la única solución razonable. Podría dejar una nota explicando que se temía que padecía cáncer. O un inicio temprano de Alzheimer, eso sería todavía mejor. Sin embargo, el suicidio también proyectaba una profunda sombra sobre la familia; además, ¿y si se equivocaba? ¿Y si sencillamente Bob se hubiera encontrado ese manojo de documentos en una cuneta, o algo similar?
¿Sabes lo improbable que es eso?, se mofó la Darcy Inteligente.
Sí, de acuerdo, pero improbable no equivalía a imposible, ¿verdad? Aparte, omitía algo más, algo que la aprisionaba en una jaula a prueba de fugas: ¿y si tenía razón? ¿Su suicidio no liberaría a Bob para seguir matando, pues ya no tendría que mantener una doble vida? Darcy no estaba segura de si creía en una existencia consciente después de la muerte, pero ¿y si había una? ¿Y si allí se viera no frente a verdes campos edénicos y ríos de abundancia sino frente a un espectral comité de bienvenida compuesto por mujeres estranguladas, todas ellas con la impronta de la dentadura de su marido, todas ellas acusándola de causar sus muertes por haber tomado la salida fácil? Y si decidía ignorar lo que había encontrado (cosa que ni por un segundo creía que fuera posible), ¿no convertiría en cierta esa acusación? ¿De verdad pensaba que podría condenar a otras mujeres a una muerte horrible solo para que su hija pudiera casarse felizmente en junio?
Pensó: Desearía estar muerta.
Pero no lo estaba.
Por primera vez en años, Darcy Madsen Anderson se dejó caer de la silla sobre las rodillas y se puso a rezar. No sirvió de nada. Nadie había en la casa excepto ella.
7
Darcy nunca había llevado un diario, pero conservaba diez años de agendas en el fondo de su espacioso arcón de costura. Y décadas de registros de viajes atiborraban uno de los cajones del archivador que Bob tenía en su despacho de casa. Como contable fiscal (y con un negocio paralelo debidamente constituido, además), era muy meticuloso en lo concerniente al mantenimiento de sus registros, y apuntaba cada gasto deducible, cada crédito fiscal, cada centavo que pudiera justificar como depreciación de vehículos.
Apiló los archivos y las agendas junto al ordenador. Entró en Google y se obligó a efectuar la investigación que necesitaba, anotando los nombres y las fechas de las muertes (algunas forzosamente aproximadas) de las víctimas de Beadie. A continuación, cuando el reloj digital en la barra de tareas proseguía su curso inexorable y silenciosamente más allá de las diez de la noche, inició la ardua labor de cotejar datos.
Habría renunciado a una docena de años de su vida por encontrar algo que le descartara de al menos uno de los asesinatos, pero las agendas solo empeoraban las cosas. Kellie Gervais, de Keene, New Hampshire, fue hallada en los bosques tras el vertedero de basura de la localidad el quince de marzo de 2004. Según el forense, llevaba muerta de tres a cinco días. En la agenda de Darcy de ese año, garrapateado sobre las fechas del diez al doce de marzo, se leía «Visita Bob a Fitzwilliam, Brat». George Fitzwilliam era un acaudalado cliente de Benson, Bacon & Anderson. Brat era abreviatura de Brattleboro, donde residía Fitzwilliam. Un simple paseo desde Keene, New Hampshire.
Helen Shaverstone y su hijo Robert fueron hallados en el Arroyo Newrie, en la ciudad de Amesbury, el once de noviembre de 2007. Habían vivido en Borla Village, a unos diecinueve kilómetros de distancia. En la página de noviembre de su libreta de direcciones de 2007, Darcy había trazado una raya desde el día ocho hasta el diez, garabateando «Bob en Saugus, 2 rastrillos + subasta monedas Boston». ¿Y no recordaba haberle llamado al motel de Saugus una de aquellas noches y no encontrarle? ¿No había supuesto que estaría fuera con algún vendedor de monedas, rastreando una pista, o quizá en la ducha? Creía recordarlo así. En tal caso, ¿habría estado realmente en la carretera aquella noche? ¿Volviendo quizá de hacer un recado (una pequeña parada) en la ciudad de Amesbury? O, si hubiera estado en la ducha, en el nombre de Dios, ¿por qué habría necesitado lavarse?
Retornó a sus registros y tickets de viajes mientras el reloj en la barra de tareas rebasaba las once y emprendía el ascenso hacia la medianoche, la hora embrujada, cuando se decía que los cementerios bostezaban. Trabajaba con minuciosidad y a menudo se detenía para volver a verificar los datos. El material de finales de los setenta era intermitente y no de mucho provecho —en aquellos días no había sido más que el típico esclavo de oficina—, pero a partir de los ochenta todo estaba allí, y las correlaciones que estableció con los asesinatos de Beadie en 1980 y 1981 resultaban claras e innegables. Bob había realizado viajes en los momentos precisos y a las zonas precisas. Y, como insistía la Darcy Inteligente, si uno encontraba suficientes pelos de gato en la vivienda de una persona, prácticamente debía admitir que había un felino en algún rincón de la casa.
¿Y qué hago ahora?
La respuesta parecía consistir en llevarse su confusión y su terror al piso de arriba. Dudaba que fuera capaz de dormir, pero al menos podría darse una ducha caliente y tumbarse después. Estaba agotada, le dolía la espalda de haber vomitado, y apestaba a su propio sudor.
Apagó el ordenador y subió las escaleras con paso lento y dificultoso. La ducha le alivió la espalda, y el paracetamol probablemente le aliviaría aún más el dolor cuando le surtiera efecto, hacia las dos de la madrugada o así; estaba segura de que continuaría despierta para averiguarlo. Devolvió los analgésicos al botiquín, sacó el frasco de Zolpiden, lo sostuvo en la mano durante casi un minuto entero, y luego lo volvió a colocar en su sitio. Eso no la haría dormir, solo conseguiría sentirse embotada y —quizá— más paranoica de lo que ya estaba.
Se tumbó y contempló la mesilla al otro lado de la cama. El reloj de Bob. Las gafas de lectura de Bob. Un ejemplar de un libro titulado La cabaña. «Deberías leerlo, Darce, te cambia la vida», le había dicho dos o tres noches antes de este último viaje.
Apagó su lámpara, vio a Stacey Moore enterrada en el maíz, y la encendió de nuevo. Cualquier otra noche la oscuridad habría sido su amiga —el dulce presagio del sueño—, pero no hoy. Esta noche el harén de Bob poblaba la oscuridad.
Eso no lo sabes. Recuerda que no sabes absolutamente nada.
Pero si encuentras suficientes pelos de gato...
Ya basta de pelos de gato.
Permaneció tumbada, aún más desvelada de lo que había temido; su mente giraba y giraba, ahora pensando en las víctimas, ahora en los hijos, ahora en ella misma, pensando incluso en una olvidada historia de la Biblia, la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní. Tras lo que se le antojó una hora dando vueltas alrededor de ese espantoso círculo de preocupación, echó una ojeada al reloj de Bob y advirtió que solo habían transcurrido doce minutos. Se irguió sobre un codo y orientó la esfera del reloj fuera de su vista.
No volverá a casa hasta mañana a las seis de la tarde, pensó..., aunque, como ya pasaba un cuarto de hora de la medianoche, supuso que técnicamente volvería a casa ese mismo día. En cualquier caso, eso le proporcionaba dieciocho horas. Tiempo suficiente para tomar cualquier tipo de decisión. Ayudaría si pudiera dormir, siquiera un poco —el sueño poseía su propia forma de reinicializar la mente—, pero eso quedaba fuera de toda consideración. Se adormecía un poco, luego pensaba Marjorie Duvall o Stacey Moore o (esto era lo peor) Robert Shaverstone, diez años. ¡NO «SUFRIÓ»! Y entonces cualquier posibilidad de dormir se desvanecía. Se le pasó por la cabeza la idea de que nunca podría volver a dormir. Eso era imposible, por supuesto, pero allí tendida, aún con el regusto a vómito a pesar del enjuague bucal, le pareció totalmente factible.
En algún punto se encontró recordando una época de su temprana infancia en la que recorría toda la casa mirándose en los espejos. Se plantaba delante de ellos con las manos ahuecadas a ambos lados de la cara y la nariz pegada al cristal, y contenía el aliento para que no se empañara la superficie.
Cuando la pillaba su madre, la apartaba de un manotazo.
Eso deja marca, y tendré que limpiarla yo. Además, ¿qué es lo que te interesa tanto de ti? Nunca serás colgada por tu belleza. ¿Y por qué te arrimas tanto? Así no podrás ver nada que valga la pena mirar.
¿Qué edad tenía? ¿Cuatro años? ¿Cinco? En cualquier caso, demasiado joven para explicar que no era su reflejo lo que le interesaba; o no principalmente. Estaba convencida de que los espejos eran portales a otro mundo y que cuanto veía reflejado en el cristal no era del salón o el baño de su casa, sino del salón o el baño de alguna otra familia. Los Matson en lugar de los Madsen, quizá. Porque al otro lado todo era similar, pero no idéntico, y si mirabas el tiempo suficiente, empezabas a captar algunas diferencias: una alfombra que allí parecía ovalada en lugar de ser redonda como a este lado, una puerta que parecía tener un pestillo en lugar de un cerrojo, un interruptor de luz situado en el lado equivocado de la puerta. La niña tampoco era la misma. Darcy estaba segura de que guardaban parentesco —¿hermanas del espejo?—, pero no, no eran la misma. Quizá aquella niña se llamaba Jane o Sandre, no Darcellen Madsen; incluso tal vez Eleanor Rigby, quien por alguna razón (alguna razón que la asustaba) recogía el arroz en las iglesias donde se había celebrado una boda.
Yaciendo en el círculo de luz de su lámpara, dormitando sin ser consciente de ello, Darcy supuso que si hubiera sido capaz de contarle a su madre lo que estaba buscando, si le hubiera hablado sobre la Chica Oscura que no era exactamente ella, la habrían mandado a un psiquiatra infantil. Sin embargo, lo que suscitaba su interés no era la niña, nunca había sido la niña. Lo que le interesaba era la idea de la existencia de un trasmundo entero tras los espejos, y si uno pudiera atravesar aquella otra casa (la Casa Oscura) y salir por la puerta, encontraría todo un mundo nuevo esperando.
Por supuesto, esta ilusión pasó y, con la ayuda de una nueva muñeca (le puso de nombre Doña Butterworth por el sirope para tortitas que tanto le encantaba) y una nueva casa de muñecas, había progresado a fantasías más propias de una niña: cocinar, limpiar, ir de compras, Regañar Al Bebé, Cambiarse Para La Cena. Ahora, después de tantos años, por fin había hallado el camino a través del espejo. Solo que no la esperaba ninguna chiquilla en la Casa Oscura; la habitaba en cambio un Marido Oscuro, uno que llevaba residiendo detrás del espejo todo el tiempo, y cometiendo actos terribles allí.
«Algo bueno a un precio razonable», le gustaba decir a Bob; el credo de un contable si alguna vez hubo uno.
«Alerta y olfateando el aire», una respuesta a «¿Cómo estás?» que cada niño de cada grupo de Lobatos que hubiera guiado a través de la Senda del Hombre Muerto conocía bien. Una respuesta que muchos de esos chicos sin duda repetirían cuando fueran adultos.
Los caballeros las prefieren rubias, no te olvides de ese. Porque se cansan de reventar...
Pero entonces el sueño venció a Darcy, y aunque esa dulce enfermera no pudo transportarla lejos, las arrugas de su frente y las comisuras de sus ojos enrojecidos e hinchados se suavizaron un poco. Se hallaba bastante cerca de la consciencia para agitarse cuando su marido aparcó en el camino de entrada, pero no lo suficiente para volver en sí. Quizá lo habría conseguido si la luz de los faros del Suburban se hubieran esparcido por el techo, pero Bob los había apagado al enfilar hacia la casa para no despertarla.
8
Un gato le acariciaba la mejilla con una zarpa aterciopelada. Muy suavemente, pero con insistencia.
Darcy intentó quitárselo de encima, pero parecía que la mano pesara mil kilos. Y se trataba de un sueño, al fin y al cabo. Seguro. No tenían ningún gato. Aunque si hay suficientes pelos de gato en una casa, debe de haber uno en alguna parte, le dijo con razón su mente, que luchaba por despertar.
Ahora la pata le acariciaba el flequillo y la frente, y no podía ser un gato porque los gatos no hablaban.
—Despierta, Darce. Despierta, cariño. Tenemos que hablar.
La voz, tan suave y balsámica como la caricia. La voz de Bob.
Y no una zarpa de gato sino una mano. La mano de Bob. Solo que no podía ser él, porque había ido a Montp...
Abrió los ojos de golpe y allí estaba él, de acuerdo, sentado en la cama a su lado, acariciándole el rostro y el pelo como a veces hacía cuando se sentía un poco pachucha. Llevaba puesto un traje de tres piezas de Jos. A. Bank (compraba todos sus trajes allí, aunque la llamaba, en otra de sus semigraciosas expresiones, «Joss-Bank»), pero tenía el chaleco desabotonado y el cuello de la camisa abierto. Vio el extremo de la corbata asomando del bolsillo de la chaqueta como una lengua roja. El vientre le sobresalía por encima del cinturón, y su primer pensamiento coherente fue: Bobby, de verdad que tienes que hacer algo con tu peso, no es bueno para el corazón.
—¿Qué...? —Brotó casi como el incomprensible graznido de un cuervo.
Su marido sonrió y continuó acariciándole el pelo, la mejilla, la nuca. Se aclaró la garganta y probó otra vez.
—¿Qué haces aquí, Bobby? Deben ser... —Levantó la cabeza para mirar el despertador, lo cual no le sirvió de nada, por supuesto. Lo había girado de cara a la pared.
Bajó la vista a su reloj. Había estado sonriendo mientras la acariciaba para despertarla, y seguía sonriendo ahora.
—Las tres menos cuarto. Después de hablar contigo estuve sentado en mi estúpida habitación de motel casi dos horas, intentaba convencerme de que lo que estaba pensando no podía ser verdad. Solo que no he llegado a donde estoy eludiendo la verdad. Así que brinqué al Burban y me eché a la carretera. No había absolutamente nada de tráfico. No sé por qué no hago más viajes de madrugada. A lo mejor empezaré a hacerlo. Si no me encierran en Shawshank, claro. O en la Prisión Estatal de New Hampshire en Concord. Pero eso en cierta forma depende de ti. ¿No?
Su mano acariciándole el rostro. La sensación resultaba familiar, incluso su aroma resultaba familiar, y siempre le había encantado. Pero ya no, y no se debía únicamente a los espantosos descubrimientos de esa noche. ¿Cómo nunca había notado cuán posesivo, de un modo autocomplaciente, era su tacto? Eres una perra vieja, pero eres mi perra, parecía decir esa caricia. Solo que esta vez te has meado en el suelo, y eso es una cosa mala. De hecho, es una cosa Malota.
Le apartó la mano y se incorporó.
—Por el amor de Dios, ¿de qué estás hablando? Llegas a hurtadillas, me despiertas...
—Sí, dormías con la luz encendida; me fijé en cuanto doblé hacia la casa. —No existía culpabilidad alguna en su sonrisa. Nada siniestro, tampoco. Era la misma sonrisa dulce de Bob Anderson que ella había amado casi desde el primer momento. Por un instante su memoria evocó un destello de su noche de bodas, la ternura que había mostrado no apremiándola. Concediéndole tiempo para acostumbrarse a la novedad.
Lo mismo que va a hacer ahora, pensó.
—Nunca duermes con la luz encendida, Darce. Y aunque te has puesto el camisón, llevas el sujetador debajo, y eso tampoco lo haces nunca. Se te olvidó quitártelo, ¿no? Pobrecita. Pobre niñita cansada.
Le acarició brevemente los pechos; luego, gracias a Dios, alejó la mano.
—Además, has girado el despertador para no tener que ver la hora. Estabas alterada, y yo soy la causa. Lo siento, Darce. Desde lo más profundo de mi corazón.
—Comí algo que me sentó mal. —Fue lo único que se le ocurrió.
Bob sonrió pacientemente.
—Encontraste mi escondite especial en el garaje.
—No sé de qué estás hablando.
—Oh, hiciste un buen trabajo al volver a situar las cosas donde las encontraste, pero soy muy cuidadoso con estos temas, y la cinta adhesiva que coloqué sobre el pivote en el zócalo estaba rota. No te diste cuenta, ¿verdad? Normal. Es de esas que cuando se pegan son casi invisibles. Además, la caja estaba a tres o cuatro centímetros a la izquierda de donde la pongo; de donde siempre la pongo.
Hizo ademán de acariciarle de nuevo la mejilla, pero retiró la mano (aparentemente sin rencor) cuando ella volvió el rostro.
—Bobby, veo que algo te trae de cabeza, pero sinceramente, no sé lo que es. A lo mejor has estado trabajando mucho.
Su marido torció la boca hacia abajo en una mueca de tristeza, y se le humedecieron los ojos de lágrimas. Increíble. Darcy tuvo que reprimirse verdaderamente para no sentir lástima por él. Daba la impresión de que las emociones no constituían sino un hábito humano más, tan condicionado como cualquier otro.
—Supongo que siempre supe que este día llegaría.
—No tengo ni la más remota idea de lo que estás hablando.
Bob lanzó un suspiro.
—He tenido mucho tiempo para reflexionar sobre esto, cariño. Y cuanto más lo meditaba, cuanto más concienzudamente meditaba, más me convencía de que solo existía una pregunta que necesitara respuesta: QHD.
—Yo no...
—Silencio —ordenó, y le posó un suave dedo sobre los labios. Percibió olor a jabón. Debía de haberse duchado antes de abandonar el motel, algo muy del estilo de Bob—. Te lo contaré. Lo confesaré todo. Creo que, en el fondo, siempre he querido que lo supieras.
¿Que siempre había querido que ella lo supiera? Cielo Santo.
Quizá aún le aguardaran cosas peores, pero esta era con mucho la más horrible hasta el momento.
—No quiero saberlo. Sea lo que sea lo que se te ha metido en la cabeza, no quiero saberlo.
—Noto algo distinto en tus ojos, cariño, y he llegado a ser muy bueno leyendo los ojos de las mujeres. Me he convertido casi en un experto. QHD significa Qué Haría Darcy. En este caso, Qué Haría Darcy si encontrara mi escondite especial, y lo que hay dentro de mi caja especial. Siempre me ha encantado esa caja, por cierto, porque me la regalaste tú.
Se inclinó hacia delante y le plantó un rápido beso entre las cejas. Tenía los labios húmedos, y por primera vez en su vida le repugnó sentir su contacto sobre la piel. Se le ocurrió que podría estar muerta antes de que saliera el sol. Porque las mujeres muertas no contaban historias.
Aunque, pensó, procuraría asegurarse de que no «sufriera».
—Primero, me pregunté si el nombre de Marjorie Duvall significaría algo para ti. Me habría gustado contestar a esa pregunta con un gran no, pero a veces uno tiene que ser realista. No eres la adicta a las noticias número uno del mundo, pero he vivido contigo lo suficiente para saber que sigues los sucesos importantes en la tele y en los periódicos. Pensé que te sonaría el nombre, y aunque no fuera así, pensé que reconocerías la foto del carnet de conducir. Además, me dije, ¿no sentiría curiosidad por saber por qué guardaba esos documentos? Las mujeres siempre son unas curiosas. Fíjate en Pandora.
O en la esposa de Barba Azul, pensó ella. La mujer que echó una ojeada al cuarto cerrado con llave y encontró las cabezas cortadas de todas sus predecesoras en el matrimonio.
—Bob, te juro que no tengo ni idea de lo que...
—Por tanto, lo primero que hice al llegar fue arrancar tu ordenador, abrir Firefox, ese es el navegador que utilizas siempre, y comprobar el historial.
—¿El qué?
Se rió entre dientes como si ella se hubiera regodeado con una expresión excepcionalmente ingeniosa.
—Ni siquiera sabes lo que es. Me lo figuraba, porque cada vez que lo reviso está todo allí. ¡Nunca lo limpias! —Y volvió a reírse, como haría un hombre cuando una esposa exhibiera un rasgo de su personalidad que le resultara particularmente simpático.
Darcy empezó a sentir una débil convulsión de ira. Algo probablemente absurdo, considerando las circunstancias, pero innegable.
—¿Revisas mi ordenador? ¡Eres un fisgón! ¡Un sucio fisgón!
—Claro que lo reviso. Tengo un amigo muy malo que hace cosas muy malas. Un hombre en una situación así ha de mantenerse al corriente de las actividades de los más próximos a él. Y desde que los niños se fueron de casa, esos son tú y solo tú.
¿Amigo malo? ¿Un amigo malo que hace cosas malas? Su cabeza flotaba, pero una cosa parecía demasiado clara: no serviría de nada seguir negándolo. Darcy lo sabía, y Bob sabía que ella lo sabía.
—No solo has estado indagando sobre Marjorie Duvall. —No percibió ninguna vergüenza en su voz, ni que se hubiera puesto a la defensiva, solo un horrible pesar por haber llegado a esto—. Has indagado sobre todas las demás. —Entonces se echó a reír y exclamó—: ¡Ups!
Darcy se sentó contra el cabecero de la cama, lo cual la alejaba ligeramente de él. Eso estaba bien. La distancia era buena. Tras todos esos años acostada a su lado, cadera con cadera y muslo con muslo, y ahora la distancia era buena.
—¿Qué amigo malo? ¿De qué estás hablando?
Ladeó la cabeza, la expresión corporal de Bob que significaba «Te noto un poco espesa, pero de un modo gracioso».
—Brian.
Al principio no supo a quién se refería, y creyó que debía tratarse de alguien del trabajo. ¿Posiblemente un cómplice? A primera vista no parecía probable, habría asegurado que Bob era un desastre para hacer amigos, tanto como ella misma, pero los hombres que cometían actos de ese tipo a veces tenían cómplices. Los lobos cazaban en manada, después de todo.
—Brian Delahanty —dijo—. No me digas que te has olvidado de Brian. Te hablé sobre él después de que me contaras lo que le pasó a Brandolyn.
Se quedó boquiabierta.
—¿Tu amigo del instituto? ¡Bob, está muerto! Le atropello un camión mientras jugaba al béisbol y está muerto.
—Bueno... —La sonrisa de Bob derivó en una mueca contrita—. Sí... y no. Contigo casi siempre me refería a él como Brian, pero no es así como le llamaba en el instituto, porque odiaba ese nombre. Le llamaba por sus iniciales. Le llamaba BD.
Empezó a preguntarle qué tenía que ver eso con el precio del té en China, pero entonces lo entendió. Por supuesto que sí. BD.
Beadie.
9
Habló durante mucho tiempo, y cuanto más hablaba, más horrorizada se sentía. Todos esos años viviendo con un maníaco, pero ¿cómo podía saberlo? Su locura se asemejaba a un mar subterráneo. Un estrato rocoso se asentaba sobre el agua, y un estrato de tierra sobre la roca; en este crecían las flores. Uno podía pasear entre ellas y nunca saber que el agua insana estaba ahí..., pero existía. Siempre había existido. Culpó de todo a BD (que se convirtió en Beadie unos años más tarde, en las notas que enviaba a la policía), pero Darcy sospechaba que Bob sabía más; la inculpación de Brian Delahanty hacía más fácil mantener sus dos vidas separadas.
Fue idea de BD llevar armas al instituto y arrasar con todo, por ejemplo. Según Bob, la inspiración le había sobrevenido en el verano entre su primer y segundo año en la Escuela Secundaria de Castle Rock.
—1971 —dijo, meneando la cabeza con gesto amable, como podría hacer un hombre que rememorara un inofensivo pecadillo de la infancia—. Mucho antes de que esos palurdos de Columbine fueran siquiera un proyecto en la mente de sus padres.
Había unas cuantas chicas que nos miraban con aire de superioridad. Diane Ramadge, Laurie Swenson, Gloria Haggerty... y un par de muchachas más, pero he olvidado sus nombres. El plan consistía en conseguir un puñado de armas... El padre de Brian tenía alrededor de veinte rifles y pistolas en el sótano, incluyendo un par de Lugers alemanas de la Segunda Guerra Mundial que nos fascinaban; y pensábamos llevárnoslas al instituto. Entonces no había registros ni detectores de metal, ya sabes.
»Teníamos previsto atrincherarnos en el ala de ciencias. Pondríamos cadenas en las puertas, mataríamos a varias personas, sobre todo profesores, pero también a la gente que no nos caía bien, y luego haríamos que el resto de los chavales huyeran en estampida por la salida de emergencia al final del pasillo. Bueno..., la mayoría de los chavales. Íbamos a tomar como rehenes a aquellas altaneras muchachas. Planeábamos, BD planeaba, ejecutar todo esto antes de que llegara la policía, ¿de acuerdo? Dibujó mapas, y escribió en su cuaderno de geometría una lista con todos los pasos que deberíamos dar. Creo que había quizá veinte pasos en total, empezando con «Activar las alarmas de incendio para crear confusión». —Soltó una risita—. Y cuando tuviéramos el lugar bien asegurado...
Le dirigió una sonrisa ligeramente avergonzada, pero Darcy intuía que se avergonzaba principalmente de lo estúpido que había sido el plan, para empezar.
—Bueno, puedes imaginártelo. Un par de adolescentes, con las hormonas tan revolucionadas que nos poníamos cachondos cuando soplaba el viento. íbamos a decirles a aquellas chicas que si, ya sabes, nos echaban un buen polvo, las dejaríamos marchar. Si no, tendríamos que matarlas. Y elegirían follar, vaya si no.
Asentía lentamente con la cabeza.
—Follarían para vivir. BD acertaba en eso.
Estaba ensimismado en el relato. Tenía los ojos empañados con una bruma de (grotesca pero auténtica) nostalgia. ¿De qué? ¿Los locos sueños de juventud? Temía que pudiera ser realmente eso.
—Tampoco planeábamos suicidarnos como esos heavys tarados de Colorado. De ninguna manera. Había un sótano bajo el ala de ciencias, y Brian decía que existía un túnel. Decía que iba desde el cuarto de suministros hasta la vieja estación de bomberos al otro lado de la Ruta 119. Decía que cuando el instituto no era más que una escuela de primaria, en los años cincuenta, había un parque, y los críos solían jugar allí en el recreo. El túnel era para que no tuvieran que cruzar la carretera.
Bob se echó a reír, sobresaltándola.
—Me fié de su palabra, pero resultó ser un fantasma. El siguiente otoño bajé al sótano para inspeccionarlo por mí mismo. El cuarto de suministros estaba allí, lleno de papeles y apestando a la tinta de los mimeógrafos que se utilizaban antes, pero si existía un túnel, nunca lo encontré, y eso que en aquel entonces yo ya era muy meticuloso. No sé si nos mentía a los dos o se mentía a sí mismo, lo único que sé es que no existía ningún túnel. Habríamos quedado atrapados arriba, y quién sabe, puede que al final nos hubiéramos pegado un tiro. Es imposible decir lo que va a hacer un chaval de catorce años, ¿verdad? Son como bombas sin detonar dando bandazos de un lado a otro.
Pero tú ya no eres una bomba sin detonar, pensó ella. ¿Verdad, Bob?
—Es probable que nos hubiéramos acobardado, de todas formas. Pero quizá no. Quizá habríamos intentado seguir adelante. Me ponía caliente escuchar a Bob diciendo que primero las íbamos a sobar, y que luego las obligaríamos a quitarse la ropa unas a las otras... —La miró con seriedad—. Sí, sé cómo suena, fantasías para hacerse pajas, pero aquellas tías eran unas estiradas. Si intentabas hablar con ellas se reían y se iban. Luego se paraban en la esquina de la cafetería, todo el grupo, nos miraban por encima del hombro y se reían un poco más. Así que no puedes culparnos, ¿verdad?
Se miró los dedos, que tamborileaban sin sosiego sobre los muslos donde los pantalones del traje se estiraban tensos; luego volvió a levantar la vista hacia Darcy.
—Lo que tienes que entender, lo que de verdad tienes que ver, es lo persuasivo que era Brian. Muchísimo peor que yo. Estaba loco de remate. Suma que se trataba de una época en la que se producían disturbios por todo el país, no lo olvides, y eso también contribuyó.
Lo dudo, pensó ella.
Lo asombroso era la manera en que su marido lo hacía parecer casi normal, como si las fantasías sexuales de todos los adolescentes incluyeran la violación y el asesinato. Probablemente él lo creía así, igual que había creído en el mítico túnel de escape de Brian Delahanty. ¿O no? ¿Cómo podía saberlo? Al fin y al cabo, estaba escuchando los recuerdos de un lunático. Seguía siendo difícil de creer —¡todavía!—, porque el loco era Bob. Su Bob.
—De todas formas —prosiguió, encogiéndose de hombros—, ese fue el verano en que Brian salió corriendo a la carretera y murió. Hubo una recepción en su casa después del funeral, y su madre me dijo que podía subir a su cuarto y llevarme algo si quería. Como recuerdo, ya sabes. ¡Y claro que quería! ¡Puedes estar segura! Me llevé su cuaderno de geometría, para que nadie tuviera oportunidad de hojearlo y encontrarse con sus planes para El Gran Tiroteo y La Gran Follada de Castle Rock. Así lo llamaba, ¿sabes?
Bob se rió con pesar.
—Si yo fuera un tipo religioso, diría que Dios me salvó de mí mismo. Y quién sabe si no existe Algo..., un Destino..., que tiene sus propios planes para todos nosotros.
—¿Y el plan que este Destino tenía para ti era torturar y asesinar mujeres? —preguntó Darcy. No pudo contenerse.
Su marido la miró con reproche.
—Eran unas estiradas —contestó, y alzó un dedo a la manera de un profesor—. Además, no fui yo. Fue Beadie quien hizo esas cosas, y digo hizo por una buena razón, Darce. Digo hizo en vez de hace porque todo eso ya ha quedado atrás.
—Bob..., tu amigo BD está muerto. Lleva muerto casi cuarenta años. Debes saberlo. Quiero decir, en el fondo lo sabes.
Alzó las manos al aire: un gesto de rendición bondadosa.
—¿Quieres llamarlo evitación de la culpa? Así lo llamaría un loquero, supongo, y no pasa nada si lo dices. Pero, Darcy, ¡escucha! —Se inclinó hacia delante y le apretó la frente a su mujer, con un dedo entre las cejas—. Escucha y métete esto en la cabeza. Fue Brian. Me infectó con..., bueno, ciertas ideas, digámoslo así. Algunas ideas, una vez en tu mente, ya no las puedes desimaginar. Uno no puede...
—¿Volver a meter la pasta de dientes en el tubo?
Dio una palmada de satisfacción, que casi la hizo gritar.
—¡Exacto! Es imposible volver a meter la pasta de dientes en el tubo. Brian estaba muerto, pero las ideas seguían vivas. Esas ideas, coger a una mujer, hacerle lo que fuese, cualquier locura que se te pasara por la cabeza, se convirtieron en su fantasma.
Los ojos de Bob se movieron hacia arriba y a la izquierda. Darcy había leído en algún sitio que eso significa que la persona que hablaba mentía de manera consciente. Pero ¿importaba que fuera así? ¿O a quién de los dos mentía? Creía que no.
—No entraré en detalles —dijo él—. No es algo que un cielito como tú deba oír, y te guste o no, aunque sé que ahora mismo no, sigues siendo mi amorcito. Pero has de saber que lo combatí. Lo combatí durante siete años, pero esas ideas, las ideas de Brian, continuaban creciendo dentro de mí. Hasta que finalmente me dije: «Probaré una vez, solo para sacármelas de la cabeza, para sacármelo a él. Si me cogen, me cogen; por lo menos dejaré de pensar en ello. De plantearme cómo sería».
—Me estás diciendo que fue una exploración masculina —dijo ella sin ánimo.
—Bueno, sí. Supongo que podrías decirlo así.
—O como probar un porro para ver a qué viene tanto alboroto.
Bob se encogió modestamente de hombros, de manera infantil.
—Más o menos.
—No se trataba de ninguna exploración, Bobby. Ni de probar un porro. Se trataba de quitarle la vida a una mujer.
No había advertido ningún indicio de culpa o vergüenza, absolutamente nada; parecía incapaz de mostrar esos sentimientos, como si el interruptor que los controlaba estuviera frito, quizá incluso desde antes de nacer. Ahora, sin embargo, le echó una malhumorada y victimista mirada. La mirada de un adolescente incomprendido.
—Darcy, eran unas estiradas.
Quería un vaso de agua, pero tenía miedo de levantarse para ir al cuarto de baño. Tenía miedo de que la detuviera, y ¿qué sucedería después de eso? ¿Entonces qué?
—Además —prosiguió—, intuía que no me atraparían. No mientras fuera cuidadoso y trazara un plan. No el plan medio cocinado de un chaval caliente de catorce años, sino uno realista. Y comprendí una cosa más. No podría hacerlo yo solo. Podría joderlo todo, si no por los nervios, sí por la culpa. Porque yo era uno de los buenos. Así es como me veía a mí mismo, y lo creas o no, aún lo hago. Y tengo pruebas, ¿no? Un buen hogar, una buena mujer, dos hermosos hijos crecidos y empezando sus propias vidas. Y lo retribuyo ayudando a la comunidad. Es por lo que acepté el cargo de tesorero de la ciudad durante dos años sin cobrar. Es por lo que trabajo con Vinnie Eschler todos los años para organizar la campaña de donación de sangre en Halloween.
Deberías haberle pedido a Marjorie Duvall que donara, pensó Darcy. Era A positiva.
Entonces, inflando ligeramente el pecho —un hombre culminando su argumento con un último dato irrefutable—, dijo:
—Es la razón de ser monitor de Lobatos. Creíste que lo dejaría cuando Donnie pasó a ser Boy Scout, lo sé. Pero no lo hice. Porque el niño no es la cuestión, nunca lo fue. Se trata de la comunidad. Es una restitución.
—Entonces restitúyele la vida a Marjorie Duvall. O a Stacey Moore. O a Robert Shaverstone.
Ese último nombre penetró; hizo una mueca de dolor, como si le hubiera golpeado.
—El chico fue un accidente. No debía estar allí.
—¿Y que tú estuvieras allí fue un accidente?
—No era yo —contestó, y luego añadió lo más absurdo y surrealista de todo—: No soy un adúltero. Fue BD. Siempre es BD. Fue culpa suya por meterme aquellas ideas en la cabeza, en primer lugar. A mí nunca se me habrían ocurrido. Firmé mis notas a la policía con su nombre para dejarlo claro. Por supuesto, modifiqué la ortografía, porque la primera vez que te hablé de Brian se me escapó el nombre de BD un par de veces. Puede que no te acuerdes, pero sí.
Estaba impactada por el extremo al que había llegado su obsesión. No era de extrañar que no le hubieran atrapado. Si ella no se hubiera tropezado con esa maldita caja de cartón...
—Ninguna de ellas tenía relación conmigo o mi negocio. Con ninguno de mis negocios. Eso habría sido muy malo. Muy peligroso. Pero viajo mucho, y mantengo los ojos abiertos. BD, el BD interior, también. Estamos atentos a las estiradas. Siempre es fácil distinguirlas. Llevan las faldas demasiado cortas y enseñan los tirantes de los sujetadores a propósito. Seducen a los hombres. Esa Stacey Moore, por ejemplo. Has leído acerca de ella, estoy seguro. Casada, pero eso no le impedía rozarme con las tetas al pasar. Trabajaba como camarera en una cafetería, Sunnyside, en Waterville. Solía ir a Monedas Mickleson's, ¿te acuerdas? Hasta me acompañaste un par de veces, cuando Pets estaba en Colby. Fue antes de que George Mickleson muriera y su hijo liquidara todas las existencias para poder irse a Nueva Zelanda o a donde fuese. ¡Esa mujer estaba siempre encima de mí, Darce! Siempre preguntándome si quería más café caliente y diciendo cosas como qué tal esos Red Sox, y se me arrimaba, me restregaba las tetas contra el hombro, hacía todo lo posible para que se me pusiera dura. Y lo conseguía, lo admito, soy un hombre con necesidades de hombre, y aunque tú nunca me rechazaste ni te negaste..., bueno, casi nunca..., soy un hombre con necesidades de hombre y siempre me he excitado fácilmente. Algunas mujeres lo presienten y les gusta recrearse con eso. Les da morbo.
Clavaba los ojos en el regazo, oscuros y reflexivos. Entonces se le ocurrió algo más y levantó la cabeza bruscamente. Su escaso cabello ondeó y se asentó de nuevo.
—¡Siempre sonriendo! ¡Se pintan los labios de rojo y siempre están sonriendo! Bueno, reconozco esas sonrisas. Como casi todos los hombres. «Ja, ja, sé que lo deseas, lo huelo, pero lo único que vas a conseguir es este roce, así que aguántate.» ¡ Yo sí era capaz! ¡Yo sí podía aguantarme! Pero no BD, él no.
Meneó la cabeza lentamente.
—Hay montones de mujeres así. Es fácil conseguir sus nombres y localizarlas en internet. Se encuentra mucha información si uno sabe cómo buscarla. Y los contables saben. Lo he hecho..., ah, docenas de veces. Quizá un centenar. Es como un hobby, supongo. Podrías decir que colecciono información igual que colecciono monedas. Por lo general no conduce a nada, pero a veces BD dice: «Esa es la que quieres llevar hasta el final. Esa que está ahí mismo. Trazaremos juntos el plan, y cuando llegue el momento, déjame tomar el mando». Y es lo que hago.
Bob apresó su mano, doblándole los dedos fríos y laxos entre los suyos.
—Piensas que estoy loco. Lo veo en tus ojos. Pero no, cariño. El loco es BD..., o Beadie, si prefieres su nombre público. Por cierto, si has leído las noticias de los periódicos, sabrás que deliberadamente introduzco muchas faltas de ortografía en mis notas a la policía. Incluso escribo mal las direcciones. Guardo una lista de errores en la cartera para seguir siempre la misma pauta. Es una pista falsa. Quiero que crean que Beadie es bobo, o por lo menos analfabeto, y se lo han tragado. Porque ellos son bobos. Solo me han interrogado una vez, hace años, y fue como testigo, unas dos semanas después de que BD matara a esa Moore. Un viejo con cojera, semirretirado. Me pidió que le diera un telefonazo si recordaba algo. Le contesté que le llamaría. Fue bastante cómico.
Rió calladamente entre dientes, como solía cuando veían Modern Family o Dos hombres y medio. Era un rasgo de Bob que, hasta esa noche, siempre la impulsaba a reír con más ganas.
—¿Quieres saber una cosa, Darce? Si me acorralaran, lo admitiría, al menos eso pienso, no creo que nadie sepa con un cien por cien de seguridad cómo reaccionará en una situación así, pero no podría darles una confesión completa. Porque no recuerdo mucho sobre los..., bueno..., los actos en sí. Beadie los comete, y yo..., no sé..., caigo en una especie de inconsciencia. Me produce amnesia. O alguna maldita cosa.
Oh, qué embustero. Te acuerdas de todo. Te lo noto en los ojos, incluso en la forma en que las comisuras de la boca se curvan hacia abajo.
—Y ahora..., todo está en manos de Darcellen. —Como para enfatizar este punto, le cogió una mano, se la llevó a los labios y la besó en el dorso—. ¿Conoces ese típico remate, el que dice «Podría contártelo, pero tendría que matarte»? Eso no se aplica aquí. Nunca sería capaz de matarte. Todo lo que hago, todo lo que he construido..., modesto como pudiera parecerle a algunas personas, supongo..., lo he hecho y lo he construido por ti. También por los niños, claro, pero sobre todo por ti. Entraste en mi vida, y ¿sabes qué sucedió?
—Que paraste —respondió ella.
Una radiante sonrisa rompió el rostro de Bob.
—¡Por más de veinte años!
Dieciséis, pensó ella, pero no lo mencionó.
—La mayoría de esos años, cuando criábamos a los niños y luchábamos por hacer despegar el negocio de monedas, aunque tú fuiste la principal responsable de eso, yo recorría Nueva Inglaterra haciendo declaraciones de impuestos y creando fundaciones...
—Fuiste tú quien lo hizo funcionar —dijo ella, y le impresionó lo que oyó en su propia voz: tranquilidad y calidez—. Eras tú quien tenía la pericia.
Parecía conmovido, casi lo suficiente para echarse a llorar de nuevo, y cuando habló, su voz sonaba ronca.
—Gracias, cariño. Significa un mundo para mí oírte decir eso. Tú me salvaste, ¿sabes? En más de un sentido.
Se aclaró la garganta.
—BD permaneció una docena de años sin decir ni pío. Creí que se había marchado. Lo creía sinceramente. Pero entonces regresó. Como un fantasma. —Pareció meditarlo, luego asintió con la cabeza muy despacio—. Eso es lo que es. Un fantasma, uno malvado. Empezó a señalar a mujeres cuando me iba de viaje. «Mira a esa, quiere asegurarse de que le ves los pezones, pero si se los tocaras llamaría a la policía y luego sus amigas y ellas se echarían a reír cuando te llevaran detenido. Mira a esa, lamiéndose los labios con la lengua, sabe que te gustaría que te la metiera en la boca y sabe que sabes que nunca lo hará. Mira a esa, enseñando las bragas al bajarse del coche, y si piensas que es un accidente es que eres idiota. No es más que otra estirada que piensa que nunca encontrará a nadie que la merezca.»
Se detuvo, sus ojos oscuros y alicaídos una vez más. En ellos se advertía al Bobby que la había eludido con éxito durante veintisiete años. El que intentaba hacerse pasar por un fantasma.
—Cuando comencé a sentir aquellos impulsos, los combatí. Hay revistas..., ciertas revistas... Las compraba antes de casarnos, y pensé que si volvía a recurrir a ellas..., o a ciertos sitios de internet..., creí que podría..., no sé..., sustituir la realidad por la fantasía, supongo que dirías... Pero una vez que has probado lo auténtico, la fantasía no vale un carajo.
Hablaba, pensó Darcy, como un hombre que se había enamorado de alguna cara exquisitez. Caviar. Trufas. Bombones belgas.
—Pero la cuestión es que me contuve. Durante todos esos años me contuve. Y podría parar de nuevo, Darcy. De una vez por todas. Si existiera una oportunidad para nosotros. Si pudieras perdonarme y pasar página. —La miró, serio y con los ojos mojados—. ¿Crees que es posible?
Se imaginó a una mujer sepultada en un montículo de nieve, sus piernas desnudas desenterradas por el despreocupado barrido de un quitanieves; la hija de alguna madre, en otro tiempo la niña de los ojos de algún padre que la viera bailar torpemente en el escenario del colegio vestida con un tutú rosa. Se imaginó a una madre y a su hijo descubiertos en un gélido arroyo, con el cabello meciéndose en una fina capa de agua negra ribeteada de hielo. Se imaginó a la mujer con la cabeza metida en el maíz.
—Tendría que pensarlo —contestó, muy cautamente.
La asió por los brazos y se inclinó hacia ella. Darcy necesitó de toda su fuerza de voluntad para no estremecerse y encontrar su mirada. Eran sus ojos... y no lo eran.
Quizá haya algo de verdad en ese asunto del fantasma, pensó.
—Esto no es una de esas películas donde el marido psicópata persigue a su aterrorizada mujer por toda la casa. Si decides acudir a la policía y entregarme, no alzaré ni un dedo para impedírtelo. Pero sé que has pensado en las consecuencias que esto tendría para los niños. No serías la mujer con la que me casé si no lo hubieras considerado. Lo que tal vez no se te haya ocurrido pensar es en las consecuencias que tendría para ti. Nadie se creerá que después de tantos años de matrimonio no supieras nada..., o que al menos lo sospecharas. Tendrías que mudarte y vivir de los ahorros, porque siempre he sido yo el sostén de la familia, y un hombre en la cárcel no puede ganarse la vida. Tal vez ni siquiera pudieras disponer de todo el dinero, a causa de las demandas civiles. Y por supuesto los niños...
—Basta, no vuelvas a mencionarlos mientras estés hablando de esto, ni se te ocurra.
Asintió humildemente con la cabeza, aún aferrando ligeramente sus antebrazos.
—He derrotado a BD una vez..., le derroté durante veinte años...
Dieciséis, pensó ella de nuevo. Dieciséis, y lo sabes.
—... y puedo volver a derrotarle. Con tu ayuda, Darce. Con tu ayuda soy capaz de cualquier cosa. Aunque él regresara dentro de otros veinte años, ¿qué más da? ¡Menudo drama! Tendría setenta y tres años. ¡Es difícil salir a la caza de estiradas cuando uno va arrastrando los pies detrás de un andador! —Rió alegremente ante esta absurda imagen, y luego adoptó de nuevo una expresión grave—. Pero... ahora escúchame atentamente: si alguna vez volviera a reincidir, aunque fuera una sola vez, me mataría. Los niños nunca lo sabrían, nunca les salpicaría este..., ya sabes, este estigma..., porque lo haría parecer un accidente... Pero tú lo sabrías. Y sabrías por qué. Entonces ¿qué dices? ¿Podemos pasar página?
Ella pareció meditarlo. Lo estaba meditando, de hecho, aunque todo proceso de razonamiento que era capaz de concentrar tendía hacia una dirección que su marido probablemente no entendería.
Lo que pensó fue: Es lo mismo que dicen los drogadictos. «Nunca volveré a meterme esa mierda. Lo he dejado antes y lo volveré a dejar de una vez por todas. Va en serio.» Pero no lo dicen en serio, aunque crean que sí. Y él tampoco.
Lo que pensó fue: ¿Qué voy a hacer? No puedo engañarle, llevamos casados demasiado tiempo.
A eso respondió una fría voz, una voz que nunca hubiera sospechado que habitara en su interior, quizá emparentada con la voz de BD que susurraba a Bob advirtiéndole de las estiradas que veía en restaurantes, o riéndose en las esquinas, o conduciendo caros coches deportivos con las capotas bajadas, o cuchicheando y sonriéndose en los balcones de los edificios.
O quizá se trataba de la voz de la Chica Oscura.
¿Por qué no?, le preguntó. Al fin y al cabo..., él te ha engañado a ti.
¿Y después qué? Lo ignoraba. Únicamente sabía que el ahora era ahora, y el ahora debía ser resuelto.
—Tendrías que prometerme que pararás —dijo, hablando muy despacio y con reticencia—. Darme tu más solemne promesa de que se acabó para siempre.
Su rostro rebosó un alivio tan inmenso —tan de algún modo infantil— que se sintió conmovida. Rara vez se parecía al muchacho que había sido. Por supuesto, también se trataba del muchacho que una vez había planeado ir armado al instituto.
—Lo haría, Darcy. Sí. Lo prometo. Ya te lo he dicho.
—Y nunca podríamos volver a hablar de esto.
—Lo entiendo.
—Tampoco vas a enviar a la policía los carnets de Marjorie Duvall.
Percibió la desilusión (también extrañamente infantil) que se abatió sobre el rostro de él nada más decirlo, pero no tenía intención de ceder. Debía sentirse castigado, aunque fuera mínimamente. De ese modo creería que la había convencido.
¿No es así? Oh, Darcellen, ¿no es así?
—Necesito algo más que promesas, Bobby. Una acción vale más que mil palabras. Cava un agujero en el bosque y entierra ahí los carnets de esa mujer.
—¿Una vez que lo haya hecho, podremos...?
Ella alargó la mano para taparle la boca. Se esforzó por adoptar un tono de voz severo.
—Cállate. Ya basta.
—Vale. Gracias, Darcy. Muchas gracias.
—No hay nada que agradecer.
A continuación, aunque la idea de tener a su marido acostado a su lado la llenaba de repulsión y consternación, se obligó a decir el resto.
—Ahora desvístete y ven a la cama. Los dos necesitamos descansar.
10
Se quedó dormido casi en el instante en que su cabeza tocó la almohada, pero mucho después de que dieran comienzo sus apocados y corteses ronquidos, Darcy aún yacía con los ojos abiertos, pensando que si se dejaba vencer por el sueño, despertaría con sus manos alrededor de la garganta. Al fin y al cabo, se encontraba en la cama con un loco. Si la sumara a su cuenta, esta ascendería a una docena.
Pero iba en serio, pensó. Ocurría en torno a la hora en que el cielo empezaba a iluminarse por el este. Dijo que me quiere, y eso iba en serio. Y cuando le aseguré que guardaría el secreto, porque a eso se reduce todo, a guardar el secreto, me creyó. ¿Por qué no? Yo misma estaba casi convencida.
¿No era posible que mantuviera su promesa? No todos los drogadictos fracasaban en su intento de desintoxicarse, después de todo. Y mientras que por sí misma nunca sería capaz de guardar el secreto, ¿no podría hacerlo por los niños?
No puedo. No. Pero ¿qué alternativa tengo?
¿Qué puñetera alternativa tengo?
Fue mientras sopesaba esta pregunta que su mente, cansada y confundida, finalmente cedió y se escabulló.
Soñó que entraba en el comedor y encontraba a una mujer atada con cadenas a la larga mesa Ethan Alien situada allí. La mujer estaba desnuda excepto por una capucha negra de cuero que le cubría la parte superior del rostro. No conozco a esa mujer, esa mujer es una extraña para mí, pensó en el sueño, y entonces, bajo la capucha, Petra dijo:
—Mamá, ¿eres tú?
Darcy intentó gritar, pero a veces, en las pesadillas, uno no puede.
11
Cuando finalmente logró despertar —con dolor de cabeza, sintiéndose miserable y resacosa— la otra mitad de la cama se hallaba vacía. Bob había vuelto a girar el reloj, y vio que marcaba las diez y cuarto. No había dormido hasta tan tarde en años, pero por supuesto había permanecido desvelada hasta la primera luz del alba, y su sueño estuvo poblado de horrores.
Utilizó el baño, descolgó su bata de la percha detrás de la puerta, y luego se cepilló los dientes; tenía un regusto asqueroso en la boca. «Como el fondo de una pajarera», decía Bob las inusitadas mañanas después de haberse tomado una copa de vino de más en la cena o una segunda botella de cerveza durante un partido de béisbol. Escupió, hizo ademán de volver a colocar el cepillo en el vaso, pero se detuvo, observando su reflejo. Esa mañana veía a una mujer que no parecía de mediana edad, sino vieja: tez pálida, profundas arrugas encorchetando la boca, bolsas moradas bajo los ojos, el alborotado cabello de loca que uno solo tenía cuando pasaba una noche agitada y dando vueltas en la cama. Sin embargo, todo esto suscitaba un interés pasajero en ella; su aspecto era lo último que ocupaba su mente. Escudriñó por encima del hombro del reflejo y a través de la puerta abierta del baño, inspeccionando su dormitorio. Excepto que no se trataba del suyo; se trataba del Dormitorio Oscuro. Vio las zapatillas de Bob, solo que no eran las suyas. Saltaba a la vista que eran demasiado grandes, casi las zapatillas de un gigante. Pertenecían al Marido Oscuro. ¿Y la cama de matrimonio con las sábanas arrugadas y las mantas sueltas? Era la Cama Oscura. Desplazó su mirada de nuevo a la mujer del pelo salvaje y los ojos aterrorizados, inyectados en sangre: la Esposa Oscura, en toda su avejentada y demacrada gloria. Su nombre era Darcy, pero su apellido no era Anderson. La Esposa Oscura era la señora de Brian Delahanty.
Darcy se inclinó hacia delante hasta que su nariz tocó el cristal. Contuvo el aliento y ahuecó las manos a ambos lados de la cara como cuando era una niña vestida con shorts manchados de hierba y calcetines blancos a medio caer. Miró hasta que ya no pudo aguantar la respiración por más tiempo, y entonces exhaló en un furioso jadeo que empañó el espejo. Lo limpió con una toalla; luego, bajó las escaleras para enfrentarse a su primer día como esposa del monstruo.
Había dejado una nota para ella bajo la azucarera.
Darce:
Me ocuparé de esos documentos, como me pediste. Te quiero, cariño.
BOB
Había dibujado un pequeño corazón de enamorado alrededor de su nombre, algo que llevaba años sin hacer. Sintió una oleada de amor hacia él, tan espesa y empalagosa como el aroma a flores marchitándose. Quería llorar como una mujer del Antiguo Testamento, y ahogó los gemidos con una servilleta. El frigorífico pataleó y dio inicio a su despiadado runrún. El agua goteaba en el fregadero, marcando los segundos sobre la porcelana. Su lengua era una esponja agria comprimida en la boca. Sintió el tiempo —todo el tiempo aún por venir, siendo la mujer de esta casa— estrecharse a su alrededor como una camisa de fuerza.
O como un ataúd. Este era el mundo en el que había creído de niña. Había estado aquí todo el tiempo. Esperándola.
El frigorífico zumbaba, el agua goteaba en el fregadero, y los crudos segundos transcurrían. Esta era la Vida Oscura, donde toda verdad se escribía al revés.
12
Su marido había entrenado en la Liga Infantil (también junto a Vinnie Eschler, aquel maestro de los chistes de polacos y los envolventes abrazos de hombre) en la época en que Donnie jugaba de paracorto en el equipo de la Ferretería Cavendish, y Darcy aún recordaba lo que Bob dijo a los chicos —muchos de los cuales lloraban— después de perder la final del campeonato del Distrito 19. Debía de haber sido en 1997, en torno a un mes antes de que Bob asesinara a Stacey Moore y la introdujera en el depósito de maíz. La charla que le dio a aquel grupo de abatidos y gimoteantes muchachos había sido breve, sabia, y (Darcy así lo había creído entonces, y continuaba pensándolo tres años más tarde) increíblemente amable.
«Sé lo mal que os sentís, chicos, pero el sol seguirá saliendo mañana. Y entonces os sentiréis mejor. Y cuando salga el sol pasado mañana, un poco mejor todavía. Esto no es más que una parte de vuestras vidas, y ya ha pasado. Habría sido mejor ganar, pero de una forma u otra, ya ha pasado. La vida continúa.»
Igual que había continuado la vida de Darcy, tras su malhadada visita al garaje en busca de pilas. Cuando Bob regresó del trabajo después de su primer día en casa (ella no podía soportar la idea de salir, temerosa de que su rostro proclamara en letras mayúsculas todo cuanto sabía), dijo:
—Cariño, respecto a la noche pasada...
—Anoche no pasó nada. Viniste a casa antes de tiempo, eso es todo.
Bob agachó la cabeza de aquella forma tan infantil que tenía, y cuando volvió a alzarla, una gran sonrisa de agradecimiento le iluminaba la cara.
—Está bien, entonces —dijo—. ¿Caso cerrado?
—Libro cerrado.
—Danos un beso, preciosa —pidió, abriendo los brazos.
Así lo hizo, preguntándose si su marido las habría besado a ellas.
Hazlo bien, usa de verdad esa instruida lengua tuya, y no te rajaré, lo imaginaba diciendo. Pon todo tu corazoncito arrogante en ello.
La alejó de sí, con las manos aún en sus hombros.
—¿Seguimos siendo amigos?
—Amigos.
—¿Segura?
—Sí. No he preparado cena, y no me apetece salir. ¿Por qué no te pones una ropa más cómoda y vas a buscar una pizza?
—Vale.
—Y no olvides tomarte el Omeprazol.
Le brindó una sonrisa radiante.
—Descuida.
Le observó mientras subía las escaleras dando saltos, y pensó en decir: «No hagas eso, Bobby, no pongas a prueba tu corazón de esa manera».
Pero no.
No.
Que lo pusiera a prueba cuanto quisiera.
13
El sol salió al día siguiente. Y al siguiente. Transcurrió una semana, luego dos, luego un mes. Reanudaron sus viejas costumbres, los pequeños hábitos propios de un largo matrimonio. Ella se cepillaba los dientes mientras él estaba en la ducha (por lo general cantando algún éxito de los ochenta, con voz afinada pero no especialmente melódica), aunque ya no lo hacía desnuda, esperando a que la dejara libre para poder entrar; ahora se duchaba después de que su marido hubiera salido hacia B, B & A. Si Bob notó este pequeño cambio en el modus operandi de la mujer, no lo mencionó. Darcy retomó las reuniones de su club de lectura; explicó a las damas y a los dos caballeros jubilados integrantes que había estado incubando algo y que no quería contagiarles ni un virus ni su opinión del nuevo libro de Barbara Kingsolver, y todos rieron cortésmente. Una semana después, retornó a la agrupación de costura, Chifladas de la Calceta. A veces se descubría tarareando las canciones de la radio cuando volvía del supermercado o de la estafeta. Ella y Bob veían la tele por la noche, siempre comedias, nunca series de forenses. Ahora él regresaba a casa temprano; no había realizado más viajes por carretera desde que fuera a Montpelier. Instaló en su ordenador algo llamado Skype, aduciendo que le permitía examinar colecciones de monedas fácilmente y así ahorraba gasolina. No añadió que también le ahorraba tentaciones, pero no era preciso. Darcy miraba los periódicos para ver si aparecían los carnets de Marjorie Duvall, consciente de que si él había mentido respecto a ese tema, mentiría respecto a todo. No aparecieron. Una vez a la semana salían a cenar a uno de los restaurantes baratos de Yarmouth. Bob pedía carne y ella pescado. Bob bebía té helado y ella zumo de arándanos. Los viejos hábitos tardaban en morir. A menudo, pensaba Darcy, únicamente morían con nosotros.
Durante el día, mientras Bob estaba fuera, raramente encendía la televisión. Así le resultaba más fácil escuchar el refrigerador, y los pequeños crujidos y gemidos de su bonita casa de Yarmouth al asentarse con vistas a otro invierno de Maine. Le resultaba más fácil pensar. Más fácil afrontar la verdad: Bob volvería a matar. Lo postergaría tanto como pudiera, eso se lo concedía gustosa, pero tarde o temprano Beadie le ganaría la partida. No enviaría a la policía los carnets de la siguiente mujer, pensando que eso podría ser suficiente para engañarla, pero probablemente no le preocuparía que ella detectara el cambio en el modus operandi. Porque ahora, razonaría Bob, ella forma parte de esto. Tendría que admitir que lo sabía. Los polis se lo sacarían incluso aunque ella intentara ocultar su papel.
Donnie llamó desde Ohio. El negocio iba viento en popa; habían conseguido una cuenta de productos de oficina que a lo mejor alcanzaría escala a nivel nacional. Darcy dijo hurra (y también Bob, quien admitió con alegría que se había equivocado con respecto a las posibilidades de Donnie de sacarlo adelante siendo tan joven). Petra llamó para decir que se habían decidido provisionalmente por vestidos azules para las damas de honor, acampanados, a la altura de las rodillas, chalinas de chiffon a juego, y ¿qué opinaba Darcy, ese conjunto estaba bien o parecería un poco infantil? Darcy contestó que seguro que tendrían un aspecto encantador, y las dos pasaron a debatir sobre zapatos (azules y con tacones de dos centímetros, para ser exactos). La madre de Darcy enfermó en Boca Grande, y todo apuntaba a que requeriría hospitalización, pero entonces le suministraron una nueva medicación y se recuperó. El sol salía y el sol se ponía. Las calabazas de cartulina desaparecieron de los escaparates y aparecieron los pavos de cartulina. Después vinieron las decoraciones navideñas. Las primeras ventiscas de nieve hicieron acto de presencia puntualmente, según lo previsto.
En su casa, una vez que su marido cogía el maletín y se marchaba al trabajo, Darcy vagaba por las habitaciones, deteniéndose a escrutar los diversos espejos. A menudo durante mucho tiempo. Preguntándole a la mujer dentro de aquel mundo qué debería hacer.
Con creciente certeza, la respuesta parecía ser nada.
14
Un día inusitadamente cálido para la época, dos semanas antes de Navidad, Bob se presentó en casa a media tarde, voceando el nombre de Darcy. Ella estaba en el piso de arriba, leyendo un libro. Lo soltó en la mesilla de noche (junto al espejo de mano que ahora residía permanentemente allí) y se precipitó por el pasillo hasta el rellano. Su primer pensamiento (mezcla de terror y alivio) fue que por fin se había acabado. Bob había sido descubierto. Pronto aparecería la policía. Se lo llevarían, y después regresarían para formularle las dos antiguas preguntas: ¿qué sabía, y desde cuándo lo sabía? Las furgonetas de las noticias aparcarían en la calle. Hombres y mujeres jóvenes con el pelo perfecto informarían en directo desde delante de su casa.
Excepto que no percibió miedo en su voz; reconoció lo que era antes incluso de que alcanzara el pie de la escalera y levantara su rostro hacia ella. Era entusiasmo. Quizá incluso júbilo.
—¿Bob? ¿Qué...?
—¡No te lo vas a creer! —El abrigo le caía abierto de los hombros, tenía la cara completamente enrojecida, desde las mejillas hasta la frente, y su escaso pelo volaba en todas direcciones. Como si hubiera conducido a casa con todas las ventanillas del coche bajadas. Habida cuenta de la cualidad primaveral del aire, Darcy lo suponía posible.
Descendió las escaleras cautelosamente y se detuvo en el primer escalón, que los dejaba ojo con ojo.
—Cuéntame.
—¡Una suerte de lo más asombrosa! ¡De veras! Si necesitaba una señal de que volvía a estar en el buen camino, de que los dos lo estábamos, oh, chica, ¡es esta! —Le tendió las manos. Cerraba los puños con los nudillos apuntando hacia arriba. Sus ojos centelleaban. Casi danzaban—. ¿Qué mano? ¡Elige una!
—Bob, no quiero jugar a...
—¡Elige una!
Ella señaló su mano derecha, únicamente para terminar cuanto antes. Bob se echó a reír.
—Me lees la mente..., pero siempre has poseído esa capacidad, ¿verdad?
Giró el puño y lo abrió. En la palma descansaba una única moneda, con el reverso hacia arriba, de modo que pudo distinguir que era un penique de trigo. No cabía duda de que había estado en circulación, pero aún se hallaba en un magnífico estado. Suponiendo que no presentara arañazos en la cara de Lincoln, creía que podría calificarla como BC+ o MBC. Hizo ademán de cogerla, pero se detuvo. Bob le indicó con la cabeza que adelante. Le dio la vuelta, bastante segura de lo que encontraría. Nada más podía explicar su emoción de forma aceptable. Vio lo que esperaba: una fecha duplicada de 1955. Una doble acuñación, en términos numismáticos.
—¡Dios Santo, Bobby! ¿Dónde...? ¿La has comprado? —Una doble acuñación del 55 no puesta en circulación se había subastado recientemente en Miami por más de ocho mil dólares, estableciendo un nuevo récord. Esta no se hallaba en tan buen estado, pero ningún tratante de monedas con medio cerebro se habría desprendido de ella por menos de cuatro.
—¡Dios, no! Varios compañeros me invitaron a comer en ese tailandés, Promesas del Este, y me faltó poco para acompañarles, pero estaba trabajando en la puñetera cuenta de Vision Associates, ya sabes, ¿recuerdas que te lo comenté? Así que le di a Monica diez pavos para que fuera a buscarme un bocadillo y un Fruitopia al Subway. Me lo trajo con el cambio metido en la bolsa. Y al vaciarla... ¡allí estaba! —Le arrancó el penique de la mano y lo sostuvo sobre la cabeza, alzando el rostro y riéndose.
Darcy se unió a sus risas, y entonces pensó (como hacía a menudo esos días): ¡NO «SUFRIÓ»!
—¿No es genial, cariño?
—Sí —respondió ella—. Me alegro por ti.
Y, raro o no (perverso o no), era cierto. Bob había tramitado la venta de varias en el transcurso de los años y podría haberse comprado una en tiempos pasados, pero eso no era lo mismo que encontrarse una. Incluso le había prohibido a Darcy que se la regalara por Navidad o por su cumpleaños. El gran hallazgo accidental constituía uno de los momentos de mayor júbilo de un coleccionista, así se lo había asegurado durante su primera conversación real, y ahora poseía lo que había estado buscando toda su vida entre puñados de cambio. El anhelo de su corazón había caído de una bolsa de papel blanco junto con un bocadillo de pavo y beicon.
Bob la envolvió en un abrazo. Ella le devolvió el gesto; luego lo apartó con delicadeza.
—¿Qué vas a hacer con ella, Bobby? ¿Guardarla en un cubo de lucita?
Se trataba de una broma, y él lo sabía. Amartilló una pistola de dedos y le disparó a la cabeza. Lo cual estaba bien, porque uno no «sufría» cuando le pegaban un tiro con una pistola imaginaria.
Darcy continuó sonriéndole, pero ahora le veía otra vez (después de aquel breve y afectuoso lapso) como lo que era: el Marido Oscuro. Gollum, con su tesoro.
—Ya lo sabes. Voy a hacer una foto, a colgarla en la pared, y después guardaré el penique en la caja fuerte. ¿Qué opinas, BC+ o MBC?
Ella lo volvió a examinar, luego le dirigió una sonrisa compungida.
—Me encantaría decir MBC, pero...
—Sí, lo sé, lo sé... y no debería importarme. Se supone que uno no le mira los dientes a un caballo regalado, pero es difícil resistirse. Aunque mejor que BC, ¿correcto? Tu opinión sincera, Darce.
Mi opinión sincera es que volverás a hacerlo.
—Mejor que BC, definitivamente.
La sonrisa de Bob se desvaneció. Por un instante estuvo segura de que había adivinado sus pensamientos, pero debería haber sabido mejor; a este lado del espejo ella también podía guardar secretos.
—No es una cuestión de calidad, de todas formas. Se trata del hallazgo. De no haberla conseguido en una tienda de compra-venta ni seleccionado de un catálogo, sino de haberla encontrado cuando menos lo esperaba.
—Lo sé. —Ella sonrió—. Si mi padre estuviera aquí ahora mismo, ya habría descorchado una botella de champán.
—Me ocuparé de ese pequeño detalle esta noche durante la cena —contestó él—. Y no en Yarmouth. Nos vamos a Portland. A la Perla de la Orilla. ¿Qué dices?
—Oh, cariño, no sé...
La asió ligeramente por los hombros como acostumbraba cuando quería que ella entendiera que hablaba realmente en serio sobre algo.
—Venga, va a ser una noche templada, lo bastante para lucir tu vestido de verano más bonito. Oí el pronóstico cuando venía hacia aquí. Y te pagaré todo el champán que seas capaz de beber. ¿Cómo puedes decir que no a un trato así?
—Bueno... —Lo meditó. Entonces sonrió—. Supongo que no puedo negarme.
15
No tomaron una botella del carísimo Moët et Chandon sino dos, y Bob se bebió la mayor parte. En consecuencia, fue Darcy quien condujo de vuelta a casa en su pequeño Prius, que emitía un casi inaudible runrún; Bob ocupaba el asiento del pasajero, cantando «Pennies from Heaven» con voz afinada pero no especialmente melódica. Estaba borracho, notó Darcy. No solo achispado, sino verdaderamente borracho. Era la primera vez que lo veía así en diez años. Normalmente vigilaba su ingesta de alcohol como un halcón, y a veces, cuando en una fiesta alguien le preguntaba por qué no bebía, citaba una frase de Valor de Ley: «No pondría en mi boca un ladrón para que me robase el intelecto». Sin embargo, esta noche, exaltado por el descubrimiento de la moneda con doble acuñación, había permitido que el intelecto le fuese robado, y la mujer comprendió lo que tenía intención de hacer en cuanto su marido pidió aquella segunda botella de champán. En el restaurante no había estado segura de poder llevarlo a cabo, pero al escucharle cantar en el camino de regreso a casa, lo supo. Claro que podría hacerlo. Darcy era ahora la Esposa Oscura, y la Esposa Oscura sabía que lo que Bob consideraba un golpe de buena suerte para él, en realidad había sido para ella.
16
Dentro de la casa, Bob arremolinó la americana en el perchero con forma de árbol junto a la puerta y la atrajo entre sus brazos para darle un largo beso. Darcy pudo saborear el champán y la dulce crème brûlée en su aliento. No era una mala combinación, aunque sabía que si las cosas se desarrollaban como era probable que sucedieran, ella nunca volvería a desear probarla. Una mano le acarició los pechos. Le permitió que se demorara allí, sintiéndole contra su cuerpo, y luego lo apartó de sí. Pareció decepcionado, pero se animó cuando la mujer sonrió.
—Voy arriba a quitarme este vestido —dijo ella—. Hay Perrier en la nevera. Si me trae una copa, con una rodaja de lima, es posible que tenga suerte, caballero.
Una amplia sonrisa hendió su rostro en respuesta; su vieja y bienamada sonrisa. Pues existía un largamente establecido hábito del matrimonio que no habían reanudado desde la noche en que Bob había olido su descubrimiento (sí, olido, igual que un viejo y sabio lobo puede oler un cebo envenenado) y regresó apresuradamente a casa desde Montpelier. Día tras día habían levantado un muro emparedando a quien era él —sí, con la misma certeza que Montresor había emparedado a su viejo amigo Fortunato— y el sexo en el lecho conyugal colocaría el último ladrillo.
Juntó los tacones y le brindó un saludo militar al estilo británico, los dedos en la frente, la palma hacia fuera.
—Sí, señora.
—No tardes —le dijo seductoramente—. Mamá quiere lo que mamá quiere.
Subiendo las escaleras, pensó: Nunca saldrá bien. Lo único que lograrás es que te mate. A lo mejor piensa que no sería capaz, pero yo creo que sí.
No obstante, quizá eso fuera bueno. Suponiendo que no la hiriera primero, como había herido a aquellas mujeres. Quizá cualquier tipo de resolución fuera buena. No podía pasarse el resto de su vida mirando en los espejos. Ya no era una niña, y no podía acarrear una locura infantil.
Entró en el dormitorio, pero solo el tiempo necesario para soltar el bolso en la mesilla junto al espejo de mano. Después volvió a salir y llamó:
—¿Vienes, Bobby? ¡Sé cómo podría usar esas burbujas!
—Voy de camino, señora, ¡lo estaba sirviendo sobre hielo!
Y aquí salió del salón al vestíbulo, alzando una de sus copas de cristal bueno frente a los ojos, como un camarero en una ópera cómica, mientras se acercaba con un ligero tambaleo al pie de las escaleras. Continuaba sosteniendo la copa en alto cuando empezó a ascender, con la rodaja de lima cabeceando encima. La mano libre se deslizaba por la barandilla; su rostro brillaba de felicidad y euforia. Darcy flaqueó por un instante, y entonces la imagen de Helen y Robert Shaverstone invadió su mente, endemoniadamente nítida: el hijo y su madre vejada, mutilada, flotando en un arroyo de Massachusetts en cuyas orillas habían empezado a crecer encajes de hielo.
—Una copa de Perrier para la dama, directamente procedente..., oh...
La mujer notó que el conocimiento se agolpaba en los ojos de Bob en el último segundo, algo viejo y amarillento y ancestral. Era más que sorpresa; era furia horrorizada. En ese mismo instante tuvo una comprensión completa de ese hombre. No amaba nada, ni siquiera a ella. Cada favor y caricia y sonrisa infantil y gesto amable, todo camuflaje. Ese hombre era una cásca ra vacía. No existía nada en su interior salvo una inhóspita desolación.
Darcy le empujó.
Fue un empujón fuerte y Bob salió despedido, efectuando un giro de tres cuartos de salto mortal antes de caer en la escalera, primero sobre las rodillas, luego sobre un brazo, luego de lleno sobre la cara. Darcy oyó fracturarse un brazo. La pesada copa Waterford se hizo añicos contra un escalón sin moqueta. El hombre rodó otra vez, y se oyó el chasquido de algo más que se quebraba dentro de él. Chilló de dolor y dio una última vuelta de campana antes de aterrizar desplomado en el suelo de madera noble del vestíbulo, con el brazo roto (no en un solo sitio sino en varios) doblado sobre la cabeza en un ángulo que la naturaleza nunca había proyectado. La cabeza estaba retorcida, una mejilla apoyada en el suelo.
Darcy se precipitó escaleras abajo. En cierto punto pisó un cubito de hielo, resbaló, y tuvo que agarrarse al pasamano para salvarse. Al llegar abajo vio una protuberancia enorme que sobresalía de la piel de la nuca, tornándola blanca, y dijo:
—No te muevas, Bob, creo que tienes el cuello roto.
Un ojo rodó para mirarla. La sangre goteaba de su nariz, que también parecía rota, y mucha más le brotaba de la boca. Casi a borbotones.
—Me has empujado —dijo—. Oh, Darcy, ¿por qué me has empujado?
—No lo sé —contestó, pensando: Los dos lo sabemos. Empezó a llorar. Las lágrimas acudieron a ella de forma natural; se trataba de su marido, y estaba gravemente herido—. Ay, Dios, no lo sé. Algo me poseyó. Lo siento. No te muevas. Llamaré a emergencias y pediré que envíen una ambulancia.
Bob movió un pie raspando el suelo.
—No estoy paralítico —dijo—. Gracias a Dios. Pero me duele.
—Lo sé, cariño.
—¡Llama a la ambulancia! ¡Deprisa!
Darcy entró en al cocina, dedicó un breve vistazo al teléfono en la horquilla del cargador, y luego abrió el armario bajo el fregadero.
—¿Hola? ¿Hola? ¿Es emergencias?
Alcanzó el paquete de bolsas de plástico GLAD, las de conserva que utilizaba para guardar las sobras de pollo o rosbif, y extrajo una.
—Mi nombre es Darcellen Anderson, llamo desde el 24 de Sugar Mill Lane, en Yarmouth. ¿Lo tienen?
De otro cajón, cogió un trapo de cocina de encima de la pila. Seguía llorando. Nariz como una manguera, decían de niños. Llorar era bueno. Necesitaba llorar, y no solo porque más adelante se sentiría mejor. Se trataba de su marido, estaba herido, necesitaba llorar. Recordó cuando él aún poseía una frondosa cabellera. Recordó su deslumbrante quiebro de cintura cuando bailaban «Footloose». Bob le traía rosas cada año por su cumpleaños. Nunca se olvidaba. Habían ido a las Bermudas, donde montaban en bicicleta por la mañana y hacían el amor por la tarde. Juntos habían construido una vida y ahora esa vida tocaba a su fin y ella necesitaba llorar. Se envolvió la mano con el trapo y a continuación se enfundó la bolsa de plástico.
—Necesito una ambulancia, mi marido se ha caído por las escaleras. Creo que tiene el cuello roto. ¡Sí! ¡Sí! ¡Enseguida!
Regresó al vestíbulo con la mano derecha detrás de la espalda. Vio que él había logrado alejarse un poco del pie de la escalera, y daba la impresión de haber intentado tumbarse de espaldas, pero sus esfuerzos habían resultado infructuosos. Darcy se arrodilló a su lado.
—No me he caído —dijo él—. Tú me empujaste. ¿Por qué me has empujado?
—Imagino que por el niño Shaverstone —contestó ella, y sacó la mano de detrás de la espalda. Lloraba con mayor intensidad que nunca. El hombre vio la bolsa de plástico. Vio la mano que dentro apretaba el trozo de felpa. Comprendió cuál era su propósito. Quizá él mismo hubiera hecho algo similar. Probablemente sí.
Bob empezó a chillar..., solo que sus alaridos no eran alaridos en absoluto. La sangre desbordaba de su boca, algo se había roto en el interior de su garganta, y los sonidos que emitía se asemejaban más a gruñidos guturales que a alaridos. La mujer le introdujo la bolsa de plástico entre los labios y la hundió en su boca. Pudo sentir los tocones mellados de los dientes que se habían roto en la caída. Si llegaran a desgarrarle la piel, quizá se viera obligada a dar serias explicaciones al respecto.
Darcy liberó la mano de un tirón antes de que él tuviera oportunidad de morderla, dejando atrás la bolsa de plástico y el trapo de cocina. Le apresó la mandíbula y la barbilla, y con la otra mano le sujetó la parte superior de la calva. La carne allí estaba muy caliente, y sintió la sangre palpitando. Entonces presionó y le cerró la boca sobre el tapón de plástico y tela. Bob intentó quitársela de encima, pero solo tenía un brazo libre, el que se había roto en la caída. El otro estaba retorcido debajo de su cuerpo. Sus pies martillearon espasmódicamente el suelo de madera una y otra vez. Un zapato salió volando. Empezó a gorgotear. Darcy se subió el vestido hasta la cintura, liberando las piernas, y luego se abalanzó hacia delante, con intención de sentarse a horcajadas sobre él. De lograrlo, quizá pudiera pinzar sus fosas nasales.
Sin embargo, antes de que tuviera oportunidad, el pecho de su marido empezó a agitarse convulsivamente debajo de ella, y los gorgoteos se convirtieron en un grave gruñido en su garganta. Le recordó a cuando, mientras aprendía a conducir, a veces hacía chirriar la transmisión intentando encontrar la escurridiza segunda marcha del viejo Chevrolet de su padre. Bob se sacudió, el único ojo visible sobresaliendo con apariencia bovina de su órbita. Su rostro, antes de un brillante carmesí, ahora empezaba a adquirir una tonalidad púrpura. Volvió a yacer inmóvil en el suelo de madera. Darcy esperó, jadeando en busca de aliento, con el rostro enjabonado de flemas y lágrimas. El ojo ya no giraba ni brillaba de pánico. Creyó que estaba mu...
Su marido dio una última sacudida, titánica, y la lanzó despedida. Bob se incorporó, y ella vio que la mitad superior del torso ya no encajaba exactamente con la mitad inferior; se había fracturado la columna además del cuello, aparentemente. La boca revestida de plástico bostezó. Sus ojos se cruzaron en una mirada que supo que nunca olvidaría..., pero con la que podría convivir, en caso de que superara esto.
—¡Dar! ¡Arrrrrr!
Bob se desplomó hacia atrás. Se produjo un sonido similar al de un huevo que se resquebraja cuando su cabeza chocó contra el suelo. Darcy se acercó arrastrándose, pero permaneció a una distancia suficiente de aquel estropicio. Estaba manchada con la sangre de su marido, por supuesto, y aunque eso era bueno —había intentado ayudarle, era algo natural—, no significaba que quisiera bañarse en ella. Se sentó, apoyada en una mano, y le observó mientras recobraba el aliento. Le observó para ver si se movía. No lo hizo. Después de que hubieran transcurrido cinco minutos según el pequeño Michele enjoyado de su muñeca, el que siempre se ponía para salir, alargó una mano y le buscó el pulso en el cuello. Mantuvo los dedos presionados contra su piel hasta contar treinta, y no encontró nada. Acercó el oído al pecho, sabiendo que ese era el momento en que su marido volvería a la vida y la agarraría. No volvió a la vida porque no quedaba vida en él: el corazón no latía, los pulmones no respiraban. Se había acabado. No sintió ninguna satisfacción (aún menos una sensación de triunfo) sirio únicamente una firme determinación de terminar esto y de hacerlo bien. En parte por sí misma, pero sobre todo por Donnie y Pets.
Entró en la cocina, moviéndose con rapidez. Tenían que saber que había llamado lo antes posible; si fueran capaces de establecer que se había producido algún tipo de retraso (por ejemplo, porque la sangre hubiera tenido ocasión de coagularse en exceso), podrían surgir preguntas incómodas.
Les diré que me desmayé si es preciso, pensó. Eso se lo creerán, y si no, tampoco pueden refutarlo. O por lo menos no creo que puedan.
Cogió la linterna de la despensa, igual que había hecho la noche en que literalmente tropezó con el secreto de su marido. Regresó a donde yacía Bob, que contemplaba el techo con ojos vidriosos. Extrajo la bolsa de su boca y examinó el plástico con ansiedad. Si estuviera rasgado, podrían surgir problemas..., y lo estaba, en dos sitios. Enfocó la linterna al interior de la boca y alcanzó a ver un diminuto pedacito de bolsa GLAD en la lengua. Lo recogió con las puntas de los dedos y lo metió en la bolsa.
Ya basta, es suficiente, Darcellen.
Pero no lo era. Retiró sus mejillas hacia atrás empujando con los dedos, primero la derecha, luego la izquierda. Y en el lado izquierdo encontró otro diminuto pedacito de plástico, pegado a la encía. Lo recogió y lo metió en la bolsa con el otro. ¿Quedaban más trozos? ¿Se los habría tragado? En ese caso, se hallaban fuera de su alcance y todo cuanto podía hacer era rezar por que no los descubrieran si alguien —no sabía quién— albergaba dudas suficientes como para ordenar una autopsia.
Entretanto, el tiempo pasaba.
Recorrió a toda prisa el corredor exterior hacia el garaje, sin llegar a correr. Se arrastró bajo la mesa de trabajo, abrió el escondite especial, y guardó dentro la bolsa de plástico veteada de sangre que contenía el trapo de cocina. Cerró el agujero, situó la caja de los catálogos delante, y luego regresó a la casa. Devolvió la linterna a su lugar de origen. Descolgó el teléfono, se dio cuenta de que había dejado de llorar, y lo colocó de nuevo en la horquilla. Atravesó el salón y miró a su marido. Pensó en las rosas, pero no funcionó.
Son las rosas, no el patriotismo, el último recurso de un canalla, se dijo, y se sorprendió al oír su propia risa. Entonces pensó en Donnie y Pets, que tanto habían idolatrado a su padre, y eso surtió efecto. Sollozando, regresó al teléfono de la cocina y marcó el 911.
—Hola, mi nombre es Darcellen Anderson, y necesito una ambulancia en...
—Un poco más despacio, señora —dijo la operadora—. Tengo problemas para entenderla.
Bien, pensó Darcy.
Se aclaró la garganta.
—¿Así mejor? ¿Me entiende ahora?
—Sí, señora, ahora sí. Cálmese. ¿Dijo que necesitaba una ambulancia?
—Sí, en el 24 de Sugar Mill Lane.
—¿Está herida, señora Anderson?
—No, yo no, mi mirado. Se ha caído por las escaleras. A lo mejor solo está inconsciente, pero creo que está muerto.
La operadora dijo que enviaría una ambulancia inmediatamente. Darcy se figuró que también enviaría un coche de la policía de Yarmouth. También un coche de la policía del estado, si hubiera alguno actualmente en la zona. Confiaba en que no. Regresó al vestíbulo y se sentó en el banco que había allí, pero no por mucho tiempo. Eran sus ojos, mirándola. Acusándola.
Cogió la americana de Bob, se envolvió en ella, y salió a la entrada a esperar a la ambulancia.
17
El policía que le tomó declaración era Harold Shrewsbury, un vecino del barrio. Darcy no le conocía, pero casualmente sí conocía a su esposa; Arlene Shrewsbury era una Chiflada de la Calceta. El hombre habló con ella en la cocina, mientras los paramédicos primero examinaban el cuerpo de Bob y luego se lo llevaban, ignorando que había otro cadáver en su interior. Un tipo que había sido mucho más peligroso que Robert Anderson, censor jurado de cuentas.
—¿Le apetece un café, oficial Shrewsbury? No es ninguna molestia.
El oficial se fijó en las manos temblorosas de Darcy y contestó que estaría encantado de prepararlo para los dos.
—Me manejo bien en la cocina.
—Arlene nunca lo ha mencionado —dijo ella mientras el oficial se levantaba. Este dejó su libreta abierta en la mesa de la cocina. Hasta el momento no había escrito nada salvo el nombre de ella, el nombre de Bob, su dirección y su número de teléfono. Lo tomó como una buena señal.
—No, le gusta esconder mi luz debajo del almud —comentó—. Señora Anderson, Darcy, lamento mucho su pérdida, y estoy seguro de que Arlene diría lo mismo.
Darcy empezó a llorar otra vez. El oficial Shrewsbury arrancó un puñado de toallitas de un rollo de papel de cocina y se las ofreció.
—Son más resistentes que los Kleenex.
—Tiene experiencia en estas cosas —dijo ella.
Comprobó la cafetera Bunn, vio que estaba cargada, y la puso en funcionamiento.
—Más de la que me gustaría. —Volvió a sentarse—. ¿Puede contarme lo sucedido? ¿Se siente con fuerzas?
Darcy le habló sobre cómo Bob había encontrado el penique entre las monedas de la vuelta del Subway, y sobre lo emocionado que estaba. Sobre su cena de celebración en la Perla de la Orilla, y sobre lo mucho que bebió. Cómo estuvo haciendo payasadas (mencionó el gracioso saludo militar británico cómico que le dedicó cuando le pidió una copa de Perrier y lima). Cómo subió las escaleras sosteniendo la copa en alto, como un camarero. Cómo ya había alcanzado casi el rellano cuando resbaló. Incluso le contó que ella misma estuvo a punto de caerse, al pisar uno de los cubitos de hielo derramados, mientras bajaba corriendo las escaleras.
El oficial Shrewsbury anotó algo en su libreta, la cerró de un golpe y la miró con ecuanimidad.
—Bien. Quiero que me acompañe. Coja su abrigo.
—¿Qué? ¿Adónde?
A la cárcel, por supuesto. Sin pasar por la casilla de salida, sin cobrar doscientos dólares, directamente a la cárcel. Bob se había librado de casi una docena de asesinatos y ella ni siquiera había sido capaz de librarse de uno (claro que él planeaba los suyos, y con una atención por los detalles propia de un contable). No sabía dónde habría cometido un desliz, pero sin duda resultó ser algo evidente. El oficial Shrewsbury se lo explicaría de camino a la comisaría. Sería como el último capítulo de una novela de Elizabeth George.
—A mi casa —contestó él—. Esta noche se queda conmigo y con Arlene.
Lo miró boquiabierta.
—No..., no puedo...
—Sí que puede —afirmó, con un tono de voz que no admitía discusión—. Ella me mataría si la dejara aquí sola. ¿Quiere ser responsable de mi asesinato?
Darcy se enjugó las lágrimas del rostro y sonrió lánguidamente.
—No, supongo que no. Pero..., oficial Shrewsbury...
—Harry.
—Tengo que hacer varias llamadas de teléfono. Mis hijos... todavía no lo saben. —Este pensamiento invocó lágrimas frescas, y puso la última toallita de papel a trabajar en ellas. ¿Quién se imaginaba que una persona pudiera albergar tantas lágrimas en su interior?
Aún no había tocado el café, y ahora se bebió la mitad en tres largos tragos, aunque seguía caliente.
—Creo que podremos soportar el gasto de unas cuantas llamadas de larga distancia —dijo Harry Shrewsbury—. Y escuche. ¿Tiene algo que pueda tomarse? Algo de, ya sabe, naturaleza calmante.
—Nada parecido —musitó ella—. Solo Zolpidem.
—Entonces Arlene le dará uno de sus Valiums —dijo él—. Debería tomar uno como mínimo media hora antes de empezar a hacer cualquier llamada estresante. Mientras tanto, la avisaré de que vamos para allá.
—Es usted muy amable.
El hombre abrió un cajón, luego otro, luego un tercero. Darcy sintió que el corazón le subía a la garganta cuando abrió el cuarto. Sacó un paño para secar platos y se lo tendió.
—Es más resistente que el papel de cocina.
—Gracias —dijo ella—. Muchas gracias.
—¿Cuánto tiempo llevaban casados, señora Anderson?
—Veintisiete años —respondió.
—Veintisiete —se maravilló el oficial—. Dios. Cuánto lo siento.
—Yo también —dijo Darcy, y hundió el rostro en el paño.
18
Robert Emory Anderson recibió sepultura en el Cementerio La Paz de Yarmouth dos días más tarde. Donnie y Petra flanqueaban a su madre mientras el ministro hablaba de cómo la vida de un hombre no era sino una estación. El día había amanecido frío y nublado; un viento gélido agitaba las ramas desnudas de hojas. B, B & A había cerrado para el funeral, y todo el personal había acudido. Los contables envueltos en abrigos negros se agrupaban juntos como una bandada de cuervos. Entre ellos no se encontraba ninguna mujer. Darcy nunca antes había reparado en ese detalle.
Periódicamente se enjugaba los ojos anegados con el pañuelo que sostenía en una mano enfundada en un guante negro; Petra lloraba incesantemente y sin tregua; Donnie tenía los ojos enrojecidos y una expresión adusta. Era un joven apuesto, pero su pelo ya raleaba, como le había ocurrido a su padre a la misma edad.
Mientras no engorde igual que Bob, pensó ella. Y no se dedique a matar mujeres, claro.
Aunque seguramente esa clase de cosas no era hereditaria. ¿Verdad?
Pronto habría terminado todo. Donnie solo se quedaría un par de días; en ese momento no podía permitirse abandonar el negocio por más tiempo, le había dicho. Esperaba que lo entendiera, y ella contestó que claro. Petra permanecería a su lado durante una semana, y aseguró que podría quedarse más tiempo si Darcy la necesitaba. Darcy le dijo que era muy amable, confiando en privado en que no fueran más de cinco días. Necesitaba estar sola. Necesitaba..., no pensar, exactamente, sino reencontrarse consigo misma. Reinstaurarse a sí misma en el lado correcto del espejo.
No era que algo hubiera ido mal; todo lo contrario. No creía que las cosas pudieran haber salido mejor aunque hubiera pasado meses planeando el asesinato de su marido. En ese caso, probablemente lo hubiera jodido por complicar las cosas demasiado. A diferencia de Bob, la planificación no constituía su punto fuerte.
No hubo preguntas comprometedoras. Su historia era simple, creíble, y casi cierta. El factor más importante radicaba en el sólido lecho de roca subyacente: su matrimonio abarcaba casi tres décadas, un buen matrimonio, y no se había producido ninguna discusión reciente que lo estropeara. Realmente, ¿existía algo que pudiera ponerse en duda?
El ministro invitó a la familia a adelantarse. Así lo hicieron.
—Descansa en paz, padre —dijo Donnie, y arrojó un terrón de tierra al interior de la tumba. Aterrizó en la brillante superficie del ataúd. Darcy pensó que parecía el zurullo de un perro.
—Papá, te echo mucho de menos —dijo Petra, y lanzó su propio puñado de tierra.
Darcy fue la última. Se agachó, tomó un puñado suelto en su guante negro, y lo dejó caer. No dijo nada.
El ministro invocó un momento de silenciosa plegaria. Los dolientes inclinaron la cabeza. El viento agitó las ramas. A no demasiada distancia, el tráfico fluía con rapidez por la interestatal 295.
Darcy pensó:
Dios, si estás ahí, permite que esto sea el final.
19
No lo fue.
Unas siete semanas después del funeral —ya en el nuevo año, el tiempo era sombrío y severo y gélido— sonó el timbre de la casa de Sugar Mill Lane. Cuando Darcy abrió la puerta, se encontró con un caballero de edad avanzada que vestía un abrigo negro y una bufanda roja. En sus manos enguantadas sujetaba ante sí un sombrero de fieltro de la vieja escuela. Su rostro mostraba profundas arrugas (producto del dolor además de los años, pensó Darcy) y cuanto quedaba de su cabello gris era muy corto y fino.
—¿Sí? —dijo ella.
El hombre hurgó en su bolsillo y se le cayó el sombrero. Darcy se agachó y lo recogió. Cuando se enderezó, vio que el anciano caballero extendía una cartera plegable de piel. En ella había una placa dorada y una identificación con foto de su visitante (donde aparecía bastante más joven).
—Holt Ramsey —se presentó, como disculpándose—. Oficina del Fiscal General del Estado. Siento una barbaridad molestarla, señora Anderson. ¿Puedo pasar? Se va a congelar aquí fuera con ese vestido.
—Por favor —dijo ella, y se hizo a un lado.
Observó el renqueante caminar del hombre y el modo en que su mano derecha se desplazó inconscientemente hasta su cadera derecha —como para mantenerla de una pieza—, y un claro recuerdo le vino a la mente: Bob sentado en la cama a su vera, sus dedos fríos tomados como prisioneros en la caliente mano de su marido. Bob hablando. Regodeándose, en realidad.
«Quiero que crean que Beadie es bobo, y se lo han tragado. Porque ellos son bobos. Solo me han interrogado una vez, y fue como testigo, unas dos semanas después de que BD matara a esa Moore. Un viejo con cojera, semirretirado.»
Y aquí estaba aquel viejo, plantado ni siquiera a media docena de pasos del lugar donde Bob había muerto. Del lugar donde ella lo había matado. Holt Ramsey parecía enfermo y aquejado de dolor, pero los ojos eran agudos. Se movieron velozmente a derecha e izquierda, asimilándolo todo antes de retornar al rostro de Darcy.
Ten cuidado, se dijo. Ten mucho cuidado con este hombre, Darcellen.
—¿En qué puedo ayudarle, señor Ramsey?
—Bueno, una cosa, si no es demasiado pedir..., me tomaría una taza de café. Tengo un frío horrible. Conduzco un coche del estado, y la calefacción no funciona un carajo. Por supuesto, si le parece una imposición...
—En absoluto. Pero me pregunto... ¿Podría volver a ver su identificación?
Le entregó la placa con serenidad, y colgó su sombrero en el árbol de los abrigos mientras ella la estudiaba.
—Esto de RET estampado debajo del sello... ¿significa que está usted retirado?
—Sí y no. —Sus labios se separaron en una sonrisa que reveló unos dientes demasiado perfectos que sin duda pertenecían a una dentadura postiza—. Tuve que irme, por lo menos oficialmente, cuando cumplí los sesenta y ocho, pero he pasado mi vida entera en la policía estatal o trabajando en la FGE, ya sabe, la oficina del Fiscal General del Estado. Ahora soy como una vieja manguera de bomberos con un puesto honorario en el granero. Una especie de mascota, ¿sabe?
Creo que usted es mucho más que eso.
—Permítame su abrigo.
—No, no, creo que me lo dejaré puesto. No me quedaré mucho rato. Lo colgaría si afuera estuviera nevado, para no mancharle el suelo, pero no es el caso. Hace un frío de narices, ¿sabe? Demasiado frío para que nieve, habría dicho mi padre, y a mi edad lo noto mucho más que hace cincuenta años. O incluso veinticinco.
Mientras le guiaba a la cocina, andando a un ritmo que Ramsey pudiera seguir con facilidad, le preguntó qué edad tenía.
—Setenta y ocho en mayo. —Hablaba con orgullo manifiesto—. Si llego. Esto siempre lo digo para que me traiga suerte. Hasta ahora ha funcionado. Qué cocina tan agradable tiene usted, señora Anderson; un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio. Mi esposa hubiera dado su aprobación. Murió hace cuatro años de un ataque al corazón muy repentino. Cómo la echo de menos. Igual que usted debe de echar de menos a su marido, imagino.
Sus centelleantes ojos —jóvenes y alertas dentro de unas cuencas arrugadas y acosadas por el dolor— inspeccionaron el rostro de Darcy.
Lo sabe. No sé cómo, pero así es.
Comprobó el recipiente de la cafetera y la encendió. Mientras sacaba las tazas del armario, preguntó:
—¿En qué puedo ayudarle, señor Ramsey? ¿O es detective Ramsey?
El anciano se echó a reír, y la risa se transformó en tos.
—Ah, hace la tira de años que nadie me llamaba detective. Puede olvidarse también del Ramsey, si me llama directamente Holt, por mí está bien. Y lo cierto es que deseaba hablar con su marido, ¿sabe? Pero claro, ha fallecido (de nuevo, mis condolencias), conque eso es impensable. Sí, totalmente impensable.
—Meneó la cabeza y se aposentó en uno de los taburetes que bordeaban la isleta central de la cocina. Se oyó el roce del abrigo y, en algún sitio dentro de su cuerpo enjuto, un hueso crujió—. Pero le confesaré algo: un viejo que vive en un cuarto alquilado, que es mi caso, aunque no está mal, a veces se aburre con la tele como única compañía, y por tanto pensé, qué diablos, igualmente podría conducir hasta Yarmouth y hacer mis preguntitas. Ella será incapaz de contestar a la mayoría, me dije, tal vez a ninguna, pero ¿por qué no ir de todas formas? Necesitas salir de aquí antes de que empieces a echar raíces, me dije.
—Un día en que se prevé que la temperatura máxima alcance los diez bajo cero —comentó ella—. En un coche del estado con la calefacción estropeada.
—Ajá, pero llevo puesta mi ropa interior térmica —replicó modestamente.
—¿No tiene coche propio, señor Ramsey?
—Sí, sí —respondió, como si tal posibilidad no se le hubiera ocurrido nunca hasta ese momento—. Venga a sentarse, señora Anderson. No hay necesidad de agazaparse en el rincón. Soy demasiado viejo para morderla.
—No, el café estará listo en un minuto —dijo ella. Temía a este anciano. Bob también debería haberle temido, aunque, por supuesto, Bob ya se encontraba más allá del miedo—. Mientras tanto, tal vez pueda contarme de qué quería hablar con mi marido.
—Bien, no se lo va a creer, señora Anderson...
—Llámeme Darcy, ¿de acuerdo?
—¡Darcy! —Parecía encantado—. ¡Vaya nombre más precioso, a la antigua usanza!
—Gracias. ¿Lo toma con leche?
—Negro como mi sombrero, así lo tomo. Solo que me gusta pensar en mí mismo como uno de los héroes de sombrero blanco, la verdad. Bueno, podría serlo, ¿no? Por lo de perseguir criminales y eso. Así es como me herí la pierna, ¿sabe? En una persecución de coche a gran velocidad, allá por el 89. El tipo mató a su mujer y a sus dos hijos. Ahora un crimen así suele ser un acto pasional, cometido por un hombre que está borracho o drogado o no del todo en sus cabales. —Ramsey se tocó el fino cabello con un dedo que la artritis había retorcido de forma asimétrica—. No este tipo. Lo hizo por el seguro. Intentó que pareciera una, cómo se llama, invasión del hogar. No entraré en detalles, pero empecé a husmear y a husmear aquí y allá. Me pasé tres años husmeando. Y por fin estuve convencido de que tenía lo suficiente para arrestarle. Tal vez no lo suficiente para conseguir una condena, pero no había necesidad de contarle eso a él, ¿verdad?
—Supongo que no —dijo Darcy. El café estaba caliente, y lo sirvió. Decidió tomar el suyo también solo. Y beberlo lo más rápido posible. De ese modo la cafeína la golpearía de inmediato y encendería sus luces.
—Gracias —dijo el viejo detective cuando ella se lo acercó a la mesa—. Muchísimas gracias. Es usted la amabilidad en persona. Café caliente en un día frío, ¿qué otra cosa mejor puede haber? Sidra caliente con especias, tal vez; no se me ocurre nada más. Bueno, ¿dónde estaba? Ah, ya sé. Dwight Cheminoux. Al norte, en el condado de Aroostook, fue esto. Al sur de los bosques de Hainesville.
Darcy atacó su café. Observó a Ramsey sobre el borde de su taza y de repente le dio la impresión de volver a estar casada; un largo matrimonio, en muchos sentidos un buen matrimonio (pero no en todos los sentidos), de la clase que parecía una broma: ella sabía que él lo sabía, y él sabía que ella sabía que él lo sabía. Una clase de relación así era similar a mirar en un espejo y ver otro espejo, un pasillo de espejos extendiéndose hasta el infinito. La única pregunta real consistía en qué iba a hacer ese hombre con respecto a lo que sabía. Qué podría hacer.
—Bien —prosiguió Ramsey, que dejó su taza de café y comenzó a frotarse inconscientemente la pierna dolorida—, el hecho simple es que yo confiaba en provocar a ese tipo. Lo que quiero decir es que tenía las manos manchadas con la sangre de una mujer y dos niños, así que me sentía legitimado para jugar un poco sucio. Y funcionó. Huyó y yo lo perseguí al interior de los bosques de Hainesville, donde dice la canción que hay una lápida a cada kilómetro. Los dos nos estrellamos en la Curva de Wickett, él contra un árbol y yo contra él. Ahí es donde conseguí esta pierna, por no mencionar la barra de acero que tengo en el cuello.
—Lo siento. ¿Y el tipo al que perseguía? ¿Qué consiguió él?
Las comisuras de la boca de Ramsey se curvaron en una seca sonrisa de singular frialdad. Sus ojos jóvenes centellearon.
—Consiguió la muerte, Darcy. Ahorró al estado cuarenta o cincuenta años de pensión completa en Shawshank.
—Es usted todo un sabueso del cielo, ¿verdad, señor Ramsey?
El anciano, en lugar de mostrar perplejidad, se llevó las manos deformes al lado de la cara, con las palmas hacia afuera, y recitó con voz cantarina de colegial:
—«Yo huí de Él a través de las noches y a través de los días; yo huí de Él a través de los arcos de los años; yo huí de Él a través de caminos laberínticos...» Etcétera.
—¿Aprendió eso en el colegio?
—No, señora, en las Juventudes Metodistas. Hace muchos años. Me gané una biblia, que perdí en el campamento de verano al año siguiente. Solo que no la perdí; me la robaron. ¿Puede imaginarse a alguien tan ruin para robar una biblia?
—Sí—respondió Darcy.
El anciano se echó a reír.
—Darcy, adelante, llámeme Holt. Por favor. Todos mis amigos lo hacen.
¿Es usted mi amigo? ¿Lo es?
No lo sabía, pero de una cosa sí estaba segura: nunca habría sido amigo de Bob.
—¿Es el único poema que conoce de memoria? ¿Holt?
—Bueno, antes sabía «La muerte del jornalero» —dijo—, pero ahora solo me acuerdo de la parte acerca de que el hogar es el sitio donde, cuando vas, tienen que acogerte. Es una gran verdad, ¿no le parece?
—Sin duda —asintió Darcy.
Los ojos de Ramsey —de un color avellana claro— buscaron los suyos. La intimidad de esa mirada resultaba indecente, como si la estuviera contemplando desnuda. Y agradable, quizá por el mismo motivo.
—¿Qué quería preguntarle a mi marido, Holt?
—Bien, ya hablé con él en una ocasión, ¿sabe?, aunque no estoy seguro de que lo recordara si siguiera vivo. Fue hace mucho tiempo. Los dos éramos mucho más jóvenes, y usted debía de ser una chiquilla, teniendo en cuenta lo joven y hermosa que es ahora.
Ella le dirigió una fría sonrisa que expresaba «ahórrese las molestias», y a continuación se levantó para servirse una nueva taza de café. Ya no quedaba nada de la primera.
—Puede que haya oído hablar de los asesinatos de Beadie —dijo él.
—¿El hombre que mataba mujeres y enviaba sus carnets a la policía? —Regresó a la mesa, con la taza de café perfectamente estable en su mano—. Ese asunto es carnaza para los periódicos.
La apuntó con el dedo —en un gesto similar a la pistola imaginaria de Bob— y la obsequió con un guiño.
—Correcto. Sí, señora. «Si hay sangre, hay noticia», ese es su lema. Dio la casualidad de que trabajé un poco en el caso. Por entonces todavía no me había retirado, pero ya estaba cerca. Tenía cierta reputación de ser un tipo que a veces obtenía resultados husmeando aquí y allá..., siguiendo mis..., cómo le diría...
—¿Instintos?
Una vez más la pistola de dedos. Una vez más el guiño. Como si existiera un secreto y ambos estuvieran involucrados.
—Sea como sea, me mandaron a trabajar por mi cuenta, ya sabe, el viejo cojo Holt enseña sus fotos por ahí, hace sus preguntas, y... bueno, ya sabe, simplemente husmea. Porque siempre he tenido buen olfato para esta clase de trabajo, Darcy, y nunca lo he perdido, en realidad. Esto fue en el otoño de 1997, no mucho después de que fuera asesinada una mujer llamada Stacey Moore. ¿Le suena el nombre?
—Creo que no —respondió Darcy.
—Se acordaría si hubiera visto las fotos de la escena del crimen. Un asesinato horrible, cuánto debió de sufrir esa mujer. Pero claro, el tipo este que se hace llamar Beadie estuvo mucho tiempo inactivo, más de quince años, y debía de tener un montón de vapor acumulado en su caldera, esperando a explotar. Y quien se escaldó fue esta mujer.
»Bueno, pues el fiscal general en aquel entonces me puso en el caso. "Que el viejo Holt pruebe suerte", dice, "no tiene otra cosa que hacer, y no molestará". El viejo Holt, ya me llamaban así entonces. Debido a la cojera, me imagino. Hablé con los amigos de la mujer, con sus familiares, con sus vecinos en la Ruta 106, y con sus compañeros de trabajo en Waterville. Oh, hablé con mucha gente. Era camarera en un local de la ciudad llamado Restaurante Sunnyside. Entran muchas aves de paso, porque la autopista está calle abajo, pero me interesaban más sus clientes asiduos. Sobre todo los hombres.
—Es lógico que le interesaran —murmuró ella.
—Uno de ellos resultó ser un tipo presentable, bien vestido, en torno a los cuarenta. Iba cada tres o cuatro semanas, y siempre se sentaba en uno de los reservados que atendía Stacey. Ahora bien, a lo mejor no debería contar esto, pues el tipo resultó ser su difunto esposo... y no debería hablar mal de los muertos, pero como los dos están muertos, me figuro que eso se anula, si entiende lo que quiero decir... —Ramsey se interrumpió, en apariencia confuso.
—Se está enredando —dijo Darcy, divertida a su pesar. Quizá quisiera divertirla. No podría asegurarlo—. Hágase un favor y dígalo sin más, ya soy una niña grande. ¿Flirteaba con él? ¿Se trata de eso? No sería la primera camarera que flirtea con un hombre en la carretera, aun cuando el hombre lleve una alianza en el dedo.
—No, no es exactamente eso. Según lo que me contaron las otras camareras..., y por supuesto debería tomarlo con escepticismo, porque todos la adoraban... fue él quien flirteaba con ella. Y según las camareras, a ella le disgustaba. Decía que aquel hombre le daba escalofríos.
—Eso no concuerda con el carácter de mi marido. —O con lo que Bob le había contado, para el caso.
—No, pero probablemente lo era. Su marido, quiero decir. Y una mujer no siempre sabe lo que su maridito hace en la carretera, aunque pueda creer que sí. De todos modos, una de las camareras me contó que este tipo conducía un Toyota 4Runner. Lo sabía porque ella tenía uno igual. Y ¿sabe qué? Varios vecinos de la Moore habían visto un 4Runner similar merodeando cerca de la granja de la familia unos días antes de que la mujer fuera asesinada. En una ocasión solo un día antes de que se cometiera el asesinato.
—Pero no el mismo día.
—No, pero sin duda un tipo tan cuidadoso como este Beadie estaría pendiente de una cosa así. ¿No?
—Supongo.
—Bien, disponía de una descripción y sondeé la zona en torno al restaurante. No tenía nada mejor para hacer. Durante una semana lo único que conseguí fueron ampollas y unas pocas tazas de misericordioso café, ¡aunque ninguno tan bueno como el suyo! Estaba a punto de rendirme, pero entonces casualmente me detuve en un sitio del centro. Monedas Mickleson's. ¿Ese nombre le suena?
—Claro. Mi marido era numismático y Mickleson's era una de las tres o cuatro mejores tiendas de compra-venta del estado. Ya no existe. El viejo señor Mickleson murió y su hijo cerró el negocio.
—Sí. Bien, ya sabe lo que dice la canción, al final el tiempo se lo lleva todo, tus ojos, el brío de tus pasos, hasta tu jodida suspensión, perdone mi lenguaje. Pero en aquel entonces George Mickleson estaba vivo...
—Alerta y olfateando el aire —murmuró Darcy.
Holt Ramsey sonrió.
—Justo como usted dice. En cualquier caso, reconoció la descripción. «Vaya, ese parece Bob Anderson», dice. Y ¿adivina qué? Conducía un Toyota 4Runner.
—Ah, pero de eso hace mucho tiempo —dijo Darcy—. Lo entregó como pago parcial de un...
—Chevrolet Suburban, ¿verdad? —Ramsey pronunció el nombre de la compañía como Shivvaley.
—Sí. —Darcy juntó las manos y miró a Ramsey con calma. Ya habían llegado casi al meollo del asunto. La única cuestión era en cuál de los cónyuges del ahora disuelto matrimonio Anderson estaba más interesado este anciano de ojos agudos.
—Por casualidad no tendrá todavía ese Suburban, ¿no?
—No. Lo vendí un mes después de la muerte de mi marido. Puse un anuncio en la guía de trueques Unele Henry's, y voló enseguida. Pensé que tendría problemas, por la cantidad de kilómetros y el alto precio de la gasolina, pero no. Claro que no conseguí mucho por él.
Y dos días antes de que el comprador viniera a recogerlo, ella lo había registrado a conciencia, de cabo a rabo, sin omitir levantar la alfombra del compartimiento de carga. No encontró nada, pero aun así pagó cincuenta dólares para que lo lavaran por fuera (lo cual no le preocupaba) y lo limpiaran con vapor por dentro (lo cual sí).
—Ah, la Unele Henry's. Vendí el Ford de mi difunta esposa del mismo modo.
—Señor Ramsey...
—Holt.
—Holt, ¿fue usted capaz de identificar positivamente a mi marido como el hombre que solía flirtear con Stacey Moore?
—Bueno, cuando hablé con el señor Anderson, admitió que iba al Sunnyside de vez en cuando, lo admitió sin reparos, pero afirmaba que nunca se había fijado en ninguna de las camareras en particular. Dijo que por lo general tenía la cabeza enterrada entre papeles. Pero por supuesto enseñé su foto, la de su permiso de conducir, ¿entiende?, y los empleados lo reconocieron.
—¿Sabía mi marido que usted tenía... un interés especial en él?
—No. Por lo que a él concernía, yo no era más que el viejo Cojo Lennie en busca de testigos que pudieran haber presenciado algo. Nadie teme a un pato viejo como yo, ¿sabe?
A mí me da mucho miedo.
—No parece que haya caso —dijo ella—. Suponiendo que esté intentando exponer uno.
—No, no hay caso en absoluto. —Rió alegremente, pero sus ojos color de avellana permanecieron fríos—. Si hubiera podido presentar un caso sólido, el señor Anderson y yo no habríamos tenido nuestra pequeña conversación en su despacho, Darcy. La habríamos tenido en mi despacho. De donde uno no se marcha hasta que yo diga que puede. O hasta que un abogado le saque, claro.
—Tal vez sea hora de que deje de bailar, Holt.
—De acuerdo —accedió—, ¿por qué no? En estos tiempos hasta el baile más sencillo duele como mil demonios. En fin, ¡maldito sea Dwight Cheminoux! Además, no deseo hacerle perder toda la mañana, así que agilicemos esto. Fui capaz de confirmar la presencia de un Toyota 4Runner en, o cerca de, la escena de dos asesinatos dentro de lo que designamos como el primer ciclo de Beadie. No el mismo; el color era distinto. Pero también confirmé que su marido tuvo otro 4Runner en los setenta.
—Es cierto. Le gustaba, por eso lo cambió por otro del mismo modelo.
—Sí, los hombres hacen eso. Y el 4Runner es un vehículo muy popular en lugares donde nieva la mitad del año. Pero después del asesinato de Moore, y después de que yo le interrogara, lo cambió por un Suburban.
—No inmediatamente —dijo Darcy con una sonrisa—. Tuvo ese 4Runner hasta bien entrado el nuevo siglo.
—Lo sé. Lo cambió en 2004, no mucho antes de que Andrea Honeycutt fuera asesinada de camino a Nashua. Un Suburban azul y gris; año de fabricación 2002. Un Suburban de ese año aproximado y con esos colores exactos fue visto bastante a menudo por el vecindario de la señora Honeycutt durante el mes anterior a su muerte. Pero he aquí lo curioso. —Se inclinó hacia delante—. Encontré a un testigo que dijo que el Suburban tenía matrícula de Vermont, y otra, una viejecita de esas que se sientan en la ventana del salón y vigilan todo lo que hacen sus vecinos desde el amanecer hasta la noche, porque no tienen nada mejor que hacer, aseguró que ella vio uno con matrícula de Nueva York.
—El coche de Bob tenía matrícula de Maine —dijo Darcy—. Como muy bien sabe usted.
—Claro, claro, pero las matrículas pueden robarse, ¿sabe?
—¿Qué hay de las muertes de los Shaverstone, Holt? ¿También se vio un Suburban azul y gris en el vecindario de Helen Shaverstone?
—Veo que ha estado siguiendo el caso de Beadie un poco más atentamente que la mayoría de la gente. Un poco más atentamente de lo que aparentaba en un principio.
—¿Lo vieron?
—No —contestó Ramsey—. En realidad, no. Pero sí se vio un Suburban azul y gris cerca del arroyo en Amesbury donde tiraron los cuerpos. —Volvió a sonreír mientras sus fríos ojos la estudiaban—. Tirados como basura.
Darcy suspiró.
—Lo sé.
—Nadie pudo identificar la matrícula del Suburban visto en Amesbury, pero de haberlo hecho, imagino que habría sido de Massachusetts. O Pensilvania. O cualquier otro sitio menos Maine.
El anciano se inclinó hacia delante.
—Este Beadie nos enviaba notas con los carnets de sus víctimas. Para burlarse de nosotros, ¿sabe? Desafiándonos a atraparle. Tal vez en el fondo quisiera ser atrapado.
—Tal vez sí—dijo Darcy, aunque lo dudaba.
—Las notas estaban escritas con letra de imprenta. Ahora bien, esta gente piensa que una caligrafía así no puede identificarse, pero casi siempre es posible. Aparecen similitudes. Supongo que no tendrá ninguno de los archivos de su marido, ¿verdad?
—Los que no fueron devueltos a su consultoría han sido destruidos. Pero imagino que allí tendrán multitud de muestras. Los contables lo guardan todo.
Ramsey suspiró.
—Ajá, pero para conseguir algo de una empresa así requeriría una orden judicial, y para conseguirla tendría que demostrar una causa probable. Lo cual no puedo hacer. Tengo una serie de coincidencias..., aunque en mi mente no lo son. Y tengo una serie de..., bueno..., propincuidades, supongo que se podrían llamar, aunque no alcanza ni mucho menos para considerarlas pruebas circunstanciales. Por eso acudí a usted, Darcy. Creía que a esta hora ya me habría puesto de patitas en la calle, pero ha sido usted muy amable.
Ella no dijo nada.
Ramsey se inclinó aún más hacia adelante, ahora casi completamente encorvado sobre la mesa. Como un ave de rapiña. Sin embargo, oculto tras la frialdad de sus ojos, no del todo imperceptible, existía algo más. Intuyó que podría ser amabilidad. Rezó por que así fuera.
—Darcy, ¿su marido era Beadie?
Fue consciente de que podría estar grabando su conversación; algo que ciertamente habitaba en el reino de la posibilidad. En lugar de contestar, levantó una mano de la mesa, mostrándole la palma rosada.
—Estuvo mucho tiempo sin saberlo, ¿verdad?
Darcy no dijo nada. Se limitaba a mirarlo. A mirar en su interior, del modo en que uno mira a las personas que conoce bien. Salvo que uno debía ser muy cuidadoso al hacerlo, pues no siempre se veía lo que uno pensaba que veía. Ahora lo sabía.
—¿Y entonces se enteró? ¿Un día se enteró?
—¿Le apetece otra taza de café, Holt?
—Media taza —contestó el hombre, que volvió a sentarse erguido y cruzó los brazos sobre su escuálido pecho—. Más me produciría acidez de estómago, y esta mañana olvidé tomarme la pastilla de Zantac.
—Creo que hay Omeprazol en el botiquín del piso de arriba —dijo ella—. Era de Bob. ¿Quiere que vaya a buscarlo?
—No tomaría nada suyo ni aunque me estuviera quemando por dentro.
—De acuerdo —dijo gentilmente, y le sirvió un poco más de café.
—Lo siento —se disculpó él—. A veces me dejo dominar por mis emociones. Esas mujeres..., todas esas mujeres..., y el niño, con la vida entera por delante. Eso es lo peor de todo.
—Sí —asintió ella, pasándole la taza. Notó que la mano del hombre temblaba, y pensó que este sería probablemente su último rodeo, independientemente de lo listo que fuera..., y era tremendamente listo.
—Una mujer que averiguara qué clase de persona es su marido con el partido tan avanzado se encontraría en una difícil posición.
—Sí, imagino que así es —dijo Darcy.
—¿Quién se creería que vivió con un hombre tantos años sin saber lo que era realmente? Vaya, ella sería como un, cómo se llama, el pájaro que vive en la boca de un cocodrilo.
—Según se cuenta —indicó Darcy—, el cocodrilo permite a ese pájaro vivir en su boca porque mantiene limpios sus dientes. Se come las partículas de los huecos. —Simuló un movimiento de picoteo con los dedos de la mano derecha—. Probablemente no sea cierto..., pero sí es cierto que yo solía llevar a Bob al dentista. Si lo dejabas solo, se olvidaba accidentalmente adrede de sus citas. Se comportaba como un niño para el dolor. —Los ojos se le inundaron de lágrimas sin previo aviso. Se las enjugó con el dorso de la mano, maldiciéndolas. Este hombre no respetaría las lágrimas derramadas a causa de Robert Anderson.
O quizá se equivocara al respecto. Ramsey estaba sonriendo y asentía con la cabeza.
—Y sus chicos. Serían atropellados una vez cuando el mundo descubriera que su padre era un asesino en serie y un torturador de mujeres. Luego volverían a ser atropellados cuando el mundo decidiera que su madre había estado encubriéndole. Tal vez incluso ayudándole, igual que Myra Hindley ayudó a Ian Brady. ¿Sabe quiénes eran?
—No.
—Entonces da igual. Pero pregúntese esto: ¿qué haría una mujer en una posición tan complicada?
—¿Qué haría usted, Holt?
—No lo sé. Mi situación es un poco diferente. Puede que solo sea un viejo gruñón, el caballo más viejo del establo, pero tengo una responsabilidad para con las familias de las mujeres asesinadas. Merecen un cierre.
—Lo merecen, sin duda..., pero ¿lo necesitan?
—A Robert Shaverstone le arrancó el pene de un mordisco, ¿lo sabía?
No lo sabía. Por supuesto que no. Cerró los ojos y sintió las cálidas lágrimas que se escurrían a través de las pestañas. Y una mierda no «sufrió», pensó, y si Bob se hubiera aparecido delante de ella, con las manos extendidas e implorando clemencia, habría vuelto a matarlo.
—Su padre lo sabe —dijo Ramsey. Hablando con suavidad—. Y ha de vivir todos los días con ese conocimiento relativo al hijo que amaba.
—Lo siento —musitó ella—. Lo siento muchísimo.
Sintió que le tomaba la mano por encima de la mesa.
—No pretendía alterarla.
Darcy la retiró con un movimiento brusco.
—¡Claro que lo pretendía! Pero ¿piensa que no he estado alterada? ¿Piensa que no lo he estado... viejo metomentodo?
El anciano dejó escapar una risita, revelando la centelleante dentadura postiza.
—No. No pensaba eso en absoluto. Lo vi en cuanto abrió la puerta. —Hizo una pausa, y luego agregó deliberadamente—: Lo vi todo.
—¿Y qué ve ahora?
El antiguo detective se levantó, se tambaleó un poco y reencontró el equilibrio.
—Veo a una mujer valerosa a quien se debería dejar tranquila para que continuara con sus labores del hogar. Por no mencionar el resto de su vida.
Ella también se levantó.
—¿Y las familias de las víctimas? ¿Las que merecen un cierre? —Hizo una pausa, sin ningún deseo de decir el resto. Pero debía. Ese hombre había combatido un dolor considerable, quizá incluso un dolor insoportable, para visitarla, y ahora le estaba concediendo un salvoconducto. Al menos, así lo creía—. ¿El padre de Robert Shaverstone?
—El niño Shaverstone está muerto, y su padre como si ya lo estuviera. —Ramsey hablaba con un tranquilo tono de apreciación que Darcy reconoció. Se trataba del mismo tono que utilizaba Bob cuando sabía que un cliente de la consultoría iba a ser sometido a una inspección de Hacienda y que la reunión iría mal—. No despega la boca de la botella de whisky en todo el día. ¿Cambiaría algo el hecho de saber que el asesino de su hijo, el mutilador de su hijo, está muerto? No lo creo. ¿Traería de vuelta a alguna de las víctimas? No. ¿Está el asesino ahora mismo ardiendo por sus crímenes en los fuegos del infierno, sufriendo sus propias mutilaciones que sangrarán por toda la eternidad? La Biblia así lo dice. La parte del Antiguo Testamento, al menos, y como es de donde proceden nuestras leyes, a mí me vale. Gracias por el café. Tendré que parar en cada área de servicio entre aquí y Augusta en el camino de vuelta, pero mereció la pena. Hace usted un buen café.
Mientras le acompañaba hasta la puerta, Darcy se dio cuenta de que se sentía en el lado correcto del espejo por primera vez desde que tropezó con la caja de cartón en el garaje. Era bueno saber que habían estado cerca de atraparlo. Que no había sido tan listo como se creía.
—Gracias por venir a visitarme —dijo ella mientras el anciano se encasquetaba debidamente el sombrero. Abrió la puerta, dejando entrar una brisa fría. No le importó. La sensación sobre su piel resultaba agradable—. ¿Le volveré a ver?
—No. La próxima semana termino. Jubilación completa. Me voy a Florida, aunque no estaré allí mucho tiempo, según mi médico.
—Lamento oír e...
Súbitamente la atrajo entre sus brazos, que eran delgados pero nervudos y sorprendentemente fuertes. Darcy se sintió alarmada pero no asustada. El ala del sombrero de fieltro le rozó la sien cuando le susurró al oído:
—Hizo lo correcto. Y la besó en la mejilla.
El viejo detective recorrió el camino de entrada despacio y con prudencia, cuidándose del hielo. El andar de un anciano. Realmente debería utilizar bastón, pensó Darcy. Pasaba por delante del morro del coche, aún con la vista baja, pendiente de las placas de hielo, cuando ella pronunció su nombre. Ramsey se volvió, enarcando las tupidas cejas.
—Cuando mi marido era un muchacho, tenía un amigo que murió en un accidente.
—¿De veras? —Las palabras brotaron en una bocanada de blanco invernal.
—Sí—dijo Darcy—. Podría buscar lo que ocurrió. Fue muy trágico, a pesar de que no era un muy buen chaval, según mi marido.
—¿No?
—No. Era de los que albergan fantasías peligrosas. Se llamaba Brian Delahanty, pero de niños Bob le llamaba BD.
Ramsey permaneció parado junto a su coche durante varios segundos, procesando la información. Entonces asintió con la cabeza.
—Muy interesante. A lo mejor echo un vistazo al suceso en mi ordenador. O a lo mejor no; fue hace mucho tiempo. Gracias por el café.
—Gracias por la conversación.
Se quedó observando mientras se alejaba calle abajo (conducía con la confianza de un hombre mucho más joven, notó, probablemente porque sus ojos seguían siendo agudos) y a continuación entró en casa. Se sentía más joven, más ligera. Se acercó al espejo del vestíbulo. No vio nada salvo su propio reflejo, y eso era bueno.
EPILOGO
Las historias de este libro son duras. Puede que te hayan resultado difíciles de leer en algunos momentos. En ese caso, ten por seguro que a mí me resultó igualmente difícil escribirlas en algunos momentos. Cuando la gente me pregunta acerca de mi trabajo, he desarrollado el hábito de eludir el tema con chistes y anécdotas personales graciosas (en las que no puedes confiar completamente; nunca te fíes de nada de lo que diga un escritor de ficción). Se trata de una forma de desviación, y un poco más diplomática que la respuesta que hubieran dado mis antepasados yanquis a tales preguntas: «No es asunto tuyo, compadre». Sin embargo, bajo las bromas, me tomo muy en serio lo que hago, y así ha sido desde que escribí mi primera novela, La larga marcha, a los dieciocho años.
Tengo poca paciencia con los escritores que no se toman el trabajo en serio, y ninguna en absoluto con aquellos que consideran el arte de los relatos de ficción esencialmente desgastado. No está desgastado, y no se trata de un juego literario. Es uno de los caminos vitales a través de los que intentamos dar sentido a nuestra vida y al mundo a menudo terrible que vemos a nuestro alrededor. Es la manera de contestar a la pregunta: «¿Cómo es posible que ocurran cosas así?». Los relatos sugieren que a veces —no siempre, pero sí a veces— existe un motivo.
Desde el principio —incluso desde antes de que un muchacho que ahora apenas comprendo empezara a escribir La larga marcha en su cuarto de la universidad— he sentido que la mejor ficción era al mismo tiempo propulsora y agresiva. Se encara contigo. A veces te grita en la cara. No tengo nada en contra de la ficción literaria, que normalmente se preocupa de personas extraordinarias en situaciones ordinarias, pero como lector y como escritor, me interesan más las personas ordinarias en situaciones extraordinarias. Busco provocar una reacción emocional, incluso visceral, en mis lectores. No me toca a mí hacerles pensar mientras leen. Lo pongo en cursiva, porque si la historia es suficientemente buena y los personajes suficientemente vividos, la reflexión suplantará a la emoción cuando la historia haya sido contada y el libro dejado a un lado (a veces con alivio). Recuerdo haber leído 1984 de George Orwell a los trece años con creciente consternación, ira e indignación, atacando las páginas y devorando la historia a toda velocidad, ¿y hay algo de malo en eso? Sobre todo considerando que aún me da que pensar hoy en día, cuando algún político (me estoy acordando de Sarah Palin y sus insidiosos comentarios del «comité de la muerte») tiene éxito en convencer a la opinión pública de que lo blanco es en realidad negro, o viceversa.
He aquí una cosa más en la que creo: si fueras a adentrarte en un lugar muy oscuro —como la granja en Nebraska de Wilf James en «1922»— entonces deberías llevar contigo una linterna muy potente e iluminar cada rincón. Si no quieres ver, ¿por qué, en el nombre de Dios, te atreves a desafiar la oscuridad? El gran escritor naturalista Frank Norris siempre ha sido uno de mis ídolos literarios, y durante más de cuarenta años he tenido presente lo que dijo al respecto: «Nunca me he sometido; nunca me quité el sombrero ante la Moda ni lo extendí por unas monedas. Por Dios, les dije la verdad.»
Pero Steve, dices, has hecho un montón de dinero durante tu carrera, y en cuanto a la verdad..., eso es relativo, ¿no? Sí, he ganado una buena cantidad de dinero escribiendo mis historias, pero el dinero fue un efecto colateral, nunca el objetivo. Escribir ficción por dinero es un juego de idiotas. Y desde luego, la verdad está en los ojos de quien mira. Sin embargo, en lo que atañe a la ficción, la única responsabilidad del escritor consiste en buscar la verdad dentro de su propio corazón. No siempre coincidirá con la verdad del lector, ni con la verdad del crítico, pero mientras sea la verdad del escritor —mientras no se someta ni extienda su sombrero ante la Moda—, todo está bien. Para los escritores que mienten conscientemente, para aquellos que sustituyen la manera en que la gente actúa en la realidad por un comportamiento humano inverosímil, no guardo nada salvo desprecio. Una obra mal escrita no se caracteriza únicamente por una sintaxis de mierda y una carencia de observación; una obra mal escrita generalmente surge de una obstinada negación a contar historias sobre lo que la gente hace realmente, a afrontar el hecho, digámoslo así, de que los asesinos a veces ayudan a las viejecitas a cruzar la calle.
En Todo oscuro, sin estrellas me he esforzado al máximo por consignar qué podría hacer la gente, y cómo podría comportarse, bajo ciertas circunstancias extremas. La gente de estas historias no se encuentran desesperanzadas, pero reconocen que incluso nuestras más preciadas esperanzas (y nuestros más preciados deseos para nuestros prójimos y para la sociedad en que vivimos) a veces pueden ser vanas. A menudo, incluso. Sin embargo, creo que también expresan que la nobleza reside casi enteramente no en el triunfo sino en procurar hacer lo correcto..., y que cuando fracasamos en nuestro intento, o cuando voluntariamente damos la espalda al desafío, el infierno nos sigue.
«1922» vino inspirado por un libro de no-ficción titulado Wisconsin Death Trip (1973), obra de Michael Lesy, que incluye fotografías tomadas en la pequeña ciudad de Black River Falls, en Wisconsin. Me impresionó la desolación rural de aquellas imágenes, así como la dureza y la penuria en los rostros de muchos de los sujetos. Quise conseguir esa sensación en mi historia.
En 2007, viajando por la Interestatal 84 a un evento de firmas en Massachusetts oeste, me detuve en un área de servicio para una típica Comida de Salud de Steve King: una soda y una chocolatina. Al salir de la tienda de refrescos vi a una mujer que tenía un neumático pinchado y que le decía algo con gesto serio a un camionero de largo recorrido aparcado en la plaza de al lado. El hombre sonrió y bajó de la cabina.
—¿Necesita ayuda? —pregunté.
—No, no, ya me ocupo —respondió el camionero.
La señora consiguió cambiar el neumático, estoy seguro. Yo conseguí una barrita Three Musketeers y la idea para la historia que al final se convertiría en «Camionero Grande».
En Bangor, donde vivo, una vía llamada Extensión de Hammond Street circunvala el aeropuerto. Suelo andar cinco o seis kilómetros al día, y si estoy en la ciudad, a menudo voy por allí. Hay una parcela de grava junto a la valla del aeropuerto hacia la mitad de la Extensión, y un cierto número de vendedores callejeros han montado allí sus tenderetes a lo largo de los años. Mi favorito es el Tío de las Pelotas de Golf, como se le conoce en la zona, y siempre aparece en primavera. El Tío de las Pelotas de Golf sube hasta el Campo de Golf Municipal de Bangor cuando el tiempo empieza a ser cálido, y recoge cientos de pelotas usadas que fueron abandonadas bajo la nieve. Tira las que están muy mal y vende el resto en su puestecito en la Extensión (el parabrisas de su coche está bordeado con pelotas de golf, un toque excelente). Un día al verle se me ocurrió la idea de «Una extensión justa». Por supuesto, la situé en Derry, hogar del difunto y no llorado Pennywise, porque Derry no es más que Bangor enmascarado bajo un nombre diferente.
La última historia de este libro se me ocurrió después de leer un artículo sobre Dennis Rader, el infame asesino BTK (siglas de Bind, Torture, Kill: atar, torturar, matar) que segó la vida de diez personas a lo largo de un período de aproximadamente dieciséis años, la mayoría mujeres, pero dos de sus víctimas fueron niños. En muchos casos enviaba a la policía documentos identificativos de las víctimas. Paula Rader estuvo casada con este monstruo durante treinta y cuatro años, y mucha gente de la zona de Wichita, donde Rader perpetró sus crímenes, se niegan a creer que hubiera podido vivir con él sin saber lo que hacía. Yo sí lo creí —lo creo— y escribí esta historia para explorar lo que podría suceder en una situación semejante, si la mujer descubriera repentinamente el horrible hobby de su marido. También la escribí para explorar la idea de que es imposible conocer del todo a nadie, ni siquiera a aquellos que más amamos.
De acuerdo, me parece que ya hemos pasado en la oscuridad un tiempo más que suficiente. Existe un mundo entero ahí arriba. Toma mi mano, Lector Constante, y estaré encantado de guiarte a la luz del sol. Me alegra visitar ese lugar, porque creo que la mayoría de las personas son esencialmente buenas. Sé que yo lo soy.
Eres tú de quien no estoy completamente seguro.
Bangor, Maine 23 de diciembre de 2009