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stephen king

una extensión justa (spanish)

stephen king on eBay

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Streeter solo vio la señal porque tuvo que hacerse a un lado para vomitar. Esto ahora ocurría con mucha frecuencia, y con muy poco aviso, a veces un aleteo de náuseas, a veces un sabor a latón en el fondo de la boca, y a veces nada en absoluto; solo urk y ahí aparecía, hola, cómo te va. Eso convertía la acción de conducir en un propósito arriesgado, aunque también conducía mucho últimamente, en parte porque hacia finales de otoño ya no sería capaz, y en parte porque tenía mucho en lo que pensar. Siempre había pensado mejor sentado al volante.
Se hallaba en la Extensión de Harris Avenue, una amplia vía que corría unos tres kilómetros junto al Aeropuerto Comarcal de Derry y los negocios auxiliares: principalmente moteles y almacenes. La Extensión era muy transitada durante las horas del día, porque conectaba las zonas este y oeste de Derry, además de proporcionar servicio al aeropuerto, pero al caer la noche estaba prácticamente desierta. Streeter se detuvo en el carril bici, agarró rápidamente una de las bolsas para vómito de la pila depositada en el asiento del pasajero, hundió la cara en ella, y dejó que fluyera. La cena hizo una aparición estelar. O la habría hecho, de haber tenido los ojos abiertos. No fue así. Una vez que habías visto un hartazgo de vómito, los habías visto todos.
Al comienzo de la fase de vómitos no había dolor. El doctor Henderson le advirtió de que eso cambiaría, lo cual ocurrió al cabo de una semana. Aún no era una agonía, solo una rápida descarga desde las entrañas hasta la garganta, como un reflujo ácido. Llegaba y a continuación se desvanecía. Sin embargo, iría a peor. El doctor Henderson también se lo había dicho.
Levantó la cabeza de la bolsa, abrió la guantera, sacó un cierre de alambre, y aseguró la cena antes de que el olor pudiera impregnar el coche. Miró a la derecha y divisó una providencial papelera con un alegre sabueso de orejas gachas en el costado y un mensaje estarcido en el que se leía DERRY DAWG DICE: ¡PON LA BASURA EN SU SITIO!
Streeter bajó del vehículo, caminó hasta la Papelera Dawg y se deshizo de la más reciente eyección de un cuerpo que se deterioraba. El sol veraniego adquiría una tonalidad rojiza sobre el terreno plano (y en ese momento desierto) del aeropuerto, y la sombra clavada a sus talones era larga y grotescamente delgada. Era como si estuviera cuatro meses adelantada a su cuerpo y ya totalmente devastada por el cáncer que pronto lo devoraría vivo.
Regresaba al coche cuando vio el letrero al otro lado de la carretera. Al principio, y probablemente porque sus ojos aún lagrimeaban, creyó que decía EXTENSIÓN DE PELO. Luego parpadeó y vio que en realidad ponía EXTENSIÓN JUSTA1. Debajo, en letra más pequeña: PRECIO JUSTO.
Extensión justa, precio justo. Sonaba bien, y casi parecía lógico.
Había una parcela de grava en el extremo más lejano de la Extensión, en el exterior de la malla ciclónica que marcaba la propiedad del aeropuerto del condado. Mucha gente instalaba allí puestos de carretera durante las horas de mayor ajetreo del día, porque permitía a los clientes aparcar sin que te pegaran por detrás (si uno era rápido y recordaba usar los intermitentes, claro). Streeter había vivido toda su vida en la pequeña ciudad de Derry, en Maine, y a lo largo del tiempo había visto a gente vender helechos frescos en primavera, bayas frescas y mazorcas de maíz en verano, y langostas casi todo el año. Durante la estación del barro, un viejo chiflado conocido como el Hombre Nieve se adueñaba del lugar, vendiendo baratijas rescatadas que se habían perdido en invierno y que la nieve al fundirse dejaba al descubierto. Muchos años antes Streeter le había comprado a este personaje una bonita muñeca de trapo, con la intención de regalársela a su hija May, que por entonces tenía dos o tres años. Cometió el error de contarle a Janet que la había conseguido del Hombre Nieve, y ella le obligó a tirarla a la basura.
—¿Te crees que una muñeca de trapo se puede hervir para matar los gérmenes? —preguntó—. A veces no entiendo cómo puede un hombre listo ser tan estúpido.
Bueno, el cáncer no discriminaba en cuanto a inteligencia. Listo o estúpido, estaba preparado para abandonar el partido y quitarse el uniforme.
Había una mesa plegable colocada donde el Hombre Nieve exhibiera en otro tiempo sus artículos. El hombre regordete sentado tras ella se protegía de los rayos rojos del sol poniente con una gran sombrilla de color amarillo inclinada de modo desenfadado.
Streeter se quedó parado delante del coche durante un minuto, y cuando se disponía a montar (el hombre regordete no le había prestado atención; parecía estar mirando un pequeño televisor portátil), la curiosidad lo venció. Comprobó el tráfico, no divisó ninguno —como era previsible la Extensión a esa hora se hallaba muerta, todos los viajeros diarios estaban en casa cenando y dando por seguros sus estados no cancerosos— y cruzó los cuatro carriles vacíos. Su sombra escuálida, el Fantasma del Streeter Futuro, le seguía a la zaga.
El hombre regordete alzó la vista.
—Eh, hola —saludó. Antes de que apagara el televisor, Streeter tuvo tiempo de observar que el tipo estaba viendo Inside Edition—. ¿Cómo se encuentra esta noche?
—Bueno, no sé usted, pero yo he estado mejor —respondió Streeter—. Un poco tarde para estar vendiendo, ¿no? Hay muy poco tráfico por aquí después de la hora punta. Es la parte posterior del aeropuerto, ¿sabe? Solo entregas de carga. Los pasajeros entran por la calle Witcham.
—Sí—dijo el hombre regordete—, pero por desgracia la zonificación va en contra de los pequeños negocios de carretera como el mío en la parte concurrida del aeropuerto. —Meneó la cabeza ante la injusticia del mundo—. Iba a cerrar e irme a casa a las siete, pero tuve el presentimiento de que podría aparecer un cliente potencial.
Streeter echó un vistazo a la mesa, no vio ningún artículo a la venta (a menos que el televisor lo fuera), y sonrió.
—Es difícil que yo sea un cliente potencial, señor...
—George Alobid —dijo el hombre regordete, levantándose y ofreciéndole una mano igualmente regordeta.
Streeter se la estrechó.
—Dave Streeter. Y es difícil que yo sea un cliente potencial, porque no tengo ni idea de lo que está vendiendo. Al principio creí que el letrero decía extensión de pelo.
—¿Quiere hacerse extensiones en el pelo? —preguntó Alobid, echándole un rápido vistazo crítico—. Lo digo porque el suyo parece que ralea.
—Y pronto habrá desaparecido —dijo Streeter—. Voy a quimio.
—Oh, vaya. Lo siento.
—Gracias. Aunque no sé qué sentido tiene... —Se encogió de hombros. Le asombró la facilidad con la que uno podía hablarle de esas cosas a un extraño. Ni siquiera se lo había contado a sus hijos, aunque Janet lo sabía, por supuesto.
—¿Las posibilidades no son muchas? —preguntó Alobid. Había genuina compasión en su voz (ni más ni menos), y Streeter notó que se le anegaban los ojos de lágrimas. Llorar delante de Janet le avergonzaba terriblemente, y solo lo había hecho en dos ocasiones. Aquí, con este extraño, parecía correcto. No obstante, sacó su pañuelo del bolsillo trasero y se enjugó los ojos. Un pequeño avión iniciaba la maniobra de aproximación para aterrizar. Recortado contra el sol rojo, se asemejaba a un crucifijo móvil.
—Ninguna posibilidad es lo que oigo —dijo Streeter—. Así que supongo que la quimio es solo..., no sé...
—¿Un triaje reflejo?
Streeter se echó a reír.
—Exactamente eso.
—Quizá debiera considerar cambiar la quimio por más analgésicos. O podría hacer un pequeño trato conmigo.
—Como empecé a decir, difícilmente puedo ser un cliente potencial sin saber qué vende.
—Oh, bueno, la mayoría de la gente lo llamaría aceite de serpiente —dijo Alobid, sonriendo detrás de la mesa y basculando arriba y abajo sobre las puntas de los pies. Streeter advirtió con cierta fascinación que, aunque George Alobid era regordete, su sombra se veía tan delgada y enferma como la de Streeter. Supuso que la sombra de todo el mundo empezaba a parecer enferma a medida que se aproximaba la puesta de sol, especialmente en agosto, cuando el final del día se alargaba y persistía y por alguna razón no resultaba del todo agradable.
—No veo las botellas —comentó Streeter.
Alobid clavó los dedos en la mesa y se inclinó hacia delante, presentando de repente un aspecto serio.
—Vendo extensiones —dijo.
—Lo cual hace que el nombre de esta carretera en particular sea fortuito.
—Nunca lo había pensado así, pero tiene razón. Aunque a veces un puro no es más que un cigarro, y una coincidencia no es más que una coincidencia. Todo el mundo desea una extensión, señor Streeter. Si usted fuera una mujercita con pasión por las compras, le ofrecería una extensión de crédito. Si usted tuviera un pene pequeño (la genética puede ser muy cruel), le ofrecería una extensión de polla.
Streeter se mostraba asombrado y divertido por la llaneza de sus palabras. Por vez primera en un mes —desde el diagnóstico— olvidó que sufría una forma agresiva de cáncer que avanzaba con suma rapidez.
—Bromea.
—Oh, soy un gran bromista, pero nunca hago chistes con los negocios. He vendido docenas de extensiones de polla en mi época, y en una época se me conoció en Arizona como El Pene Grande. Estoy siendo completamente sincero, pero, por suerte para mí, no necesito ni espero que usted me crea. Los hombres bajos con frecuencia desean una extensión de altura. Si quisiera más pelo, señor Streeter, estaría encantado de venderle una extensión de pelo.
—Si un hombre tuviera una nariz grande, ya sabe, como Jimmy Durante, ¿podría conseguir una más pequeña?
Alobid meneó la cabeza, sonriendo.
—Ahora es usted quien bromea. La respuesta es no. Si necesita una reducción, tendría que acudir a otro sitio. Yo me especializo solo en extensiones, un producto muy americano. He vendido extensiones de amor, a veces denominadas pociones, a los perdidamente enamorados, extensiones de préstamo a los faltos de liquidez (muchas, con esta economía), extensiones de tiempo a aquellos bajo la presión de una fecha límite, y una vez una extensión de ojo a un compadre que quería ser piloto de las Fuerzas Aéreas y sabía que no superaría el examen de la vista.
Streeter sonreía abiertamente, divertido. Habría dicho que la diversión ya se encontraba fuera de su alcance, pero la vida estaba llena de sorpresas.
Alobid también sonreía, como si compartieran un chiste excelente.
—Y una vez —prosiguió—, arreglé una extensión de realidad para un pintor, un hombre muy talentoso, que se estaba deslizando hacia una esquizofrenia paranoide. Eso sí que fue caro.
—¿Cuánto, si me permite el atrevimiento?
—Una de las pinturas del compadre, que ahora adorna mi casa. Conocerá su nombre, famoso en el Renacimiento Italiano. Si en la universidad dio un curso de iniciación al arte, probablemente lo haya estudiado.
Streeter continuaba sonriendo, pero retrocedió un paso, por precaución. Había aceptado el hecho de que iba a morir, pero eso no significaba que quisiera hacerlo ese día, a manos de un posible fugado del manicomio de Juniper Hill para criminales psicóticos de Augusta.
—Entonces ¿de qué estamos hablando? ¿De que usted es una especie de..., no sé..., inmortal?
—Muy longevo, ciertamente —respondió Alobid—. Lo cual nos lleva a lo que puedo hacer por usted, creo. Probablemente querrá una extensión de vida.
—Pero supongo que no podrá hacerse, ¿no? —preguntó Streeter. Mentalmente estaba calculando la distancia hasta el coche, y cuánto tardaría en llegar allí.
—Claro que puede hacerse... por un precio.
Streeter, que en su época había jugado sus buenas partidas de Scrabble, ya había imaginado las letras del nombre de Alobid en fichas y las había reordenado.
—¿Dinero? ¿O estamos hablando de mi alma?
Alobid agitó la mano y acompañó el gesto con un pícaro movimiento de ojos.
—No reconocería un alma, como dice el dicho, ni aunque me mordiera en el trasero. No, la respuesta es dinero, como casi siempre. El quince por ciento de sus ingresos durante los próximos quince años debería bastar. Véalo como una comisión para el agente.
—¿Esa sería la duración de mi extensión?
Streeter contemplaba la idea de quince años con nostálgica avaricia. Parecía mucho tiempo, especialmente al lado de lo que le aguardaba realmente: seis meses de vómitos, dolor creciente, coma, muerte. Más una necrológica que sin duda incluiría la frase «tras una batalla larga y valiente contra el cáncer». Yada-yada, como decían en Seinfeld.
Alobid elevó las manos a la altura de los hombros, en un expansivo gesto de «quién sabe».
—Podrían ser veinte. No puedo asegurarlo, esto no es una ciencia exacta. Pero si espera la inmortalidad, olvídelo. Todo cuanto vendo es una extensión justa. Es lo más que puedo hacer.
—A mí me vale —dijo Streeter. El tipo le había levantado el ánimo, y si necesitara una pareja seria para su número, Streeter estaba dispuesto a complacerle. Hasta cierto punto, al menos. Aún sonriendo, le tendió la mano por encima de la mesa plegable—. Quince por ciento, quince años. Aunque debo advertirle, el quince por ciento del salario del director adjunto de un banco no es que le vaya a poner precisamente frente al volante de un Rolls-Royce. De un Geo, quizá, pero...
—Eso no es todo —dijo Alobid.
—Claro que no —contestó Streeter. Suspiró y retiró la mano—. Señor Alobid, ha sido un placer hablar con usted, me ha alegrado la tarde, algo que creía imposible, y espero que Consiga ayuda para su problema ment...
—Silencio, estúpido —dijo Alobid, y aunque seguía sonriendo, ahora no había nada agradable en su sonrisa. De repente parecía más alto, por lo menos siete u ocho centímetros más alto, y no tan regordete.
Es la luz, pensó Streeter. La luz del atardecer es engañosa. Y el desagradable olor que percibió de repente no era probablemente sino combustible de aviación quemado, transportado a este pequeño cuadrado de grava al otro lado de la malla ciclónica por una errante ráfaga de viento. Tenía sentido... pero calló como le habían ordenado.
—¿Por qué un hombre o una mujer necesita una extensión? ¿Se ha preguntado alguna vez eso?
—Claro que sí —respondió Streeter con un deje de aspereza—. Trabajo en un banco, señor Alobid, en la Caja de Ahorros de Derry. La gente me pide extensiones de préstamo constantemente.
—Entonces sabe que la gente necesita extensiones para compensar déficit; déficit de crédito, déficit de polla, déficit de vista, etcétera.
—Sí, este mundo anda corto de muchas cosas —dijo Streeter.
—Justamente. Pero incluso las cosas que no están ahí poseen peso. Un peso negativo, que es el peor. El peso que usted pierde debe ir a algún otro sitio. Es física básica. Física psíquica, podríamos decir.
Streeter estudió a Alobid con fascinación. Aquella momentánea impresión de que el hombre era más alto (y de que su sonrisa contenía demasiados dientes) se había esfumado. No era más que un tipo bajito, corpulento, que probablemente tenía una tarjeta sanitaria verde en su cartera, si no de Juniper Hill, entonces del Instituto de Salud Mental Acadia, en Bangor. Si es que tenía cartera. Poseía ciertamente una ilusoria geografía desarrollada en grado sumo, y eso lo convertía en un fascinante objeto de estudio.
—¿Puedo andarme sin rodeos, señor Streeter?
—Por favor.
—Debe transferir el peso. En palabras llanas, tiene que hacerle una putada a alguien si quiere deshacer la putada que le han hecho a usted.
—Ya veo. —Y así era. Alobid retomaba su mensaje, y el mensaje era un clásico.
—Pero no puede ser cualquiera. El sacrificio anónimo ya se ha intentado, y no funciona. Tiene que ser alguien que usted odie. ¿Hay alguien a quien odie, señor Streeter?
—Kim Jong-il no me entusiasma demasiado —dijo Streeter—. Y creo que la cárcel es demasiado buena para los malditos cabrones que volaron el USS Cole, pero supongo que no...
—Sea serio o váyase de aquí—dijo Alobid, y una vez más dio la impresión de ser más alto. Streeter se preguntó si esto podría ser un peculiar efecto secundario de la medicación que tomaba.
—Si se refiere a mi vida personal, no odio a nadie. Hay gente que no me gusta, como la señora Denbrough, que vive al lado y nunca pone la tapa de los cubos de basura, y si sopla el viento, toda su porquería termina desparramada por mi césped...
—Si me permite citar erróneamente al difunto Dino Martino, señor Streeter, todo el mundo odia a alguien alguna vez.
—Will Rogers decía...
—Will Rogers era un tejedor de lazos que llevaba el sombrero sobre los ojos como un niño jugando a los vaqueros. Aparte, si de verdad usted no odia a nadie, no podremos hacer negocios.
Streeter lo meditó. Posó la vista en sus zapatos y habló con un hilo de voz que a duras penas reconoció como propia.
—Supongo que odio a Tom Goodhugh.
—¿Quién es él en su vida?
Streeter lanzó un suspiro.
—Mi mejor amigo desde la escuela primaria.
Se produjo un momento de silencio antes de que Alobid estallara en sonoras carcajadas. Rodeó la mesa con grandes zancadas, palmeó a Streeter en la espalda (con una mano que se percibía gélida y unos dedos que se percibían largos y delgados en vez de cortos y regordetes), y luego regresó a su silla plegable. Se derrumbó en ella, aún resoplando y rugiendo. Tenía la cara roja, y las lágrimas que fluían por su rostro también parecían rojas (como de sangre, en realidad) a la luz del atardecer.
—Su mejor... desde la escuela... oh, eso es...
Alobid no pudo decir más. Entró en un estado de estallidos y aullidos y espasmos, con la barbilla (extrañamente afilada para un rostro tan rollizo) alzada y saludando al inocente (pero ensombrecido) cielo de verano. Por fin consiguió recuperar el control sobre sí mismo. Streeter pensó en ofrecerle su pañuelo, y decidió que no quería que tocara la piel del vendedor de extensiones.
—Eso es excelente, señor Streeter —dijo—. Podremos hacer negocios.
—Vaya, genial —dijo Streeter, retrocediendo otro paso—. Ya estoy disfrutando de mis quince años adicionales. Pero he aparcado en el carril bici, y eso es una infracción de tráfico. Podrían ponerme una multa.
—Yo no me preocuparía de eso —dijo Alobid—. Como quizá haya notado, ni un solo coche civil ha pasado por aquí desde que empezamos a regatear, no digamos un esbirro del departamento de policía de Derry. El tráfico nunca interfiere cuando estoy haciendo un trato serio con un hombre o mujer seria; me ocupo de eso.
Streeter miró en derredor con inquietud. Era cierto. Podía oír el tráfico en la calle Witcham, en dirección a Upmile Hill, pero esta parte de Derry se hallaba completamente desierta.
Por supuesto, se recordó a sí mismo, el tráfico siempre es ligero aquí al acabar el día laborable.
¿Pero ausente? ¿Totalmente ausente? Cabía esperarlo a medianoche, pero no a las siete y media de la tarde.
—Cuénteme por qué odia a su mejor amigo —invitó Alobid.
Streeter volvió a recordarse que este hombre estaba chalado. Nada de lo que le transmitiera Alobid sería creíble. La idea resultaba liberadora.
—De niños, Tom era más guapo, y ahora lo es más, con mucha diferencia. En el instituto era el mejor en tres deportes; el único que a mí se me da medianamente bien es el mini-golf.
—No creo que tengan equipo de animadoras para eso —dijo Alobid.
Streeter sonrió forzadamente, cada vez más entusiasmado con este asunto.
—Tom es bastante listo, pero hizo el vago en el instituto de Derry. Sus ambiciones universitarias eran nulas. Pero cuando bajaron sus notas lo suficiente para poner en peligro su beca de atletismo, le entró el pánico. ¿Y entonces quién recibió la llamada?
—¡Usted! —exclamó Alobid—. ¡El bueno de Míster Responsabilidad! Le dio clases particulares, ¿verdad? ¿Quizá redactó algunos trabajos? ¿Asegurándose de escribir mal las palabras donde los profesores de Tom sabían que solía cometer faltas de ortografía?
—Culpable de los cargos. De hecho, cuando estábamos en el último curso y Tom ganó el premio al Deportista del Año del Estado de Maine, yo era realmente dos estudiantes: Dave Streeter y Tom Goodhugh.
—Algo duro.
—¿Sabe lo que es más duro? Yo tenía una novia. Una chica preciosa que se llamaba Norma Witten. Ojos y pelo castaños, piel impecable, pómulos perfectos...
—Tetitas a las que uno nunca renunciaría...
—Sí, en efecto. Pero, dejando a un lado el atractivo sexual...
—Que no significa que en realidad lo dejara de lado...
—... amaba a esa chica. ¿Sabe lo que hizo Tom?
—¡Se la robó! —dijo Alobid con indignación.
—Correcto. Vinieron a verme los dos, ¿sabe? Para limpiar su conciencia.
—¡Qué noble!
—Declararon que no pudieron evitarlo.
—Declararon que estaban en-amor-ados, oh, A-M-O-R.
—Sí. La fuerza de la naturaleza. Esto es mayor que nosotros dos. Etcétera, etcétera.
—Déjeme adivinar. La dejó preñada.
—Desde luego.
Streeter volvió a clavar la vista en sus zapatos, recordando una cierta falda que Norma había llevado cuando estaba en primer o segundo año de universidad. Estaba cortada para enseñar una ligera insinuación de su ropa interior. Eso había sido casi treinta años antes, pero a veces aún evocaba aquella imagen cuando hacía el amor con Janet. Nunca había hecho el amor con Norma, bueno, al menos no hasta el final; ella no lo permitía. Sin embargo, se había mostrado más que impaciente por quitarse las bragas para Tom Goodhugh.
Probablemente la primera vez que él se lo pidió.
—Y la abandonó con un bollo en el horno.
—No. —Streeter suspiró—. Se casó con ella.
—¡Y luego se divorció! ¿Quizá después de darle una paliza?
—Peor aún. Siguen casados. Con tres hijos.
—Eso es casi lo más inmundo que he oído jamás. No existen muchas cosas que pudieran empeorarlo. A menos... —Alobid miró con astucia a Streeter desde debajo de sus tupidas cejas—. A menos que sea usted quien se encuentre congelado en el iceberg de un matrimonio sin amor.
—En absoluto —contestó Streeter, sorprendido por la idea—. Quiero muchísimo a Janet, y ella también me quiere. El modo en el que me ha apoyado durante este cáncer ha sido sencillamente extraordinario. Si existe algo semejante a la armonía en el universo, entonces Tom y yo terminamos con las compañeras acertadas. Definitivamente. Pero...
—¿Pero? —Alobid lo miraba con gozoso anhelo.
Streeter fue consciente de que tenía las uñas incrustadas en las palmas. En lugar de aflojar, presionó con mayor fuerza. Presionó hasta que sintió que brotaba la sangre.
—¡Pero el hijo de puta me la robó! —Eso había estado concomiéndole durante años, y sentaba bien poder gritar la noticia.
—Así es, y nunca cesamos de desear lo que deseamos, sea o no bueno para nosotros. ¿No opina lo mismo, señor Streeter?
Streeter no contestó. Respiraba con fuerza, como un hombre que acaba de esprintar cincuenta metros o que se ha enzarzado en una pelea callejera. Intensas pelotitas de color habían emergido en sus previamente pálidas mejillas.
—¿Y eso es todo? —Alobid habló con la inflexión de un comprensivo párroco.
—No.
—Sáquelo todo, entonces. Drene esa ampolla.
—Es millonario. No debería, pero lo es. A finales de los ochenta, no mucho después de la inundación que casi aniquiló esta ciudad, montó una empresa de basuras..., solo que la llamó Eliminación y Reciclaje de Residuos de Derry. Un nombre más atractivo, ya sabe.
—Menos patógeno.
—Acudió a mí para el préstamo, y aunque todo el mundo en el banco opinaba que la propuesta era poco sólida, lo aprobé. ¿Sabe por qué le aprobé el préstamo, Alobid?
—¡Por supuesto! ¡Porque es su amigo!
—Pruebe otra vez.
—Porque pensó que fracasaría estrepitosamente.
—Correcto. Invirtió todos sus ahorros en cuatro camiones de basura, e hipotecó su casa para comprar una parcela colindante a los límites de Newport. Para un vertedero. La clase de cosas que los gángsteres de New Jersey poseen para blanquear el dinero de la droga y la prostitución y usarlo como depósito de cadáveres. Pensé que estaba chalado y me moría por concederle el préstamo. Aún me quiere como a un hermano por eso. No deja de decirle a la gente cómo me enfrenté al banco y puse mi empleo en peligro. «Dave cargó conmigo, como en el instituto», dice. ¿Sabe cómo llaman los niños de la ciudad a su vertedero ahora?
—¡Dígamelo!
—¡El Monte Trashmore! ¡Es enorme! ¡No me extrañaría que fuera radiactivo! Está cubierto de césped, pero hay letreros de PROHIBIDO EL PASO por todas partes, y probablemente bajo esa bonita hierba verde haya una Rata Manhattan. ¡Y seguro que también son radiactivas!
Calló, consciente de que sonaba ridículo, despreocupado. Alobid estaba loco, pero ¡sorpresa! ¡Streeter había resultado ser también un demente! Al menos en lo referente a su viejo amigo. Además...
En cáncer veritas, pensó Streeter.
—Por tanto, recapitulemos. —Alobid empezó a enumerar los puntos con los dedos, que no eran largos en absoluto, sino tan cortos, regordetes e inofensivos como el resto de su persona—. Tom Goodhugh era más guapo que usted, incluso de niños. Estaba dotado de unas habilidades atléticas que usted solo podía soñar. La muchacha que para usted se cerraba de piernas en el asiento trasero de su coche, abrió esos suaves muslos blancos para Tom. Se casó con ella. Siguen enamorados. Los hijos bien, supongo, ¿no?
—¡Sanos y preciosos! —escupió Streeter—. Una se va a casar, otro está en la universidad, otro en el instituto. ¡Este es capitán del equipo de fútbol! ¡Del puto palo la puta astilla!
—Correcto. Y, la guinda del pastel, él es rico y usted va dando tumbos por la vida con un sueldo de sesenta mil al año, más o menos.
—Conseguí una bonificación por el préstamo —refunfuñó Streeter—. Por tener visión.
—Pero lo que usted de verdad quería era un ascenso.
—¿Cómo sabe eso?
—Ahora soy un hombre de negocios, pero en otro tiempo fui un humilde asalariado. Me despidieron antes de empezar a trabajar por cuenta propia. Lo mejor que me pudo pasar. Sé cómo van estas cosas. ¿Algo más? Le conviene desahogarse.
—¡Bebe cerveza artesanal Spotted Hen! —gritó Streeter—. ¡Nadie en Derry bebe esa mierda pretenciosa! ¡Solo él! ¡Solo Tom Goodhugh, el Rey de la Basura!
—¿Tiene un coche deportivo? —Alobid habló en voz baja, las palabras forradas de seda.
—No. Si lo tuviera, al menos podría bromear con Janet sobre la menopausia del deportivo. Conduce un maldito Range Rover.
—Intuyo que queda una cosa más —dijo Alobid—. De ser así, también le convendría sacárselo de encima.
—No tiene cáncer. —Streeter casi lo musitó—. Tiene cincuenta y un años, como yo, y está sano... como un puto... caballo.
—Igual que usted —dijo Alobid.
—¿Qué?
—Está hecho, señor Streeter. O, puesto que he curado su cáncer, al menos temporalmente, ¿puedo llamarle Dave?
—Está completamente loco —dijo Streeter, no sin admiración.
—No, señor. Estoy tan cuerdo como una línea recta. Pero fíjese que dije temporalmente. Nuestra relación ahora se halla en la fase de «pruébelo, lo comprará». Durará por lo menos una semana, quizá diez días. Le insto a que visite a su médico. Creo que encontrará una notable mejoría en su condición. Pero no durará. A menos...
—¿A menos?
Alobid se inclinó hacia delante, sonriendo de manera cómplice. Los dientes de nuevo parecían ser demasiado numerosos (y demasiado grandes) para su inofensiva boca.
—Vengo aquí de cuando en cuando —dijo—. Normalmente a esta hora del día.
—Justo antes de la puesta del sol.
—Exactamente. Paso desapercibido para la mayoría de la gente, miran a través de mí como si no estuviera aquí, pero usted se fijará. ¿Cierto?
—Si estoy mejor, sin duda —dijo Streeter.
—Y me traerá algo.
La sonrisa de Alobid se ensanchó, y Streeter vio algo asombroso y terrible: los dientes del hombre no eran demasiado grandes o demasiado numerosos. Eran afilados.
Cuando llegó a casa, Janet doblaba ropa en el lavadero.
—Aquí estás —dijo—. Empezaba a preocuparme. ¿Has tenido un buen paseo?
—Sí —respondió. Inspeccionó la cocina. Parecía diferente. Parecía una cocina salida de un sueño. Entonces encendió la luz, y todo mejoró. Alobid era el sueño. Alobid y sus promesas. Tan solo un lunático del sanatorio de Acadia con un permiso de un día.
Ella se le acercó y le besó en la mejilla. Estaba preciosa, colorada por el calor de la secadora. Tenía cincuenta años, pero parecía mucho más joven. Streeter pensó que probablemente llevaría una buena vida después de su muerte. Imaginaba que podría existir un padrastro para May y Justin en el futuro.
—Tienes buen aspecto —dijo ella—. Incluso has cogido algo de color.
—¿Sí?
—Sí. —Le dedicó una alentadora sonrisa que encerraba inquietud bajo la superficie—. Ven a charlar conmigo mientras doblo el resto de la ropa. Es muy aburrido.
La siguió y se quedó en la puerta del lavadero. Era lo suficientemente sensato como para no ofrecerle ayuda; Janet decía que ni siquiera sabía doblar bien los trapos de cocina.
—Llamó Justin —le dijo—. El y Cari están en Venecia. En un albergue juvenil. Dijo que su taxista hablaba un inglés muy bueno. Se está divirtiendo de lo lindo.
—Genial.
—Tenías razón al mantener en secreto el diagnóstico —dijo ella—. Tenías razón y yo me equivocaba.
—Una primicia en nuestro matrimonio.
Ella arrugó la nariz.
—Jus ha estado muy ilusionado con este viaje. Pero tendrás que confesar cuando regrese. May vendrá desde Searsport para la boda de Gracie, y ese sería el momento.
Gracie era Gracie Goodhugh, la hija mayor de Tom y Norma. Cari Goodhugh, el compañero de viaje de Justin, era el hermano mediano.
—Ya veremos —dijo Streeter. Guardaba una de sus bolsas para vómitos en el bolsillo trasero, pero nunca había sentido menos ganas de devolver. Lo que sí le apetecía era comer. Por primera vez en días.
Allí no pasó nada, ¿lo sabes, no? No se trata más que de una pequeña exaltación psicosomática. Desaparecerá.
—Como el pelo —dijo.
—¿Qué, cariño?
—Nada.
—Ah, y hablando de Gracie, llamó Norma. Me recordó que el jueves por la noche tocaba cena en su casa. Le dije que te preguntaría, pero que estabas muy ocupado en el banco, trabajando hasta tarde, con todo ese tema de las hipotecas basura. Creí que no querrías verlos.
Su voz era tan normal y tranquila como siempre, pero de pronto rompió a llorar, con grandes lágrimas de cuento de hadas que primero le anegaban los ojos y luego rodaban por sus mejillas. El amor se volvía monótono con los años de matrimonio, pero ahora el suyo crecía tan fresco como en los primeros días, cuando los dos vivían en un inmundo apartamento de la calle Kossout y a veces hacían el amor en la alfombra de la sala de estar. Streeter entró en el lavadero, le quitó de las manos la camisa que estaba doblando, y abrazó a su mujer. Ella le devolvió el abrazo, ferozmente.
—Es tan duro y tan injusto —dijo—. Lo superaremos. No sé cómo, pero vamos a superarlo.
—Así es. Y empezaremos cenando el jueves por la noche con Tom y Norma, igual que hacemos siempre.
Janet se retiró, mirándolo con ojos húmedos.
—¿Vas a contárselo?
—¿Y arruinar la cena? No.
—¿Serás capaz de comer? Sin... —Se llevó dos dedos a los labios cerrados, infló las mejillas, y puso los ojos bizcos: una cómica pantomima del vómito que provocó la sonrisa de Streeter.
—No sé el jueves, pero a lo mejor como algo ahora —dijo—. ¿Te importa si me preparo una hamburguesa? O puedo ir al McDonald's... y quizá traerte un helado de chocolate...
—Dios mío —dijo su mujer, y se enjugó los ojos—. Es un milagro.
—Yo no lo llamaría exactamente un milagro —le dijo el doctor Henderson a Streeter el miércoles por la tarde—. Pero...
Era dos días después de que Streeter discutiera asuntos de vida y muerte bajo la sombrilla amarilla del señor Alobid, y un día antes de la cena semanal de los Streeter con los Goodhugh, que en esta ocasión tendría lugar en la ampliada residencia en la que Streeter a veces pensaba como La Casa Que La Basura Construyó. La conversación se desarrollaba no en el despacho del doctor Henderson, sino en una pequeña sala de consulta del hospital Derry Home. Henderson había intentado disuadirle de someterse a una IRM, diciéndole a Streeter que su seguro no lo cubriría y que con toda certeza los resultados serían decepcionantes. Streeter había insistido.
—¿Pero qué, Roddy?
—Los tumores parecen haber encogido, y los pulmones se ven limpios. Nunca he observado un resultado semejante, ni tampoco los otros dos médicos que echaron un vistazo a las resonancias. Más importante aún, y esto es entre tú y yo, el técnico de IRM nunca ha visto nada igual, y esa es la gente en la que de verdad confío. Cree que probablemente se trate de un mal funcionamiento del ordenador de la máquina.
—Me siento bien, sin embargo —dijo Streeter—, por eso solicité la prueba. ¿Es eso un mal funcionamiento?
—¿Estás vomitando?
—Un par de veces —admitió Streeter—, pero creo que es debido a la quimio. Quiero ponerle fin, por cierto.
Roddy Henderson frunció el ceño.
—Eso sería poco prudente.
—Lo poco prudente fue iniciar el tratamiento en primer lugar, amigo mío. Dices «Lo siento, Dave, la probabilidad de que mueras antes de que tengas oportunidad de decir Feliz Día de San Valentín está en el percentil diecinueve, así que vamos a joder el tiempo que te queda llenándote hasta arriba de veneno. Puede que te sintieras peor si te inyectara lodo del vertedero de Tom Goodhugh, pero lo más seguro es que no». Y yo, como un tonto, accedí.
Henderson parecía ofendido.
—La quimio es la última mejor esperanza de...
—No te tires faroles contra un farolero —dijo Streeter con una afable sonrisa. Respiró hondo, y el aire invadió sus pulmones. La sensación era maravillosa—. Con un cáncer agresivo, la quimio no va destinada al paciente. No es más que una agonía que el paciente paga como recargo, así cuando muera, los médicos y los parientes podrán abrazarse unos a otros frente al ataúd y decir «Hicimos lo que pudimos».
—Eso ha sido cruel —dijo Henderson—. Sabes que eres propenso a una recaída, ¿verdad?
—Cuéntaselo a los tumores —contestó Streeter—. A los que ya no están ahí.
Henderson miró las imágenes del Más Profundo y Más Oscuro Streeter que continuaban apareciendo a intervalos de veinte segundos en el monitor de la sala de conferencias. Lanzó Un suspiro. Las resonancias eran buenas, incluso Streeter lo sabía, pero daba la impresión de que hacían infeliz a su médico.
—Relájate, Roddy. —Streeter habló con dulzura, como en otro tiempo habría hablado a May o Justin si uno de sus juguetes favoritos se hubiera perdido o roto—. Así es la vida, y a veces los milagros ocurren. Lo leí en el Reader's Digest.
—Según mi experiencia, nunca ha ocurrido uno en una máquina de IRM. —Henderson recogió un bolígrafo y tamborileó sobre el expediente de Streeter, que había engordado considerablemente durante los últimos tres meses.
—Hay una primera vez para todo —dijo Streeter.
Jueves, última hora de la tarde en Derry; anochecer de una noche de verano. El sol del ocaso proyectaba sus rayos rojos y ensoñadores sobre los doce mil metros cuadrados perfectamente cortados, regados y ajardinados que Tom Goodhugh tenía la temeridad de llamar «el viejo patio de atrás». Streeter se encontraba sentado en una silla de jardín en el cenador, escuchando el traqueteo de los platos y las risas de Janet y Norma mientras cargaban el lavavajillas.
¿Patio? Esto no es un patio, es la idea del paraíso de un fan de la teletienda.
Había incluso una fuente con un niño de mármol en medio. Por alguna razón, el querubín con el culo al aire (meando, por supuesto) era lo que más ofendía a Streeter. Estaba seguro de que la idea surgió de Norma, quien había vuelto a la universidad para sacarse una licenciatura en artes liberales y tenía burdas pretensiones clásicas; no obstante, ver una cosa así bajo el brillo moribundo de una perfecta noche de Maine y saber que su presencia era consecuencia del monopolio de la basura de Tom...
Y, hablando del diablo (o de Alobid, si te gusta más así, pensó Streeter), por la puerta asoma el Rey de la Basura en persona, apresando entre los dedos de la mano izquierda los cuellos de dos botellas sudorosas de cerveza Spotted Hen. Esbelto y erguido, con una camisa Oxford de cuello abierto y téjanos desteñidos, y con el rostro enjuto perfectamente iluminado por el brillo del atardecer, Tom Goodhugh parecía un modelo en un anuncio de cerveza. Streeter incluso visualizó el ejemplar de una revista: Vive la buena vida, pilla una Spotted Hen.
—Pensé que a lo mejor te apetecía una cerveza fría, pues tu preciosa mujer dice que conducirá ella.
—Gracias. —Streeter tomó una de las botellas, se la llevó a los labios, y bebió. Pretenciosa o no, era buena.
Mientras Goodhugh se sentaba, Jacob el futbolista salió con un plato de queso y galletas. Era tan ancho de espaldas y guapo como lo había sido Tom en su día. Seguro que las animadoras se le echan encima, pensó Streeter. Muy posiblemente tendrá que quitárselas a garrotazos.
—Mamá creyó que os podría gustar eso —dijo Jacob.
—Gracias, Jake. ¿Vas a salir?
—Un ratito. A lanzar el frisbee con unos tíos ahí en los Barrens hasta que esté todo oscuro, y luego vendré a estudiar.
—Quedaos de este lado. Hay hiedra venenosa desde que creció toda esa maraña.
—Ya lo sabemos. Denny la pilló cuando estábamos en el instituto, y estuvo tan mal que su madre creyó que tenía cáncer.
—¡Ay! —exclamó Streeter.
—Conduce con cuidado, hijo. No hagas el tonto.
—Descuida.
El muchacho rodeó con un brazo a su padre y le besó en la mejilla con una falta de cohibición que Streeter encontró deprimente. Tom no solo tenía salud, una mujer todavía preciosa, y un ridículo querubín meón; tenía un guapo hijo de dieciocho años que aún se sentía cómodo dándole un beso de despedida a su padre antes de salir con sus mejores amigos.
—Es un buen chico —dijo Goodhugh con afecto, mientras observaba a su hijo subir los escalones hasta la casa y desaparecer dentro—. Estudia duro y saca buenas notas, no como su viejo. Por suerte para mí, yo te tenía a ti.
—Por suerte para los dos —le corrigió Streeter, sonriendo y untando un poco de Brie en una Triscuit, que trituró en la boca.
—Me hace bien verte comer, colega —dijo Goodhugh—. Norma y yo empezábamos a preguntarnos si te pasaba algo malo.
—Nunca he estado mejor —contestó Streeter, y bebió otro trago de la deliciosa (y sin duda cara) cerveza—. Aunque estoy perdiendo pelo. Jan dice que me hace más delgado.
—Eso es algo de lo que las mujeres no tienen que preocuparse —dijo Goodhugh, y se echó hacia atrás su propia pelambrera, tan abundante y espesa como a los dieciocho años. Ni una mota de gris. Janet Streeter aún aparentaba cuarenta en un día bueno, pero bajo la roja luz del sol poniente, el Rey de la Basura aparentaba treinta y cinco. No fumaba, no bebía en exceso, y se ejercitaba en un centro deportivo que tenía negocios con el banco de Streeter pero que Streeter no podía permitirse. Su hijo mediano, Cari, estaba en la actualidad recorriendo Europa con Justin Streeter, los dos viajando a expensas de Cari Goodhugh. Lo cual, por supuesto, significaba a expensas del Rey de la Basura.
Oh, hombre quien todo lo tiene, vuestro nombre es Goodhugh, pensó Streeter, y sonrió a su viejo amigo.
Su viejo amigo le devolvió la sonrisa, y entrechocó el cuello de su botella con la de Streeter.
—La vida es buena, ¿no te parece?
—Muy buena —convino Streeter—. Largos días y placenteras noches.
Goodhugh arqueó las cejas.
—¿De dónde has sacado eso?
—Lo acabo de inventar, creo —respondió Streeter—. Pero es cierto, ¿verdad?
—Si lo es, te debo la mayor parte de mis placenteras noches —dijo Goodhugh—. Se me ha pasado por la cabeza, compadre, que te debo mi vida. —Brindó por su demencial patio de atrás—. La parte de los vicios, al menos.
—No, eres un hombre hecho a ti mismo.
Goodhugh bajó la voz y habló confidencialmente.
—¿Quieres la verdad? La mujer hizo a este hombre. La Biblia dice «¿Quién puede encontrar a una buena mujer? Pues su precio está por encima de los rubíes». Bueno, o algo parecido. Y tú nos presentaste. No sé si te acuerdas.
Streeter sintió un repentino y casi irresistible impulso de romper la botella de cerveza contra los ladrillos del cenador y hundir el cuello dentado y aún espumante en los ojos de su viejo amigo. En cambio, esbozó una sonrisa, sorbió un poco más de cerveza, y se levantó.
—Creo que necesito hacer una visita a las instalaciones.
—Uno no compra cerveza, solo la alquila —dijo Goodhugh, y luego estalló en carcajadas. Como si eso lo hubiera inventado él, así en el acto.
—Palabras más ciertas, bla bla bla —dijo Streeter—. Perdona.
—Sí que tienes mejor aspecto —comentó Goodhugh a su espalda mientras Streeter subía los escalones.
—Gracias —dijo Streeter—. Compadre.
Cerró la puerta del cuarto de baño, apretó el botón del pestillo, encendió la luz y, por primera vez en su vida, abrió el botiquín de la casa de otra persona. La primera cosa que detectaron sus ojos lo alegró inmensamente: un bote de champú Just For Men. Había también varios frascos de medicina con prescripción.
Streeter pensó: La gente que deja sus medicamentos en el baño que usan los invitados, lo único que hace es buscarse problemas. No es que hubiera nada excepcional: Norma tenía medicina para el asma; Tom tomaba medicina para controlar la presión arterial (Atenolol) y utilizaba algún tipo de crema para la piel.
El frasco de Atenolol estaba por la mitad. Streeter cogió un comprimido, lo metió en el bolsillo para monedas de los vaqueros, y tiró de la cadena. A continuación salió del cuarto de baño, sintiéndose como un hombre que acaba de cruzar a hurtadillas la frontera de un extraño país.
La tarde siguiente estaba nublada, pero George Alobid seguía sentado bajo la sombrilla amarilla y una vez más veía Inside Edition en su televisor portátil. La noticia principal trataba de Whitney Houston, que había perdido una sospechosa cantidad de peso poco después de firmar un nuevo y sustancioso contrato discográfico. Alobid despachó este rumor con un giro de sus dedos regordetes y contempló a Streeter con una sonrisa.
—¿Cómo se siente, Dave?
—Mejor.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Vómitos?
—Hoy no.
—¿Come?
—Como un caballo.
—Y apuesto a que se ha sometido a un examen médico.
—¿Cómo lo supo?
—No esperaría menos del próspero directivo de un banco. ¿Me ha traído algo?
Por un instante Streeter se planteó la posibilidad de marcharse. Se lo planteó en serio. Entonces introdujo la mano en el bolsillo de la fina chaqueta que llevaba puesta (la tarde era fresca para el mes de agosto, y él aún se hallaba en el bando de los flacos) y sacó un diminuto cuadrado de Kleenex. Vaciló, pero luego se lo tendió a Alobid por encima de la mesa. El vendedor lo desdobló.
—Ah, Atenolol —dijo. Se metió la pastilla en la boca y la tragó.
Streeter abrió la boca, luego la cerró despacio.
—No ponga esa cara de susto. Si tuviera un trabajo tan estresante como el mío, también sufriría problemas de hipertensión. Y el reflujo que padezco, uf. No querrá saber lo que es.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Streeter. Incluso con la chaqueta, sintió frío.
—¿Ahora? —Alobid parecía sorprendido—. Ahora usted empezará a disfrutar de sus quince años de buena salud. Es posible que veinte, o incluso veinticinco. ¿Quién sabe?
—¿Y de felicidad?
Alobid le honró con su picara mirada. Habría sido gracioso de no ser por la frialdad que Streeter percibió bajo la superficie. Y la edad. En ese momento tuvo la certeza de que George Alobid llevaba haciendo negocios mucho tiempo, con o sin reflujo.
—La felicidad depende de usted, Dave. Y de su familia, por supuesto. Janet, May y Justin.
¿Le había dicho a Alobid sus nombres? Streeter no lo recordaba.
—Quizá de los hijos, sobre todo. Existe un viejo refrán que dice que los hijos son rehenes de nuestra fortuna, pero en realidad son los hijos los que secuestran a los padres, eso es lo que pienso. Uno de ellos podría sufrir un accidente fatal o discapacitante en una desierta carretera rural..., caer víctima de una enfermedad degenerativa...
—¿Me está diciendo...?
—¡No, no, no! Aquí no hay medias moralejas. Soy un hombre de negocios, no un personaje salido de «El Diablo y Daniel Webster». Lo único que digo es que su felicidad está en las manos de usted y sus más allegados. Y si piensa que voy a presentarme dentro de dos décadas para reclamar su alma y guardármela en una cartera mohosa, le convendría reconsiderarlo. Las almas de los humanos se han vuelto pobres y transparentes.
Hablaba, juzgó Streeter, como podría haber hablado un zorro después de que repetidos brincos le hubieran demostrado que las uvas se hallaban real y verdaderamente fuera de su alcance. Sin embargo, Streeter no tenía intención de decir una palabra. Ahora que el trato estaba cerrado, lo único que quería era largarse de allí. Aun así seguía retrasando el momento de irse, pues no sentía deseos de formular la pregunta que tenía en mente aunque supiera que era preciso. Porque no se trataba de un regalo; Streeter llevaba realizando negociaciones en el banco casi toda su vida, y reconocía un toma y daca cuando lo veía. O cuando lo olía: un tenue y desagradable hedor como de combustible quemado.
En palabras llanas, tiene que hacerle una putada a alguien si quiere deshacer la putada que le han hecho a usted.
Pero robar una única pastilla para la hipertensión no era exactamente hacer una putada. ¿Verdad?
Alobid, entretanto, tiraba de la sombrilla para cerrarla. Y cuando estuvo plegada, Streeter observó un hecho asombroso y desalentador: no era amarilla en absoluto. Era tan gris como el cielo. El verano casi llegaba a su fin.
—La mayoría de mis clientes están perfectamente satisfechos, perfectamente felices. ¿Es eso lo que quiere oír?
Lo era... y no lo era.
—Presiento que tiene una pregunta más pertinente —dijo Alobid—. Si quiere una respuesta, deje de andarse por las ramas y pregúntela. Va a llover, y me gustaría resguardarme antes de que lo haga. Lo último que necesito a mi edad es una bronquitis.
—¿Dónde está su coche?
—Ah, ¿era esa su pregunta? —se mofó Alobid descaradamente. Sus mejillas eran enjutas, en absoluto regordetas, y los ojos se curvaban hacia arriba en las esquinas, donde el blanco se fundía en un desagradable y (sí, era cierto) canceroso negro. Presentaba el aspecto del payaso menos simpático del mundo, retirada ya la mitad de su maquillaje.
—Sus dientes —dijo Streeter de manera estúpida—. Son puntiagudos.
—¡Su pregunta, señor Streeter!
—¿Va Tom Goodhugh a desarrollar un cáncer?
Alobid se quedó boquiabierto durante un instante, y entonces empezó a reírse tontamente. El sonido era sibilante, polvoriento y desagradable, como una Calíope moribunda.
—No, Dave —respondió—. Tom Goodhugh no va a desarrollar un cáncer. Él no.
—¿Qué, entonces? ¿Qué?
El desprecio en la escrutadora mirada de Alobid hizo que Streeter sintiera flaquear los huesos, como si hubieran sido carcomidos por algún ácido indoloro pero terriblemente corrosivo.
—¿Por qué le importa? Usted le odia, así me lo manifestó.
—Pero...
—Observe. Espere. Disfrute. Y tome esto. —Le tendió una tarjeta que tenía escritas las palabras FONDO INFANTIL NO SECTARIO y la dirección de un banco en las Islas Caimán.
—Un paraíso fiscal —dijo Alobid—. Me enviará mi quince por ciento allí. Si me da menos, lo sabré. Y entonces pobre de usted, muchacho.
—¿Y si mi mujer se entera y hace preguntas?
—Su esposa tiene un talonario de cheques personal. Además, nunca fisgonea esas cosas. Confía en usted. ¿Tengo razón?
—Bueno... —Streeter observó sin sorpresa que las gotas de lluvia que caían en las manos y los brazos de Alobid humeaban y crepitaban—. Sí.
—Por supuesto que sí. Nuestro trato está cerrado. Lárguese de aquí y vuelva con su mujer. Estoy seguro de que le recibirá con los brazos abiertos. Llévesela a la cama. Métale su pene mortal y finja que es la mujer de su mejor amigo. No se la merece, pero es afortunado.
—¿Y si quisiera anular el acuerdo? —susurró Streeter.
Alobid le honró con una sonrisa pétrea que reveló un prominente anillo de dientes de caníbal.
—No puede —respondió.
Esto ocurrió en agosto de 2001, menos de un mes antes de la caída de las Torres.
En diciembre (de hecho, el mismo día que Winona Ryder fue trincada por hurto en unos grandes almacenes), el doctor Roderick Henderson declaró a Dave Streeter «libre de cáncer», y, además, lo proclamó milagro genuino de la era moderna.
—No tengo explicación para esto —admitió Henderson.
Streeter sí, pero guardó silencio.
La consulta tuvo lugar en el despacho de Henderson. En el Hospital Derry Home, en la sala de conferencias donde Streeter había visto las primeras imágenes de su cuerpo milagrosamente sanado, Norma Goodhugh estaba sentada en la misma silla donde se había sentado Streeter, mirando unas resonancias menos agradables. Escuchaba aturdida a su médico, que le explicaba, con la mayor suavidad posible, que el bulto en su pecho izquierdo era efectivamente cáncer, y que se había extendido a sus nodos linfáticos.
—La situación es mala, pero no desesperada —dijo el médico, alargando el brazo por encima de la mesa para apresar la gélida mano de Norma. Sonrió—. Querríamos que empezara con la quimioterapia inmediatamente.
En junio del año siguiente, Streeter finalmente consiguió su ascenso. May Streeter fue admitida en la Escuela de Periodismo de Columbia. Streeter y su esposa se tomaron unas vacaciones largamente aplazadas y se fueron a Hawaii para celebrarlo. Hicieron el amor innumerables veces. El último día en Maui, Tom Goodhugh llamó por teléfono. La conexión era mala y el hombre apenas podía hablar, pero comunicó el mensaje: Norma había muerto.
—Allí estaremos para lo que necesites —prometió Streeter.
Cuando le contó la noticia a Janet, esta se derrumbó en la cama de hotel, sollozando y tapándose el rostro con las manos. Streeter se tumbó a su lado, la abrazó fuerte, y pensó: Bueno, de todas formas ya volvíamos a casa. Y a pesar de que se sentía mal por Norma (y más o menos mal por Tom), existía un aspecto positivo: se habían librado de la estación de los bichos, que en Derry podía llegar a ser un coñazo.
En diciembre, Streeter envió un cheque por algo más de quince mil dólares al Fondo Infantil No Sectario. Lo incluyó como deducción en su declaración de impuestos.
En 2003, Justin Streeter entró en el Cuadro de Honor de Brown y —como broma— inventó un videojuego llamado Walk Fido Home. El objetivo del juego consistía en llevar a tu perro atado desde el centro comercial hasta tu casa, esquivando a los malos conductores, los objetos que caían desde balcones de un décimo piso, y una cuadrilla de ancianas enloquecidas que se autodenominaban las Abuelas Canicidas. A Streeter le sonaba a chiste (y Justin les aseguró que pretendía ser una sátira), pero Games, Inc. le echó un vistazo y pagó a su guapo y jovial hijo setecientos cincuenta mil dólares por los derechos. Más royalties. Jus les compró a sus padres un par de todoterrenos Toyota Pathfinder, rosa para la dama, azul para el caballero. Janet lloró y le abrazó y le dijo que era un muchacho insensato, impetuoso, generoso y absolutamente espléndido. Streeter le llevó a la Taberna de Roxie y le invitó a una cerveza Spotted Hen.
En octubre, el compañero de piso de Cari Goodhugh en Emerson volvió de clase y encontró a Cari caído de bruces en el suelo de la cocina; el sándwich con queso a la parrilla que estaba preparándose aún humeaba en la sartén. Aunque solo tenía veintidós años de edad, Cari había sufrido un infarto. Los médicos que atendieron el caso diagnosticaron un defecto congénito en el corazón —algo relacionado con el septo atrial— que no se había detectado. Cari no murió; su compañero de piso llegó a tiempo y conocía técnicas de reanimación cardiopulmonar. Sin embargo, le provocó hipoxia, y el muchachito brillante, guapo y ágil, que no mucho antes había recorrido Europa con Justin Streeter, se convirtió en una torpe sombra de su antiguo yo. No siempre controlaba los esfínteres, se perdía si se alejaba más de uno o dos bloques de su casa (se había mudado con su aún doliente padre), y su habla había degenerado a una indistinta estridencia que solo Tom entendía. Goodhugh contrató a una enfermera que le administraba fisioterapia y vigilaba que Cari se cambiara de ropa. Dos veces por semana le sacaba de «excursión». El destino más habitual era la heladería Wishful Dishful, donde Cari siempre pedía un cucurucho de pistacho y se embadurnaba toda la cara, tras lo cual, la enfermera le limpiaba, pacientemente, con toallitas húmedas.
Janet dejó de ir con Streeter a las cenas en casa de Tom.
—No puedo soportarlo —confesó—. No es por la forma que tiene de arrastrar los pies, ni porque a veces moje los pantalones; es la expresión de sus ojos, como si se acordara de quién era antes pero no pudiera recordar del todo cómo llegó a donde está ahora. Y..., no sé..., en su cara siempre hay algo esperanzado que me hace sentir como si todo en la vida fuera un chiste.
Streeter comprendía lo que quería decir, y a menudo reflexionaba sobre esta idea durante las cenas con su viejo amigo (sin Norma para cocinar, principalmente consistían en comida para llevar). Disfrutaba observando a Tom mientras daba de comer a su perjudicado hijo, y disfrutaba la expresión esperanzada en el rostro de Cari. La que decía: «Todo esto es un sueño que estoy teniendo, y pronto despertaré». Jan tenía razón, era un chiste, pero en cierto modo se trataba de un chiste bueno.
Si realmente lo pensabas bien.
En 2004, May Streeter consiguió un trabajo en el Boston Globe y se autoproclamó la chica más feliz de Estados Unidos. Justin Streeter creó Rock the House, que se convertiría en un éxito de ventas perenne hasta que el advenimiento del Guitar Hero lo dejó obsoleto. Para entonces Jus había desarrollado un programa informático de composición musical que llamó You Moog Me, Baby. El propio Streeter fue nombrado director de su sucursal, y circulaban rumores de un puesto regional en el futuro. Llevó a Janet a Cancún, y pasaron unas vacaciones fabulosas. Ella empezó a llamarle «mi conejito hociquitos».
El contable de Tom en Residuos Goodhugh cometió un desfalco de dos millones de dólares y huyó a paradero desconocido. La subsiguiente revisión de las cuentas reveló que el negocio pisaba terreno cenagoso; el malvado contable llevaba picoteando de aquí y allá durante años, por lo visto.
¿Picoteando pensó Streeter cuando leyó la noticia en el Derry News. Dándole un buen bocado cada vez, más bien.
Tom ya no aparentaba treinta y cinco; aparentaba sesenta. Y debió de notarlo, porque dejó de teñirse el pelo. Bajo el tinte, Streeter descubrió con deleite que no se le había puesto blanco; el cabello de Goodhugh tenía el mismo color gris apagado y lánguido que la sombrilla de Alobid cuando este la había plegado. El color de pelo, determinó Streeter, de los viejos que veías sentados en los bancos de un parque dando de comer a las palomas. Llámelo Solo Para Perdedores.
En 2005, Jacob el futbolista, que había entrado a trabajar en la compañía agonizante de su padre en lugar de ir a la universidad (adonde podría haber asistido con una beca completa de atletismo), conoció a una chica y se casó. Una morenita llena de vida llamada Cammy Dorrington. Streeter y su esposa coincidieron en que fue una ceremonia hermosa, a pesar de que Cari Goodhugh estuvo ululando, gorjeando y balbuceando de principio a fin, y a pesar de que la hija mayor de Goodhugh, Gracie, tropezó con el dobladillo del vestido en los escalones de la iglesia, se cayó y se rompió la pierna por dos sitios. Hasta que eso pasó, Tom Goodhugh casi se había mostrado como su antiguo yo. Feliz, en otras palabras. Streeter no le envidió un poco de felicidad. Suponía que, incluso en el infierno, la gente obtenía un ocasional sorbo de agua, aunque su único propósito fuera apreciar en toda su extensión el horror de la sed no satisfecha cuando volviera a aparecer.
La pareja se fue de luna de miel a Belice. Me apuesto lo que sea a que les llueve todo el tiempo, pensó Streeter. No acertó, pero Jacob pasó la mayor parte de la semana en un hospital de mala muerte, preso de una violenta gastroenteritis y cagando en pañales de papel. Solo había bebido agua embotellada, pero luego se olvidó y se cepilló los dientes con agua del grifo.
—Yo tuve la maldita culpa —dijo.
Más de ochocientos soldados murieron en Irak. Mala suerte para esos chicos y chicas.
Tom Goodhugh empezó a sufrir de gota, desarrolló una cojera, comenzó a usar bastón.
El cheque de aquel año al Fondo Infantil No Sectario fue sumamente generoso, pero a Streeter no le dolió. Era más bienaventurado dar que recibir. Las mejores personas así lo atestiguaban.
En 2006, Gracie, la hija de Tom, cayó víctima de una piorrea y perdió todos los dientes. También perdió el sentido del olfato. Una noche, poco después, durante la cena semanal de los Goodhugh y los Streeter (solo asistieron los dos hombres; la enfermera de Cari había sacado al hijo a una «excursión»), Tom Goodhugh rompió en lágrimas. Había renunciado a la cerveza artesanal en favor de la ginebra (Bombay Sapphire), y estaba muy borracho.
—¡No entiendo lo que me está pasando! —Admitió entre sollozos—. Me siento..., no sé..., ¡como el puto Job!
Streeter le rodeó con sus brazos y le consoló. Le dijo a su viejo amigo que las nubes siempre llegaban, pero que tarde o temprano se iban.
—¡Bueno, pues estas nubes ya llevan aquí la hostia de tiempo, joder! —lloró Goodhugh, y aporreó la espalda de Streeter con un puño cerrado. Streeter no le dio importancia. Su viejo amigo no era tan fuerte como había sido en otra época.
Charlie Sheen, Tori Spelling y David Hasselhoff se divorciaron, pero en Derry, David y Janet Streeter celebraron su treinta aniversario de boda. Hubo una fiesta. Hacia el final, Streeter escoltó a su esposa afuera. Tenía preparado fuegos artificiales. Todo el mundo aplaudió a excepción de Cari Goodhugh. El muchacho lo intentó, pero no acertaba a chocar las manos. Finalmente el antiguo estudiante de Emerson desistió de esa cosa de las palmadas y apuntó al cielo, ululando.
En 2007, Kiefer Sutherland ingresó en prisión (no por primera vez) por conducir en estado de embriaguez, y el marido de Gracie Goodhugh Dickerson murió en un accidente de tráfico. Un conductor borracho invadió el carril de Andy Dickerson cuando este volvía a casa del trabajo. La buena noticia fue que el borracho no era Kiefer Sutherland. La mala fue que Gracie Dickerson estaba embarazada de cuatro meses y arruinada. Su marido había dejado vencer el seguro de vida para ahorrar gastos. Gracie se mudó con su padre y su hermano Cari.
—Con la suerte que tiene, ese bebé nacerá deforme —comentó Streeter una noche en la cama, después de hacer el amor con su mujer.
—¡Calla! —gritó Janet, sobresaltada.
—Si lo dices en voz alta, no se hace realidad —explicó Streeter, y pronto los dos conejitos hociquitos estuvieron dormidos uno en brazos del otro.
Aquel año donó al Fondo Infantil un cheque por valor de treinta mil dólares. Streeter lo firmó sin el menor reparo.
El bebé de Gracie vino al mundo en febrero de 2008, en plena tormenta de nieve. La buena noticia fue que no nació deforme. La mala fue que nació muerto. Aquel condenado defecto cardíaco de la familia. Gracie —sin dientes, sin marido, e incapaz de oler nada— cayó en una profunda depresión. Streeter opinaba que eso demostraba su cordura. Si se hubiera paseado por ahí silbando «Don't Worry, Be Happy», habría aconsejado a Tom que guardara bajo llave todos los objetos afilados de la casa.
Un avión que transportaba a dos miembros de la banda de rock Blink-182 se estrelló. Mala noticia, cuatro personas murieron. Buena noticia, los rockeros lograron sobrevivir, para variar..., aunque uno de ellos moriría no mucho más tarde.
—He ofendido a Dios —dijo Tom durante una de las cenas que los dos hombres ahora llamaban sus «noches de soltero». Streeter había traído espaguetis de Cara Mama, y dejó su plato limpio. Tom Goodhugh apenas si tocó el suyo. En la otra habitación, Gracie y Cari estaban viendo American Idol, Gracie en silencio, el antiguo estudiante de Emerson ululando y farfullando—. No sé cómo, pero lo he hecho.
—No digas eso, porque no es cierto.
—Tú eso no lo sabes.
—Sí que lo sé —contestó Streeter con rotundidad—. Es una estupidez.
—Si tú lo dices, compadre. —Los ojos de Tom se llenaron de lágrimas, que rodaron por sus mejillas. Una se aferró a la línea de su mandíbula sin afeitar, osciló allí durante un instante, y luego cayó con un plink en sus espaguetis sin comer—. Gracias a Dios por Jacob. El está bien. Ahora trabaja para una cadena de televisión, y su mujer se encarga de la contabilidad del Brigham & Women's. Ven a May de vez en cuando.
—Una noticia estupenda —dijo Streeter calurosamente, pero esperando que Jake no contaminara a su hija con su compañía.
—Y todavía vienes a verme. Entiendo por qué no viene Jan, y no le guardo rencor, pero... espero con ansia estas noches. Son como un enlace a los viejos tiempos.
Sí, pensó Streeter, los viejos tiempos, cuando tú lo tenías todo y yo tenía cáncer.
—Siempre podrás contar conmigo —contestó, y apresó una de las ligeramente temblorosas manos de Goodhugh entre las suyas—. Amigos hasta el final.
¡2008, qué año! ¡Hostia bendita! ¡China albergó los Juegos Olímpicos! ¡Chris Brown y Rihanna se convirtieron en conejitos hociquitos! ¡Los bancos quebraron! ¡La bolsa se vino abajo! Y en noviembre, la Agencia de Protección Medioambiental clausuró el Monte Trashmore, la última fuente de ingresos de Tom Goodhugh. El gobierno manifestó su intención de intervenir judicialmente en asuntos relacionados con la contaminación de los acuíferos subterráneos y los vertidos ilegales de residuos sanitarios. El Derry News insinuó que se podrían emprender incluso acciones penales.
Streeter a menudo conducía por la Extensión de Harris Avenue a última hora de la tarde, en busca de cierta sombrilla amarilla. No quería negociar; solo quería darle a la lengua. Sin embargo, nunca divisó la sombrilla ni a su dueño. Se mostró decepcionado, pero no sorprendido. Los mercaderes eran como tiburones; debían moverse continuamente o morirían.
Extendió un cheque y lo envió al banco de las Caimán.
En 2009, Chris Brown le pegó una paliza a su Conejito Hociquitos Número Uno tras la fiesta de los Premios Grammy, y unas semanas más tarde, Jacob Goodhugh, el ex futbolista, le pegó una paliza a su chispeante mujercita después de que Cammy encontrara cierta prenda íntima femenina y medio gramo de cocaína en el bolsillo de una chaqueta de Jacob. Desde el suelo, llorando, lo llamó hijo de puta. Jacob respondió apuñalándola en el abdomen con un tenedor de carne. Se arrepintió inmediatamente y telefoneó al 911, pero el daño ya estaba hecho; le había perforado el estómago en dos sitios. Más tarde le contó a la policía que no recordaba nada de lo sucedido. Tenía una laguna, dijo.
El abogado de oficio era demasiado inepto para conseguir una reducción de la fianza. Jake Goodhugh apeló a su padre, quien apenas era capaz de pagar las facturas de la calefacción, y mucho menos de proporcionar a su hijo maltratador el caro talento legal de Boston. Goodhugh acudió a Streeter, quien ni siquiera dejó que su viejo amigo pronunciara una docena de palabras de su discurso dolorosamente ensayado antes de decir «faltaría más». Aún recordaba con qué naturalidad había besado Jacob a su padre en la mejilla. Además, pagar la minuta legal le permitió interrogar al abogado sobre el estado mental de Jake, el cual no era bueno; estaba atormentado por la culpa y profundamente deprimido. El abogado le dijo a Streeter que al muchacho probablemente le caerían cinco años, pero con suerte tres de ellos quedarían en suspenso.
Podrá volver a casa cuando salga, pensó Streeter. Y ver American Idol con Grade y Cari, si todavía sigue emitiéndose. Que seguro que sí.
—Tengo mi seguro —dijo Tom Goodhugh una noche. Había perdido una gran cantidad de peso, y la ropa le hacía bolsas. Tenía los ojos nublados. Había desarrollado psoriasis, y se rascaba incesantemente los brazos, dejando largas marcas rojas en la piel blanca—. Me mataría si tuviera la seguridad de poder conseguir que pareciera un accidente.
—No quiero oír hablar de eso —dijo Streeter—. Las cosas cambiarán.
En junio, Michael Jackson estiró la pata. En agosto, Cari Goodhugh fue e hizo lo propio, al atragantarse con un trozo de manzana. La enfermera podría haberle practicado la maniobra Heimlich y salvarlo, pero la enfermera había dejado de cuidarle dieciséis meses antes, debido a la falta de fondos. Gracie oyó que Cari gorjeaba, pero dijo que pensó que «era su parloteo habitual». La buena noticia fue que Cari también poseía un seguro de vida. Una póliza pequeña, pero suficiente para pagar el entierro.
Después del funeral (Tom Goodhugh lo pasó sollozando de principio a fin, agarrado a su viejo amigo para sostenerse), Streeter tuvo un generoso impulso. Encontró la dirección del estudio de Kiefer Sutherland y le envió un ejemplar del Libro Azul de Alcohólicos Anónimos. Probablemente iría directo a la papelera (al igual que los innumerables ejemplares que los fans le habrían enviado a lo largo de los años), pero nunca se sabía. A veces los milagros ocurrían.
A principios de septiembre de 2009, una calurosa tarde de verano, Streeter y Janet circulaban por la carretera que corre a lo largo de la parte trasera del aeropuerto de Derry. Nadie estaba haciendo negocios en el cuadrado de grava a este lado de la malla ciclónica, de modo que aparcó su magnífico Pathfinder azul y le pasó un brazo por los hombros a su mujer, a quien amaba más profunda y absolutamente que nunca. El sol descendía en una bola roja.
Se volvió hacia Janet y vio que lloraba. Le inclinó la barbilla hacia él y besó sus lágrimas con solemnidad. Eso la hizo sonreír.
—¿Qué ocurre, cariño?
—Estaba pensando en los Goodhugh. Nunca he conocido a una familia que tuviera semejante racha de mala suerte. ¿Mala suerte? —Soltó una risita—. Negra suerte, más bien.
—Yo tampoco —dijo él— pero sucede constantemente. Una de las mujeres asesinadas en los ataques de Mumbai estaba embarazada, ¿lo sabías? Su hijo de dos años sobrevivió, pero el chiquillo quedó a las puertas de la muerte. Y...
Ella posó dos dedos sobre sus labios.
—Calla. Ya basta. La vida no es justa. Eso lo sabemos.
—¡Pero ¿qué lo es? —Streeter hablaba de todo corazón. Bajo la luz del atardecer, su rostro lucía rubicundo y sano—. Mírame. En otro tiempo jamás pensaste que viviría para ver el 2009, ¿no es cierto?
—Sí, pero...
—Y nuestro matrimonio, aún tan sólido como una puerta de roble. ¿O me equivoco?
Ella meneó la cabeza. No se equivocaba.
—Has empezado a vender artículos por cuenta propia al Derry News, May navega viento en popa en el Globe, y nuestro hijo el friki es un magnate de los medios a la edad de veinticinco.
Su mujer empezó a sonreír otra vez. Streeter se alegró. Detestaba verla triste.
—La vida es justa. Todos recibimos el mismo batido de nueve meses en el bombo, y después los dados echan a rodar. Algunas personas sacan una racha de sietes. Por desgracia, otras personas sacan los ojos de serpiente. Así es como funciona el mundo.
Ella le rodeó con los brazos.
—Te quiero, cielo. Siempre miras el lado bueno de las cosas.
Streeter se encogió de hombros con modestia.
—La ley de promedios favorece a los optimistas, cualquier banquero te lo dirá. Las cosas suelen equilibrarse por sí solas al final.
Venus se hizo visible por encima del aeropuerto, brillando con luz trémula contra el azul cada vez más oscuro.
—¡Pide un deseo! —ordenó Streeter.
Janet se rió y meneó la cabeza.
—¿Qué podría desear? Ya tengo todo lo que quiero.
—Yo también —dijo Streeter, y luego, con los ojos firmemente clavados en Venus, deseó más.